Poesía, mar, fiestas…

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Textos del encuentro virtual del sábado 27 de diciembre de 2025 con el tema: La poesía, el mar y las fiestas

*

13

Ahora que un hermano ha muerto

¿a quién esperaré en Navidad

llegando con su amada en el costado

después de las doce, a cenar,

volviendo de la noche de los pianos

cabizbajo y feliz

temblando por el frío de este mundo?

Y ese fuego que ardía, al final,

especialmente

las brasas de mis manos

intentando abrazarte, acariciándote.

Ahora que tus formas se han ido

para el “siempre” de “acá”,

detrás del velo transparente

y de la pena del vino

estás tan cerca y no puedo abrazarte!

Temprano estás rodando por el cielo.

(De mi poemario: Navegaciones, 2004)

*

Navidad en el mar

Las velas se habían congelado y herían las manos desnudas,

la cubierta era una capa de hielo en la que apenas se podía hacer pie;

soplaba noroeste, se venía tormenta, no había más reparo

que esos acantilados que escupían espuma a sotavento.

El bramido de las aguas empezó antes del alba,

pero recién con el día entendimos lo que nos esperaba.

Al instante, en un grito, cada mano fue una,

sujetamos la cofa y nos preparamos para lo peor.

Todo el día escoramos entre Punta Norte y Punta Sur,

todo el día tirando en vano de las velas congeladas.

todo un día, helado como la caridad, amargo como el espanto,

asidos a la vida por instinto, escorando entre Punta Norte y Punta Sur.

Hacia Punta Sur estaba decididamente peor,

pero cada golpe de timón nos abalanzaba a Punta Norte.

el acantilado y las casas estaban tan alto como las olas,

y el guardacostas en su jardín nos seguía con su catalejo.

La escarcha sobre los techos era tan blanca como el mar,

y en cada hogar ardía un fuego rojo como un corazón;

se reflejaba en las ventanas, humeaba por las chimeneas,

juro que hasta el aroma de las cocinas olía a Navidad.

Con júbilo sonaban las campanas de la iglesia,

pues era justo ése, de todos los días del año,

el día de nuestra desventura, el día de Navidad,

y aquella casa a espaldas del guardacostas era la casa donde nací.

Bien sabía yo qué pasaba detrás de aquellas paredes,

el reflejo en los anteojos de mi madre del plateado cabello de mi padre;

y entre ellos las llamas danzando en el fogón

y la vajilla sin usar, solemnemente apilada en la repisa.

Bien sabía yo de qué hablaban: hablaban de mí,

de la sombra de la casa, del hijo que se fue a la mar,

del perfecto idiota , que dios lo proteja,

que tiraba de sogas congeladas en el día de Navidad.

El faro se encendió con la llegada de la oscuridad.

“¡Todos a tirar de las gavias!”, gritó el capitán.

“Me temo que no soportará”, contestó Jackson, el primer oficial.

“Pues deberá, señor Jackson”, le dijo el capitán.

Porque eran nuevas las velas, y eran buenas también,

y el navío lo sabia y el navío lo entendió;

mientras el día se internaba en las puertas de la noche,

la luz del faro nos guió, y el mar abierto nos recibió.

No llegábamos, nos íbamos, Punta Norte y Punta Sur quedaban atrás

Cada alma a bordo suspiró con alivio. Todos menos yo.

Pues lo único que podía pensar, en el frío y la oscuridad,

era que me iba de casa y que mis padres envejecían solos.

Robert Louis Stevenson

(Traducción de Juan Forn).

*

Versión original:

Christmas at sea

The sheets were frozen hard, and they cut the naked hand;
The decks were like a slide, where a seaman scarce could stand;
The wind was a nor’-wester, blowing squally off the sea;
And cliffs and spouting breakers were the only things a-lee.

They heard the surf a-roaring before the break of day;
But ‘twas only with the peep of light we saw how ill we lay.
We tumbled every hand on deck instanter, with a shout,
And we gave her the maintops’l, and stood by to go about.

All day we tacked and tacked between the South Head and the North;
All day we hauled the frozen sheets, and got no further forth;
All day as cold as charity, in bitter pain and dread,
For very life and nature we tacked from head to head.

We gave the South a wider berth, for there the tide-race roared;
But every tack we made we brought the North Head close aboard.
So’s we saw the cliff and houses and the breakers running high,
And the coastguard in his garden, with his glass against his eye.

The frost was on the village roofs as white as ocean foam;
The good red fires were burning bright in every longshore home;
The windows sparkled clear, and the chimneys volleyed out;
And I vow we sniffed the victuals as the vessel went about.

The bells upon the church were rung with a mighty jovial cheer;
For it’s just that I should tell you how (of all days in the year)
This day of our adversity was blessèd Christmas morn,
And the house above the coastguard’s was the house where I was born.

O well I saw the pleasant room, the pleasant faces there,
My mother’s silver spectacles, my father’s silver hair;
And well I saw the firelight, like a flight of homely elves,
Go dancing round the china plates that stand upon the shelves.

And well I knew the talk they had, the talk that was of me,
Of the shadow on the household and the son that went to sea;
And O the wicked fool I seemed, in every kind of way,
To be here and hauling frozen ropes on blessèd Christmas Day.

They lit the high sea-light, and the dark began to fall.
“All hands to loose topgallant sails,” I heard the captain call.
“By the Lord, she’ll never stand it,” our first mate, Jackson, cried.
…“It’s the one way or the other, Mr. Jackson,” he replied.

She staggered to her bearings, but the sails were new and good,
And the ship smelt up to windward just as though she understood;
As the winter’s day was ending, in the entry of the night,
We cleared the weary headland, and passed below the light.

And they heaved a mighty breath, every soul on board but me,
As they saw her nose again pointing handsome out to sea;
But all that I could think of, in the darkness and the cold,
Was just that I was leaving home and my folks were growing old.

(en rimas pareadas, leído en inglés por Daniel Martínez Rubio)

*

Los justos

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Jorge Luis Borges

*

A bordo

A bordo,

la suerte compartida,

la nostalgia inaugurada

apenas dejar el puerto.

Ahora, el mar.

Ahora, alcanzar la tierra nueva.

Pepe y Antón,

asombro y risa en sus caritas,

pies descalzos, resecas mejillas.

Espiar el cielo.

Contar los días.

Perder la cuenta.

Pero esa noche hay algo.

Una luz que sorprende.

¿Será el lucero, el de los Reyes?

¿Será el que tantas veces contemplaron

allá en Galicia?

En esa inmensidad del océano,

alumbrados de cielo,

 unos zapatitos descosidos

aguardan que se cumpla un sueño.

Patricia Zaldivar

*

Epitalamio

(fragmento)

Novio feliz, la boda se ha cumplido

de acuerdo con tus votos, tienes novia

de acuerdo con tus votos, y aunque es bello

tu rostro, son los ojos de tu esposa

dulces como la miel, y un sonriente

velo de amor le cubre la atractiva

cara : te honró Afrodita especialmente.

Safo de Lesbos

*

Rima XXIV

«Dos rojas lenguas de fuego
que, a un mismo tronco enlazadas,
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama;

dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armoniosas se abrazan;

dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa
y que al romper se coronan
con un penacho de plata;

dos jirones de vapor
que del lago se levantan
y al juntarse allá en el cielo
forman una nube blanca; 

dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden:
eso son nuestras dos almas.»

Gustavo Adolfo Bécquer

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