Textos del encuentro virtual de La poesía y el mar, sábado 13 de setiembre 2025.
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ILIADA, CANTO XVIII
(65-147)
Dijo, y salió de la gruta; las nereidas la acompañaron llorosas, y las olas del mar se rompían en torno de ellas. Cuando llegaron á la fértil Troya, subieron todas á la playa donde las muchas naves de los mirmidones habían sido colocadas á ambos lados de la del veloz Aquiles. La veneranda madre se acercó al héroe, que suspiraba profundamente; y rompiendo el aire con agudos clamores abrazóle la cabeza, y en tono lastimero pronunció estas aladas palabras:
73 «¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me lo ocultes. Júpiter ha cumplido lo que tú, levantando las manos, le pediste: que los aqueos fueran acorralados junto á los navíos y padecieran vergonzosos desastres.»
78 Exhalando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Madre mía! El Olímpico, efectivamente, lo ha cumplido; pero ¿qué placer puede producirme, habiendo muerto Patroclo, el fiel amigo á quien apreciaba sobre todos los compañeros y tanto como á mi propia cabeza? Lo he perdido, y Héctor, después de matarlo, le despojó de las armas prodigiosas, admirables, magníficas que los dioses regalaron á Peleo, como espléndido presente, el día en que te colocaron en el tálamo de un hombre mortal. Ojalá hubieras seguido habitando en el mar con las inmortales ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa mortal. Mas no sucedió así, para que sea inmenso el dolor de tu alma cuando muera tu hijo, á quien ya no recibirás en tu casa, de vuelta de Troya; pues mi ánimo no me incita á vivir, ni á permanecer entre los hombres, si Héctor no pierde la vida, atravesado por mi lanza, y recibe de este modo la condigna pena por la muerte de Patroclo Menetíada.»
94 Respondióle Tetis, derramando lágrimas: «Breve será tu existencia, á juzgar por lo que dices; pues la muerte te aguarda así que Héctor perezca.»
97 Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies ligeros: «Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando le mataron: ha perecido lejos de su país y sin tenerme al lado para que le librara de la desgracia. Ahora, puesto que no he de volver á la patria, ni he salvado á Patroclo ni á los muchos amigos que murieron á manos del divino Héctor, permanezco en las naves cual inútil peso de la tierra; siendo tal en la batalla como ninguno de los aqueos, de broncíneas lorigas, pues en la junta otros me superan. Ojalá pereciera la discordia para los dioses y para los hombres, y con ella la ira, que encruelece hasta al hombre sensato cuando más dulce que la miel se introduce en el pecho y va creciendo como el humo. Así me irritó el rey de hombres Agamenón. Pero dejemos lo pasado, aunque afligidos, pues es preciso refrenar el furor del pecho. Iré á buscar al matador del amigo querido, á Héctor; y sufriré la muerte cuando lo dispongan Júpiter y los demás dioses inmortales. Pues ni el fornido Hércules pudo librarse de ella, con ser carísimo al soberano Jove Saturnio, sino que el hado y la cólera funesta de Juno le hicieron sucumbir. Así yo, si he de tener igual suerte, yaceré en la tumba cuando muera; mas ahora ganaré gloriosa fama y haré que algunas de las matronas troyanas ó dardanias, de profundo seno, den fuertes suspiros y con ambas manos se enjuguen las lágrimas de sus tiernas mejillas. Conozcan que hace días que me abstengo de combatir. Y tú, aunque me ames, no me prohibas que pelee, pues no lograrás persuadirme.»
127 Respondióle Tetis, la de los argentados pies: «Sí, hijo, es justo, y no puede reprobarse que libres á los afligidos compañeros de una muerte terrible; pero tu magnífica armadura de luciente bronce la tienen los teucros, y Héctor, el de tremolante casco, se vanagloria de cubrir con ella sus hombros. Con todo eso, me figuro que no durará mucho su jactancia, pues ya la muerte se le avecina. Tú no entres en combate hasta que con tus ojos me veas volver; y mañana, al romper el alba, vendré á traerte una hermosa armadura fabricada por Vulcano.»
138 Cuando así hubo hablado, dejó á su hijo; y volviéndose á las nereidas, sus hermanas, les dijo:
140 «Bajad vosotras al anchuroso seno del mar, id al alcázar del anciano padre y contádselo todo; y yo subiré al elevado Olimpo para que Vulcano, el ilustre artífice, dé á mi hijo una magnífica y reluciente armadura.»
145 Así habló. Las nereidas se sumergieron prestamente en las olas del mar, y Tetis, la diosa de los argentados pies, enderezó sus pasos al Olimpo para proporcionar á su hijo las magníficas armas.
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Consuelo en la playa
Vamos, no llores…
La infancia está perdida.
La juventud está perdida.
Pero la vida aún no se ha perdido.
El primer amor pasó.
El segundo amor pasó.
El tercer amor pasó.
Pero el corazón continúa.
Perdiste a tu mejor amigo.
No intentaste ningún viaje.
No posees auto, navío, tierra.
Pero tienes un perro.
Algunas duras palabras
en voz mansa, te golpearon.
Nunca, nunca cicatrizan.
Pero, ¿y el humour?
La injusticia no se resuelve.
A la sombra del mundo errado
Murmuraste una protesta tímida.
Pero otros vendrán.
Todo sumado, debías
Precipitarte –de una vez- en las aguas.
Estás desnudo en la arena, en el viento…
Duerme, hijo mío.
Carlos Drummond de Andrade
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Aquiles
Espléndido hijo de los dioses, cuando privado de tu amada
fuiste a la orilla del mar y le lloraste al oleaje,
quejoso ansiaba ir tu corazón al abismo bendito,
al silencio, lejos del ruido de los barcos,
lejos y hondo bajo las olas, donde mora en gruta gozosa
la bella Tetis, la que te protegía, la diosa del mar.
Ella, poderosa diosa que tiernamente amamantó
al niño en la costa rocosa de su isla, era la madre
del joven y lo crió para héroe,
con la canción bravía de las olas y el baño vigorizante.
Y la madre acogió la queja del joven,
afligida ascendió del fondo del mar como una nubecilla,
aplacó con tiernas caricias los dolores de su querido,
y este oyó cómo ella cariñosa prometía ayudarle.
¡Vástago divino! si yo fuera como tú, podría confiar
a uno de los celestiales la queja por mi secreto padecer.
Pero no veré tal cosa, y habré de soportar la afrenta como si
no fuera nada para aquella que me recuerda entre lágrimas.
Pero, dioses benévolos, vosotros escucháis cada súplica humana,
y yo, oh bendita luz, te amo profunda y devotamente,
desde que vivo, y a ti tierra, y a tus fuentes y bosques,
y a ti padre éter, a quien mi corazón añora con deseo puro,
aplacad, oh benévolos, mi sufrimiento,
para que mi alma no enmudezca, ay, demasiado pronto,
para que viva y os dé gracias, sumas potencias celestiales,
con un canto piadoso en el día que huye,
gracias por el bien pasado, por la alegría de la juventud ida,
y acoged benignos al solitario.
F. Hölderlin
Trad. de Eduardo Gil Bera.
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Como a la mar, los besos
No importan los emblemas
ni las vanas palabras que son un soplo sólo.
Importa el eco de lo que oí y escucho.
Tu voz, que muerta vive, como yo que al pasar
aquí aún te hablo.
Eras más consistente,
más duradera, no porque te besase,
ni porque en ti asiera firme a la existencia.
Sino porque como la mar
después que arena invade temerosa se ahonda.
En verdes o en espumas la mar, se aleja.
Como ella fue y volvió tú nunca vuelves.
Quizá porque, rodada
sobre playa sin fin, no pude hallarte.
La huella de tu espuma,
cuando el agua se va, queda en los bordes.
Sólo bordes encuentro. Sólo el filo de voz que
en mí quedara.
Como un alga tus besos.
Mágicos en la luz, pues muertos tornan.
Vicente Alexaindre
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El mar es un olvido
El mar es un olvido,
Una canción, un labio;
El mar es un amante,
Fiel respuesta al deseo.
Es como un ruiseñor,
Y sus aguas son plumas,
Impulsos que levantan
A las frías estrellas.
Sus caricias son sueño,
Entreabren la muerte,
Son lunas accesibles,
Son la vida más alta.
Sobre espaldas oscuras
Las olas van gozando.
Jorge Guillén
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Soledad
En ti estás todo, mar, y sin embargo,
¡qué sin ti estás, qué solo,
qué lejos, siempre, de ti mismo!
Abierto en mil heridas, cada instante,
cual mi frente,
tus olas van, como mis pensamientos,
y vienen, van y vienen,
besándose, apartándose,
en un eterno conocerse,
mar, y desconocerse.
Eres tú, y no lo sabes,
tu corazón te late y no lo siente…
¡Qué plenitud de soledad, mar sólo!
Juan Ramón Jimenez
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Estados de ánimo
Unas veces me siento
como pobre colina
y otras como montaña
de cumbres repetidas.
Unas veces me siento
como un acantilado
y en otras como un cielo
azul pero lejano.
A veces uno es
manantial entre rocas
y otras veces un árbol
con las últimas hojas.
Pero hoy me siento apenas
como laguna insomne
con un embarcadero
ya sin embarcaciones
una laguna verde
inmóvil y paciente
conforme con sus algas
sus musgos y sus peces,
sereno en mi confianza
confiando en que una tarde
te acerques y te mires,
te mires al mirarme.
Mario Benedetti
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ArchiPIÉLaga
Si vinieras a mí
desde una calle nuestra
de niños infinitos
con sus moñas azules
y la ternura suelta
si vinieras a mí
desde las tibias
muescas
de la tarde
si vinieras por fin
sin regatearte
como verano
sin llaves
ni recelos
si vinieras a mí
ay si vinieras
como un indulto
de mar y caramelo
sí vinieras a mí
como un océano
si vinieras así
entonces
yo sería
tu archiPIÉLaga.
Graciela Vergel
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De mar a mar entre los dos la guerra. Soneto a Guiomar.
Antonio Machado
De mar a mar entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre,
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tú, asomada, Guiomar, a un Finisterre,
miras hacia otro mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mí me duele tu recuerdo, diosa.
La guerra dio al amor el tajo fuerte,
y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de tu llama,
y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.
Comentario (Alicia Benítez): Este poema lo escribió Machado en Barcelona, 1938, en la fase última de la guerra civil y ante la evolución pesimista de la guerra que el poeta asocia con la muerte personal y la ruptura definitiva con la amada. El soneto recuerda a Guiomar, como en otros poemas del último ciclo de Machado; pero este expresa ya una separación trágica, donde el motivo de la guerra y el desconsuelo que al poeta le provoca el derrumbe final se asocian, como sostenemos, con la angustia de la muerte personal y con el fin de un amor tardío que representó, para el hombre Machado, la esencia del amor, y para el poeta, que lo recreó bajo el apelativo de Guiomar, la culminación de su creación, el símbolo de uno de los reversos del ser, uno de sus complementarios (no en el discurso filosófico metafísico) en el sentimiento.
En el soneto se anudan de forma profunda los planos de la vida (biografía del poeta) y del espíritu (pensamiento filosófico y poético del autor), así como dos motivos en torno al amor: el amor soñado por una criatura de ilusión, Guiomar, y la experiencia real de un enamoramiento del poeta por Pilar Valderrama. El poema (en perfecta imbricación de los motivos) hace el guiño de situar a Guiomar frente al mar de España que cantara Camoes, pensando en Pilar Valderrama desde la distancia que ha impuesto la guerra y creyéndola en Estoril: sin embargo, ella, a principios del 36, se había refugiado, con su familia burguesa, en Lisboa, luego fue a Estoril y desde 1937 se encuentra ya en su finca familiar de Palencia. Curiosidad tal vez: Guiomar era el nombre de la mujer del poeta Jorge Manrique, palentino; y la amada real de Machado se encontraba en Palencia mientras escribe el poeta evocándola bajo el apelativo de Guiomar. Cierto que a la evocación de Guiomar, la diosa del trovador-poeta, le sienta bien situarse junto a las ondas galaico-portuguesas, en todo caso. Curioso azar, si como pensamos el poeta creó a Guiomar (el nombre de Guiomar, no el sentimiento que lo impulsó a crearlo) a partir de la canción de Manrique a la que sería más tarde su esposa doña Guiomar de Castañeda.
«Se canta lo que se pierde» dijo el propio Machado.
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Qué es en definitiva el mar?
Por qué seduce?
Por qué tienta?
Suele invadirnos como un dogma y nos obliga a ser orilla.
Mario Benedetti
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Cuando no es apacible, el mar me recuerda a la pintura de Turner.
Él se afanó con las atmósferas aterradoras y los naufragios.
¿Será que su obsesión por pintar tempestades lo llevó al tope de un mástil para ver mejor, en medio de una furiosa tormenta?
El lado oscuro de la vida en el mar, la sangre helada ante el Barco de esclavos
El dolor, la tragedia vertida en las orillas.
Incesante el viento, despiadado mar embravecido que tanto se parece
A las horas oscuras de nuestras vidas.
Patricia Zaldívar
Inspirada en los mares de Turner, sus tormentas y tempestades (Foto)
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