POEMA 54

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Nos alivian las nubes silenciosas

cambiantes y fijas como un río

y el san Antonio se sube a una piedrita

a mirar el abismo de la orilla.

 

¿Qué pensará del mar que en un momento

se llevará sus alas diminutas?

Lo alojo en mi corazón como un milagro

y me alejo de allí, bajo otro cielo.

 

Nota: A veces la mayor belleza del paseo por la orilla del mar está en el cielo, que adopta formas sorprendentes y nos alivia. Fijas y cambiantes, las nubes, como el río de Heráclito, son imagen de  nosotros mismos. Y luego está esa breve tragedia inexplicable de la vaquita de San Antonio, a la que vi subida a una piedrita a metros del oleaje mirando hacia el mar. Otra imagen nuestra, que perplejos hacemos ese gesto conscientes de la gran fugacidad, de que en un parpadeo ya no estaremos aquí. Solo cabe alojar este misterio/milagro de la vida -y alojarnos- en nuestro corazón mientras andamos bajo el cielo que ya es otro…

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