Textos de la charla 18 de enero en el CC Pipach, con la participación de Arturo Älvarez Hernández, Profesor Emérito de la UNMdP.
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Álamo
El alivio del álamo en el cielo,
voz de la tierra inclinada hacia el mar
fina seda de hojas conjurando llantos
y un rumor de savia que circula en el viento.
Tibio algodón verde sobre madera luna,
entrañable altura de mi primera muerte,
bajo el sol de noviembre, en la edad
del silencio, de la huida en soledad y arena.
Siempre el alivio del álamo, siempre
campanas, párpados cerrados, abiertos,
y ondulantes olas bajo el mar
del cielo, y un cardumen en llamas.
¡Posesión o exilio entre nubes huyendo!
(De mi poemario: Respiraciones y estrellas)
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Tristes
1.11
Todo cuanto has leído en este librillo
lo escribí durante el tormentoso tiempo de viaje.
Ya sea cuando temblaba por el frío mes de diciembre,
y el Adriático me vio escribir estos versos entre las aguas,
o después de pasar a toda velocidad el Istmo abrazado por dos mares
para tomar otra barca a mi exilio.
Pienso que haber escrito estos versos entre los feroces murmullos
del Ponto sorprendió a las Cícladas egeas.
Yo mismo me sorprendo ahora de que por tantos disturbios
del alma y del mar mi ingenio no muriera.
Ya sea que nombres a esta afición pasión o locura,
por esta ocupación toda preocupación se ha aligerado.
A menudo, las nubosas estrellas Cabrillas me arrojaban,
otras veces el mar me amenazaba a causa del Astro Estérope
y el guardián de la Osa Mayor oscurecía el día
o Austro bebía las Híades para llover más tarde.
A veces entraba el agua a la barca, pero yo formaba
cualquier poema con mano temblorosa.
Aún ahora, tensos por el Aquilón, suenan los cables
y se levanta el agua ahuecada como amontonándose.
El propio timonel levantando las manos hacia las estrellas
pidió ayuda haciendo promesas, olvidándose de su técnica,
a donde sea que miraba, no había más que imagen de muerte
a la cual le temo con la mente perdida, y rezo con ese temor,
pero si llego al puerto, me aterrará el puerto mismo:
es más temible la tierra que el peligroso mar.
Pues al mismo tiempo sufro por las insidias de los hombres y el mar
y la espada y la ola producen miedos similares
temo que la espada espere mi sangre como botín
o que las olas quieran quedarse el honor de mi muerte.
La parte izquierda bárbara, deseosa y acostumbrada a la rapiña
siempre está en guerra, y hay matanzas y sangre
y aunque esté agitado el mar por las tormentas del invierno
mi corazón está más agitado que el propio mar.
Por ello, debes perdonar más estos versos, justo lector,
si son, como son, menos de lo que esperabas.
Estos no los escribí, como antes, en mi jardín,
ni tienes tú, lecho acostumbrado, mi cuerpo.
Estoy arrojado en el abismo inconquistado en tiempo brumoso
y estas páginas van manchadas por el mar azulado.
El invierno monstruoso pelea y se indigna de que me atreva
a escribir mientras él me lanza feroces amenazas.
¡Que el invierno venza al hombre! Pero imploro que al mismo tiempo
que yo termine mis cantos, él termine los suyos.
Ovidio
(Publio Ovidio Nasón, Sulmona, 20 de marzo de 43 a. C.-Tomis, 17 de marzo de 17 d. C.)
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VIAJE
Mi primer viaje
fue el del exilio
quince días de mar
sin parar
la mar constante
la mar antigua
la mar continua
la mar, el mal
Quince días de agua
sin luces de neón
sin calles sin aceras
sin ciudades
solo la luz
de algún barco en fugitiva
Quince días de mar
e incertidumbre
no sabía adónde iba
no conocía el puerto de destino
solo sabía aquello que dejaba
Por equipaje
una maleta llena de papeles
y de angustia
los papeles
para escribir
la angustia
para vivir con ella
compañera amiga
Nadie te despidió en el puerto de partida
nadie te esperaba en el puerto de llegada
Y las hojas de papel en blanco enmoheciendo
volviéndose amarillas en la maleta
maceradas por el agua de los mares
Desde entonces
tengo el trauma del viajero
si me quedo en la ciudad me angustio
si me voy
tengo miedo de no poder volver
Tiemblo antes de hacer una maleta
—cuánto pesa lo imprescindible—
A veces preferiría no ir a ninguna parte
A veces preferiría marcharme
El espacio me angustia como a los gatos
Partir
es siempre partirse en dos.
Cristina Peri Rossi
Montevideo, 1941.
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Para la reunión sobre el mar y los exilios
El ser habita una enigmática dimensión. Por eso piensa. (A veces más allá de su género y especie). Cuando siente despierta pensamientos. Los arrulla al soñar. Pero no siempre los sabe reconocer.
El poeta descubre una huella. (Ignora que lo persigue). Es la cuna de un guijarro, de una piedrecita arisca. La recoge. Lo raspa sin herirlo. La aprieta y siente su dolor. La libera y siente su pérdida. Los dedos rozan el teclado del viento. Sonríe la palma como una madre al despedir. En su sonrisa cabe el misterio de la creación. (También la paradoja de los mundos posibles).
Al haber caído, la piedra pequeñita ya no puede ser reconocida. El poeta no se resigna a haberla perdido para siempre. Pero presiente que para volver a encontrarla tendrá que seguir el camino, abrigar las vetas con sus pasos, andar sin sombra, descalzo y muy despacio para advertirla.
El filósofo tiembla. Ha quedado lapidariamente solo. Cree haber perdido el caleidoscopio de la infancia, el “Aleph” del más íntimo misterio. Desea recuperar la milagrosa piedra, arrancarla a la ciega maternidad. A punto de arrojarse por la borda, las sirenas lo detienen. Baten con suaves coletazos el canto de la espuma. Solistas del océano, escapan a su dios. (Por una vez, salvan la humanidad. Por una vez lo salvan). Danzan hacia el horizonte. Lo quieren seducir. Se disuelven en la bruma. Ilusorias o no… ya no pueblan las aguas.
Queda la voz del mar, tan embriagadora como el silencio. El filósofo no puede descifrar los signos velados por las olas, los signos del oráculo, la adivinanza cruel de un vaticinio. No tiene el poder de esa mirada. Reemplazó la alquimia por la síntesis, el valor de lo mínimo por el análisis. Dejó pasar el amanecer para instalarse en el ocaso. Pero no hay búhos en el mar. Los albatros son aves inalcanzables. Y las rasantes gaviotas, no van mucho más allá de las orillas.
Hueco abandonado, ya no lo habita un corazón. Entonces… ¿por qué escucha sus latidos? ¿qué lo hace sobrevivir? Su cerebro es un viejo huérfano. Su vientre ha dejado de pensar. ¿Quién escribirá esta extraña historia, el extrañamiento de un exilio permanente? ¿Quién dará testimonio de esta Muerte sosegada?
El poeta escribe la metáfora del hambre. El filósofo vive una muerte literal. Una ola despierta su última reflexión. La espuma lleva y trae desechos del pensamiento. Ya no hay recuerdos universales, recuerdos de la Universidad. La marea va sepultando a la Academia. ¿Quedará alguna idea al amanecer?
El poeta escucha al océano. Revela imperceptiblemente su lenguaje. No quiere alterarlo. Apenas descubrirlo. Como ajenas gaviotas, el filósofo ha dejado ir a las palabras. (Cursó el Posgrado del truco y de la pesca… no el del encuentro).
Adriana Scheinin
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El guardador de rebaños
XLVIII
Desde la ventana más alta de mi casa,
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.
Y no estoy alegre ni triste.
Ése es el destino de los versos.
Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos.
He aquí que ya van lejos, como si fuesen en la diligencia,
y yo siento pena sin querer,
igual que un dolor en el cuerpo.
¿Quién sabe quién los leerá?
¿Quién sabe a qué manos irán?
Flor, me cogió el destino para los ojos.
Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.
Río, el destino de mi agua era no quedarse en mí.
Me resigno y me siento casi alegre,
casi tan alegre como quien se cansa de estar triste.
¡Idos, idos de mí!
Pasa el árbol y se queda disperso por la Naturaleza.
Se marchita la flor y su polvo dura siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la
que fue suya.
Paso y me quedo, como el Universo.
Fernando Pessoa (Lisboa: 1888-1935)
(Heterónimo: Alberto Caeiro)
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Exilio
XVI
No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país,
no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda
dolorida.
Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos
destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, las
calores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del
aire, propiamente del aire.
Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles
de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan
dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas
respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol.»
Roma, 14 de mayo de 1980
I
Es difícil reconstruir lo que pasó, la verdad de la memoria lucha contra la memoria de la verdad. Han pasado años, los muertos y los odios se amontonan, el exilio es una vaca que puede dar leche envenenada, al menos algunos parecen alimentados así.
En la colonia exiliar argentina predomina la apatía política y de otro tipo. Se trabaja o no, se estudia o no, se aprende el idioma del país en que se está o no, se reconstruye la vida o no. Las mujeres pasan como ríos, se las quiere o no, se las conserva o no.
La necesidad de autodestruirse y la necesidad de sobrevivir pelean entre sí como dos hermanos vueltos locos. Guardamos la ropita en el ropero, pero no hemos deshecho las valijas del alma. Pasa el tiempo y la manera de negar el destierro es negar el país donde se está, negar a su gente, su idioma, rechazarlos como testigos concretos de una mutilación: la tierra nuestra está lejana, qué saben estos gringos de sus voces, sus pájaros, sus duelos, sus tormentas.
Son muy distintos a nosotros. No se preocupan verdaderamente de nosotros. No sufren la injusticia que nos pasó a nosotros. Los más solidarios tienen como vergüenza por nosotros. Es un problema de ellos, pero nos afecta a nosotros. Como si el diálogo entre extranjeros sobre algo aparentemente comprensible —el dolor de los unos— viniera envuelto por parte de los otros en pudores, candores, paternalismos, usos.
No nos vamos a poner de acuerdo nunca. Y seremos muchas veces injustos, tomando la humildad por soberbia, la reserva por falta de compromiso, la voluntad de no herir por la voluntad de no saber.
Así estamos de enfermos. Buscaremos compromisos con el Museo del Prado, con Santa María Maggiore, la Place de la Contrescarpe, el Paseo de la Reforma, las escaleras mecánicas de Caracas, el Hyde Park de Londres. Son compromisos de idiota y duran una idiotez. La maravilla pasa, el dolor queda. Como el fuego del alma, queda.
Queda.
¿Acaso el cielo no es el mismo? El cielo no es el mismo. ¿Dónde estará la Cruz del Sur sino en el sur? ¿No es el mismo sol? No: ¿acaso ilumina a Buenos Aires? Lo hace horas después, cuando yo ya no estoy. Color de cielo otro, lluvia ajena, luz que mi infancia no conoce.
Las voces del rocío se parecen a las voces del rocío. Una pequeña lengua lame y las diferencias, las distancia. Mi rocío del sur o cabellera o cristalina madrugada sobre los pechos del combate. No rocía lo mismo sobre el Mercado Común Europeo, el más común de los mercados.
Todos los hombres son humanos y lo que cabe en mí, debería caber en los demás. Y viceversa, porque todos los hombres son humanos. Quepámonos, humanos. Que quepa en mí el extraño mundo alrededor, sus egoísmos justificados, su decencia a parquímetro, su honradez de consumo, su fino individualismo brutal, su amor triste, la suciedad de sus higienes. Apenas tengo de ofrecerle los rayos de luz que iluminaban el combate por la dicha, las generosidades de la muerte, es decir, de la vida, los estallidos de la dicha, esta derrota por ahora.
Revolvamos la tierra con las manitas juntas. A lo mejor crece una planta de dos rostros, que necesita agua de los dos, y mira dos distancias a partir de la misma soledad. Así estaremos juntos, verdaderamente.
XII
Mi padre vino a América con una mano atrás y otra adelante, para tener bien alto el pantalón. Yo vine a Europa con una alma atrás y otra adelante, para tener bien alto el pantalón. Hay diferencias, sin embargo: él fue a quedarse, yo vine para volver.
¿Hay diferencias, sin embargo? Entre los dos fuimos, volvimos, y nadie sabe todavía adónde iremos a parar.
Papá: tu cráneo se pudre en la tierra donde yo nací, en representación de la injusticia mundial. Por eso hablabas poco. No hacía falta. Y lo demás —comer, dormir, sufrir, hacer hijos— fueron gestiones necesarias, naturales, como quien llena su libreta de ser vivo.
Nunca te olvidaré, en la oscuridad del comedor, vuelto hacia la claridad de tus comienzos. Hablabas con tu tierra. En realidad, nunca te sacaste esa tierra de los pies del alma. Pieses llenos de tierra como silencio enorme, plomo o luz.
Juan Gelman
(Buenos Aires, 1930. México, 2014)
*
Lucifer, el prime exiliado
Daniel Martínez Rubio presenta el archivo, que va adjunto, sobre su exposición de El diablo en la Divina Comedia.
“Hoy La Poesía y el Mar propone el tema del “Exilio” para su reunión dominical (después de muchos años de “sabatinidad”).
En esas charlas con Aníbal, en la orilla del mar o adentrados en él, flotando beatíficamente, reflexionamos que Lucifer, el Diablo fue el primer exiliado del Universo (“del mundo mundial”, diría un notorio presidente sudamericano).
Estas notas girarán alrededor de un Satanás específico: el que imaginó Dante en la Divina Comedia, el que, a pesar de estar aprisionado en el fondo del Infierno dantesco, se las arregla muy bien para seguir operando, haciendo que el Mal siga prevaleciendo en el Mundo”.
D.M.R.
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17
Hay que caer y no se puede elegir dónde.
Pero hay cierta forma del viento en los cabellos,
cierta pausa del golpe,
cierta esquina del brazo
que podemos torcer mientras caemos.
Es tan sólo el extremo de un signo,
la punta sin pensar de un pensamiento.
Pero basta para evitar el fondo avaro de unas manos
y la miseria azul de un Dios desierto.
Se trata de doblar algo más que una coma
en un texto que no podemos corregir.
Roberto Juarroz
(Coronel Dorrego, 1925-Témperley 1995)
De: Poesía vertical I
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Abderramán
Adolf Friedrich von Schack en «Poesía y arte de los árabes en España y en Sicilia» rescató este poema del destierro, dedicado a la primera palma trasplantada suelo andaluz, y posible madre de todas las palmas europeas. Abderramán, califa de Córdoba en le siglo X, exiliado omeya que que nunca pudo regresar a Damasco, practicó el axioma árabe: «Si tienes un jardín y una biblioteca no necesitas más.» Su dinastía compiló cientos miles de libros copiados a mano y sembró jardines . «Tú eres también oh palma!/ en esta tierra extranjera/ tú no sientes, cual yo siento,/ el martirio de la ausencia./Si tú pudieras sentir,/ amargo llanto vertieras. A tus hermanas de Oriente/ mandarías tristes quejas, a las palmas que el Éufrates/ con sus claras ondas riega./Pero tú olvidas la patria/ a par que me la recuerdas/ la patria de donde Albas/ y el hado adverso me alejan.
//
Adán y Eva
Mark Twain, en El diario de Adán y Eva, resuelve el dilema de estos primeros desterrados. En sus últimas líneas afirma Adán, refiriéndose a Eva: «Allí donde ella estuviera, estaba el paraíso.»
Dos aportes de Eugenia Faué
(no hubo tiempo de leerlos en la charla).
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Otro aporte que no llegó a leerse:
no interrumpirás
el sueño
de los pájaros
no abordarás
estaciones
ostentosas
ni frecuentarás
calles obscenas
no abdicarás
ante la bruma
ni desmentirás
a las tormentas
no les pondrás cerrojo
a la memoria
ni al olvido
no convertirás al mar
en un exilio
no pretenderás
abarcar
ni controlar
el infinito
no te arrogarás
la voz
de las mareas
porque eso
eso
sería
un MARcisismo.
Cielo
*

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