La poesía, el mar y la pesca

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Textos de La poesía, el mar y la pesca, el viernes 25 de julio en el Centro Cultural Pipach, de Villa Gesell. Van mis poemas sobre la experiencia de pescar, en distintos tiempos y libros… Luego el cuento La última batalla, de Héctor Miguelez, relacionado con el puente viejo de canal 5, en tercer lugar, la canción de Fabrizio De André y un poema de Goethe con el lied de Schubert.

***

En la ciudad vacía

En la ciudad vacía

canta solamente el mar

alguien respira en el viento frío

¿por qué nadie pronuncia mi nombre?

Ya se habían muerto todos

ya me desangraba suavemente

a través de la caña de pescar

mientras el viento mordía los anzuelos

y el mar seguía solo, cantando.

Respiraciones y estrellas 1982

*

A una brótola

La tarde salada y ardida

declinaba, y el mar abundante

entregó una breve brótola oscura,

sutil, oleaginosa, abismada

en la quietud de su agonía.

En mis manos el don del gran océano

fue materia blanca, carnosa,

hendida y ordenada por cuchillos

con una furia piadosa y deseante.

Ahora en el placer de sus aromas

la trama de su materia se deshace

en una final, donde mis dientes sin mar

la reducen y llevan a mi propio torrente.

Con reverencia, atrapado en impulsos

de crueldad y deseo,

pido a esa muerte marina

la esencia de sus dones,

las horas de agua, la mirada oscura,

los silencios profundos.

El rito consumado y consumido

en una altar de ajos y pimientas

violento y humano se mira en el espejo

con turbada culpa original,

con paladar y sangre y alma agradecidas.

Orillas, 1992.

*

A un tiburón

Deslizándose en la ola

uno ve al tiburón majestuoso

y pregunta si un poema es suficiente

para justificar este crimen.

Uno cuenta que ha podido vencer

por una vez la fuerza del océano

mientras la piel áspera se sacude

entregando sus últimos fulgores.

¿Qué lugar de palabras ahora ocupa

este ser libre, poderoso,

fuerte en su reinado de espuma

y hondura inaccesible?

En el relato del pescador no puede vivir

esa materia bruta exterminada,

tampoco en un punto del recuerdo

donde apenas acuden unas palabras

a recrear sus aletas.

El vacío es tal y el orgullo es tal

que ambos se pierden en el mítico oleaje:

un majestuoso pez resistiendo en su agua

y un pescador sediento, brutal, emocionado.

Orillas, 1992.

*

Navegaciones

8

Brilla la vida en la cola de los peces

ajustada, original y deslumbrante

y el juego del lobo marino fluye

entre las redes como una ola negra.

Los intrusos disparan sus armas,

furias, metales, químicas obscenas,

 un extraño mal los empuja al abismo

y al viaje, por la huella del cisne.

Un abrazo de agua y cielo

áspero y sin alamedas,

flotando en tu palma

nos perdemos toda tu riqueza.

Avidez de vivir por masas infinitas

que levanten la niebla de los ojos

hacia islas diversas como otros espejos

de luz difusa, rodeadas de agua verde.

Y nos empujan también los exilios

y el hambre y las catástrofes

los destierros del sol y los volcanes

y las altas mareas de la guerra.

Pero en tu huerta de olas y de algas

arrancamos tus frutos palpitantes:

una alargada pescadilla de oro,

un enroscado congrio, un bagre resistente.

Entre latigazos de cazones ásperos

y corvinas pacíficas

y un sable escamado sin empuñadura

y un ojeroso mero y un colorido testolín.

Cargamos las bodegas con tu don evangélico:

carne amasada por tus manos creadoras

allí abajo

en el horno de tu alfarería.

Navegaciones, 2001

*

Rosas del desierto

27

Torpes los pescadores

en la espuma infantil

los anzuelos comidos por el viento

la carnada en las olas.

Ya en mis barrotes

a las finas hierbas me aromizo

mientras llueve atiendo perros

y escucho llover sobre los árboles.

¿Dónde van esos dos que pescan

en un sueño de niños?

¿Hasta cuándo juegan

gateando en juveniles lluvias?

En mis almohadas de agua y vino

mis piernas descansan del mar

y grito uno tras otro los olvidos

y agradezco a los peces que vinieron

a alegrarnos la vida.

Rosas del desierto, 2017.

*

74

No menos bello que una flor

el bagre

me ruega que no lo vuelva al agua.

Quiere ser en mi sangre triturado

un río de hombre

habitarme como una llama blanca.

Yo le digo que sí con la mirada

y muerdo sus anzuelos

y en la orilla los dos nos devoramos.

Rosas del desierto, 2017

**

 LA ÚLTIMA BATALLA.

Aguas turbias que bajan mansas, deteniéndose a descansar un tiempo en la Laguna de Mar Chiquita, en procura de reponer fuerzas para ese último impulso que las llevará al mar; procesión con aspiraciones de olas y pretensiones de sal. Un cauce recto, cavado por el hombre, escoltado en tramos por elevado terraplén; y un puente, 45 kilómetros al Sur de Villa Gesell. Eso es el «Canal 5» hoy; esa es la imagen que ven todos los que transitan por la ruta 11 y cruzan, en una dirección o en otra, su puente de cemento, enclavado en una elevación precedida por dos curvas en zigzag. Pero para mí es mucho más.

Siempre me gustó imaginar como míos a los lugares en que he pescado y que, por alguna razón, me atraparon, obligándome a volver una y otra vez a visitarlos. Por eso fueron míos «El refugio», en el Barrio Norte, con sus ejércitos de almejas que acercaban a la orilla a los peces por los cuales me desvelaba; el «Faro Querandí», al Sur del partido de Villa Gesell, por los tiburones que me tenía reservados y que terminaron siendo mi pasión; y por supuesto el canal 5, con su olor a barro, peces y cangrejos; con los pastos que crujen por las heladas en los inviernos, y las nubes de mosquitos y tábanos que desalientan a los más insistidores en los veranos. Y sobre todo, por su viejo puente de hierro, que durante años fue mi torreón, mi atalaya, lugar preferencial desde el que observaba la formación de estelas o borbollones, que delataran la presencia de peces en el agua. Una estructura de metal unida por bulones coronados con enormes tuercas, apoyada en la cima del elevado terraplén, tapizado hasta el nivel normal del terreno con adoquines, ocultos a la mirada del hombre con un manto de arena y tierra. Un andamiaje de hierro que sostenía tirantes de quebracho, sobre los que dormía la vieja ruta 11, cinta de tierra o barro que unía, cuando el tiempo quería, Gesell con Mar del Plata.

Conocí al canal cuando tenía 10 años y hacía poco que nos habíamos radicado en La Villa. Solíamos visitarlo para pescar en familia o con amigos, en una jornada completa que incluía, por supuesto, el clásico asado. Aún recuerdo al abuelo Manuel tirando de la red, junto a mi papá y algunos amigos, mientras los chicos y las mujeres, unos cuantos metros aguas arriba, caminábamos por el cauce en sentido contrario, haciendo toda clase de ruidos y chapoteos sobre la superficie, tendientes a espantar a las lisas y a los pejerreyes hacia la red arrastrada por los hombres. Veo con nitidez nuestras caras, felices y expectantes, observando la salida de la red, con su embudo burbujeante de pequeños peces, que nos apresurábamos a devolver al canal, mientras esperábamos ver las sacudidas producidas por los coleteos de los peces grandes, que recogíamos gustosos para sumarlos a los que esperaban en la bolsa de arpillera.

Siento el olor del asado mezclarse con el de las lisas que el abuelo acomodaba en la parrilla, y aún escucho las risas de todos, que resaltaban luminosas sobre los rostros embarrados, degustando dichos manjares a la vera del canal, custodiados por la  atenta mirada del puente de hierro.

Estoy seguro que fue por aquellos días cuando se forjó el vínculo especial entre el canal y yo. Pasó a ocupar un lugar importante en mi pensamiento y pobló de bellas imágenes mis sueños, por lo que mis visitas se sucedieron cada vez con mayor frecuencia. Entre pesca y pesca, fui creciendo junto a las aguas que soñaban con el mar, hasta que vinieron las épocas del secundario; entonces Aníbal y «El Alemán» se sumaron a mi entusiasmo, y a fuerza de insistir nos fuimos incorporando a su paisaje, con la misma intensidad que la figura del linyera que vivía bajo el puente, el molino que custodiaba la marcha de sus aguas, o la tranquera que permitía entrar al campo para circular a su vera. Adornamos con boyas multicolores su superficie ondulada, desde el puente de Macedo, hasta el puente de Romano. Pescamos en la desembocadura del arroyo «De las gallinas», en la cascadita y, por supuesto, bajo el puente de hierro, que nos brindó su reparo en                                                                                                                más de una jornada con lluvias. Vimos nuestras boyas jaladas hacia la profundidad por colosales bagres y tarariras, y varias veces tuvimos festines de dientudos y pejerreyes, que solíamos freír en una sartén calentada con fuego de cardos y bosta de vaca.

Pero, la locomotora del tiempo siguió tirando de sus vagones, y el progreso trajo algunos cambios que afectaron al paisaje y al canal, principalmente al viejo puente de hierro. La Ruta 11 se vistió de asfalto y un imponente puente de cemento empequeñeció al del oxidado andamiaje de metal.

Yo seguí pescando en mi canal. Lo hice en soledad, con amigos y nuevamente en familia, ya que el destino me trajo a Nilda y de nuestra siembra prosperaron tres retoños. Aprendieron a pescar en él mis hijos, que también crecieron, y algún día irán a pescar a mi lugar con sus hijos, llenando sus aguas de boyitas, mientras yo tal vez me entretenga acomodando algunas lisas en la parrilla. Lo que ya no podremos hacer es guarecernos bajo el puente de hierro en los días de lluvia, porque la falta de mantenimiento hizo estragos en su estructura, y un buen día apareció derrumbado, con su corazón sumergido en las aguas que tantas veces había visto pasar.

Hoy sólo queda del viejo puente su terraplén protegido por el manto de adoquines, de los que conservo algunos en mi casa, y su imagen en el recuerdo de las personas que cruzaban por él el canal. Seguramente, algunas fotografías darán el testimonio histórico de su existencia, y también mi relato escrito en su memoria.

A mí me gusta imaginarlo intacto, y sigo soñándolo como en sus mejores tiempos, mostrando altivo su corona de hierro elevada en el terraplén. No importa que el tiempo lo haya empujado a perder su última batalla, me basta con pensarlo, para saber que sigue allí, esperándome.

Héctor Miguelez: del libro Orillas del mar (2010)

*

Il Pescatore

All’ombra dell’ultimo sole
S’era assopito un pescatore
E aveva un solco lungo il viso
Come una specie di sorriso

Venne alla spiaggia un assassino
Due occhi grandi da bambino
Due occhi enormi di paura
Eran gli specchi di un’avventura

E chiese al vecchio dammi il pane
Ho poco tempo e troppa fame
E chiese al vecchio dammi il vino
Ho sete e sono un assassino

Gli occhi dischiuse il vecchio al giorno
Non si guardò neppure intorno
Ma versò il vino e spezzò il pane
Per chi diceva ho sete e ho fame

E fu il calore di un momento
Poi via di nuovo verso il vento
Davanti agli occhi ancora il sole
Dietro alle spalle un pescatore

Dietro alle spalle un pescatore
E la memoria è già dolore
È già il rimpianto d’un aprile
Giocato all’ombra di un cortile

Vennero in sella due gendarmi
Vennero in sella con le armi
Chiesero al vecchio se lì vicino
Fosse passato un assassino

Ma all’ombra dell’ultimo sole
S’era assopito il pescatore
E aveva un solco lungo il viso
Come una specie di sorriso
E aveva un solco lungo il viso
Come una specie di sorriso

Fabrizio De André

*

El pescador

A la sombra del último sol,
estaba dormido un pescador
tenía un surco en la cara
como una sonrisa rara.

Llegó a la playa un asesino
dos ojos grandes de chiquillo,
dos ojos enormes de pavor
eran el espejo de una aventura.

Y dijo al viejo: «Dame el pan
tengo poco tiempo y mucho hambre»,
y dijo al viejo: «Dame el vino
tengo sed, soy un asesino».

Los ojos abrío el viejo al día,
y ni miró siquiera en torno,
sirvió el vino, cortó el pan,
a quien tenía sed y hambre.

Y fue el calor de un momento
luego de nuevo contra el viento
delante de los ojos aún el sol
a su espalda un pescador.

A su espalda un pescador,
y la memoria es ya dolor
es ya el recuerdo de un abril
jugado a la sombra de un patio.

Llegaron a caballo dos guardias
llegaron a caballo con sus armas
preguntaron al viejo si por el camino
había pasado un asesino.

Pero a la sombra del ultimo sol
se había dormido el pescador
tenía un surco en la cara
como una sonrisa rara,
tenía un surco en la cara
como una sonrisa rara.

*

El pescador

(Goethe)

Hinchada el agua, espumajea, 
mientras sentado el pescador 
que algún pez muerda el anzuelo 
plácido aguarda y bonachón. 
De pronto la onda se rasga, 
y de su seno-¡oh maravilla!- 
toda mojada, una mujer 
saca su grácil figurilla. 

Y con voz rítmica le increpa: 
-¿Por qué, valiéndote de mañas, 
hombre cruel, tiras de mí 
para que muera en esta playa? 
¡Si tú supieras qué delicia 
allá se goza bajo el agua, 
tal como estas te arrojarías 
al mar, dejando en paz la caña! 

¿No ves al sol, no ves la luna 
cómo en las ondas se recrean? 
¿Doble de hermosos no parecen 
cuando en las agujas se reflejan? 
¿No te seduce el hondo cielo 
cuando su azul, húmedo muesta? 
Cuando este aljófar lo salpica, 
¿del propio rostro no te prendas? 

Hinchada el agua, espumajea, 
del pescador lame los pies; 
siente el cuitado una nostalgia, 
cual si a su amada viera fiel. 
Cantaba un tanto la sirena, 
todo pasó en un santiamén; 
tiró ella de él, resbaló el hombre, 
nunca más se dejó ver. 

 Johann Wolfgang von Goethe

*

Link al poema de Goethe musicalizado por Schubert:

2 comentarios

  1. Elena Faivovich

    el temple del pescador
    certeramente se disuelve
    encontrando en cada acierto
    la sosegada figura
    del pez que lo envuelve
    para terminar la tarea
    de cada día
    descripto con maestría
    del poeta inspirado
    en observacion acertada
    de su profundo sentir
    en esencia acumulada
    por la vida dedicada
    en paciente entrega
    a su hacer

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