Kafka Mundial

Kafka Mundial

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I

Eran los tiempos lejanos, los tiempos ya míticos del partido contra Irán. Habíamos ido a Mar del Plata por la VTV largamente vencida, y me ocupé de coordinar horarios para estar a las 13 en la cafetería del shopping Los Gallegos. Llegué temprano, tanto afán puse, y tuve un rato para ir hasta la distribuidora de Libros de Arena y preguntar por mi libro de poemas El mar en todo. Entre las cinco sucursales habían vendido un ejemplar. Me tocaban 100 pesos. Le dije al muchacho que no se molestara, que me los liquidara más adelante, en primavera, “tal vez para esa fecha vendan otro”, dije, sin despertar en él ninguna reacción. Pero antes de irme revisé la estantería de ofertas y encontré El castillo, de Franz Kafka (1883-1924); una edición de Losada que calzó en mi mano maravillosamente, tenía un peso precioso, y además sus páginas eran amables, de letras nítidas y grandes: un libro destinado a mí, que conocía toda la obra de Kafka menos esa novela, cuya lectura había comenzado varias veces y por inexplicables causas nunca había llegado a terminar. Costaba 100 pesos redondos. Sí, era  para mí. Llamé el muchacho: El mar en todo x El castillo. Me lo llevé.

El patio del shopping vestía de celeste y blanco y hervía de gente. Llegué sobre la hora y conseguí una mesita ubicada lejos del televisor, al lado de un grupo de diez chicas entusiastas, adolescentes, que suspiraron y gritaron durante todo el partido, se distraían y preguntaban una y otra vez cuál de los jugadores era Messi o Di María y contra quién jugábamos. Era agradable observar, más allá de sus comentarios futbolísticos y de los chirridos o agarrones que se prodigaban cuando había alguna jugada de gol, las caras pintadas, las vinchas, las camisetas de la selección argentina puestas por encima de la ropa, indumentaria que las igualaba y masificaba notablemente, una para todas, todas para una. Solamente los mozos, enfocados en el trabajo, se sustraían del clima general, y conformaban un selecto ejército disciplinado que iba y venía entre las mesas, silencioso, pescando señales, gestos y voces de los atareados clientes.

A los veinte minutos de comenzado el partido, angustiado por el mal juego, la lentitud, la irresolución, la molestia de estar jugando a nada frente a un rival insignificante, abrí El castillo y comencé a leer:

“Era noche cerrada cuando llegó K. El pueblo estaba hundido en la nieve. Nada se podía ver de la montaña del castillo; niebla y oscuridad lo rodeaban; ni el más pequeño rayo de luz permitía descubrir dónde estaba.”

Miraba el partido de reojo, súper atento sin embargo y deseoso de que pasara algo, pero ya estaba también fugado hacia ese espacio que inmediatamente se abrió ante mi espíritu: la suerte de K.

“K. estuvo largo rato parado en el puente de madera que unía la carretera con el pueblo, mirando hacia arriba, a ese aparente vacío. Después se puso a buscar un albergue”.

Hubo una jugada que exaltó al relator y provocó un uuuhhhh general en todo el patio. Las chicas se miraron entre sí y saltaron de las sillas, ahogando  gritos. Yo iba y volvía del destino de K. a la realidad del fervor que me rodeaba, a la desesperación de mirar un partido de fútbol que no prosperaba, a los rostros abatidos de nuestras estrellas que apenas titilaban cuando debían brillar, fulgurantes. Necesitaba irme con K. porque –era muy consciente de esto- tenía los huevos en la garganta, y me incomodaba tanta dependencia emocional de once jugadores vestidos con los colores de nuestra bandera. Necesitaba entrar en otro laberinto, otras angustias, en la angustia de otro que mitigara la mía.

Una nueva amiga llegó y tomó apresuradamente la silla que estaba a mi lado, que nadie ocupaba. “¿Puedo?”, me preguntó; “sí, claro, llevala nomás”, respondí, al tiempo que dejaba el libro para detenerme, ilusionado, en el juego. No pasaba nada, sólo impotencia y decepción, entretanto K. había llegado a un albergue donde no había camas disponibles, pero el mesonero le había permitido dormir sobre un jergón, en el despacho de bebidas. Agotado, se había dormido enseguida, “pero poco después lo despertaron. Junto a él, y acompañado por el mesonero, estaba parado un joven que vestía al estilo de la ciudad. Tenía una expresión teatral en la cara, ojos estrechos y cejas pobladas”.

Subrayé con el lápiz la última frase, porque siempre admiré la capacidad y originalidad de Kafka para describir personajes, con pocos trazos.

“El maestro, un hombre joven, pequeño, estrecho de hombros, y, sin que esto resulte ridículo, muy erguido…”, subrayé después. Y también estos párrafos:

“…apareció un aldeano viejo, con cazadora de piel, la cabeza inclinada a un lado, amistoso y débil”,

“…le dijo uno de los hombres, uno que tenía una gran barba y encima un bigote bajo el cual la boca permanecía siempre abierta en un continuo resoplido…”,

“La mujer sentada en el sillón estaba tendida como sin vida; ni siquiera miraba a la criatura que tenía contra el pecho, sino a un punto determinado en lo alto. K. la contempló largamente: un cuadro sereno, hermoso, triste”.

Un largo suspiro colectivo seguido de un alboroto de voces anunció el final del primer tiempo, y un rumor aliviado y entusiasta ganó el patio entero, mezclado con el ruido que produjo el movimiento de sillas y mesas que llegaba, unánime, desde el primer piso. En ese momento el mozo trajo mi pedido: una ensalada y un porrón de cerveza. “Disculpe la demora”, me dijo, mientras apoyaba nerviosamente las cosas sobre la mesa. “No es nada”, dije, con un gesto de aprobación. Todo se disculpaba en ese trance, patriótico, en el que nos unían la ansiedad, la esperanza y la pasión por nuestro equipo. Antes de lanzarme sobre el plato, subrayé:

“Por el camino que bajaba del castillo, venían dos hombres jóvenes de mediana estatura, ambos muy delgados y vestidos con ropas muy ajustadas. También sus caras eran muy similares; su color era moreno oscuro, pero destacaban, no obstante, sus renegridas barbitas puntiagudas”.

Y ya sobre el final del primer capítulo:

“Se abrió la puerta del patio y apareció un pequeño trineo para carga liviana, completamente chato, sin asiento alguno, que era tirado por un caballo enclenque, y tras él venía el hombre, doblado hacia adelante, flojo, cojeando, con una cara magra, enrojecida, constipada”.

Cerré el libro, tomé un trago de Stout y empecé a comer. No había terminado la ensalada, cuando percibí el retorno del orden y el tirante silencio. El segundo tiempo estaba en marcha.

II

El partido continúa anodino, nuestro equipo de mega estrellas no logra doblegar al pobre y desconocido adversario. El mozo viene a retirar. No es el mismo, creo; éste tiene un rostro definido, intenso, me mira desde sus ojos hundidos, oscuros, impacientes, cansados, y tiene además una barba rala que le cubre vagamente las mejillas, una barba de pelos retorcidos y secos. Cuando se aleja, noto que tiene un leve defecto al caminar, cojea imperceptiblemente. Sin embargo es hábil: lleva la bandeja en alto, por encima de las cabezas de los clientes, y va recogiendo objetos de otras mesas, hasta cubrirla completamente. Una de las chicas le tira de la chaqueta y lo detiene, le pide algo que el mozo no entiende, a pesar de que se agacha, incómodo. A punto de perder el equilibrio, se incorpora y se aleja, con una mueca de fastidio, dejando a la chica con la boca entreabierta, decepcionada. Hay un córner a favor nuestro, el tiro es demasiado largo, se pierde por línea de fondo. Brotan, en el aire, suspiros y maldiciones. Ahora el mozo ha dejado la bandeja en la barra, y le pide algo al cajero. Éste, demasiado ocupado, acosado por varios mozos que están a la espera de un vuelto, le arroja con desdén una libreta. El mozo pide algo más. El cajero le hace gestos agresivos con la mano, le indica el final de la barra, con expresión furiosa. El mozo se desliza velozmente hasta allí, y con visible irritación, levanta una portezuela y entra; un empleado lo detiene, forcejean, el mozo se calma, toma una lapicera de una caja y sale nuevamente, con otra bandeja, y se dirige a la mesa conflictiva, con la libreta y la lapicera en la mano. La chica, ganada por una nerviosidad superficial, juguetona, sonríe y habla con la amiga que tiene al lado. Entre las dos, tropezándose un poco al hablar, hacen el pedido, que el mozo anota. Cuando éste se aleja las dos se miran, festejan sonriendo, y vuelven a concentrarse en el televisor. El mozo se lleva el pedido pero antes de llegar a la barra llama a un compañero, que parece el jefe de mozos. Es un hombre alto, canoso, muy erguido, que a diferencia del resto lleva una chaqueta azul en lugar de negra. Hablan en secreto, luego de  mirar fugazmente hacia la caja, el jefe hace un gesto de aprobación con la cabeza y le recibe la libreta. El mozo se dirige entonces hacia los baños, apurado y cojeando más acentuadamente… Observo el libro cerrado, le paso la mano por la tapa, lo tomo y vuelvo a dejarlo. Miro el partido, entro y salgo del entusiasmo y la amargura cada vez que nuestros jugadores pierden la pelota o desperdician oportunidades de gol. Para colmo, los iraníes ya se agrandaron y pasaron hace rato de meros partenaires a candidatos a empatar o ganar. Algo les dicta, en la sangre, lo que ya saben: que Solo Alá es el Vencedor, que  nunca estarán solos, ni derrotados, y es evidente que lo creen: se nos vienen encima. Esfuerzo la vista y leo: S.T. 35’. Pago y me levanto. En esos momentos llega P.

“¿Y? ¿Cómo va?”, pregunta. Trae un par de bolsas. “¿Te vas?”. “Sí, no me banco más este partido, no jugamos a nada”. “Gordito, vi un pantalón, aquí en Express”. “Bueno, dale, vamos a verlo”. En el local, que  está a pocos metros, dentro mismo del shopping, no hay nadie atendiendo. Los empleados, como todos los otros, están mirando el partido desde los umbrales de las puertas. “No podemos entrar ahora”, digo, casi en respuesta directa a las miradas de enojo de todos, menos de un pibe, un empleado que se ofrece a atendernos. Es alto, flaco y fofo a la vez, pálido, de rostro infantil, afeminado. Parece ajeno al juego en sí, aunque no al clima que se vive, del cual nadie puede sustraerse. “Hasta yo estoy nerviosa”, dice P., que mira el devenir del partido, con curiosidad y concentración, a través de los gestos, gritos, insultos, saltos y ademanes de los espectadores que nos rodean. “Dejá, dejá, esperemos a que termine, faltan cinco minutos”, le digo al muchacho, que se empeña en atendernos. “Cómo me voy a comprar un pantalón ahora, si los huevos no me bajaron”, pienso, y me acomodo codo a codo con la gente a sufrir los últimos minutos. Entonces, ya en el límite de la agonía, aparece Leo y la clava en el ángulo. No puedo gritar. El grito general, los saltos y abrazos me rodean con su locura y belleza. Una mujer se larga a llorar a mares. Otra amaga desvanecerse y se apoya en la pared; un pibe golpea una silla hasta desarmarla. Grito yo también, pero adentro de mí, explotando de un extraño alivio, una alegría infinita, y ya empieza a no importarme el mal juego, la bronca, el desencanto.

III

El castillo me acompañó durante todo el mundial. Y lo terminé más o menos cuando llegamos a la final. Pero a la altura de la página 350 -jugábamos, creo, contra Bélgica-, una escena me resultó reveladora:

“Ya se veía a lo lejos venir corriendo al mismísimo patrón del Herrenhof, vestido de negro, solemne y estirado como siempre, pero era como si hubiese olvidado algo de su digno porte, de tal forma corría.

Traía los brazos entreabiertos, como si se lo hubiese llamado por una gran desgracia, y viniera para abrazarla y ahogarla inmediatamente en su pecho, y parecía que esa irregularidad de los timbrazos lo hiciese saltar y apurarse todavía más.

Un buen trecho detrás de él apareció también su mujer. También ella corría con los brazos abiertos, pero sus pasos eran cortos y remilgados, y K. pensó que llegaría demasiado tarde. Entretanto el patrón habría hecho todo lo que hacía falta.

Para hacerle lugar en su carrera, K. se apretó contra la pared, pero aquél se paró justamente ante él, como si fuese su meta. En seguida llegó la patrona, y ambos lo abrumaron con reproches, que en el apuro y sorpresa no pudo entender, principalmente porque interfería el timbre del señor, e inclusive otros timbres comenzaron a funcionar, ya no más por necesidad, sin por diversión y desborde de alegría.

Como a K. le interesaba mucho llegar a entender exactamente en qué había consistido su falta, no se resistió a que el mesonero lo tomase del brazo y saliese con él de este batifondo, que aumentaba continuamente detrás de ellos.

K. para nada se dio vuelta, porque el patrón de un lado y mucho más aún del otro la patrona lo abrumaban con protestas. Las puertas se abrían del todo, el corredor cobraba vida. Allí pareció desarrollarse un tráfico como en una agitada y estrecha callejuela.

Ante ellos las puertas aguardaban, a todas luces impacientes, que K. hubiese por fin pasado para poder despedir a los señores, y a todo eso los timbres, siempre nuevamente pulsados, seguían sonando como para celebrar una victoria.

Por fin entonces –estaban nuevamente en el silencioso, blanco patio, donde aguardaban algunos trineos- pudo K. ir enterándose poco a poco de qué se trataba.

Ni el mesonero  ni la mesonera podían entender que K. se hubiese animado a hacer algo así.

“¿Pero qué había hecho?”, volvía siempre a preguntar K., aunque no pudo seguir preguntando mucho porque su culpa resultaba tan evidente a la pareja que ni por asomo podían creer en la buena fe de K.

Solo muy lentamente K. se fue dando cuenta de todo. Su estada en ese corredor había sido ilícita.

Lo máximo que se le permitía, y esto sólo como especial favor, y en forma provisional, era el acceso al bar”.

La escena sigue, y al terminar de leerla algo brilló: comprendí que se parece a mis sueños, a muchos de mis sueños paranoicos. No los hechos en sí, sino la estructura, la deriva de los acontecimientos, imprevisible, la alteración de la relación causa-efecto, del sentido lógico, la ampliación de lo nimio, la desdramatización de lo terrible, la incertidumbre del protagonista, oprimido y desbordado por acontecimientos que no entiende, la ambigüedad general de las conductas, etc. Comprendí también que las muchas escenas que recordaba –de América, de El proceso, de La metamorfosis, de los magníficos cuentos- tienen esta impronta onírica, y que toda la narrativa de Kafka es un largo sueño (las más de las veces, una larga pesadilla).

De modo que terminó el mundial, terminé la lectura de El castillo, y se abrió para mí, otra vez, el mundo de Kafka, como un Gran Teatro Integral de Oklahoma literario. Si es placentero leer un autor que admiramos, más aún es releerlo, entrar en su obra ya conocida buscando algo preciso, escaneándola, a medida que volvemos a escuchar la voz del autor, su respiración, los movimientos de su inteligencia, sus emociones, sus pases de magia.

“Kafka y los sueños”, podría ser el título de la nota; una buena nota, me ilusiono, pero éste es solo el comienzo de la aventura, que tal vez llegue a buen puerto, que tal vez fracase. No importa, hay tiempo, mucho, podría tomarme incluso cuatro largos años, hasta el próximo mundial. (¿Llegará bien Messi? Ahora tiene 27 años… Con 31… sí, claro que sí, puede llegar perfectamente bien, además en Rusia, lejos de las presiones locales, va a sentirse más cómodo… Podremos soñar con ser campeones, con que se dé finalmente el gran mundial de Leo: campeón, mejor jugador y goleador. Y no hay que olvidar a Di María, angelito, el fideo, que llegará con 30. ¡Vamos carajo! ¡Vamo Argentina!).

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