BEETHOVEN Y LA MÚSICA DEL MAR (2)

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Escuchar la música de Beethoven fue parte de mi agenda de trabajo para la novela, pero poco a poco se fue convirtiendo en un fin en sí mismo. Por su propia fuerza de arrastre me fue cautivando y conquistando al punto que no escuchaba ninguna otra música –todo lo demás me parecía liviano, aburrido. 
El impacto del Concierto Emperador fue en julio de 2001, pero la escritura tardó cuatro años en aparecer: recién en setiembre de 2005 escribí la frase inicial: “Lo primero que vi fue la gorra…” El arranque nació de una experiencia concreta: en uno de mis viajes regulares a la facultad de humanidades de Mar del Plata, había vislumbrado, al entrar en la rotonda, un policía de pie, esperando el colectivo o haciendo dedo. Había visto, efectivamente, la gorra, y suponiendo que era un “masculino”, quedé muy sorprendido al acercarme y descubrir la trenza reveladora. Pero a diferencia de lo que ocurre en la ficción, no me detuve: seguí de largo, disfrutando de la Sinfonía Nº 6 “Pastoral”. Ahí arrancó entonces la novela, que me llevó diez años “dar por terminada”. 
Durante este largo proceso estuvo presente Beethoven. Imprimí el listado de las obras completas y las fui desgranando una por una, más o menos en el siguiente orden: las sinfonías; las sonatas para piano; las sonatas para violín; el concierto para violín; el concierto triple… Ya con esto tenía para enloquecer, pero fue una primera etapa. Luego vinieron otras, con obras menos conocidas por mí, que guardaban asombros infinitos: los tríos para piano (con violín y cello); las cinco sonatas para cello y piano; las variaciones –especialmente La Eroica-; los cuartetos para cuerdas… El esfuerzo y el disfrute se unieron en esta búsqueda, que esencialmente era el deseo de ligar la música y la escritura. El punto culminante de esta experiencia fue el momento en que Jorge Madrigal ingresa en la zona de extrema fisura. Seleccioné entonces los adagios de todas las obras, los escuché en bloque y me propuse trasladar esa experiencia al texto. El resultado lo juzgará el lector. A mí me gustó “aceptablemente”, esto quiere decir: superó la prueba del escozor y la vergüenza y quedó en el libro. 
Lo que sí me quedó clarísimo es que no hay manera de trasladar la música a la escritura salvo indirectamente, metafóricamente. Son dos lenguajes autónomos, y las palabras, en una narración, nunca terminan de perder peso. Esto ocurre, siempre parcialmente, en el milagro de la poesía, que nos da la máxima levedad que puede alcanzar el lenguaje. Los poetas sabemos que la poesía quiere ser música (esta condición es la que la hace casi intraducible de una lengua a otra). 
Una zona de la música de Beethoven que nunca logré penetrar es su obra coral (las misas solemnis). Quedará para otro momento, si es que las musas me abren los oídos. Les dejo el tercer movimiento del Concierto para violín, y los invito a seguir leyendo La música del mar, de la que publicamos hoy en El Fundador on line el quinto capítulo. Abrazo.

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