Textos del encuentro de La poesía y el mar, en el C. C. Pipach, el 22 de agosto. Con la participación especial de Irene Balmayor, quien propuso la lectura de La canción del pirata, y comentó sus experiencias sobre los viajes y el mar. Gracias a todos los que participaron.
¡Que disfruten de la lectura!
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Canto V de La Odisea
(frag)
Así que anduvo éste a la deriva durante dos noches y dos días por las sólidas olas, y muchas veces su corazón presintió la muerte. Pero cuando Eos, de lindas trenzas, completó el tercer día, cesó el viento y se hizo la calma, y Odiseo vio cerca la tierra oteando agudamente desde lo alto de una gran ola. Como cuando parece agradable a los hijos la vida de un padre que yace enfermo entre grandes dolores, consumiéndose durante mucho tiempo, pues le acomete un horrible demón y los dioses le libran felizmente del mal, así de agradable le parecieron a Odiseo la tierra y el bosque, y nadaba apresurándose por poner los pies en tierra firme. Pero cuando estaba a tal distancia que se le habría oído al gritar, sintió el estrépito del mar en las rocas. Grandes olas rugían estrepitosamente al romperse con estruendo contra tierra firme, y todo se cubría de espuma marina, pues no había puertos, refugios de las naves, ni ensenadas, sino acantilados, rocas y escollos. Entonces se aflojaron las rodillas y el corazón de Odiseo y decía afligido a su magnánimo corazón: «¡Ay de mí! Después que Zeus me ha concedido inesperadamente ver tierra y he terminado de surcar este abismo, no encuentro por dónde salir del canoso mar. Afuera las rocas son puntiagudas, y alrededor las olas se levantan estrepitosamente, y la roca se yergue lisa y el mar es profundo en la orilla, sin que sea posible poner allí los pies y escapar del mal. Temo que al salir me arrebate una gran ola y me lance contra pétrea roca, y mi esfuerzo sería inútil. Y si sigo nadando más allá por si encuentro una playa donde rompe el mar oblicuamente o un puerto marino, temo que la tempestad me arrebate de nuevo y me lleve al ponto rico en peces mientras yo gimo profundamente, o una divinidad lance contra mí un gran monstruo marino de los que cría a miles la ilustre Anfitrite. Pues sé que el ilustre, el que sacude la tierra, está irritado conmigo.» Mientras meditaba esto en su mente y en su corazón, lo arrastró una gran ola contra la escarpada orilla, y allí se habría desgarrado la piel y roto los huesos si Atenea, la diosa de ojos brillantes, no le hubiese inspirado a su ánimo lo siguiente: lanzóse, asió la roca con ambas manos y se mantuvo en ella gimiendo hasta que pasó una gran ola. De este modo consiguió evitarla, pero al refluir ésta lo golpeó cuando se apresuraba y lo lanzó a lo lejos en el ponto. Como cuando al sacar a un pulpo de su escondrijo se pegan infinitas piedrecitas a sus tentáculos, así se desgarró en la roca la piel de sus robustas manos. Luego lo cubrió una gran ola, y allí habría muerto el desgraciado Odiseo contra lo dispuesto por el destino si Atenea, la diosa de ojos brillantes, no le hubiera inspirado sensatez. Así que emergiendo del oleaje que rugía en dirección a la costa, nadó dando cara a la tierra por si encontraba orillas batidas por las olas o puertos de mar. Y cuando llegó nadando a la boca de un río de hermosa corriente, aquél le pareció el mejor lugar, libre de piedras y al abrigo del viento. Y al advertir que fluía le suplicó en su ánimo: «Escucha, soberano, quienquiera que seas; llego a ti, muy deseado, huyendo del ponto y de las amenazas de Poseidón. Incluso los dioses inmortales respetan al hombre que llega errante como yo llego ahora a tu corriente y a tus rodillas después de sufrir mucho. Compadécete, soberano, puesto que me precio de ser tu suplicante.» Así dijo; hizo éste cesar al punto su corriente, retirando las olas, e hizo la calma delante de él, llevándolo salvo a la misma desembocadura.
Homero (siglo VIII AC)
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Robinson Crusoe
(frag)
No podría describir el estado de ánimo que tenía cuando me sentí hundir en las aguas, porque aunque sabía nadar muy bien no conseguía librarme de la fuerza de las olas y ascender a respirar, hasta que después de arrastrarme interminablemente en dirección a la playa, la ola rompió allí y al retroceder me dejó en tierra firme, medio muerto por el agua que había tragado. Me quedaban suficiente aliento y presencia de ánimo como para advertir que estaba más cerca de la playa de lo que había supuesto, y enderezándome traté de correr hacia ella con toda la velocidad posible antes de que otra ola me arrebatara. Pero de inmediato supe que aquello era imposible porque vi crecer el mar a mis espaldas como una montaña y con la furia de un enemigo que me superaba infinitamente en fuerzas. Mi salvación estaba en retener el aliento y sostenerme a flote todo lo posible, tratando en esa forma de nadar hacia la playa; pero me aterraba pensar que acaso el oleaje, después de sumirme profundamente en el mar, no me devolvería a la costa en su retorno. La ola que me cayó encima me hundió veinte o treinta pies en su seno, y otra vez me sentí arrastrado con una salvaje violencia y velocidad hacia la tierra, pero contuve la respiración y traté de nadar hacia adelante con todas mis fuerzas. Me parecía que iba a estallar por falta de aire, cuando me sentí levantado y de pronto tuve la cabeza y las manos fuera del agua; aunque esto solamente duró un segundo, me permitió recobrar el aliento y nuevo valor. Otra vez me tapó el agua, pero no tanto como para hacerme perder las energías, y cuando advertí que estaba en la playa y que la ola iba a volver, luché por sostenerme hacia adelante y toqué tierra con los pies. Me estuve quieto un momento para recobrar la respiración y mientras el agua se retiraba eché a correr con toda la velocidad posible hacia la costa. Pero ni esto me libró de la furia del mar y por dos veces consecutivas volví a ser arrebatado y devuelto otra vez a la playa, que era sumamente suave. La segunda vez estuvo a punto de serme fatal porque el oleaje, después de llevarme mar adentro, me proyectó con violencia contra una roca y tal fue la fuerza del golpe que me privó de los sentidos, dejándome indefenso contra su furia. El golpe me había magullado el pecho y el costado, privándome por completo de la respiración; estoy seguro de que si el mar hubiera vuelto inmediatamente habría perecido ahogado. Pero recuperé los sentidos un momento antes del retorno de la ola, y viendo que otra vez iba a ser arrastrado por ella me aferré con todas mis fuerzas a la roca, luchando por contener el aliento hasta que el agua retrocediera. Las olas ya no eran tan altas como antes, por la proximidad de la costa, y pude por lo tanto resistir el embate hasta que cesó, y entonces eché a correr hacia tierra con tal fortuna que la siguiente ola, aunque me alcanzó, ya no pudo arrancarme de donde estaba y en una segunda carrera me libré totalmente de su rabia, encaramándome sobre los acantilados hasta desplomarme sobre la hierba, libre de todo peligro y a salvo del mar. Cuando comprendí con claridad el riesgo del que acababa de salvarme, elevé mis ojos a Dios y le agradecí que hubiera perdonado una vida que segundos antes no conservaba la menor esperanza. Me paseaba por la playa alzando no sólo las manos sino todo mi ser en acción de gracias por mi rescate, haciendo mil ademanes que no podría describir y reflexionando sobre mis camaradas que se habían ahogado, siendo yo el único que había conseguido pisar tierra; nunca volví a verlos, ni siquiera encontré señales de ellos, salvo tres sombreros, una gorra y dos zapatos de distinto par. Fijé los ojos en el barco encallado, al que la distancia y la furia del mar apenas me permitían divisar, y me maravillé. — ¡Oh, Señor! —prorrumpí—. ¿Cómo he podido llegar a tierra?
Daniel Defoe (1660-1731)
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La canción del pirata
Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín;
bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul.
«Navega velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza,
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho,
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.
Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra,
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.
A la voz de ¡barco viene!
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar:
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual:
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.
¡Sentenciado estoy a muerte!;
yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena
quizá en su propio navío.
Y si caigo
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
de un esclavo
como un bravo
sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.
Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado
arrullado
por el mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria la mar».
José de Espronceda
(1808-1842)
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El mito de Dánae
El mito de Dánae narra la historia de una princesa de Argos, hija de Acrisio, quien, tras recibir una profecía de que su nieto lo mataría, la encerró en una torre para evitar embarazos. Sin embargo, Zeus, enamorado de ella, la visitó en forma de lluvia de oro, resultando en el nacimiento de Perseo. Temiendo la profecía, Acrisio encerró a Dánae y a Perseo en un cofre y los arrojó al mar. Milagrosamente, llegaron a la isla de Sérifos, donde fueron rescatados y acogidos. Posteriormente, Perseo cumplió la profecía matando a Acrisio, aunque de forma accidental.
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El lamento de Dánae
Cuando, en el arca fina, sintió el soplo
del viento y la corriente
del mar revuelto, a Dánae
le entró miedo y, con las mejillas húmedas,
se echó sobre Perseo y, abrazándolo,
dijo: “¡Qué pena tengo,
hijo! Pero tu sueño no se turba,
y duermes, no pensando
sino en mamar, en este leño triste
claveteado de cobre, que en la noche
reluce, y donde sólo
la oscuridad azul
te arropa. No te importan
ni el agua que te pasa por encima
sin tocarte el cabello, ni el bufido
del viento: siempre apoyas
la hermosa cabecita en la frazada.
Si te espantara lo que causa espanto,
ya habrías dado oído a mis palabras.
Quiero que duermas, niño;
y que se duerma el mar, que al fin se duerma
esa aflicción inacabable. ¡Que haya
un cambio, padre, Zeus
por tu merced! ¡Ay, si cualquier palabra
injusta o temeraria hubiese dicho
al suplicarte, perdónamelo!
Simónides de Ceos
(556 AC)
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Relatos de viaje
(De mi autoría, publicados en 2016 bajo el título: Relatos de viaje y otros naufragios. Se encuentra completos en mi sitio web: www.anibalzaldivar.com)
Grecia (2019)
Muchas personas expresan que lo que más quisieran hacer en la vida, si pudieran elegir, es viajar, “recorrer el mundo”. Pero viajar no es fácil, no es tan sencillo dejar la vida que hacemos y rodar en parajes inasibles, fuera de nuestras redes de contención, de los mojones que alimentan nuestra vida. El deseo de viajar suele ser la expresión melancólica de una insatisfacción, de una fantasía, pero de ahí a salir, a perderse en otras geografías, a exponerse, hay un gran paso.
Hecha esta advertencia, espero que estos breves relatos sean una invitación a hacer las valijas o la mochila. Grecia deja un sabor a aventura y a deseos de partir del propio hogar y conocer otros mundos. Desde Odiseo en adelante, la invitación a la aventura en Grecia es proverbial. Entre los escritores, Herodoto pasa por ser el gran viajero de la antigüedad griega, y fruto de sus viajes son los maravillosos Nueve libros de la historia. Un siglo antes, el sabio Solón, después de trabajar arduamente en una legislación para Atenas, le ofrecieron el gobierno, y él lo rechazó y decidió que era el momento de viajar. Siendo ya viejo, se largó a los caminos, y nos dejó estar hermosa sentencia: “envejezco aprendiendo muchas cosas” (πολλὰ ynpaskw διδασκόμενος; polla gerasko didaskómenos).
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España y Portugal (2014)
Quien viene del mar se asombra del mar, porque –como escribió Borges- “quien lo mira lo ve por vez primera, /siempre, con el asombro que las cosas/ elementales dejan”… Este que vemos ahora, con asombro renovado, es el mar de Luis de Camoes, poeta que Saramago define como “un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura”. Camoes cantó, en el siglo XVI, “las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de Os Lusíadas (los lusitanos)”, conducidos por Vasco Da Gama.
Mirándonos en el espejo de este mar fuimos por la ruta costera Nº 247, desde Foz de Lizandro hasta Peniche. En la soledad inmensa de esa primavera, algunos surfistas reinaban como peces, en embarcaciones veloces, rápidas como los caballos de agua que montaban. El mar de Camoes: con un golpe de brisa llegó una música que parecía provenir de la mítica caracola de Tritón: un sonido grave multiplicado, que iba y venía como el oleaje. En el canto VI de Os Lusiadas, el dios Neptuno interviene a favor de Vasco Da Gama y sus hombres, que están en grave peligro: “Juzgando ya Neptuno que sería/ extraño caso aqueste, llamar manda/ a Tritón a los dioses de agua fría/ y a los que habitan una y otra banda. /Tritón, que de ser hijo se gloría/ del rey y de Salaucia veneranda, /era mancebo grande, negro y feo,/ trompeta de su padre y su correo./La concha que llevaba, retorcida, /con tanta fuerza y brío la soplaba/ que en un punto de todos fuera oída/ según en la mar ancha retumbaba…”
Portugal es agradecido con Tritón y en el Palacio Da Pena su figura monstruosa, mitad hombre, mitad pez, resalta en el pórtico que lleva su nombre. Pero esta música no venía del mar, como yo imaginé, sino de unos molinos a la vera de la ruta, con las astas coronadas de cuencos de cerámica, que al girar sonaban como hondos caracoles. En una panadería nos detuvimos a observar uno de estos molinos, sin utilidad aparente más que la de poblar el aire de sonidos encantadores. (Inútiles. Sin embargo ese pan todavía tibio que saboreamos mirando girar la rueda, con el cielo y el mar de fondo, parecía contener en su sabor algo de esa música).
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Fuimos hacia el cabo Finsterre desde el sur, y tejimos un rosario de hermosos nombres que suenan como poemas, lluvia de voces preciosas como piedras pulidas por el mar: Noia, Esteiro, Muros, Serres, Louro, Lariño, Lira, Carnota, Pindo, Abelleiro, Texoneira, A Capelán, O Boito, Boca Do Río, As Extrañeiras, Vabezeis, O rego da leña, Quilmas, Gures, Fontenla, Corcubión, Amarela, Estarde, Sardineiro, Muxia, Quintan, Suxo, Vimianzo, Boallo, Zás, Brandomil, A Pereira… En Praia do Louro nos detuvimos a mojarnos los pies en el mar y no había nadie salvo una mujer en tetas a la que me acerqué descaradamente y curioso. Era de La Coruña y acompañaba a su marido, un francés nadador que en ese momento pasaba a brazo partido por la bahía, solitario en el mar calmo. Elegían estas playas porque allá arriba el oleaje es bravo, la costa rocosa y el agua muy fría. Tendría 40 años, simpática y muy natural también en sus modales. En Carnota hicimos pic-nic y visitamos el hórreo más largo de Galicia, con 7,60 metros, al lado de la Capilla, al lado del cementerio, y cerca de un cruceiro, conjuro para los demonios del camino. Hórreo, Capilla, Cementerio, Cruzeiro, cuatro puntos cardinales de Galicia…
El Finsterre no es el punto más occidental de Europa, sino el Cabo Da Roca de Portugal. Pero los romanos lo sintieron y nombraron así y el hermoso mito quedó hasta hoy. Punto final de la peregrinación a Santiago, paisaje impactante de mar y montañas, nos recibió como a miles de visitantes, y quedamos extasiados frente a la contemplación del atardecer.
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Sur de Argentina y Chile (2006)
Isla de Chiloé (frag)
De Huillinco nos llevamos una muñeca hecha con lana hilada a mano, obra de la artesana Cleofa, una anciana de la comunidad huilliche que nos recibió en su casa. La viejita nos convenció de comprar una, asegurándonos que los revendedores de las ciudades la ofrecían al doble de precio. Sus modelos repetían mujeres erguidas en actitud serena, con las manos unidas sobre el estómago. Cada tanto este predominio femenino resultaba alterado por uno masculino en actitud ociosa, sentado y despreocupado. La viejita soltó una ironía: “los hago así porque esa es la actividad principal del hombre chilota”. Sonreímos con ella, compramos y seguimos viaje con la muñeca, a la que naturalmente que bautizamos “Cleofa”.
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Dunamar (frag)
Dunamar es un barrio parque fundado por Ernesto Fridolin Gesell, el hermano mayor de Carlos. Conocer Dunamar era una deuda histórica y la verdad es que nos encontramos con unas pocas manzanas de médanos forestados. Es curioso y forma parte del entramado psicológico de la familia Gesell que Ernesto haya comprado 500 ha de médanos vírgenes quince años después de que su hermano menor comprara la fracción que hoy es Villa Gesell. Uno supone, ligeramente, una competencia fraterna que se resuelve de un modo atípico: comprando arena y forestándola. Lo cierto es que Dunamar es un bonsái de Villa Gesell, una reproducción reducida. El paisaje es similar pero tiene unas pocas manzanas urbanizadas. Lo recorrimos en un par de horas. Buscábamos indicios “geselinos” y por cierto encontramos la casa de la hija de Ernesto, Isabel, quien junto a su esposo Angel Fangaut fueron esenciales en la forestación y consolidación del lugar. Llegamos por indicaciones de los vecinos. Nos encontramos con una casita en el bosque, donde se vende miel, dulces y hongos. Golpeamos pero nadie atendió. Había un televisor encendido y vimos la figura de una persona mayor caminando por la casa. Nos alejamos sin insistir.
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Recuerdos de viaje
PRELIMINARES.
Hacer la travesía desde el Havre á Nueva York en la Compañía Trasatlántica Francesa, Ó embarcarse en un vapor del Cunard Line, en Liverpool, no es exactamente lo mismo como agrado, si bien ambos medios de cruzar el Océano, pueden emplearse indistintamente, con la seguridad de llegar a buen puerto, en doce o trece días, salvo los inconvenientes ó accidentes naturales de la ruta. Las nieblas y lurtes, compañeros inevitables del verano, y los vientos bravíos é incesantes, que sin piedad exasperan las aguas del Atlántico, en los meses del invierno, hacen que el viaje sea siempre penoso é igualmente inseguro, en una u otra estación. Pero dado no ser posible evitar, que el deshielo del Polo, acarree esas masas colosales, que cortan un buque de parte a parte, con s610 chocarlo; y siendo del mismo modo imposible colmar en el invierno, el desencadenamiento de ciertos vientos reinantes en aquellas regiones, creo preferible afrontar los iceber.qs y las nieblas, evitando de esa suerte, el más desapiadado enemigo del viajero por agua: el mareo.
Durante el verano, el mar está relativamente tranquilo, y la cuestión travesía, presenta otra faz, bajo el punto de vista del confort y amenidad del viaje. En la Línea Francesa, se come admirablemente, detalle de sumo interés, para el viajero que no se marea; y en la buena estación las excepciones son escasas, salvo durante los dos ó tres primeros días. El servicio es inmejorable, y la sociedad cosmopolita que por esos vapores viaja, parece como impregnada de la amenidad y agrado de las costumbres francesas, reinando además aquel grato laisser faire que crea la vida de abordo. En los vapores ingleses, se come mal, es decir, á la inglesa; todo es allí insípido, exento del atractivo de forma y de fondo, que tanto realce da á la comida francesa. El vino brilla por su ausencia, eleva la suma de los extra á proporciones colosales é impone al viajero, la enojosa tarea de calcular sus gastos, en esas horas crueles de la vida de abordo, en las cuales toda la sensibilidad parece concentrada en el estómago. Por lo general, en la Linea Inglesa, no se encuentra sino Ingleses; pues, los Europeos del Continente, no atraviesan por gusto el temido Canal de la Mancha, para ir a embarcarse ex profeso en Liverpool, teniendo, como tienen, la perspectiva de un viaje de mar de tantos días: ésto, además de otros inconvenientes, recargaría con exceso su budget. Paris es más tentador; y el ferro-carril del Havre, que atraviesa la pintoresca Normandía, en sólo tres horas, ofrece muchos encantos, que llamaré preliminares á la gran travesía trasatlántica.
El Domingo, en los paquetes ingleses, hay casi siempre un sen-ice, en el gran comedor, pues rara vez falta abordo el clergyman touriste ó inmigrante. En ese día cae sobre los desdichados pasajeros, la pesada capa de fastidio, que cubre infaliblemente las ciudades protestantes, on sabath day. Enmudece el piano, todos hablan en voz baja, y se diría que, hasta el monótono ruido de la hélice, es menos marcado y nervioso los Domingos. En cambio, la disciplina, propiamente dicha, de la Línea Británica, se efectúa siempre con suma regularidad y reserva. Los pasajeros no tienen Contacto alguno con la oficialidad del buque, que parece extraña, á lo que llamaré la parte comercial de la Compañía. El capitán, es un hombre mustio, silencioso, casi siempre vulgar, que al pié de la letra, obsenta la exclusiva misión de conducir el buque: Los pasajeros no le conocen ni de vista; su asiento en la cabecera de la mesa, permanece siempre vacío.
Si hay mal tiempo, nadie sabe lo que ocurre, nadie se atreve a preguntar qué sucede a esas sombras silenciosas y graves, que cruzan de un lado a otro, como autómatas de la disciplina. El agrio sonido de la bocina, rompe la espesa bruma, que como tupido crespón envuelve al buque; una sensación dolorosa se produce y los latidos del corazón más valeroso se aceleran. El lamento de la bocina recuerda sin cesar á los viajeros la inminencia del peligro. En aquella oscuridad, que, ni siquiera permite ver los objetos más cercanos, el encuentro con otro buque, es no sólo un peligro: es la muerte. Ayax, el héroe griego, que no temía ni a los mortales ni a los dioses, tembló en la oscuridad é imploró á Venus, pidiéndole luz! Luz! Qué extraño es que el horror se apodere del espíritu de los viajeros, durante esos cuatro terribles días, en los cuales no se apagan un instante las odiosas lámparas de aceite, que dan un tinte funerario a la pardusca luz del día! Desgraciadamente, el enemigo silencioso y frio, que el Polo envió por las aguas del Atlántico a la frágil nave, no se anuncia, ni por el agrio son de la bocina, ni éste conmueve la helada superficie de la gigantesca mole. De improviso, la atmósfera que rodea al vapor se enfría de tal suerte, que el termómetro baja repentinamente, de 10 a 7 grados. Felices aquellos que ignoran lo que tal transición significa! El helado monstruo está cercano, y Dios sólo puede desviarlo en su terrible marcha.
En el mar no hay escépticos. Pasó el peligro: el sol rompe la bruma, la temperatura se dulcifica, y sobre las azuladas olas vese a lo lejos flotar la blanca diamantina masa que refleja el iris. La luz, la alegría y la tranquilidad reinan por todos lados; el marino, como el viajero, siente ensanchársele el corazón, y el buen humor reaparece.
Eduarda Damasia Mansilla
(primera novelista argentina)
(1834-1892)
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