Cusco en las alturas

Cusco en las alturas

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El viaje al Altiplano (2009) consta de seis relatos; Cusco en las alturas; El valle sagrado; Misterios de Macchu Pichu; Los Uros del lago; Copacabana, milagro de fé; La isla del sol (tiene además una sección de poemas). Publico el primer relato, como anticipo a la presentación del libro, prevista para el 22 de abril. Abrazo!

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Esto es Cusco, el ombligo del mundo, corazón del Tahuantisuyo. Vista panorámica de la ciudad construida en un gran valle, detenida en el tiempo: no hay edificios altos, nada sobresale, salvo cúpulas de iglesias y conventos. Fortalezas que muestran dos mundos superpuestos: abajo el incaico, arriba el español; abajo, grandes piedras irregulares misteriosamente engarzadas por los grandes arquitectos; arriba, el estilo que trajeron los occidentales a través del mar, con la cruz y la espada. Entre la maraña de techos rojos, líneas anchas como ríos: avenidas que unen las plazas amplias y arboladas, y otras, delgadas como arroyos: callecitas que suben y bajan y confluyen en la Plaza de Armas.

Entrar en la ciudad es bajar a un laberinto fascinante. La sensación de sumergirse en el pasado choca con la velocidad de los autos; los bocinazos resuenan entre voces de múltiples idiomas; todo es mezcla y combustión y el ruido sobrevuela el silencio de los cusqueños, que miran, cuchichean, y se acercan ofreciendo pulóveres, gorritos, llamitas de lana, reproducciones de arte, dibujos, anteojos. La imagen se completa con las chicas voceando masagges, nice masagges; con mujeres y niñas vestidas de collas, ofreciéndose a dos soles la foto. En oleadas, y sin parar, te acosan, pero no llegan a incomodarte: ante el primer gesto de negación desisten y van hacia otro turista que pasa. Desisten, pero no se resignan: las veinte veces que pasás por el lugar vuelven a acercarse y a ofrecerte lo mismo, mecánicamente, desde el amanecer hasta el atardecer. Son parte del paisaje, de la mezcla inquietante, de la combustión.

Cusco tiene el rostro de una reina antigua, maquillada y engalanada para deslumbrar. Está limpia, ordenada, cuidada y en proceso de recambio en todos los servicios. La nueva conquista tiene un nombre genérico: capital extranjero. Sin cruces ni espadas, toma forma en hoteles, hostels, restaurantes, bares, locales. Todo se está removiendo: las casitas de adobe mutan en comercios de cemento y piedra. Hay, eso se nota, precaución por no romper todo. Las fachadas cambian, pero las puertas, los balcones, ciertos matices de la arquitectura colonial se preservan. Y pasados los umbrales, afloran los patios andaluces remozados, que mantienen la frescura de sus canteros de flores y sus aljibes centrales.

Empezamos a respirar el resultado de mundos en colisión, en abrazo, en simbiosis violenta y silenciosa —un proceso de siglos. Pero nuestros sentidos están embotados. Venimos del mar, de otro aire, y no podemos ni debemos entrar de golpe en una atmósfera tan opuesta. Sin embargo, lo hacemos, y la altura nos castiga. Sube la presión sanguínea, y en mi caso, en dos días me lleva al hospital. Pero para eso falta. Estamos dando los primeros pasos en el hermoso laberinto, más alto que las nubes. Buscamos asirnos de algo: un plano, un folleto que indique los puntos de atracción. Reviso lo que trajimos en el bolso: algunos datos, libros. Veo el Fedro, de Platón. ¿Para qué lo traje? Fedro o Sobre el amor. Leí algo en el vuelo, así, a vuelo de pájaro, y no voy a leerlo aquí. Tan lejano este mundo de aquél, marino, europeo. Vamos a los museos, entramos en la Casa de Garcilaso. Está de gala, porque se cumplen 400 años de la primera edición de los Comentarios Reales. Lo elijo de compañero, entonces, en lugar de Platón. Su voz está ahí, todavía vibrante: hijo de un capitán del grupo de Pizarro, y de una noble inca, su sangre estuvo en la fragua misma, en la fundición, y con esa sangre escribió su obra, su testimonio desgarrado y lúcido.

Respiramos la mezcla, por momentos sofocante, dentro de las iglesias—museo: la Catedral, el Triunfo, San Blas, Santo Domingo, San Francisco, Santa Catalina, Casa Arzobispal, San Antonio Abad. Ante el despliegue barroco de imágenes, la multiplicación de santos viejos y nuevos que sembró la Iglesia aquí desde 1533, cuesta creer que llegó para predicar el monoteísmo. ¿Por qué tanto exceso, tanta saturación de arte religioso? ¿Fue el modo de cubrir la conquista, de tapar y sofocar la apropiación de un mundo ajeno, desplazando gobiernos y dioses? Así parece. Tapar y difundir, evangelizar con imágenes, porque había aquí una civilización grandiosa, pero que desconocía la escritura. Por razones de marketing la Iglesia, con su gran capacidad de adaptación, aceptó transgresiones impensables en Europa: vemos una pintura de la Santísima Trinidad, una figura con tres cabezas idénticas. Es una violación del dogma, porque la Trinidad es el misterio de tres Personas distintas en Una, no tres personas iguales. El epígrafe explica: se permitió para que los nativos entendieran mejor la verdad del Dios uno y Trino. Cuestión de didáctica.

El arte cusqueño, fruto de este cultivo de las imágenes, nació del choque y la asimilación, y fue fructífero y singular. Síntesis de indigenismo, realismo español, barroco, escuela de Flandes, manierismo. Con artistas excepcionales como Diego Quispe Tito. Vemos una gran pintura suya de la procesión de Corpus Christi: un cuadro imponente, un fresco de época, con más de cien personajes. La iglesia asimiló este festejo con el Inti Raimi, la fiesta del Sol. De todo el imperio llegaban los caciques con sus ofrendas, para compartir el encuentro anual que renovaba su visión del cosmos, con el Sol en el centro. Luego, la misma procesión de todos los pueblos, con las mismas ofrendas, llegaba a Cusco a celebrar la gran fiesta católica.

Salimos del submundo a respirar: la plaza mayor nos recibe con su aire encendido de sol, árboles, flores, palomas y niños. Alvin, de 11, y Blas, de 9, nos ofrecen lustrar los borceguíes. Aceptamos, algo avergonzados, más por ayudar que por ver nuestros zapatos relucientes. Alvin hace un gesto y nos lleva atrás de una columna. La policía los controla, porque son menores, porque no están afiliados al sindicato municipal de lustrabotas, porque si los ven los corren. A Blas le sacaron la caja, trabajan con la de Alvin y lo que ganan lo parten a la mitad. Para llegar aquí recorrieron cien kilómetros, después de ir a la escuela. Con lo que ganan, ayudan a sus padres. Terminan y se van, excitados, sigilosos, envueltos en un ingenuo aire clandestino.

Nos perdemos en las callecitas: algunas son pura escalinata, obligan a un esfuerzo continuo que quita el aire. Miramos, tocamos, olemos. Vamos a la tregua de la comida. Un paraíso de colores y sabores, espeso y sutil. Sopa de quinoa, crema de ajo, chicharrón de cerdo, anticucho, guacamole. Hay que elegir, empezar, y luego ir disfrutando poco a poco del tour gastronómico. También hay turistas de todos los colores. Un rubio solitario, no sabemos cómo, termina charlando con nosotros, en un español recién aprendido. Es un estudiante de Arkansas que está haciendo una pasantía, recurso habitual para los jóvenes inquietos del primer mundo que vienen a conocer el resto. Ecologista, o ambientalista. La sorpresa: conoció Villa Gesell. Estuvo un verano con un amigo —ecologista, ambientalista— que pasaba una temporada en la Argentina. Nos cuenta que recién llega de Bolivia, donde pasó una semana internado en un hospital de La Paz por una infección intestinal. Tomó un helado en un puesto callejero, y fue letal. Siento un ruido en la panza. Ay.

Esa noche, en la cama, repasé las imágenes del día. Aparecieron las celdas del convento de Santa Catalina. Compartimentos de uno por dos metros provistos de un catre, una mesita de luz, una imagen sagrada y un látigo colgando de un clavo. Ingresar al convento era un privilegio, incluso se exigía una dote a la familia de la postulante. Durante los años de encierro, el servicio era, además de la oración, el trabajo manual. Tejidos y artesanías. Recordé una palabra: Acllahuasi, “casa de las vírgenes”. Bajo la apariencia de ser elegidas por su belleza, el Inca las reclutaba para producir, especialmente textiles, y proveer de ropa y otros elementos a la nobleza y al culto. Ingresaban a los 8 o 10 años, y se quedaban en las casas toda la vida, salvo que el Inca las regalase a caciques de otras tribus, o las eligiera como sus esposas secundarias. Eran cautivas de lujo, propiedad del estado inca.

Acomodé mis libros: guardé el Fedro para siempre y charlé con Garcilaso. Sí, me dice, ésta es la ciudad donde yo nací, en 1539, seis años después de la conquista. En mi casa, cerca de la Plaza de Armas, se reunían a veces los parientes de mi madre. Se escondían y hablaban. Y de las grandezas y prosperidades pasadas venían a las cosas presentes, lloraban sus Reyes muertos, enajenado su imperio y acabada su república… Estas y otras pláticas semejantes tenían los Incas y Pallas en sus visitas, y con la memoria del bien perdido siempre acababan su conversación en lágrimas y llanto, diciendo: “Trocásenos el reinar en vasallaje”. En estas pláticas yo, como muchacho, entraba y salía muchas veces donde ellos estaban, y me holgaba de las oír… Mi guía, aún de casi cinco siglos, habla como si estuviera a mi lado, como si el tiempo tuviera secretos pasadizos. Estamos en el Hanan Cuzco, el alto. Aquí respiraron, todavía respiran, los hijos del sol.

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