La poesía, el mar y el espacio urbano

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Textos completos de la charla del domingo 15 de febrero en Pipach, con la participación del poeta Felipe Zaldívar.

*

Un patio

Con la tarde

se cansaron los dos o tres colores del patio.

Esta noche, la luna, el claro círculo,

no domina su espacio.

Patio, cielo encauzado.

El patio es el declive

por el cual se derrama el cielo en la casa.

Serena,

la eternidad espera en la encrucijada de estrellas.

Grato es vivir en la amistad oscura

de un zaguán, de una parra y de un aljibe.

*

El sur

Desde uno de tus patios haber mirado
las antiguas estrellas,
desde el banco de sombra haber mirado
esas luces dispersas
que mi ignorancia no ha aprendido a nombrar
ni a ordenar en constelaciones,
haber sentido el círculo del agua
en el secreto aljibe,
el olor del jazmín y la madreselva,
el silencio del pájaro dormido,
el arco del zaguán, la humedad
—esas cosas, acaso, son el poema.

*

Carnicería

Más vil que un lupanar
la carnicería rubrica como una afrenta la calle.
Sobre el dintel
una ciega cabeza de vaca
preside el aquelarre
de carne charra y mármoles finales
con la remota majestad de un ídolo.

Jorge Luis Borges

(DE: Fervor de Buenos Aires, 1923)

*

El mar

I

Aves en la bruma

migraciones y regresos

devenir cruzado del oleaje

manso…

Naufragios y tormentas

insinuados

en esa bruma

imaginaria,

primaveral,

Refugio de dulces golondrinas,

deseo, sueño de los muertos,

plenitud recobrada,

armonía en celo, tirante,

de la mañana mecida

por la voz del agua.

El sol despierta y derrama

sombras de sangre sobre el mar,

una forma bella

de permanecer

un rato

en la oscura soledad,

sin verse,

sin escucharse llorar,

Tu boca impregna

las alas, el aire

abierto por el sol, esparcido

en voces, besos,

semillas de agua cristalina.

Mi cuerpo quiere abrazar

hasta los ojos y las lenguas

de las aves marinas

y tirarse a descansar

sobre el enorme océano azul

para esperarte.

Migraciones, regresos,

caracoles que dicen

que nunca está dicha

la última palabra.

De mi libro: El mar (1993)

*

Árboles de Buenos Aires

Apretado, sólido,

agredido de orines

encastrado en baldosas inertes.

Del bullicio surge

como de una bruma

la danza de los plátanos.

Nudoso de hostigamientos

cercano,

achaparrado,

encorvado,

copa sobre tallo de ceniza negra

solitario

rodeado de una nada de pasos.

Ellos son desnudos

la piel expuesta

dedos, ojos

manchados, vigorosas piernas,

poesía, espíritu secreto.

Crecido entre calles

postes, semáforos,

acariciando intimidades,

balcones.

Pintado con una soga blanca

atado de cal por la cintura.

Abonado de excrementos, paciente,

fuerte en el horror de los olores.

Retorcido, casto,

sinuoso en su búsqueda de luz.

(Camino bajo tu mirada

secreta, nocturna,

vespertina,

en la bendición de tus ojos

animal de raíces orinadas

sorbiendo la bella, la pura

tierra corrompida). 

Aleteo en el cemento

tumba desenterrada.

En calle entera desaparecida

veredas asfixiadas.

Verticales de ensueño

hendiduras.

Vive muriendo deshojado

gajo a gajo, sumado,

superpuesto, roce por roce

innumerable

brisa en el musgoso aire.

La semilla primordial

su silencio

perdura insomne.

Es el otro latir

pura heroica vida

aunque a veces

se canse de ser árbol.

(De mi libro inédito: Orejanos)

*

SOBRE BORGES

                         A una moneda

Río de la Plata, la tormenta
azota el agua. Tú que aún puedes ver
escribes la ciudad que desaparece en el nombre
de sus letras, la desembocadura,
el océano. Viaje de invierno del poeta.

Pero, ¿qué te sucede?
¿Cuál de todas tus almas
saca ahora de tu bolsillo esa moneda
y la arroja desde la cubierta más alta,
un destello
en el negro de las olas?

¿O acaso no eras tú, de nuevo,
sino ese otro llamado también Borges
el doble en el espejo
del poema soñado?

Dos veces, dices, añadiste algo
a la historia del planeta,
dos series interminables, paralelas
y tal vez infinitas,
tu existencia, y la de esa mísera moneda
que allí en lo más hondo de las profundidades
comienza ahora la progresión mágica
del consumirse,
aunque no lo sabe.

Tú sí, por eso estás celoso
y feliz. Tu júbilo secreto fue
penetrar el destino. Retorno,
infinitud, fábulas con las que jugar.

Así arrojaste tu obra
al tiempo,
palabras, un día empezadas como nada,
como pensamiento, como frase, como poema,
escritura transformada en libro
de mármol, y luego hundiéndose
perdida, corroída
por mil ojos aún no nacidos,
otra vez convertida en palabras sin poeta,
y más aún,
letras en la piedra más y más ilegibles,
susurro de fragmentos,
el eco enigmático
de un tiempo prehistórico,

hasta esa única y última
redención,

alcanzada
ausencia.

Cees Nootheboom

*

El camino

Yo soy el camino.

Estoy como una flecha

Indicando a lo lejos,

pero en la lejanía me pierdo.

Quien me siga

hacia allá, hacia acá, hacia aquí

ha de ponerse en camino

a la fuerza.

En camino y perderse.

Cees Nootheboom

*

Anclao en París

Al que extraño es al viejo león del zoo,
siempre tomábamos café en el Bois de Boulogne,
me contaba sus aventuras en Rhodesia del Sur
pero mentía, era evidente que nunca se había movido del Sahara.

De todos modos me encantaba su elegancia,
su manera de encogerse de hombros ante las pequeñeces de la vida, miraba a
los franceses por la ventana del café y decía «los idiotas hacen hijos».

Los dos o tres cazadores ingleses que se había comido le
provocaban malos recuerdos y aún melancolía, «las cosas que
uno hace para vivir» reflexionaba mirándose la melena en el
espejo del café.

Sí, lo extraño mucho,
nunca pagaba la consumición,
pero indicaba la propina a dejar
y los mozos lo saludaban con especial deferencia.

Nos despedíamos a la orilla del crepúsculo,
él regresaba a son bureau, como decía,
no sin antes advertirme con una pata en mi hombro
«ten cuidado, hijo mío, con el París nocturno».
Lo extraño mucho verdaderamente, sus ojos se llenaban a veces de desierto
pero sabía callar como un hermano cuando emocionado, emocionado, yo le
hablaba de Carlitos Gardel.

Juan Gelman

*

Mi Buenos Aires querido

Sentado al borde de una silla desfondada,
mareado, enfermo, casi vivo,
escribo versos previamente llorados
por la ciudad donde nací.

Hay que atraparlos, también aquí
nacieron hijos dulces míos
que entre tanto castigo te endulzan bellamente.
Hay que aprender a resistir.

Ni a irse ni a quedarse,
a resistir,
aunque es seguro
que habrá más penas y olvido.

Juan Gelman

*

Dos poemas de Felipe elegidos por mí:

24

Llevar otra vez

las cosas a buen puerto

Para qué

si todavía sentimos el humo

del último incendio

Acarrear las cadenas

un día y un día y un día

a la orilla de lo posible

con la piel hecha río

Volver a decir

cuándo será el fin

de este fin

cuándo volveremos

a empezar

un día y un día y un día

arrastrando la pregunta

hasta otro lugar.

Felilpe Zaldívar

(Del libro: Una voz color metal)

*

18

Para el deseo de mi corazón

el mar es una gota.

Adelia Prado

Me mandás mensajes

del otro lado del mundo

el océano es

codificar transpirar esperarte

me miro las manos

cuento los días

busco el clima de otra ciudad

pienso en nuestra última tarde

también pienso que no nos contienen

miles de kilómetros de fibra

en el fondo del mar

Felipe Zaldívar

(Del libro: El perro suelto de mi corazón)

*

Textos de Felipe elegidos por él y leídos en la charla:

Una voz color metal (2022)

1

Del invierno

el agua fría de la canilla

y alguna mañana con los pies

pegados

pero después

la condensación que destruye

la casa

en todos los rincones crecen

formas que miramos

sin extrañeza

La negrura

de lo que pasó

nos grita la verdad del contraste:

esto es el invierno

una mancha sobre una mancha

el vidrio viciado por nuestro aliento

de animales al borde

2

Como si fuéramos turistas

nos observan extraños

desde los otros edificios

las ventanas y los balcones

están muy cerca

y donde hay un signo de pregunta

ellos ponen un signo

de exclamación

3

Salgo a correr en busca

de un animal nocturno

que desmonte la pista

que me diga

este cuerpo es posible

pero solo encuentro ojos

y fotografías

4

Jugar debajo del puente

y mirar con otros ojos

Nuestro amor es un grafiti mal pintado

Siempre nos tembló el pulso

al usar el aerosol

Ojalá fuera un tatuaje preciso

pero las paredes de este puente

están carcomidas

la vibración de los autos

pudo más que cualquier

inscripción

*

El perro suelto de mi corazón (2025)

1

Esta tarde en Once te extraño

como solo se extraña

en este barrio:

con las marquesinas despintadas

los libros en oferta

las bocinas que me llaman

a una galería con tu nombre

En Once mi corazón

se desboca entre la gente

me pide que te busque detrás

de las cortinas de hierro

sobre las bolsas de basura

en los giros de una puerta giratoria

En Once veo tus ojos

en el dibujo de una tela

en los ojos de un gato

arrinconado en un bazar

hasta que se esfuman la tarde y la multitud

yo me arrastro y me amontono

entre las cosas que fueron nuestras

2

La vida es frágil, leo

en la señal de tráfico

mientras manejo hacia tu casa

Nuestras peleas de los últimos días

aparecen como bocinazos

insoportables destellos de luz

que me dejan cegado

con las manos cada vez más aferradas

Me concentro en los límites de los carriles

miro a los otros conductores

buscando complicidad

Pienso que un volantazo podría dejarme

por fin

cercenado

3

Llegaron veinte árboles

al parque de mi barrio

De dónde vienen no lo dicen sus ramas

quebradas por el viaje

plantados tan juntos parecen venidos

de una guerra

solitarios y callados

el viento no los mueve

y nadie quiere acercarse

a este bosque de mutilados

Yo camino entre ellos

busco mi corazón

desterrado

4

Las palomas tomaron tu departamento

se multiplican

en el pulmón del edificio

las siento cuchichear en tu ventana

ratas voladoras, me quejo

dulces criaturas, respondés

no nos ponemos de acuerdo

Yo no tendría problema

con esta invasión

ni escribiría un poema

si no fuera por el arrullo nocturno

que me deja enloquecido

con los ojos clavados

en el techo de tu habitación

5

Quisiera que tu voz llegara hasta mi oído

sin accidentes

pero esta es una distancia ruidosa

Escribo, conjeturo, hago cuentas

te espero

me desboco

6

Prestarte un libro

dejar que anotes

que marques

que subrayes

y cuando vuelvas

confundirme

no saber

si es tu letra o la mía

si sos vos o soy yo

quien se inscribe

sobre la página

7

Hay que achicarse

meterse en el cuerpo

comprimirse, encastrarse

ser como la tierra apisonada en una maceta

Pero, desde que te conocí

mi corazón saltó de mi cuerpo

y te busca

no se achica, no obedece

8

Y los otros preguntan

qué me pasa

que tengo un aire ausente

la lengua afuera

los ojos anhelantes

me delatan:

es la mirada

del enamorado que corre

detrás del perro suelto

de su corazón

*

Contar la vida

Después de acostarte por primera vez con alguien,

sin la ventaja o la desventaja de una relación previa,

es muy probable que la otra persona te diga:

háblame de ti, cuéntame tu vida, toda tu vida.

Y de buena fe piensas que realmente tienen interés

 en conocer tu historia;

enciendes un cigarrillo y empiezas a contarla,

ambos ya descansados, desparramados sobre la cama

como un par de muñecas de trapo dejadas por una niña

aburrida.

Le cuentas tu vida, o lo que el tiempo, o cierta prudencia

te permite contar, y oyes decir:

Oh, oh, oh, oh, oh,

hasta que el último oh es un sonido apenas perceptible,

y entonces, por supuesto, se produce una interrupción.

El camarero, que tardaba en llegar,

aparece con un bol

de cubos de hielo que se derriten, o bien uno de ustedes

se levanta para orinar y contemplarse, con suave desconcierto,

en el espejo del cuarto de baño. Y entonces lo primero que adviertes,

antes que hayas tenido tiempo de retomar el hilo

apasionante de tu historia

es que te están contando ya su propia historia,

tal como pensaban hacerlo desde un principio,

y tú, a tu vez, también exclamas: oh, oh, oh, oh, oh,

cada vez más débilmente, apenas un suspiro,

mientras el ascensor, hacia la izquierda, a mitad de camino

del corredor,

exhala un último, largo y profundo suspiro de postración

y deja de respirar para siempre. ¿Luego?

Bueno, uno de ustedes cae dormido,

y la otra persona hace lo mismo con un cigarrillo encendido en la boca,

y así es como la gente muere incendiada en los hoteles.

Tennesse Williams

(Del libro: En el invierno de las ciudades)

*

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