Textos completos de la charla del domingo 25 de enero de 2026.
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El mar en la ventana (frag)
La frontera de la piel, siempre. La amenaza de disolución que invita a cruzar el horizonte, donde los bellos astros ilusorios juegan, gaviotas y agua, cielo infinito, hondura palpable en formas de las manos, sangre que sueña y baila.
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Soy el infinito del mar o la mosca en la ventana, pero salgo de mí. Inicio el viaje, vuelvo a navegar o vuelo desde vidrio frío hacia la luz.
*
Frente al mar la vista se aclara y vemos la forma de la locura, la errancia de nuestra alma que busca formas en el infinito espacio, surgen gaviotas creadas por nuestras manos, vuelan más alto que las capucho café y a veces no saben volver a sus nidos. Otras veces somos barcos sin brújula, confundimos el norte con el este, y nos perdemos en el agua sin rastros. Una luz nos dice que no hay pérdida, que todo el vasto océano es igual en cada parte, que siempre estaremos navegando por donde queremos navegar.
(De mi último poemario, inédito).
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UN ESPACIO
melancólico
en el cielo sin nubes
cruza un meteorito lejano
llama con su brillo ceniciento
a los restos del big bang
originario
su gravedad
atrae sonidos
y pulsos
que aceleran el corazón
del infinito.
(De mi poemario posterior a El mar en la ventana)
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Hume y el infinito
El filósofo escocés David Hume, en el Tratado sobre la naturaleza humana, tercera parte, apartados 7 y 8, analizó los efectos de la distancia (en el tiempo y en el espacio) sobre la imaginación. En particular, da numerosos ejemplos de cómo la distancia espacial y el tamaño son también dimensiones afectivas de la mente humana. Como si la distancia y el tamaño, pero también la altura y la profundidad, etc., en tanto que cualidades espaciales, desempeñaran un papel constitutivo en el desarrollo de las pasiones humanas. “Es evidente que la mera visión y contemplación de una grandeza, sucesiva o extendida, engrandece el alma y le proporciona un placer y un goce sensibles” (Tratado de la naturaleza humana, Albacete, Libros en la Red, 2001, pp. 314-315).
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Madame Bovary
(fragmento)
El mar como infinito
– Avez-vous du moins quelques Promenades dans les envi-rons ? continuait madame Bovary parlant au jeune homme. – Oh ! fort peu, répondit-il. Il y a un endroit que l’on nomme la Pâture, sur le haut de la côte, à la lisière de la forêt. Quelque-fois, le dimanche, je vais là, et j’y reste avec un livre, à regarder le soleil couchant. – Je ne trouve rien d’admirable comme les soleils couchants, reprit-elle, mais au bord de la mer, surtout. – Oh ! j’adore la mer, dit M. Léon. – Et puis ne vous semble-t-il pas, répliqua madame Bovary, que l’esprit vogue plus librement sur cette étendue sans limites, dont la contemplation vous élève l’âme et donne des idées d’infini, d’idéal ? – Il en est de même des paysages de montagnes, reprit Léon.
(Parte 2. Cap. 2) Pág. 96
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Traducción:
-¿Tienen ustedes al menos paseos interesantes por los alrededores? –
continuaba Madame Bovary hablando al joven pasante.
-¡Oh!, muy pocos -contestó él-. Hay un sitio que se llama la Pâture, en lo
alto de la cuesta, en la linde del bosque. Algunas veces, los domingos voy allí
y me quedo con un libro contemplando la puesta del sol.
-No encuentro nada tan admirable -replicó ella- como las puestas de sol;
pero, sobre todo, a la orilla del mar.
-¡Oh!, yo soy un enamorado del mar.
-Y además, ¿no le parece -replicó Madame Bovary- que el espíritu boga
más libremente sobre esa extensión ilimitada, cuya contemplación eleva el
alma y sugiere ideas de infinito, de ideal?
-Pasa lo mismo con los paisajes de montañas -repuso León-.
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Otros fragmentos: Náufragos
Dès la première scène, il enthousiasma. Il pressait Lucie dans ses bras, il la quittait, il revenait, il semblait désespéré : il avait des éclats de colère, puis des râles élégiaques d’une douceur infi-nie, et les notes s’échappaient de son cou nu, pleines de sanglots et de baisers. Emma se penchait pour le voir, égratignant avec ses ongles le velours de sa loge. Elle s’emplissait le cœur de ces la-mentations mélodieuses qui se traînaient à l’accompagnement des contrebasses, comme des cris de naufragés dans le tumulte d’une tempête. Elle reconnaissait tous les enivrements et les an-goisses dont elle avait manqué mourir. La voix de la chanteuse ne lui semblait être que le retentissement de sa conscience, et cette illusion qui la charmait quelque chose même de sa vie.
(Parte 2. Cap. 15) Pág. 265
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Traducción
Desde la primera escena entusiasmó. Estrechaba a Lucía entre sus brazos, la dejaba, volvía a estrecharla, parecía desesperado: tenía arrebatos de cólera, después estertores elegiacos de una dulzura infinita, y de su garganta desnuda se escapaban las notas llenas de sollozos y de besos. Emma se inclinaba para verlo arañando con sus uñas el terciopelo de su palco. Se llenaba el corazón con aquellas lamentaciones melodiosas que se arrastraban en el acompañamiento de los contrabajos, como gritos de naúfragos en el tumulto de una tempestad. Reconocía todas las embriagueces y todas las angustias de las que había estado a punto de morir. La voz de la cantante no le parecía sino el eco de su conciencia, y aquella ilusión que la encantaba, algo incluso de su propia vida.
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Otros fragmentos: Olas-nubes
Les arbres des boulevards, sans feuilles, faisaient des broussailles violettes au milieu des maisons, et les toits, tout reluisants de pluie, miroitaient inégalement, selon la hauteur des quartiers. Parfois un coup de vent emportait les nuages vers la côte Sainte-Catherine, comme des flots aériens qui se brisaient en silence contre une falaise.
(Parte 3. Cap. 5) Pág. 313
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Traducción
Los árboles de los bulevares, sin hojas, formaban como una maraña color violeta en medio de las casas, y los tejados, todos relucientes de lluvia, reflejaban de modo desigual según la altura de los barrios. A veces un golpe de viento llevaba las nubes hacia la costa de Santa Catalina, como olas aéreas que se rompían en silencio contra un acantilado.
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Victor Hugo/ Les Travailleurs de la mer
Deuxième partie. Livre II
XI
À BON ENTENDEUR, SALUT (fragmento final)
Tout en travaillant, il broyait du biscuit entre ses dents. Il avait soif, mais ne pouvait boire, n’ayant plus d’eau douce. Il avait vidé le bidon la veille à son souper.
Il échafauda encore quatre ou cinq charpentes, puis monta de nouveau sur le barrage. Il écouta.
Le bruit à l’horizon avait cessé. Tout se taisait.
La mer était douce et superbe ; elle méritait tous les madrigaux que lui adressent les bourgeois quand ils sont contents d’elle, — « un miroir », — « un lac », — « de l’huile », — « une plaisanterie », — « un mouton ». — Le bleu profond du ciel répondait au vert profond de l’océan. Ce saphir et cette émeraude pouvaient s’admirer l’un l’autre. Ils n’avaient aucun reproche à se faire. Pas un nuage en haut, pas une écume en bas. Dans toute cette splendeur montait magnifiquement le soleil d’avril. Il était impossible de voir un plus beau temps.
À l’extrême horizon une longue file noire d’oiseaux de passage rayait le ciel. Ils allaient vite. Ils se dirigeaient vers la terre. Il semblait qu’il y eût de la fuite dans leur vol.
Gilliatt se remit à exhausser le brise-lames.
Il l’éleva le plus haut qu’il put, aussi haut que le lui permit la courbure des rochers.
Vers midi, le soleil lui sembla plus chaud qu’il ne devait l’être. Midi est l’heure critique du jour ; Gilliatt, debout sur la robuste claire-voie qu’il achevait de bâtir, se remit à considérer l’étendue.
La mer était plus que tranquille, elle était stagnante. On n’y voyait pas une voile. Le ciel était partout limpide ; seulement de bleu il était devenu blanc. Ce blanc était singulier. Il y avait à l’ouest sur l’horizon une petite tache d’apparence malsaine. Cette tache restait immobile à la même place, mais grandissait. Près des brisants, le flot frissonnait très doucement.
Gilliatt avait bien fait de bâtir son brise-lames.
Une tempête approchait.
L’abîme se décidait à livrer bataille.*
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Traducción:
Mientras trabajaba, masticaba galleta. Tenía sed, pero no podía beber por falta absoluta de agua potable. En la cena de la víspera no había dejado en el barril ni una gota de agua.
Unió otras tres o cuatro tablas, y ascendió de nuevo al dique. Escuchó.
El ruido en el horizonte había terminado. -Todo era silencio.
El mar estaba tranquilo y soberbio, y era digno de los madrigales que le dirigen los burgueses cuando están contentos de él—«un espejo,» —«un lago,»—«una balsa de aceite,»— «una alegría,»—«un rizado corderillo.» —
El azul intenso del cielo correspondía al verde profundo del Océano. El cielo y el Océano eran un zafiro y una esmeralda que podían admirarse mutuamente. No tenían reconvención alguna que hacerse. Ni una nube arriba, ni un copo de espuma abajo, dominando majestuosamente todo aquel esplendor el sol de abril. Era imposible ver un tiempo más hermoso.
En el extremo horizonte rayaba el cielo una larga fila negra de aves de paso. Iban muy de prisa. Se dirigían a tierra. Parece que había en su vuelo algo de fuga.
Gilliatt se ocupó nuevamente en levantar el rompe-olas. Lo subió tan alto como le fué dable según la disposición de las rocas.
Hacia mediodía, le pareció el sol más ardiente que de costumbre. La hora del mediodía es la hora crítica del día.
Puesto en pie sobre la robusta armazón que acababa de construir, Gilliatt contempló el espacio y estudió las aguas. El mar estaba más tranquilo, estancado. No se veía una vela. El cielo se mostraba límpido por todas partes, solo que el azul se había vuelto blanco. Era un blanco muy raro. Sobre el horizonte, al oeste, divisábase una pequeña mancha de apariencia sospechosa.
Aunque inmóvil en el mismo lugar, se iba agrandando. El oleaje agitábase con suavidad cerca de las rompientes.
Guillat había hechobien en construir su rompeolas.
Una tempestad se acercaba.
El abismo se decidía a trabajar combate.
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L’ Infinito
Sempre caro mi fu quest’ermo colle,
e questa siepe, che da tanta parte
dell’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminati
spazi di là da quella, e sovrumani
silenzi, e profondissima quïete
io nel pensier mi fingo; ove per poco
il cor non si spaura. E come il vento
odo stormir tra queste piante, io quello
infinito silenzio a questa voce
vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
e le morte stagioni, e la presente
e viva, e il suon di lei. Così tra questa
immensità s’annega il pensier mio:
e il naufragar m’è dolce in questo mare.
Giácomo Leopardi
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Siempre querido me fue este yermo cerro
y este cerco que tanta parte
a la mirada excluye del último horizonte.
Mas, sentado y mirando interminables
espacios de allá lejos, sobrehumanos
silencios y su hondísima quietud,
me quedo ensimismado hasta que casi
el corazón no teme. Y como el viento
cuyo tráfago escucho entre las hojas, a este
silencio sin fin esta voz
voy comparando, y pienso en lo eterno
y en las muertas estaciones y en la viva presente,
y sus sonidos. Así a través de esta
inmensidad se anega el pensamiento mío;
y naufragar me es dulce en este mar.
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Amore di lontananza
Ricordo che, quand’ero nella casa
della mia mamma, in mezzo alla pianura,
avevo una finestra che guardava
sui prati; in fondo, l’argine boscoso
nascondeva il Ticino e, ancor più in fondo,
c’era una striscia scura di colline.
Io allora non avevo visto il mare
che una sol volta, ma ne conservavo
un’aspra nostalgia da innamorata.
Verso sera fissavo l’orizzonte;
socchiudevo un po’ gli occhi; accarezzavo
i contorni e i colori tra le ciglia:
e la striscia dei colli si spianava,
tremula, azzurra: a me pareva il mare
e mi piaceva più del mare vero.
Milano, 24 aprile 1929
Antonia Pozzi
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Amor de lontananza
Recuerdo que, cuando estaba en casa
de mamá, entre la llanura,
había una ventana que daba
al prado: al fondo, el terraplén boscoso
escondía el Tesino9 y, más al fondo,
había una hilera oscura de colinas.
En ese entonces no había visto el mar
más que una sola vez, pero de él guardaba
una áspera nostalgia de enamorada.
Al atardecer, miraba el horizonte,
entornaba los ojos: acariciaba
las siluetas y colores entre las pestañas,
y la hilera de colinas se alzaba,
trémula, azul; me parecía el mar
y me gustaba más que el mar verdadero.
Fuente: Milán, 24 de abril de 1929
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“Il Mare: quell’infinito, che pur essendo irraggiungibile, mi circonda da ogni parte”….. (Fabrizio Caramagna)
El Mar: ese infinito, que aunque inalcanzable, me rodea por todos lados.
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«Se lo guardi non te ne accorgi:
di quanto rumore faccia.
Ma nel buio… tutto quell’infinito
diventa solo fragore, muro di suono, urlo assillante e cieco.
Non lo spegni, il mare…»
Alessandro Baricco
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«Si lo miras no te das cuenta de cuánto ruido hace. Pero en la oscuridad… todo ese infinito se vuelve solo estruendo, muro de sonido, grito incesante y ciego. No lo apagas, el mar…»
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“Quella note, la prima lontano da casa, mi rigiravo del letto e mio padre mi chiese: nos riesce a dormire? Non, non sento il rumore del mare”
Andrea Camilleri
«Aquella noche, la primera lejos de casa, me daba vueltas en la cama y mi padre me preguntó: ¿No logras dormir? No, no escucho el rumor del mar».
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Allí está el mar, ancho e infinito, que abunda en animales, grandes y pequeños, cuyo número es imposible conocer .
Salmo 104.
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Don Segundo Sombra / Ricardo Güiraldes/ Capítulo XXVII/ (fragmento)
(…)
Aunque no me negara a los nuevos modos de vida y encontrara un acerbo gusto en mi aprendizaje mental, algo inadaptado y huraño me quedaba del pasado.
Y esa tarde iba a sufrir el peor golpe.
Miré el reloj. Eran las cinco. Monté a caballo y fui para el lado del callejón, donde hallaría a mi padrino. Resultaba ya imposible retenerlo, después de tanta insistencia inútil. Él estaba hecho para irse, siempre, y tres años de permanencia en un lugar, lo habían saturado de inmovilidad. Demasiado sentía yo en mí la sorbente sugestión de todo -391- camino, para no comprender que en don Segundo huella y vida eran una sola cosa. ¡Y tenerme que quedar!
A la par, tranqueando, hicimos una legua por el callejón. Entramos a un potrero, para cortar campo, y llegamos hasta la loma nombrada «del Toro Pampa», donde habíamos convenido despedirnos. No hablábamos. ¿Para qué?
Bajo el tacto de su mano ruda, recibí un mandato de silencio. Tristeza era cobardía. Volvimos a desearnos, con una sonrisa, la mejor de las suertes. El caballo de don Segundo, dio el anca al mío y realicé, en aquella divergencia de dirección, todo lo que iba a separar nuestros destinos.
Lo vi alejarse al tranco. Mis ojos se dormían en lo familiar de sus actitudes. Un rato ignoré si veía o evocaba. Sabía cómo levantaría el rebenque, abriendo un poco la mano, y cómo echaría adelante el cuerpo, iniciando el envión del galope. Así fue. El trote de transición le sacudió el cuerpo como una alegría. Y fue el compás conocido de los cascos trillando distancia: galopar es reducir lejanía. -392- Llegar no es, para un resero, más que un pretexto de partir.
Por el camino, que fingía un arroyo de tierra, caballo y jinete repecharon la loma, difundidos en el cardal. Un momento la silueta doble se perfiló nítida sobre el cielo, sesgado por un verdoso rayo de atardecer. Aquello que se alejaba era más una idea que un hombre. Y bruscamente desapareció, quedando mi meditación separada de su motivo.
Me dije: «ahora va a bajar por el lado de la cañada. Recién cuando cruce el río, lo veré asomar en el segundo repecho.» El anochecer vencía lento, seguro, como quien no está turbado por un resultado dudoso. Unas nubes tenues hacían largas estrías de luz.
La silueta reducida de mi padrino apareció en la lomada. Pensé que era muy pronto. Sin embargo era él, lo sentía porque a pesar de la distancia no estaba lejos. Mi vista se ceñía enérgicamente sobre aquel pequeño movimiento en la pampa somnolente. Ya iba a llegar a lo alto del camino y desaparecer. Se fue reduciendo como si lo cortaran de abajo en repetidos tajos. Sobre el punto negro del chambergo, mis ojos -393- se aferraron con afán de hacer perdurar aquel rezago. Inútil, algo nublaba mi vista, tal vez el esfuerzo, y una luz llena de pequeñas vibraciones se extendió sobre la llanura. No sé qué extraña sugestión me proponía la presencia ilimitada de un alma.
«Sombra», me repetí. Después pensé casi violentamente en mi padre adoptivo. ¿Rezar? ¿Dejar sencillamente fluir mi tristeza? No sé cuantas cosas se amontonaron en mi soledad. Pero eran cosas que un hombre jamás se confiesa.
Centrando mi voluntad en la ejecución de los pequeños hechos, di vuelta mi caballo y, lentamente, me fui para las casas.
Me fui, como quien se desangra.
*
LA VUELTA DE MARTIN FIERRO – XXXIII – FIN
1175
después a los cuatro vientos
los cuatro se dirigieron;
una promesa se hicieron
que todos debían cumplir;
mas no la puedo decir
pues secreto prometieron.
1176
Les alvierto solamente
-y esto a ninguno le asombre,
pues muchas veces el hombre
tiene que hacer de ese modo-;
convinieron entre todos
en mudar allí de nombre.
1177
Sin ninguna intención mala
lo hicieron, no tengo duda;
pero es la verdá desnuda
—siempre suele suceder—:
aquel que su nombre muda
tiene culpas que esconder.
*
1180
Y con esto me despido
sin espresar hasta cuándo;
siempre corta por lo blando
el que busca lo siguro,
mas yo corto por lo duro,
y ansí he de seguir cortando.
1181
Vive el águila en su nido,
el tigre vive en su selva,
el zorro en la cueva ajena,
y, en su destino incostante,
solo el gaucho vive errante
donde la suerte lo lleva.
1182
Es el pobre en su orfandá
de la fortuna el desecho,
porque naides toma a pechos
el defender a su raza:
debe el gaucho tener casa,
escuela, iglesia y derechos.
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1184
Mas Dios ha de permitir
que esto llegue a mejorar;
pero se ha de recordar,
para hacer bien el trabajo,
que el juego, pa calentar,
debe ir siempre por abajo.
1187
Y en lo que esplica mi lengua
todos deben tener fé;
ansí; pues, entiendanmé,
con codicias no me mancho:
no se ha de llover el rancho
en donde este libro esté.
1188
Permítanme descansar,
¡pues he trabajado tanto!
En este punto me planto
y a continuar me resisto:
estos son treinta y tres cantos,
que es la mesma edá de Cristo.
1189
Y guarden estas palabras
que les digo al terminar:
en mi obra he de continuar
hasta dárselas concluida,
si el ingenio o si la vida
no me llegan a faltar.
1190
Y si la vida me falta,
tenganló todos por cierto
que el gaucho, hasta en el desierto,
sentirá en tal ocasión
tristeza en el corazón,
al saber que yo estoy muerto.
1191
Pues son mis dichas desdichas
las de todos mis hermanos;
ellos guardaran ufanos
en su corazón mi historia:
me tendrán en su memoria
para siempre mis paisanos.
1192
Es la memoria un gran don,
calidá muy meritoria;
y aquellos que en esta historia
sospechen que les doy palo,
sepan que olvidar lo malo
también es tener memoria.
1193
Mas naides se crea ofendido
pues a ninguno incomodo,
y si canto de este modo,
por encontrarlo oportuno,
no es para mal de ninguno
sino para bien de todos.
José Hernández
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Piedra Infinita (fragmento)
Porque compacta sombra,
o soledad,
perpetua soledad a plomo,
témpano de silencio,
rígido limbo y piedra,
tienen la misma réplica, oh cóncavo nefasto, igual ecuación fría,
responden con un eco de amargo símbolo en la sangre.
Tembloroso, sonámbulo, tornasol, taciturno,
aguzo el corazón, palpo la piedra:
frío gesto unitario,
fruto cumplido en ámbito ya duro,
tiempo cerrado, autónomo, infinito.
Secreto mar prende en su acantilado —laurel de
herrumbre — un alga cárdena.
La luz del mundo vela de tacto y ojos, ciñe de aureolas su proeza,
oh, graduada de quilate inmóvil
y cetro lívido de esfinge.
(…)
Piedra es piedra:
aleación de soledad, espacio y tiempo,
ya magnitud, inmemorial olvido.
Acaso algo terrible habitó su caracol profundo;
de esperar, siglo a siglo, la valva cerró por intemperie.
Caída al fondo de ese abismo palpable en sus márgenes de espanto,
árida espalda yerta, féretro de lo estéril,
ecuador de lo triste,
no es mi desdén: ignora redonda en su materia sorda,
íntegra nada nunca.
Geometría en rigor, sola en su límite,
ceñida cantidad, estricto espacio,
asignatura ciega, pieza hermética,
contrita y sin piedad, armada en temple,
cuadrada en su sostén, compacto término,
duro numen del número,
sin pórtico a la sueño ni a la lágrima.
Si absorbe no incorpora, ajena al bello de los líquenes.
El fuego no es su dádiva, ardiente
secreto que el hombre le inventó buscándose.
Sentid: ni ruda música primaria,
cajón sordo, yunque seco, ataúd del sonido.
Jorge Enrique Ramponi
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EL Aleph y Krishna
En su obra literaria Jorge Luis Borges buscó reiteradamente una metáfora para representar la totalidad del universo o la misteriosa unidad que subyace a todas las cosas, en un punto, en una palabra. Borges, como el gran comentador de la literatura mística que fue, nos compartió una serie de metáforas que encontró en sus lecturas: el Pájaro Simurg (un ave fractal compuesta de numerosas aves –de todas las aves– que son individualmente las plumas de un supraorganismo que simula la divinidad), el círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna o la biblioteca cuyos infinito anaqueles evocan a la memoria universal o Akasha, etc.
Pero entre todas estas metáforas para representar lo inconmensurable, la que más se ha implantado, como una semilla mandálica en el centro de nuestra conciencia colectiva, es el Aleph. La radiante primera letra del alfabeto hebreo –que no puede ser articulada pero encierra todo lo articulado– transformada en una esfera tornasol de un diámetro de dos o tres centímetros en la que cabía, sin superponerse, la totalidad del espacio cósmico. La narración de Borges de este episodio pasará a la historia de la literatura como uno de sus momentos inmortales: la descripción lineal de aquello que es simultáneo, eterno, omnidireccional, pese a la limitación del lenguaje, logra transmitir la sensación culmen del misticismo de todas las épocas: el satori, la Red de Perlas de Indra, el holograma. Una experienca que fundamentalmente revela que en cada parte del universo está el universo entero –Hamlet había visto el espacio infinito en una cáscara de nuez; Blake vio el cielo en una flor, el mundo en un grano de arena.
Quizás la descripción más parecida al instante del Aleph de Borges, es la que recoge el hinduísmo. La suprema personalidad de Vishnu tiene su octavo avatar en un niño cuya alegría rebosante produce lo mismo dolores de cabeza que visiones divinas –especialmente a las mujeres–: Krishna, pastor de vacas. Yosada, la madre, sufría de las travesuras de este supremo niño azulado «aquel que por donde pasa desaparece la crema». Una vez unos niños acusaron a Krishna con Yosada de «hociquear la tierra y comer la basura como si fuera un cerdo». Yosada empezaba a reprender a Krishna cuando éste, con su sublime picardía, le dijo «Es mentira, mamá; si no me crees miráme la boca». A continuación la descripción que hace Calasso de este mítico momento en su maravillosa obra Ka:
La madre vio abrirse aquellos pequeños labios, cuyas grietas conocía una a una. Yasoda bajó la mirada para escrutar el paladar de su hijo y encontró una inmensa bóveda estrellada que la chupaba. Yasoda viajaba, volaba. Donde hubiera estado el fondo de su garganta se erguia el Monte Meru, sembrado de infinitos bosques. A su lado se veían islas, que quizás eran corrientes, y lagos, que quizás eran océanos. Yasoda respiraba con una tranquilidad desconocida, como si por primera vez saliera el aire libre a través de la boca de su hijo. La visión que más le cautivó fue la rueda del Zodiaco: rodeaba el mundo oblicuamente, como una faja jaspeada. Yadosa fue aún más allá. Vio la oscilación de la mente, su mutabilidad lunar, sus brincos de mono de una rama a otra del universo. Vio cómo los tres hilos de los que toda sustancia está hecha se enrollaban en ovillos, de los que nacían otros ovillos. Al fondo, vio el pueblo de Gokula, reconoció sus callejones, las ensambladuras de las piedras, las carretas, los manantiales de agua, las flores macilentas. Y finalmente se vio a sí misma, en una calle, mirando la boca de un niño.
*
Enumeraciones:
Muchos ni siquiera advirtieron que la enumeración es uno de los procedimientos poéticos más antiguos —recuérdense los salmos de la Escritura y el primer coro de Los persas y el catálogo homérico de las naves— y que su mérito esencial no es la longitud, sino el delicado ajuste verbal, las «simpatías y diferencias» de las palabras.
J.L. Borges. El otro Withman
///
El Aleph:
O God, I could be bounded in a nutshell
and count myself a King of infinite space.
Hamlet, II, 2.
(Oh Dios, podría estar encerrado en una cáscara de nuez y creerme rey del espacio infinito)
(…)
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba.
El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo
claramente la veía desde todos los puntos del univefso. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa, del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos heléchos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido .Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis visceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
(citas de Daniel Martínez Rubio)
*
Abro mi boca y se alboroza el mar…
Abro mi boca * y se alboroza el mar
Y lleva mis palabras * a sus cuevas oscuras
Y a las pequeñas focas * se las susurra
Las noches en que llora * es la tortura del hombre.
Rajo mis venas * y enrojecen los sueños
Y se producen aros * en los barrios de niños
Y sábanas en * las muchachas que velan
Para escuchar secretas * las maravillas del amor.
Me marea la cananga * y desciendo a mi huerto
Y entierro los cadáveres * de mis muertos secretos
Y el entorchado de oro * de las traicionadas
Estrellas suyas corto * para que caigan al abismo.
Se oxidan los barrotes * y castigo su época
Yo, que puse a prueba * miles de bayonetas
Y entre violas y nar * cisos el nuevo
Cuchillo preparo * que a los Héroes toca.
Desnudo mi pecho * y se sueltan los vientos
Y ruinas arrasan * y arruinadas almas
Y de sus densas nubes * purifican la tierra
Para que se muestren * los Prados Deleitosos!
Odiseo Elytis
De «Dignum est» 1959
Imprenta del Instituto Caro y Cuervo, Bogotá 1994
Versión del profesor Jorge Páramo Pomareda.

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