Homero y Proust

Homero y Proust

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Algo más sobre los símiles… el de la amapola impacta porque en la Ilíada, las caídas de los guerreros se comparan con la de grandes árboles: fresnos, álamos… son imágenes imponentes, que resaltan la grandeza de las víctimas.

“Entonces el hijo de Telamón lo hirió debajo de la oreja con la gran lanza, que retiró enseguida, y el guerrero cayó como el fresno nacido en una cumbre que desde lejos se divisa, cuando es cortado por el bronce y vienen al suelo sus tiernas hojas. Así cayó Imbrio, y sus armas, de labrado bronce, resonaron” (Il. 13. 175)

“Como viene a tierra un roble arrancado de raíz por el rayo de Zeus, despidiendo un fuerte olor a azufre, y el que se halla cerca desfallece, pues el rayo del gran Zeus es formidable; de igual manera, el robusto Héctor dio consigo en el suelo y cayó en el polvo; la pica se le fue de la mano, quedaron encima de él escudo y casco, y la armadura de labrado bronce resonó en torno del cuerpo” Il. 14, 409.

Ante el predominio de estas imágenes grandiosas, que se repiten en diversos campos en toda la epopeya, llama la atención la delicadeza del símil del tallo de una amapola inclinándose a tierra por el peso de la lluvia. Pero la delicadeza, en la brutalidad general de las sangrientas batallas, no es una excepción: detalles, vida cotidiana, labores, gestos, abundan en todo el poema.

“Como dos hombres altercan, con los instrumentos de medición en la mano, sobre los lindes del campo y se disputan un pequeño espacio; así, licios y dánaos estaban separados por los parapetos, por encima de los mismos hacían chocar entre los pechos las rodelas del boyuno cuero y los ligeros broqueles. Ya muchos combatientes habían sido heridos con el cruel bronce, unos en la espalda, que al volverse dejaron indefensa, otros a través del mismo escudo. Por doquier torres y parapetos estaban regados con sangre”. ((Canto 12. 400 y ss)

“Como una honrada obrera toma un peso y lana y los pone en los platillos de una balanza, equilibrándolos hasta que quedan iguales, para llevar a sus hijos el miserable salario; así el combate y la pelea andaban iguales para unos y otros…” (Canto 12. 430 y ss)

“Como la plomada nivela el mástil de un navío en manos del hábil constructor que conoce bien su arte por habérselo enseñado Atenea; de la misma manera andaba parejo el combate y la pelea, y unos pugnaban en torno de unas naves y otros alrededor de otras” (Il. 15, 407)

En los símiles de Marcel Proust, y me refiero solamente a la primera parte del tomo I de En busca del tiempo perdido, hay elaboración y refinamiento. No en vano pasaron 2800 años de historia y literatura, aunque como siempre se ha dicho, hay algo todavía sorprendente e insuperable en los antiguos griegos, los fundadores de todo o casi todo en la cultura occidental.

“Cuando, antes de salir de la iglesia, me arrodillaba delante del altar, al levantarme sentía de pronto que se escapaba de las flores de espino amargo y suave olor de almendras, y advertía entonces en las flores unas manchitas rubias, que, según me figuraba yo, debían esconder ese olor, lo mismo que se oculta el sabor de un franchipán bajo la capa tostada, o el de las mejillas de la hija de Vinteuil detrás de sus pecas”.

Las sensaciones subjetivas y no la visión configuran los símiles de Proust, con elaborada sinestesia, por la cual un olor luego es un sabor. O un murmullo, como en el símil que sigue a este:

“A pesar de la callada quietud de las flores de espino, ese olor intermitente era como murmullo de intensa vida, la cual prestaba al altar vibraciones semejantes a las de un seto salvaje, sembrado de vivas antenas, cuya imagen nos la traían al pensamiento algunos estambres casi rojos que parecían conservar aún la virulencia primaveral y el poder irritante de insectos metamorfoseados ahora en flores”

De pronto en este mar de flores y de canteros que nos da Proust, fruto de paseos ociosos por los alrededores de la casa de campo, se encuentra con la llanura, un campo que lo une y separa con una muchacha que ama o desea, y entonces nos ofrece un reencuentro con el mar y la llanura, imagen que conocemos muy bien por las charlas de la poesía y el mar, y sobre todo por nuestra condición de argentinos. Como lo canta Ascasubi: “Y una ilusión singular/ de los vapores nacía/ pues, talmente, parecía/ la inmensa llanura un mar/ que haciendo olas se mecía”. Nuestro personaje se ilusiona con recibir un mensaje.

“Sabía yo que la hija de Swann iba a menudo a Laon a pasar unos días, y aunque Laon estaba a bastantes leguas, como la distancia estaba compensada por la falta de obstáculos, cuando en aquellas cálidas tardes veía venir un soplo de viento del extremo horizonte, inclinando los trigales más distantes, propagándose como una ola por aquella vasta extensión y yendo a morir a mis pies, tibio y murmurante, entre los tréboles y los pipirigallos, aquella llanura que a los dos nos era común, parecía como que nos acercaba y nos unía, y yo me figuraba que aquel soplo de viento la había rozado; que el murmullo de la brisa, que yo no podía entender, era un mensaje suyo, y besaba el aire al pasar”.

Les dejo entonces estas anotaciones caídas al pie de la charla del sábado pasado, y sobre todo la invitación a leer o releer estas grandes obras literarias, de interminable riqueza.

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