A continuación textos de la charla virtual del sábado 16 de agosto… Incluyo algunos que tenía programado leer pero que no hubo tiempo o me olvidé… ellos son: el fragmento de Robinsón Crusoe (que solo comenté), Lamentaciones de Ariadna, de Claribel Alegría, y El archipiélado de Hölderlin (fragmento final) con la versión en español, la original en alemán y el audio de la lectura del original que hizo Marcos Ruvituso, con el propósito de compartirlo con ustedes. Va también el link de la versión musical del poema La cerveza del pescador Schiltigheim, de González Tuñón por el Cuarteto Cedrón. Gracias! Abrazo!
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Filoctetes de Sófocles
(Tragedia exhibida por primera vez en Atenas, 409 AC)
Primeros versos:
ULISES.—Esta es la orilla de la aislada tierra de Lemnos, no pisada de mortales ni habitada, en la cual —¡oh niño Neoptólemo, hijo de Aquiles, el padre más valiente que ha habido entre los griegos!— dejé yo abandonado hace tiempo al hijo del meliense Peante, cumpliendo el mandato que de hacerlo así me dieron los jefes; pues de la llaga que le devoraba le destilaba el pie gota a gota, y no nos dejaba celebrar tranquilamente ni las libaciones ni los sacrificios, porque con sus fieras maldiciones llenaba todo el campamento, vociferando y dando desgarradores lamentos. Pero estas cosas, ¿qué necesidad hay de referirlas? El momento, pues, no es para largos discursos, no sea que él se entere de que he llegado yo y echemos a perder toda mi habilidad, con la que pronto lo engañaremos, según creo. Deber tuyo es ayudarme en lo demás y buscar el sitio en que hay una cavernosa roca de dos bocas, dispuesta de tal manera que mientras en invierno proporciona dos asentadas al sol, en verano lleva la brisa dulce sueño al pasar por la horadada caverna. Y un poco más abajo, hacia la izquierda, pronto verás una fuente de agua potable, si es que todavía persiste, Acércate cautelosamente y dime con señas si en ese mismo lugar está el hombre, o si se halla en otra parte, para que oigas las restantes advertencias que yo te expondré, con el fin de que procedamos de acuerdo. NEOPTÓLEMO.—Rey Ulises, para averiguar lo que me mandas no he de ir lejos, pues creo que tal como dices es el antro que estoy viendo. ULISES.—¿Hacia la parte de arriba o la de abajo?; pues yo no distingo. NEOPTÓLEMO.—Aquí arriba; y de pasos no se oye ningún ruido. ULISES.—Mira si duerme, no sea que se halle echado. NEOPTÓLEMO.—Veo vacía la habitación, sin hombre alguno. ULISES.—Y no hay dentro comodidad alguna que la haga habitable? NEOPTÓLEMO.—Un apelmazado montón de hojas, como si en él durmiera alguien. ULISES.—¿Y todo lo demás vacío, sin que haya nada ahí dentro? NEOPTÓLEMO.—Un vaso de madera, obra de algún hombre inhábil; y junto a él, astillas de las que sirven para encender fuego frotando. ULISES.—De él es todo ese menaje que me indicas. NEOPTÓLEMO.—¡Ay, ay! Aquí veo unos andrajos que se están secando, llenos de asqueroso pus. ULISES.—El hombre habita en estos lugares, no hay duda, y está no lejos de aquí. Pues cómo es posible que enfermo ese hombre del pie, con esa crónica llaga pueda andar lejos? Así que, o se ha salido a buscarse alimento, o ver si en alguna parte encuentra alguna hoja que le calme el dolor. A ese que te acompaña envíalo a que lo busque, no sea que, sin darme yo cuenta, caiga sobre mí; pues mucho más quisiera él apoderarse de mí que de todos los demás griegos. NEOPTÓLEMO.—Ya se va, y vigilará bien la senda. Tú, si algo necesitas, manda de nuevo. ULISES.—¡Hijo de Aquiles!, para lo que aquí has venido es preciso que demuestres valor, no sólo con tu brazo, sino también que si me oyes algo nuevo que antes no hayas oído, te sometas a ello como ayudante mío que eres. NEOPTÓLEMO.—¿Qué más me ordenas? ULISES.—A Filoctetes es preciso que le engañes con tus razonamientos. Cuando te pregunte quién eres y de dónde vienes, dile que hijo de Aquiles —esto no has de ocultarlo— que navegas hacia tu casa, habiendo abandonado el campamento naval de los aqueos, a quienes tienes rencoroso odio, porque después de haberte pedido con súplicas que hicieras el viaje desde tu patria, como que tú eras el único recurso que tenían para la toma de Troya, al llegar a ella no se dignaron darte las armas de Aquiles que con justicia pedías, sino que se las concedieron a Ulises; y le dices de mi cuanto quieras, hasta las más estupendas infamias. De ellas ninguna me apenará; pues si no haces esto, ocasionarás daño a todos los argivos. Porque si no te apoderas del arco de este, no te va a ser posible destruir la ciudad de Dárdano. Y que yo no pueda, pero tú si, mantener con éste conversación que le merezca fe y nos dé seguro resultado, vas a verlo. Tú has atravesado el mar sin obligarte con juramento, ni por necesidad; no eres tampoco de la primera expedición. Yo, de todo esto, nada puedo negar. De manera que si él, en posesión de su arco, me llega a ver, estoy perdido y te pierdo a tí a la vez. Por esto mismo es menester que emplees mucha astucia para que le quites esas invencibles armes. Yo bien sé, hijo, que por tu índole no eres a propósito para decir mentiras ni cometer villanías; pero ya que dulce cosa es alcanzar la victoria, atrévete a ello; que en adelante ya procuraremos ser sinceros, Pero ahora déjate llevar de mí, arrinconando la vergüenza durante una pequeña parte del día; y luego, en adelante, procura que te llamen el más virtuoso de todos los hombres. NEOPTÓLEMO.—Yo, en verdad, hijo de Laertes, aquello que en conversación no me gusta oir, es lo que tengo horror de hacer; pues soy de índole tal, que no puedo hacer nada valiéndome de malas artes; ni tampoco, según dicen, el padre que me engendró. Pero estoy dispuesto a llevarme por la fuerza a este hombre y no con engaños; pues él con un solo pie, siendo nosotros tantos como somos, no podrá dominarnos a la fuerza. En verdad que habiendo venido como ayudante tuyo, temo que me llamen traidor; pero prefiero, ¡oh rey!, no alcanzar buen éxito por proceder honradamente, a triunfar con malos medios. ULISES.—De noble padre has nacido, niño; yo también, cuando era joven, dejaba la lengua ociosa y hacia obrar a la mano; mas ahora, al tocar la realidad, veo que entre los hombres, la lengua, no el trabajo, es la que todo lo gobierna. NEOPTÓLEMO.—¿Qué es, pues, lo que me mandas, sino que diga mentiras? ULISES.—Te digo que te apoderes de Filoctetes con astucia. NEOPTÓLEMO.—¿Y por qué le he de tratar con engaño, mejor que convenciéndolo? ULISES.—Porque temo que no te crea; y a la fuerza, no podrás llevarlo. NEOPTÓLEMO.—¿Tan temible es la confianza que en su fuerza tiene? ULISES.—Tiene flechas certeras que ante sí llevan la muerte. NEOPTÓLEMO.—Luego con él, ni siquiera riñendo hay confianza de triunfo? ULISES.—No, si no lo coges con engaño, como te he dicho. NEOPTÓLEMO.—¿No crees vergonzoso el decir mentiras? ULISES.—No, si la mentira nos lleva la salvación. NEOPTÓLEMO.—¿Cómo un hombre sensato se atreverá a decir eso? ULISES.—Siempre que obres en provecho propio, no debes vacilar. NEOPTÓLEMO.—Y para mí, qué provecho hay en que éste venga a Troya? ULISES.—Sus flechas son las únicas que pueden tomar a Troya. NEOPTÓLEMO.—Pues quien la ha de destruir, según se dijo, ¿no soy yo? ULISES.—Ni puedes tú sin ellas, ni ellas sin tí. NEOPTÓLEMO.—Pues nos hemos de apoderar de ellas, si así es. ULISES.—Como que haciendo eso te llevarás dos premios. NEOPTÓLEMO.—¿Cuáles? Dimelo, que no me negaré a hacerlo. ULISES.—Sagaz y valiente serás llamado a la vez. NEOPTÓLEMO.—Vaya, lo haré, sacudiéndome toda la vergüenza.
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Robinson Crusoe (frag)
No podría describir el estado de ánimo que tenía cuando me sentí hundir en las aguas, porque aunque sabía nadar muy bien no conseguía librarme de la fuerza de las olas y ascender a respirar, hasta que después de arrastrarme interminablemente en dirección a la playa, la ola rompió allí y al retroceder me dejó en tierra firme, medio muerto por el agua que había tragado. Me quedaban suficiente aliento y presencia de ánimo como para advertir que estaba más cerca de la playa de lo que había supuesto, y enderezándome traté de correr hacia ella con toda la velocidad posible antes de que otra ola me arrebatara. Pero de inmediato supe que aquello era imposible porque vi crecer el mar a mis espaldas como una montaña y con la furia de un enemigo que me superaba infinitamente en fuerzas. Mi salvación estaba en retener el aliento y sostenerme a flote todo lo posible, tratando en esa forma de nadar hacia la playa; pero me aterraba pensar que acaso el oleaje, después de sumirme profundamente en el mar, no me devolvería a la costa en su retorno. La ola que me cayó encima me hundió veinte o treinta pies en su seno, y otra vez me sentí arrastrado con una salvaje violencia y velocidad hacia la tierra, pero contuve la respiración y traté de nadar hacia adelante con todas mis fuerzas. Me parecía que iba a estallar por falta de aire, cuando me sentí levantado y de pronto tuve la cabeza y las manos fuera del agua; aunque esto solamente duró un segundo, me permitió recobrar el aliento y nuevo valor. Otra vez me tapó el agua, pero no tanto como para hacerme perder las energías, y cuando advertí que estaba en la playa y que la ola iba a volver, luché por sostenerme hacia adelante y toqué tierra con los pies. Me estuve quieto un momento para recobrar la respiración y mientras el agua se retiraba eché a correr con toda la velocidad posible hacia la costa. Pero ni esto me libró de la furia del mar y por dos veces consecutivas volví a ser arrebatado y devuelto otra vez a la playa, que era sumamente suave. La segunda vez estuvo a punto de serme fatal porque el oleaje, después de llevarme mar adentro, me proyectó con violencia contra una roca y tal fue la fuerza del golpe que me privó de los sentidos, dejándome indefenso contra su furia. El golpe me había magullado el pecho y el costado, privándome por completo de la respiración; estoy seguro de que si el mar hubiera vuelto inmediatamente habría perecido ahogado. Pero recuperé los sentidos un momento antes del retorno de la ola, y viendo que otra vez iba a ser arrastrado por ella me aferré con todas mis fuerzas a la roca, luchando por contener el aliento hasta que el agua retrocediera. Las olas ya no eran tan altas como antes, por la proximidad de la costa, y pude por lo tanto resistir el embate hasta que cesó, y entonces eché a correr hacia tierra con tal fortuna que la siguiente ola, aunque me alcanzó, ya no pudo arrancarme de donde estaba y en una segunda carrera me libré totalmente de su rabia, encaramándome sobre los acantilados hasta desplomarme sobre la hierba, libre de todo peligro y a salvo del mar. Cuando comprendí con claridad el riesgo del que acababa de salvarme, elevé mis ojos a Dios y le agradecí que hubiera perdonado una vida que segundos antes no conservaba la menor esperanza. Me paseaba por la playa alzando no sólo las manos sino todo mi ser en acción de gracias por mi rescate, haciendo mil ademanes que no podría describir y reflexionando sobre mis camaradas que se habían ahogado, siendo yo el único que había conseguido pisar tierra; nunca volví a verlos, ni siquiera encontré señales de ellos, salvo tres sombreros, una gorra y dos zapatos de distinto par. Fijé los ojos en el barco encallado, al que la distancia y la furia del mar apenas me permitían divisar, y me maravillé. — ¡Oh, Señor! —prorrumpí—. ¿Cómo he podido llegar a tierra?
(este fragmento tiene evidente influencia de la parte final del canto V de la Odisea).
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Lamentaciones de Ariadna
No te pierdas, Teseo
vuelve a mí.
La playa está desierta
tengo los pies sangrientos
de correr en tu busca
¿será que me engañaste
dejándome dormida en esta isla?
Perdóname, Teseo
¿Recuerdas nuestro encuentro?
amor eterno me juraste
y yo te di el ovillo
y volviste a la luz
después de haber destruido
al minotauro.
¿Te secuestró algún dios
sintiéndose celoso?
No me inspiran temor
ni Poseidón
ni Zeus
es de fuego mi ira
y se alzará
desde estas aguas
hasta el cielo.
Vuelve,
vuelve, Teseo
no te pierdas
en los laberintos
de la muerte
anda suelto
el ovillo de mi amor
atrápalo, Teseo
vuelve a mí
soy tu tierra
tu luna
tu destino.
Clava en mí tus raíces.
Claribel Alegría
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Poemas de la Isla
La isla no te salva, pero te ayuda a encontrarte.
¿Tiene faro la isla? ¿tiene puerto? ¿es el puerto que está abierto
en el que quieres amarrar?
Me sobran los motivos para permanecer en la isla.
*
¿Serán las aguas nuevas las que vivifican la orilla?
O será el alivio y la apertura de la orilla
quien motiva a las profundas aguas a bañar sus playas?
*
Desde mi isla deseo ser tu puerto de llegada
ser un faro que te invite a reposar y a respirar,
ser la fuente que cobije los humores de los mares que navegas
ser el río que de mí parte para devolverte al mar.
*
Hoy la isla intenta no esperar al viajero
añora otros paisajes mas es tiempo de islar
la isla se hace verbo, y en la isla pasa mucho, pasa todo
nada pasa, en la isla se está, en la isla se ríe,
se drenan las tristezas…
tiempo de no respuestas: solo toca ser, y estar.
A veces se añora, a veces se extraña, a veces se besa,
su verbo: amar.
La isla es la calma y también sus tormentas.
Ser isla ser puerto, ser faro, ser mar…
Juliana Jeanneret
*
Fría la luna
mira
el hormiguero terrestre
mientras orbita
mira y desnuda
los techos
transparentes o
los levanta
con su magia
nocturna
ve nuestro reposo
inocente
la suspensión de la vigilia
eso que nos alimenta
de silencio
mientras orbitan
nuestra respiración
los latidos, las pulsaciones,
la frecuencia de los órganos
que funcionan para las
maquinarias que somos
orden y limpieza
ella custodia
los canales que drenan
agua y sangre y químicas
innumerables suceden
de continuo
en el círculo perfecto
ropas mantas techo luna
protégenos ampáranos
cuídanos del aire frío
la ausencia del sol
se ve en tu brillo
una permanencia sutil
estamos otra vez expuestos
frágiles viajamos hacia
un retorno
lo sabemos
pero estamos aquí y así
tan solos, tan abrazándonos.
(de mi nuevo poemario, in progress)
*
Réquiem
Robert Louis Stevenson
(Su tumba está en la cima del Monte Vaea, archipiélago de Samoa)
Under the wide and starry sky,
Dig the grave and let me lie.
Glad did I live and gladly die,
And I laid me down with a will.
This be the verse you grave for me:
Here he lies where he longed to be;
Home is the sailor, home from sea,
And the hunter home from the hill.
Here may the winds about me blow;
Here the clouds may come and go;
Here shall be rest for evermore,
And the heart for aye shall be still.
*
Réquiem
Bajo el vasto cielo estrellado
cavad mi tumba y dejadme yacer allí.
Alegremente viví y alegre moriré,
acostado con un último deseo.
Que sea éste el verso que graben para mí:
“Aquí yace donde quería yacer;
ha vuelto el marinero, ha vuelto del mar;
y de la colina ha regresado el cazador”.
Aquí soplarán los vientos
llegarán y partirán las nubes
y en eterno Descanso,
se aquietará para siempre mi corazón.
(Robert Louis Stevenson, 1850-1894)
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A N. V. DE G. S.
«The Unfathomable Sea»
The unfathomable sea, and time, and tears,
The deeds of heroes and the crimes of kings
Dispart us; and the river of events
Has, for an age of years, to east and west
More widely borne our cradles. Thou to me
Art foreign, as when seamen at the dawn
Descry a land far off and know not which.
So I approach uncertain; so I cruise
Round thy mysterious islet, and behold
Surf and great mountains and loud river-bars,
And from the shore hear inland voices call.
Strange is the seaman’s heart; he hopes, he fears;
Drawn closer and sweeps wider from that coast;
Last, his rent sail refits, and to the deep
His shattered prow uncomforted puts back.
Yet as he goes he ponders at the helm
Of that bright island; where he feared to touch,
His spirit rëadventures; and for years,
Where by his wife he slumbers safe at home,
Thoughts of that land revisit him; he sees
The eternal mountains beckon, and awakes
Yearning for that far home that might have been.
*
A N. V. DE G. S.
“El insondable mar, y las lágrimas, y el tiempo,
las hazañas de los héroes y los crímenes de reyes
nos separan; y el río de los acontecimientos
durante eternidad de años hacia este y oeste
ha mecido nuestras cunas con más fuerza. Me resultas
extranjera, como cuando los marinos al amanecer
divisan una tierra a lo lejos sin saber cuál es.
Así me acerco vacilante; así navego
en torno a tu islote misterioso, y contemplo
rompientes y grandes montañas y bajíos fluviales
imponentes,
y oigo desde la orilla voces que llaman de tierra adentro.
Extraño es el corazón del marino; espera, teme;
se aproxima y se distancia de esa costa;
por fin repara su velamen desgarrado, y hacia el piélago
enfila su destrozada proa, retirándose inquieto.
Sin embargo, al irse, piensa sobre el timón
en aquella isla brillante; allí donde temió tocar,
vuelve su espíritu a aventurarse; y durante muchos años,
allí donde dormita junto a su mujer, a salvo en casa,
pensamientos de esa tierra le vuelven a visitar;
ve que las montañas eternas le hacen señas, y se despierta
con el anhelo de aquel lejano hogar que pudo ser.”
Robert Louis Stevenson
*
EL NÁUTICO
Nave que convoca
al buen anclaje
o al deseo de partir.
Pasillo de tren
que no es un tren
pero que lleva,
de un barco
que no es barco
mas navega.
Transbordador
de locos orilleros
amantes del océano:
Tu música intima
con la luna,
arrima lejanías.
-¿Quién bajo tu amparo
no ha celebrado
fantasías,
la previa de pasiones,
amores,
despedidas? –
Debajo de tus mesas
algún perro poeta,
y en tus contornos
-por fortuna –
los amigos
se replican.
Te veo a veces
zarpar entre la bruma
o con un sol
resplandeciente
en la cabeza.
Tus pétalos flotantes
nos dan la bienvenida.
Hermes te habita,
Calíope te anida
y en mi té de jengibre
una luz bailarina.
Albergue
de naufragios,
de recreos,
en vos los dioses
se dan cita.
Por eso tus libros
se salvaron
la noche de los fuegos.
Oh, Ave Fénix
que convoca
y nos congrega.
Náutico nuestro:
en tu quilla
en tu bodega…
¡Somos
todos
fogoneros
del Deseo!
Ciela
Graciela Vergel
Hospital Alemán, julio de 2025
*
Estas islas que somos
Estas islas que somos
laderas de la noche
de pasado volcánico
criaturas de arena
entalcadas de luna
soslayadas de nombre
y continente
desprendidas
de alcurnias
submarinas.
Qué habremos hecho
para no ser manglares
qué no para arrecifes
qué para no ser
sino
estas islas que somos
Ciela
(dedicado a Adriana Schenin)
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El archipiélago (fragmento final)
Mas, oh tú, de los mares señor inmortal, aunque el canto
de de los griegos no más, como antaño, en tus olas te loe,
canta en mí más y más; que el espíritu impávido
de los mares, al modo de los nautas, disfrute
su solaz, y la lengua de los dioses distinga,
y el vaivén de las horas; y así, si el tiempo voraz
sobreviene a segar la miseria y los yerros
de mi vida mortal, y entre los muertos a hundirla,
que la paz en el fondo de tus abismos encuentre.
Friedrich Hölderllin
Versión de Otto de Greiff
*
Versión original
Aber du, unsterblich, wenn auch der Griechenge-
sang ſchon
Dich nicht feiert, wie sonst, aus deinen Wogen,
o Meergott!
Toͤne mir in die Seele noch oft, dass über den
Wassern
Furchtlosrege der Geist, dem Schwimmer gleich,
in der Starken
Friſchem Glücke sich üb’, und die Göttersprache
das Wechseln
Und das Werden versteh’; und wenn die reissende
Zeit mir
Zu gewaltig das Haupt ergreift, und die Noth
und das Irrsaal
Unter Sterblichen mir mein sterblich Leben erschuͤttert,
Lass der Stille mich dann in deiner Tiefe gedenken!
*
Audio: lectura en alemán de Marcos Ruvituso:
*
La cerveza del pescador Schiltigheim
Raúl González Tuñón
(París, 1929)
Para que bebamos la rubia cerveza del pescador Schiltigheim,
para que amemos Carcassonne y Chartres,
Chicago y Quebec, torres y puertos,
los blancos molinos harineros
y la luz de las altas ventanas de la noche,
encendidas para los hombres de frac y para los ladrones.
Y las islas en donde los kanakas comen plátanos fritos,
y bajo el sol, y bajo las palmeras,
entre ágiles mulatas suenan los ukeleles;
islas dije, las islas, soles rojos,
platillos para Darius Milhaud.
¡Tener un corazón ligero!
Vale decir, amar a todas las mujeres bellas.
Y una moral ligera, vale decir, andar con gitanos alegres
y dormir en un puerto un ocaso cualquiera,
y en otro puerto y otro,
y andar con suavidad y con desenvoltura de fumador de opio,
para que a cada paso
un paisaje o una emoción o una contrariedad
nos reconcilien con la vida pequeña y su muerte pequeña.
Para que un día nos queden unos cuantos recuerdos:
decir, estuve, estuve en tal pasión, en tal recodo,
estuve, por ejemplo, en la feria de Aubervilliers, una mañana,
con un trozo de asado, una amistad tranquila,
la mesa clara, el perro, el buen hablar,
y afuera, las verduleras de París
chapoteando con los zuecos en la nieve.
Para que bebamos la rubia cerveza del pescador Schiltigheim
es necesario no asustarse de partir y volver, compañeros.
Estamos en una encrucijada
de caminos que parten
y caminos que vuelven.
*
Versión del poema de Tuñón por el cuarteto Cedrón:

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