Mirar y ser mirado por el mar

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Textos del lunes 24 de noviembre, charla virtual con el tópico: El mar como espejo del hombre: mirar y ser mirado por el mar. Foto: Héctor Viel Témperley.

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Bajo las estrellas del invierno


La liebre que una vez que yo miraba
atardecer -volaban los chimangos!-
salió del sol y se sentó a mirarme

El pájaro que una mañana
se posó exactamente sobre mi corazón
a una hora en que su cuerpo todavía
calentaba la piel más que el sol

El pene entre mis dedos de ese enfermo
al que ayudé a orinar mientras marchábamos
lentamente una noche a un hospital
cruzando playas de estacionamiento

La perra que buscaba a mi pene en la sombra
cada vez que salía para orinar desnudo
mirando las estrellas del invierno
antes de regresar corriendo hasta el colchón
iluminado por el fuego que ardía toda la noche
en los troncos que hachaba con mi hacha todo el día

La mujer que pedía serenamente auxilio
agitando los brazos y volviendo a nadar
en las primeras horas de una tarde pesada
en que yo con el pan en el estómago
no encontraba a otro hombre en las orillas

Y todos los metros que nadé por el mar
sin ver jamás a la terrible aleta
Y mi alegría de noche en las ramas de un árbol
oyendo tangos en mi adolescencia
Y mis siestas sentado junto al cajón de un muerto
descansando en la diga frescura de una bóveda
del verano porteño que tantos nos había humillado

Hablo de todas las horas y de todos los días
y de todas las estaciones y de todos los años

Pero la liebre que una vez que estaba solo
se ubicó exactamente entre el sol y mis ojos
guardando exactamente la distancia
que guarda un ángel que visita a un hombre…

Y el pájaro que un día
se posó exactamente sobre mi corazón
lo que es igual a recibir de un golpe
el propio corazón en el lugar exacto
el único lugar del universo
donde es una victoria recibirlo…

Y la perra que se acercaba agitando la cola
cada vez que volvíamos a encontrarnos desnudos
y solos bajo el cielo del oeste…

En fin…
Brillan los miles de ojos que me miran
Brillan las estrellas del oeste en invierno
Sobre la borda del colchón iluminada por las llamas
me siento arreglo el fuego
leo diarios viejos mientras mi sombra crece

Son las tres de la tarde en el reloj
que después del almuerzo se detiene
La noche es larga
Toda la noche sopla el viento
Mi muslo brilla con la saliva de la perra
o entre las piernas de una mujer de buen carácter
desnuda alegre dormida satisfecha
Vuelvo a despertarme cuando quiero
Vuelvo a salir al frío y a orinar nuevamente
porque estas noches bebo mucha agua
El fuego hace sudar al que lo cuida

En fin…
Hice orinar a un hombre
Salvé del mar a una mujer lejana
Y sé que puedo recordar algunos otros
actos de más amor de más coraje

En fin…
Pienso en todas las horas pienso en todos los días
pienso en todos los años sin encontrar mi imagen

Pero una liebre un pájaro una perra
me miraron a los ojos al corazón al sexo
como creo que sólo me miró también el mar
una madrugada de verano en que vagaba
con una pistola en el puño sin tener dónde afeitarme

Héctor Viel Temperley

(Buenos Aires, 1933-1987), «Legión extranjera», 1978, Obra Completa, Ediciones del Dock; Buenos Aires.

*

Al refluir con del océano de la vida

(…) Mientras recorro las playas que no conozco
mientras escucho la endecha
las voces de los hombres y mujeres náufragos
mientras aspiro las brisas impalpables que me asedian
mientras el océano, tan misterioso
se aproxima a mi cada vez más
yo no soy sino un insignificante madero abandonado por la resaca
un puñado de arena y hojas muertas
y me confundo con las arenas y con los restos del naufragio.
Oh! desconcertado, frustrado, humillado hasta el polvo
oprimido por el peso de mi mismo
pues me he atrevido a abrir la boca
sabiendo ya que en medio de esa verbosidad cuyos ecos oigo
jamás he sospechado qué o quién soy
a no ser que, ante todos mis arrogantes poemas
mi yo real esté de pie, impasible, ileso, no revelado
señero, apartado, escarneciéndome con señas y reverencias burlonamente amables
con carcajadas irónicas a cada una de las palabras que he escrito
indicando en silencio estos cantos y, luego, la arena en que asiento mis pies.
Ahora sé que nada he comprendido, ni el objeto más pequeño
y qué ningún hombre puede comprenderlo.
La naturaleza está aquí a la vista del mar
aprovechándose de mí para golpearme y para herirme
porqué me he atrevido a abrir la boca para cantar.

Walt Whitman (1819-1892)

Con el oleaje; en Hojas de Hierba

**

A la sombra de las muchachas en flor (frag)

“Al finalizar la tarde dejé a mi abuela en casa de su amiga y estuve allí algunas horas; luego volví a tomar el tren yo solo, y la noche que siguió no se me hizo penosa, y fué porque no tenía que pasarla en la cárcel de una alcoba cuya misma somnolencia me tendría desvelado; me veía rodeado por la sedante actividad de todos los movimientos del tren, que me hacían compañía, que se brindaban a darme conversación si no me entraba sueño, meciéndome con sus ruidos, que yo acomodaba, como el sonar de las campanas de Combray, tan pronto a un ritmo como a otro (y según mi capricho, oía cuatro dobles corcheas iguales, y luego una doble corchea que se precipitaba furiosamente contra una semimínima); neutralizaban la fuerza centrífuga de mi insomnio ejerciendo sobre él presiones contrarias que me mantenían en equilibrio, y mi inmovilidad y mi sueño se sintieron sostenidos en esas presiones con la misma impresión de frescura que hubiese podido darme el descanso que debe causar la sensación de que no velan fuerzas enormes en el seno de la Naturaleza y de la vida, caso de haber podido encarnar por un momento en un pez que duerme en el mar paseado por las corrientes y las olas, o en un águila apoyada sólo en la tempestad”.

Marcel Proust (1871-1922)

En busca del tiempo perdido, tomo II.

*

Arena y Sombras

A Yannis Ritsos

El hombre camina sobre su sombra

los pies enormes y primeros

le hacen huellas profundas

os ojos pequeños

                        el sol aparece rojo en el mar

                        la claridad rosa

Asombrado

                        de una sombra ligera y fina

extendida en combates y fuegos

El hombre camina descalzo

los pies de la memoria

                        se hunden displicentes

                        en el agua que corroe las formas

                        y remonta antepasados en soledad

La tarde dibuja rosada su sombra en la espuma

            Otros hombres habrá?                       Arena?                        Sombras?

El hombre camina sobre su sombra en la arena

La hondura de la sombra

                        el tiempo del hombre

                        el tiempo de ese hombre

es el lenguaje de la arena

                        y las sombras.

*

noche y mar

una geometría

abismos

ni laberintos

ni caminos

nada circular

seis espacios

seis planos

me aprisionan

            ingrávido

            sin luz

            escucho

            una orquesta

            fagotes

            trompas

            un alucinante

            ir

            venir

                        sin pensamiento

                        me petrifico

                        me salinizo

                        vuelvo

                        vuelvo inorgánico

                        grano de arena

en la noche

Raúl Spiner

De: Caballo en el mar (2005). Ediciones El Faro.

*

VOLVER A ESCRIBIR EL MAR

Lo miro de frente, sin armadura.

Un follaje de algas se bambolea en él

juega a sortear la rompiente.

Su ramaje brotante se multiplica

en la madrugada que ha encendido

el deseo de los pájaros.

La claridad tiene vocación de abismo.

Hay océanos de vértigo en la mirada marina

y una memoria de puñales desnudos

heridas ilesas que la sal evidencia.

migajas que dejan los dioses.

El cielo golpea más de tres veces

y el mar se queda, con ojos de jaguar, viéndome

guarda silencio, esconde su ferocidad

Inventa un cuerpo, una boca, una copa

lanza aguijones a la sombra de mí, a un lenguaje

que sólo sucederá si hay traslumbramiento.

silvia bottallo

*

Necesito oler limón, necesito oler limón

Necesito oler limón, necesito oler limón.
De tanto respirar este aire azul,
este cielo encarnizadamente azul,
se pueden reventar los vasos
de sangre
más pequeños
de mi nariz.

Viel Temperley

*

Como humildes ratones

Buscando los restos

De la hostia del Amanecer

Caminan por las rocas

Cinco monjas.

Van mirando hacia abajo,

Hacia sus pies descalzos

Y blanquísimos.

(Para buscar almejas,

Una lleva un cuchillo.)

Héctor Viel Temperley

*

DEL MAR

Mi mundo es amplio

como el mar.

Sobre su manto verde

transparente

me quedaría así,

solamente en reposo

sobre el silencio vivo,

en compañía de las medusas

de corolas infinitas,

junto a los terciopelos de las mariposas

del mar,

junto a las caricias de las aletas de los vivientes,

sobre las ondulaciones

del palacio esmeralda,

sobre las incrustaciones perdidas

de las almejas y las ostras

junto a las pulsaciones de los

sobrevivientes de los naufragios,

junto al corazón abierto que llega

desde el fondo donde todos buscan

un grito, un beso,

antes de morir.

Amalia Mercedes Abaria

(Publicado en Recorrido humano, Vinciguerra, 2024)

*

Dédalo e Ícaro

                                                                                                   ¡Escucha bien, hijo mío!

No subas demasiado alto,

no sea que el Sol derrita la cera.

                                                                                                   ¡Escucha bien, hijo mío!

                                                                                                    No vueles demasiado bajo

 no sea que el mar moje las plumas.                                                                            DÉDALO

¡Escucha bien, Humanidad sin tiempo!

Escucha bien a todos los Dédalos

del orbe.

¡Escucha bien, Humanidad altiva!

Escucha bien a todos los Ícaros

del orbe.

Y APRENDE.

No sea que el Sol derrita la cera

con que están sujetas las pequeñas plumas

de tus sueños

a tu cuerpo magro.

No sea que el mar moje las plumas

de tus versos

y se ahoguen pesadas y contritas

en el mar proceloso de tus zonas erróneas.

Pero el Sol aún espera Dédalos conscientes

que construyan alas sujetas

con hilos eternales.

Pero el Sol aún espera Ícaros prudentes

que se remonten al Sol

gradual, serenamente,

y trasciendan esféricos designios,

laberínticas esfinges

del porqué.

del libro Rumbos de Silencio (1991)KELLY GAVINOSER

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