Textos de la charla del viernes 26 de junio en el Centro Cultural Pipach, bajo el tema: La poesía, el mar y las aves marinas.
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La Luz del mar
Libro de Natalia Novaro
(Cabo de Hornos V. (fragmento)
Finalmente aparece a proa la Isla de Hornos; vemos a lo lejos su faro en el acantilado, y el monumento a los marineros que murieron aquí, en las aguas más peligrosas del planeta; es la figura calada en acero de un albatros, el enorme pájaro color del alba que poco después de nacer se dirige al océano abierto, y allí permanece casi toda su vida. Según se dice, en él reencarnan las almas de quienes mueren en el mar. Para acercarnos hará falta cambiar el rumbo y enrollar la vela, pero el excesivo viento traba la maniobra y no nos permite aproximarnos demasiado. Pero está ahí, el cabo donde termina el mundo, y en donde confluyen las fuerzas de todos los mares. Nos está mostrando su expresión más temida, por la cual este lugar es mítico como zona de navegación, la tempestad llegando a las islas…
A medida que emprendemos rumbo nuevamente hacia el norte, el mar comienza a embravecerse aún más.
(Página 130)
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El albatros
Por distraerse, a veces, suelen los marineros
Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío surcando los amargos abismos.
Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan penosamente arrastrando las alas,
Sus grandes alas blancas semejantes a remos.
Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
Aquél, mima cojeando al planeador inválido!
El Poeta es igual a este señor de las nubes,
Que habita la tormenta y ríe del arquero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.
Charles Baudelaire
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Navegaciones
Poema 5
Es la tarde de las gaviotas invadidas
como lluvia cayendo blanca
o como gotas oscuras sin embargo
sobre el lomo del agua
negra de superficie y de sombras
o al sesgo elevándose en un plano
de plumas en bandada al infinito azul.
Lo nuestro es rozar el agua recorriendo
la línea del borde de la ola
hacia un viaje de éxtasis marino
como jugando, latiendo también
con las vibraciones del “amigo”
que con sus cuatro patas ágiles
se envuelve ligero en las mantas de la brisa.
Allí están, molestas por nosotros,
extraños a ese racimo agreste de agua enorme
aire sin savia ni perfumes dulces
rocas trituradas y arenas femeninas
recortadas contra el ardido sol oro rubí.
Se levantan enteramente blancas
nubes de flores emplumadas
acaso convocando a la noche
porque ya presienten el manto que cae
sobre todos los ojos de la playa:
alas en despedida que abrazan
los últimos ecos de la luz.
Sus flechas cortan la monotonía del cielo
para nuestro asombro ajeno a las alturas
puros pies descalzos sobre los poros cristalinos
murmurando una queja borrada por el agua.
Es la hora del olvido y el delirio
cuando el mar se sumerge en su íntima inquietud
antes de ensimismarse en la extensa distancia
para dormir en el regazo de la tierra.
El aire se enfría en agudos cristales
hay cardúmenes enteros de soledad que bajan
hacia los cuerpos abreviados como nunca
y más allá de toda tibieza de sangre y amores.
Es la tarde de las secretas murmuraciones
alargadas hacia un sinfín de orillas
en una continuidad de zarpas blancas:
lo nuestro es este borde de contacto
donde palpamos fugazmente
el placer y el vértigo del abismo que fuimos
en la primera infancia de rosas no nacidas
cuando la voz de Dios rugía libre de las formas
entre sales ciegas y líquidos sin bocas.
¿Cuándo éramos tan azules como el agua profunda?
¿Cuándo éramos en el aire abierto
un suceso innombrable
un polen de universo soplado en el mar?
Ay, extraño yo también mis alas y mis branquias
y quiero por los terraplenes de las olas
buscar y ascender hacia el abismo
entre los moluscos y la sangre escamada
hacia un regazo de pétalos de tiempo
inmensamente acumulados y caídos.
Es la tarde de la espuma perdida en el cielo
perdida o simplemente ida hacia otros ojos
por otros vientos
gaviotas que se disuelven en tiempos de horizonte
hacia caricias de ultramar, a ras del agua.
Esos cuellos, algunos labios, ¿huyen o vuelven?
cálidos todavía de recuerdos del verano
son un instante sobre las ondulaciones
la marca de un goce perdido o realizado.
Es la tarde de las gaviotas invadidas,
de alas desnudas sobre la hondura del aire
como peces de otro mar aún más inmenso.
Y van flotando como pañuelos quietos
en una ausencia de aire y de sonidos
sobre el ancho campo del océano
hasta que el sol
finalmente
agonizando
convierte en hojas de otoño a esos pájaros del mar.
Aníbal Zaldívar
(De mi libro: Navegaciones/Archipiélago, publicado en 2004)
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El Gorrión de Londres
(fragmentos)
Cien años me parece que hace que te perdí,
¡maravilloso mundo de los pájaros!
¡Oh, pájaros benditos que revuelan,
zorzal de pico de oro que trina dulcemente
tras las lluvias de abril,
mística voz del cucu en la espesura,
y pico carpintero de los campos oreados,
y sobre todos ellos, remontadora alondra
por quien el cielo azul palpita en éxtasis!
No sólo en esta isla; más allá de los mares
que la circundan, lejos vuela, rauda memoria
a más brillantes tierras, y recuerda
a la paloma y a la golondrina,
y la garrulería de los loros
en los templados bosques,
y los vastos pantanos encantados
donde moran el ibis y el flamenco.
Y es de esos mundos de donde he venido
hasta este triste Londres que ahora habito contigo,
¡oh gorrión!, y a menudo no me queda
otro amigo que tú en mi soledad.
Como el desesperado prisionero en su celda,
oye cantar al grillo y su chirrido
lo hace olvidar al sol y a la alegría.
¡Oh, callejero, nómade y alado,
pájaro polvoriento, pequeño basurero,
tu solo nombre ya enfurecería
al ambicioso bardo;
sorpréndate ostentar esta victoria!
(***)
Al despertar por la mañana, cuando
aún refracta el embrujo del ensueño
la luz de la conciencia,
oigo tu suave voz — murmullo de agua,
o tiento entre los árboles antiguos
que la luna ilumina — ,
y me salgo a vagar con pies ligeros.
Yergue el cieno ante mi su cornamenta
entre obscuros heléchos espantado,
se abren ante mis ojos ilimitados páramos,
y busco allí a la límpida mañana
inmaculada de rocío, y huyo
a otra región buscando su llegada,
andando entre palmeras que se yerguen
inmóviles pilares,
de catedral inmensa y blanquecina.
¡Hija del sol, sagrada,
alza hacia ti mi corazón,
dulce mensajera del alba!
Se apagan las estrellas,
caigo desvanecido al borde del sendero,
y me oprime el incienso que se levanta
de miles de silvestres flores
porque ya todas saben mi venida.
¡Mirad cómo se alzan
inmensas entre nubes y neblinas
las temibles montañas!
Con incorpóreos pies por ellas trepo
hasta encontrar al muerto dios del Inca.
¡Oh, gloria que te acercas velozmente,
no me ciegues con dardos inefables)
Despierta en mí de nuevo
la sagrada pasión de lo pasado,
durante largo tiempo ahogada en sangre
por ignaros espíritus,
que a los que te adoraban destruyeron.
Me siento desmayar, en ti sosténme
o llévame otra vez hasta la tierra,.
Mis pies sienten apenas la nube giratoria,
¿o es que tocan aún en la terrible
cima del mundo? Lejos,
allá abajo se mueve
el obscuro azulado del océano,
alzan sus olas crestas refulgentes.
¡Jubilosa la tierra solitaria!
¡Ríen los ríos!
Las colinas ceñidas de boscaje
coronadas de nieve se levantan
con una eterna majestad desnuda;
se han envuelto en la púrpura y el oro
alegres porque vienes.
¡Ya se desvaneció mi sueño, cuando
el esplendor del sol me enceguecía,
dejándome esta pálida, esta espectral mañana!
Con mi sueño te fuiste,
¡oh, mi alegre recuerdo!, y en tu huida,
llamas a tus parleros camaradas
tal vez de otro soñar inspiradores,
desde techos envueltos entre nubes,
para volar con ellos
en rumorosa lluvia de gorriones,
a tomar en las calles el febril desayuno,
sin temor al barullo que allí atruena.
Eres como el petrel intrépido y errante
que conoce la furia
y la desolación del océano,
meciéndose en sus olas tumultuosas.
Como él, cosechador de quien nadie hace caso,
vuelas hacia el futuro,
y tú serás de la Naturaleza
el único testigo del instante
postrer, en que el murmullo
de los pasos humanos vaya disminuyendo
en las ruinas del mundo,
hasta morir en el silencio eterno.
Guillermo Enrique Hudson
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Aquí, allá, en el pantano…
Los diarios están llenos de guerra y
Mi cabeza está llena de la angustia de las batallas
Y las ruinas de antiguas ciudades.
En la luz lluviosa una garza azul
Se eleva y vuela sobre las totoras marrones
Pesada, delicada e implacable.
Úrsula Le Guin
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Richard Bach
Juan Salvador Gaviota (fragmento)
«La mayoría de las gaviotas no se molesta en aprender sino las normas de vuelo más elementales: como ir y volver entre playa y comida. Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar. Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar.
Este modo de pensar, descubrió, no es la manera con que uno se hace popular entre los demás pájaros. Hasta sus padres se desilusionaron al ver a Juan pasarse días enteros, solo, haciendo cientos de planeos a baja altura, experimentando…
-¿Por qué, Juan, por qué? -preguntaba su madre-. ¿Por qué te resulta tan difícil ser como el resto de la Bandada, Juan? ¿Por qué no dejas los vuelos rasantes a los pelícanos y a los albatros? ¿Por qué no comes? ¡Hijo, ya no eres más que hueso y plumas!
-No me importa ser hueso y plumas, mamá. Sólo pretendo saber qué puedo hacer en el aire y qué no. Nada más. Sólo deseo saberlo. «
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José Saramago y las aves
Las aves tienen en la obra de Saramago un gran protagonismo poético y simbólico.
Al recibir el Premio Nobel de Literatura (1998), menciona el canto de las aves como parte esencial de sus recuerdos al amanecer, como una marca del ritmo natural de la vida en su aldea natal, cuando su abuelo ya se había ido a trabajar al campo.
Dos poemas del autor:
Allá en el centro del mar,
allá en los confines/ donde nacen los vientos,
donde el sol/ sobre las aguas doradas se demora; allá en el espacio de fuentes
y verdor,/ de mansos animales,
de tierra virgen,/ donde cantan las aves naturales: amor mío, mi isla descubierta, es de lejos, de la vida naufragada, que descanso en las playas
de tu vientre,/ mientras lentamente
las manos del viento,/ pasando sobre el pecho
y las colinas,/ alzan olas de fuego en movimiento.
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Alzo una rosa y todo se ilumina Como no hace la luna
ni el sol puede:/ Serpiente de luz ardiente
y enroscada/ O viento de cabellos que se mueve.
Alzo una rosa, y grito a cuantas aves el cielo colorean de nido y de cantos En el suelo golpeo la orden
que decide/ La unión de los demonios
y los santos./
Alzo una rosa, un cuerpo
y un destino/ Contra la fría noche que se atreve, Y con savia de rosa y con mi sangre Perennidad construyo en vida breve.
Alzo una rosa, y dejo, y abandono Cuanto me duele de penas
y de asombros./ Alzo una rosa, sí, y oigo la vida.
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Vuelo supremo
Quiero vivir la vida aventurera
de los errantes pájaros marinos;
no tener, para ir a otra ribera,
la prosaica visión de los caminos.
Poder volar cuando la tarde muera
entre fugaces lampos ambarinos
y oponer a los raudos torbellinos
el ala fuerte y la mirada fiera.
Huir de todo lo que sea humano;
embriagarme de azul… Ser soberano
de dos inmensidades: mar y cielo,
y cuando sienta el corazón cansado
morir sobre un peñón abandonado
con las alas abiertas para el vuelo.
Julian Marchenna
Costa rica
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Syracuse/Syracuse
J’aimerais tant voir Syracuse
L’île de Pâques et Kairouan
Et les grands oiseaux qui s’amusent
A glisser l’aile sous le vent
Voir les jardins de Babylone
Et le palais du Grand Lama
Rêver des amants de Vérone
Au sommet du Fouzi Yama
Voir le pays du matin calme
Aller pêcher le cormoran
Et m’enivrer de vin de palme
En écoutant chanter le vent
Avant que ma jeunesse s’use
Et que mes printemps soient partis
J’aimerais tant voir Syracuse
Pour m’en souvenir à Paris
Canción de Bernard Dimey / Henri Salvador
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Quisiera tanto ver Syracuse
La Isla de Pascua y Kairouan
Y los pájaros grandes divirtiéndose
Deslizando la ala bajo el viento
Ver a los jardines de Babilonia
Y el palacio del Gran Lama
Soñar de Los amantes de Verona
En la cima de Fuji Yama
Ver el país de la mañana calma
Ir a pescar al cormorán
Y embriagarme con vino de palma
Escuchando el viento cantar
Antes de que mi juventud se desgaste
Y que mis primaveras se hayan ido
Quisiera tanto ver a Syracuse
Para recordármelo en París
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paula mysyna
Hermosos poemas de aves y el mar .
Me gusto especialmente Vuelo supremo.
Un fuerte abrazo y gracias
Aníbal Zaldívar
gracias Paula abrazos marinossssss