La poesía y el mar en la antigüedad y en el presente

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Textos de la charla en la librería El Ventanal de Mar del Plata, sábado 23 de mayo a las 17.

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Las secciones de la charla estuvieron encabezadas por locuciones latinas del libro “El latín nuestro de cada día” (casa editorial Sofía, 2026), de Arturo r. Álvarez Hernández, Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Mar del Plata.

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STELLA MARIS

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Stella Maris

Patrona de los mares

¡Salve, Estrella del Mar, oh María Stella,

Madre celeste del marino errante,

Santo faro de amor del navegante

Del océano en la azul inmensidad!

Danos tu luz cuando los mares rugen

Y el huracán azota las cubiertas,

Y la espuma en las márgenes desiertas

Murmura su canción de eternidad.

Ven y derrama tu fulgor divino

En la inquietud de nuestras almas solas,

¡Oh señora que mandas en las olas

Y las brisas que soplan sobre el mar!

Aleja las tormentas y huracanes,

Y bajo el cielo del confín desierto

Muestra el camino del ansiado puerto

Al marino que sueña con llegar.

Que cuando el firmamento del océano

Se cubre de fantásticos navíos

Y la Vía Láctea en luminosos ríos

Derrama su celeste claridad,

Sentiremos, Señora, tu presencia

Sobre la faz de los inmensos mares,

Y alzaremos de nuevo los cantares

De tu misericordia y tu piedad.

Héctor Pedro Blomberg

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Soneto del Amor navegante

Porque no está el Amado en el Amante
ni el Amante reposa en el Amado,
tiende Amor su velamen castigado
y afronta el ceño de la mar tonante.

Llora el Amor en su navío errante
y a la tormenta libra su cuidado,
porque son dos: Amante desterrado
y Amado con perfil de navegante.

Si fuese uno, Amor, no existiría
ni llanto, ni bajel, ni lejanía,
sino la beatitud de la azucena.

¡Oh, amor sin remo, en la unidad gozosa!
¡Oh, círculo apretado de la rosa!
Con el número Dos nace la pena.

Leopoldo Marechal

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Adanbuenosayres (fragmento)

“Desde la calle Monte Egmont no subía ya el aroma de los paraísos, como en la bárbara primavera de Irma (y Adán le había dicho que sus ojos eran iguales a dos mañanas juntas, o quizá la besó), sino el aliento del otoño pesado de semillas y fragante de hojas muertas. Mejor era el olor de las rosas blancas, porque las rosas blancas le hablarían siempre de Solveig Amundsen. Aquella tarde vio cómo se inclinaba ella en la penumbra del invernáculo: había rosas blancas, y estaban como ebrios con el olor de las rosas, y ella también era una rosa blanca, una rosa de terciopelo mojado; y su voz debía de tener algún parentesco íntimo con el agua, pues era húmeda y de clarísimas resonancias, como la del aljibe, allá en Maipú, cuando la piedra caía y levantaba músicas recónditas. Estando solos él y ella en el vivero de las flores, aquel recinto los aproximaba como nunca: y esa fue su gran oportunidad y su riesgo inevitable, porque Adán, junto a ella, sintió de pronto el nacimiento de una congoja que ya no lo abandonaría, como si en aquél instante de su mayor acercamiento se abriera ya entre ambos una distancia irremediable, a la manera de dos astros que al tocar el grado último de su cercanía tocan ya el primero de su separación”.

Leopoldo Marechal. Página 21, editorial Sudamericana, 1966

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LOCUS AMOENUS

*

Yo en el fondo del mar

En el fondo del mar

Hay una casa

De cristal.

A una avenida

De madréporas

Da.

Un gran pez de oro,

A las cinco,

Me viene a saludar.

Me trae

Un rojo ramo

De flores de coral.

Duermo en una cama

Un poco más azul

Que el mar.

Un pulpo

Me hace guiños

A través del cristal.

Alfonsina Storni

*

NO  HAY NADA…

No hay nada comparable a este momento

Matinal, indeciso, solitario,

En que tu propia sábana es sudario,

Borda tu lecho al agua y firmamento.

Sólo falta la bala, solo el lento

Empujón hacia el mar único y vario,

E irse al fondo del eterno acuario

Por un sendero vertical de viento.

Y mientras vuela el barco tras su puerto

Entre espumas y nubes de colores,

Permanecer en los abismos, muerto.

No más correr tras ilusorias flores,

Sino aspirar las de un coral abierto,

Candelabro de rojos resplandores.

B. Fernández Moreno

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IN VINO VERITAS

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Libación solitaria bajo la luna

Rodeado de flores, ante un jarro de vino,
libo solo, sin compañera.
Alzó la copa y convido a la Luna.
Ella, mi sombra y yo venimos a ser tres amigos.
Aunque la Luna no puede beber,
y mi sombra en vano sigue mi persona,
las tomo por transitorias compañías.
¡Divirtámonos, amigas, antes que pase la primavera!
Canto, mientras la Luna pasea.
Bailo, mientras mi sombra vacila.
Antes de mi embriaguez nos entretenemos juntos.
Y cuando estoy ebrio, se deshace nuestra compañía.
Oh Luna! Serás mi inmortal amiga,
nos veremos a menudo, a través de la Vía Láctea.

Li Po/Li Bai (701-762)

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Beber solo bajo la luna

(paráfrasis de Li Po)

Juan Carlos Dávalos

Al pie del grave sauce que en mi jardín medita,

junto al arroyo claro, entre matas y flores,

brindo vino a la luna que aguarda ya mi cita,

y contando mi sombra somos tres bebedores.

Mas la luna, comprendo, mi invitación desdeña;

¿ni cómo haré que beba la tonta sombra mía?

¡Ay!, en buscar amigos mi corazón se empeña,

hoy, que la primavera desborda en mi alegría.

Canto, la luna irónica mueve su calavera;

danzo, mi sombra móvil se prolonga en sigilo;

y así bebemos juntos hasta que el vino opera

y cada cual, ya ebrio, se va a dormir tranquilo.

Somos un trío eterno que un día en otra esfera

a danzar volveremos en impecable estilo.

*

EX AEQUO y MARE NOSTRUM

Mar y campo

Hay en la literatura de Borges un “mare nostrum”: la llanura (o el campo, o la pampa). Es al principio una imagen, luego una emoción de identidad.

Hacia el poniente quedaba la miseria gringa del barrio, su desnudez. El término las orillas cuadra con sobrenatural precisión a estas puntas ralas, en que la tierra asume lo indeterminado del mar y parece digna de comentar la insinuación de Shakespeare: la tierra tiene burbujas, como las tiene el agua.

(Evaristo Carriego, 1930)

6.1. Identidad.

La llanura será, como el mar, infinitud, vasto espacio abierto a la aventura y al misterio. Pero se trata de “nuestro” mar, que Borges construirá en oposición al de otras naciones, que tienen al mar de agua, al natural, en la raíz de su experiencia vital y su identidad. Borges elige a los britanos, especialmente a los ingleses. El mar es la pampa de los ingleses. Y es un mar arquetípico. De Inglaterra, dice:

No hablaré de tus mares, que son el Mar…

(A cierta Isla, en La Cifra, 1981) 

Abundo en la mención de nombres ingleses, porque las letras de Inglaterra siempre intimaron con esa epopeya del mar.

(Las versiones homéricas, en Discusión, 1932)

Sabemos que era hijo de un carnicero, que su infancia conoció la miseria insípida de los barrios bajos de Londres y que sintió el llamado del mar. El hecho no es insólito. Run away to sea, huir al mar, es la rotura inglesa tradicional de la autoridad de los padres, la iniciación heroica.

(El impostor inverosímil Tom Castro, en Historia Universal de la infamia, 1935)

Parejamente, la llanura gravita en nosotros, está en nuestra sangre, es nuestra patria.

Esa vida es nueva para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos. 

(El muerto, en El Aleph, 1949)

Patria, yo te he sentido en los ruinosos
Ocasos de los vastos arrabales
Y en esa flor de cardo que el pampero
Trae al zaguán y en la paciente lluvia
Y en las lentas costumbres de los astros
Y en la mano que templa una guitarra
Y en la gravitación de la llanura

Que desde lejos nuestra sangre siente

Como el britano el mar y en los piadosos

Símbolos y jarrones de una bóveda…

(Oda compuesta en 1960, en El Hacedor, 1960)

La llanura y el mar se empardan en esta función de representar entrañablemente el sentimiento de identidad de dos naciones, pero el mar es algo más. La conmoción que su cercanía produce es el modelo al que se ajusta toda emoción fuerte, incluso la poética.

6.2. Mar y emoción poética.

“Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar”.

(Prólogo a La Rosa profunda, 1975)

Detrás de los ponientes estaba el hacha demoledora de cedros, la enorme cara babilónica del bisonte, el sombrero de copa y el numeroso lecho de Brigham Young, las ceremonias y la ira del hombre rojo, el aire despejado de los desiertos, la desaforada pradera, la tierra fundamental cuya cercanía apresura el latir de los corazones como la cercanía del mar.

(El asesino desinteresado Bill Harrigan, en Historia Universal de la Infamia, 1935)

Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. 

(Deutsches Requiem, en El Aleph, 1949) 

Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso: antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre.

(La escritura del Dios, en El Aleph, 1949)

(fragmento de mi texto: “Borges y el mar”)

*

«Un cementerio que mira al mar»

(Alfonsina Storni)

Decid, oh muertos, ¿quién os puso un día
Así acostados junto al mar sonoro?
¿Comprendía quien fuera que los muertos
Se hastían ya del canto de las aves
Y os han puesto muy cerca de las olas
Porque sintáis del mar azul, el ronco
Bramido que apavora?

Os estáis junto al mar que no se calla
Muy quietecitos, con el muerto oído
Oyendo cómo crece la marea,
Y aquel mar que se mueve a vuestro lado,
Es la promesa no cumplida, de una
Resurrección.

En primavera, el viento, suavemente,
Desde la barca que allá lejos pasa,
Os trae risas de mujeres… Tibio
Un beso viene con la risa, filtra
La piedra fría, y se acurruca, sabio,
En vuestra boca y os consuela un poco…
Pero en noches tremendas, cuando aúlla
El viento sobre el mar y allá a lo lejos
Los hombres vivos que navegan tiemblan
Sobre los cascos débiles, y el cielo
Se vuelca sobre el mar en aluviones,
Vosotros, los eternos contenidos,
No podéis más, y con esfuerzo enorme
Levantáis las cabezas de la tierra.

Y en un lenguaje que ninguno entiende
Gritáis: -Venid, olas del mar, rodando,
Venid de golpe y envolvednos como
Nos envolvieron, de pasión movidos,
Brazos amantes. Estrujadnos, olas,
Movednos de este lecho donde estamos
Horizontales, viendo cómo pasan
Los mundos por el cielo, noche a noche…
Entrad por nuestros ojos consumidos,
Buscad la lengua, la que habló, y movedla,
¡Echadnos fuera del sepulcro a golpes!

Y acaso el mar escuche, innumerable,
Vuestro llamado, monte por la playa,
¡Y os cubra al fin terriblemente hinchado!

Entonces, como obreros que comprenden,
Se detendrán las olas y leyendo
Las lápidas inscriptas, poco a poco
Las moverán a suaves golpes, hasta
Que las desplacen, lentas, -y os liberten.
¡Oh, qué hondo grito el que daréis, qué enorme
Grito de muerto, cuando el mar os coja
Entre sus brazos, y os arroje al seno
Del grande abismo que se mueve siempre!

Brazos cansados de guardar la misma
Horizontal postura; tibias largas,
Calaveras sonrientes: elegantes
Fémures corvos, confundidos todos,
Danzarán bajo el rayo de la luna
La milagrosa danza de las aguas.
Y algunas desprendidas cabelleras.
Rubias acaso, como el sol que baje
Curioso a veros, islas delicadas
Formarán sobre el mar y acaso atraigan
A los pequeños pájaros viajeros.

(Lectura de Ariadna Castillo)

*

El ojo azul

ÁRIDA roca junto al mar, no habías

Tenido nunca un ser blando en tus vetas.

Sabías que existías por el golpe

Del mar, pero eras cosa muerta y ciega.

Un día te creció sobre la dura

Cabeza pétrea, un ojo azul: pequeña

Corola fue, que te vivió unas horas

Tímidamente, en una fértil grieta.

Aves, el cielo, el mar, asi pudiste

Mirar un rato por la flor aquella:

Ojillo azul, que al apagarse, a poco,

Ya te dejó de nuevo ciega y muerta.

La flor, que era una cosa blanda y tenue,

Tuvo piedad de ti, golpeada piedra,

Y, ser muy dulce, te creció en el seno

A riesgo de morir, ¡para que vieras!

Alfonsina Storni

*

La ruina de un muelle

De un extremo parece que la ruina contempla

las olas y los vientos cruzados del oriente,

rebruñendo la vista del horizonte azul

con la espuma del mar que las rompientes le echan

en la rampa que cuelga de aquél confín del muelle.

Pero en el otro extremo, suspendida, vigila,

como sobre un pequeño precipicio, la muerte.

El flujo y el reflujo de la orilla, la arena

cubierta y descubierta; la línea que la sal

dibuja en recorridos sinuosos, que se borran

en pos de otros que llegan, como cuantos llegaron;

el médano, que sube, incrustado de rocas,

suculentas, papeles, margaritas, palabras,

hormigas, caracoles, un mate, una abeja,

las pinzas de un cangrejo desmembrado, la uña

que ha crecido en la punta de mi dedo pulgar,

e incluso el cosquilleo de la pierna dormida

cuando se desenrosca y presenta las yemas

de cinco dedos pálidos, insensibles e inmóviles,

¡nada distrae su vista de la extinción humana,

porque todo penetra con su visión la ruina

desde lo hondo de un tiempo natural, más que histórico!

Su senda conectó la ciudad y el abismo.

Se arrojó la atención de muchos pescadores

y andantes que la usaron al mar, adonde irán

todos los edificios de la costa algún día,

cuando el derretimiento de los polos anegue

Mar del Plata en el fondo de un tiempo subacuático.

Por eso ha de mirar y esperar si los pies

van dejando en la playa sus huellas mientras vuelven

a casa, mientras cae lentamente la tarde.

Por eso y por sí misma, por su propio derrumbe.

¡Una noche, ni ruinas acaso quedarán!

Mientras tanto, la aurora las seguirá alumbrando.

Nahuel Sardi

*

Sobre el final de la charla, el Dr. Arturo Álvarez Hernández comentó el comienzo de La Eneida, destacando las varias formas en que aparece nombrado el mar en los primeros 50 versos de la obra de Virgilio.

P. VERGILI MARONIS AENEIDOS LIBER PRIMVS Arma virumque canō, Trōiae quī prīmus ab ōrīs
Ītaliam, fātō profugus, Lāvīniaque vēnit
lītora, multum ille et terrīs iactātus et altō
vī superum saevae memorem Iūnōnis ob īram;
multa quoque et bellō passus, dum conderet urbem,        5
inferretque deōs Latiō, genus unde Latīnum,
Albānīque patrēs, atque altae moenia Rōmae. Mūsa, mihī causās memorā, quō nūmine laesō,
quidve dolēns, rēgīna deum tot volvere cāsūs
īnsīgnem pietāte virum, tot adīre labōrēs                         10
impulerit. Tantaene animīs caelestibus īrae? Urbs antīqua fuit, Tyriī tenuēre colōnī,
Karthāgō, Ītaliam contrā Tiberīnaque longē
ōstia, dīves opum studiīsque asperrima bellī,
quam Iūnō fertur terrīs magis omnibus ūnam                   15
posthabitā coluisse Samō; hīc illius arma,
hīc currus fuit; hōc rēgnum dea gentibus esse,
sī quā Fāta sinant, iam tum tenditque fovetque.
Prōgeniem sed enim Trōiānō ā sanguine dūcī
audierat, Tyriās olim quae verteret arcēs;                         20
hinc populum lātē regem bellōque superbum
ventūrum excidiō Libyae: sīc volvere Parcās.
Id metuēns, veterisque memor Sāturnia bellī,
prīma quod ad Trōiam prō cārīs gesserat Argīs—
necdum etiam causae īrārum saevīque dolōrēs                 25
exciderant animō: manet altā mente repostum
iūdicium Paridis sprētaeque iniūria fōrmae,
et genus invīsum, et raptī Ganymēdis honōrēs.
Hīs accēnsa super, iactātōs aequore tōtō
Trōas, rēliquiās Danaum atque immītis Achillī,                30
arcēbat longē Latiō, multōsque per annōs
errābant, āctī Fātīs, maria omnia circum.
Tantae mōlis erat Rōmānam condere gentem! Vix e conspectu Siculae telluris in altum
vela dabant laeti, et spumas salis aere ruebant,                 35
cum Iuno, aeternum servans sub pectore volnus,
haec secum: ‘Mene incepto desistere victam,
nec posse Italia Teucrorum avertere regem?
Quippe vetor fatis. Pallasne exurere classem
Argivom atque ipsos potuit submergere ponto,               40
unius ob noxam et furias Aiacis Oilei?
Ipsa, Iovis rapidum iaculata e nubibus ignem,
disiecitque rates evertitque aequora ventis,
illum expirantem transfixo pectore flammas
turbine corripuit scopuloque infixit acuto.                       45
Ast ego, quae divom incedo regina, Iovisque
et soror et coniunx, una cum gente tot annos
bella gero! Et quisquam numen Iunonis adoret
praeterea, aut supplex aris imponet honorem?’      
Traducción española de Javier de Echave-Sustaeta   Y ahora canto las armas horrendas del dios Marte y al héroe que forzado al destierro por el hado fue el primero que desde la ribera de Troya arribó a Italia y a las playas lavinias. Batido en tierra y mar arrostró muchos riesgos por obra de los dioses, por la saña rencorosa de la inflexible Juno. Mucho sufrió en la guerra antes de que fundase la ciudad y asentase en el Lacio sus Penates, de donde viene fa nación latina y la nobleza de Alba y los baluartes de la excelsa Roma. Dime las causas, Musa; por qué ofensa a su poder divino, por qué resentimiento la reina de los dioses forzó a un hombre, afamado por su entrega a la divinidad, a correr tantos trances, a afrontar tantos riesgos. ¿Cómo pueden las almas de los dioses incubar tan tenaz resentimiento? Hubo de antiguo una ciudad, Cartago -se asentaron en ella emigrantes [de Tiro-, frente a Italia, a lo lejos de la boca del Tíber, opulenta, feroz como ninguna en empeños guerreros. Dicen que Juno la prefirió entre todas. Samos viene después. Allí tuvo sus armas, allí tuvo su carro de guerra. Desde entonces ponía su ambición y sus desvelos en hacer de ese reino el señor de la tierra, si accedían los hados a sus planes. Pero había llegado a sus oídos que de sangre troyana provenía la raza que un día llegaría a derrocar los alcázares tirios; de ella el pueblo señor de anchos dominios, soberano en la guerra, que arrumbaría Libia. Era el designio que giraban las Parcas. Temerosa de este presagio, la hija de Saturno traía a su memoria la guerra que otro tiempo libró por sus queridos argivos ante Troya. No se habían borrado de su mente las causas de su enojo ni su amargo pesar. Queda en lo hondo de su alma fijo el juicio de Paris y el injusto desprecio a su hermosura y el odio a aquella raza y el honor dispensado a Ganimedes. Quemada aún más por esto, iba acosando por todo el haz del mar a los troyanos, -los restos que dejaron los dánaos y el iracundo Aquiles y los iba manteniendo alejados del Lacio. Largos años llevaban errantes, rodando por los mares, juguete de los hados. ¡Tan imponente esfuerzo costó dar vida a la nación romana! Ya apenas avistaban los troyanos las costas de Sicilia. Y bogaban gozosos mar adentro, a velas desplegadas, y hendían con sus proas las olas espumantes cuando Juno que guarda en lo hondo de su pecho la herida siempre abierta, da vueltas y más vueltas a su encono: «¡Que tenga yo que desistir vencida de mi empeño y no pueda alejar de Italia al rey troyano! Los hados sin duda me lo impiden. Pero Palas logró incendiar la armada de los de Argos y hundirlos en las olas por culpa de uno solo, del frenesí de Ayax, hijo de Oileo. Ella desde las nubes lanzó el rayo de Júpiter y dispersó las naves y encrespó con los vientos la lámina del mar y mientras Áyax borbotea llamas del hondo de su hendido pecho, ella lo arrebata en un turbión y lo clava en el pico de una roca. ¡Y yo que me presento como reina de los dioses, yo la hermana y la esposa de Júpiter, llevo ya tantos años guerreando contra un pueblo! ¿Y hay todavía quien adora el divino poder de Juno y quien impone humilde sus ofrendas en su altar?

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