Tercera novela de la “Trilogía” (inédita)

De setiembre a noviembre de 2016, se publicó en el diario digital elfundadoronline.

Aníbal Zaldívar

LA MUSICA DEL  MAR

Arte digital de Mariel Galarza

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¿Qué podrá llegar a hacer un alma orgullosa,

difícil de dominar y mordida por la desgracia?

Eurípides: Medea, 110.

 

Primera parte

 

Capítulo 1

Lo primero que vi fue la gorra. La distinguí desde lejos y como siempre me propuse mentir, hacer una seña ambigua que indicara que no podía llevar a nadie, ni siquiera a un policía. Ya tenía preparada la música. ¿Qué hacer con alguien a bordo? ¿Por qué deponer la decisión premeditada de escuchar Beethoven durante un par de horas? Sin embargo, cuando estuve cerca, me sorprendió una guirnalda oscura que nacía de atrás de la gorra y bajaba oblicua hasta el centro del pecho: una trenza gruesa, grácil, lustrosa. Entonces no pensé en nada y frené. Ella, inmóvil en la banquina, apenas hizo un gesto con la cabeza. Yo esperé. ¿Acaso tenía que ir a ofrecerle, con una reverencia, llevarla hasta Mar del Sur? Estuve a punto de salir rajando pero sentí que ya estaba jugado y hasta cierto punto, comprometido. No podía huir como un sospechoso. Toqué bocina; un toque corto, que sirviera de aviso más que de reclamo. La mujer se acercó y me saludó haciendo la venia.

—Buenos días, señor. ¿Necesita algo?

—No, pensé que estaba haciendo dedo.

— ¿Yo le hice alguna seña?

—No, no quise decir eso, pero como siempre…

—Espero el ómnibus.

Se quedó mirándome. La trenza había quedado sobre la espalda y la gorra daba a su cabeza la rigidez de una escultura, de cobre terroso, con grandes ojos marrones. Bajó la cabeza, giró sobre sí misma lentamente, pensativa; me miró de nuevo, sonrió.

— ¿Entonces me lleva?

Se acomodó en la butaca y se ajustó el cinturón, pero no se sacó la gorra, que era lo que yo esperaba.

— ¿De servicio?

—Voy a la Regional, a un curso para personal femenino.

—Personal femenino —murmuré—. ¿Te gusta la música?

Sorprendida y otra vez rígida, demoró unos segundos en asentir con la cabeza.

— ¿Conocés la Pastoral de Beethoven?

Ahora negó, con la misma actitud cautelosa.

—Mirá, no quiero ser antipático, pero tengo un examen esta tarde y necesito escucharla.

— ¿Puedo dormir?

Sonrió y se recostó en el respaldo. Antes de cerrar los ojos apoyó las dos manos en el cinturón, sobre el bulto que delataba y a la vez ocultaba la pistola reglamentaria. Disparé la música, con la única concesión de no subir el volumen al máximo. Los primeros acordes no se escucharon, pero progresivamente los ondulantes sonidos envolvieron el interior del auto. La mujer policía volvió a acomodarse y abriendo un ojo, musitó:

—Me gusta.

Yo había mentido a medias: no tenía que rendir examen, pero estaba completando un curso de apreciación musical dedicado a Beethoven. El recorrido entre Nueva Italia y Mar del Sur era para mí un tiempo de concentración y disfrute pleno; trasladarme y escuchar se conjugaban en un vuelo hacia regiones sensibles y purificadoras, pero necesitaba soledad. Cualquier compañía me perturbaba. Con la mujer policía había quebrado este principio pero estaba conforme, había resuelto bien, había sido claro, preciso, en mis intenciones. El resultado estaba a la vista: ella dormía tranquila, con serena expresión infantil. Con suavidad empecé a subir el volumen mientras la observaba, atento a sus reacciones. Emitió un quejido y se incorporó, luego se acomodó de costado y siguió durmiendo. El movimiento le levantó la gorra unos centímetros y dejó ver una marca en la sien izquierda, apenas cubierta por capas de maquillaje. Con esa cicatriz incorporada al rostro reconocí la imagen: una fotografía publicada tiempo atrás por el semanario local, en una impactante crónica. Disipé ese recuerdo perturbador para cumplir mi hoja de ruta, subí más el volumen, decidí olvidarme de ella. Afuera menguaban los bosques de pinos, crecía el campo abierto y pastos, juncales, vacas, caballos, comenzaban a danzar en las ondulaciones de la luz.

Vuelve a moverse, respira inquieta, gira, la gorra cae al suelo, despierta asustada y reacciona con instinto profesional apretando el arma. Trato de no alterarme, de actuar naturalmente; pienso en bajar el volumen pero es absurdo, la música no tiene nada que ver con su reacción. Cobra conciencia de lo que pasa y cambia el rictus de preocupación por otro, de alivio. Le digo que todo está bien, que deje la gorra en el asiento trasero. Me obedece y entonces puedo contemplar su pelo dividido en tres partes que se entrelazan para formar la sólida trenza deslumbrante.

Otra vez duerme, o finge dormir, de frente, con la nuca apoyada en equilibrio sobre el cabezal. La cicatriz se ve completa y reconozco a la mujer policía que intervino en el caso Cristani, dos hermanitos que una comisión policial encontró muertos dentro de una heladera abandonada. Rogué que siguiera durmiendo. Comenzaba el momento de la Pastoral que me conmovía hasta las lágrimas y no quería que me viera en ese estado emocional. Ella, por su formación profesional, sería de las que creen que los hombres no deben llorar. De todos modos —recapacité— daba igual. Soy un hombre que llora y punto. Si es incongruente ser varón y llorar, ¿qué decir de una mujer metida en esa fría ropa de milico? Un cuerpo de mujer, con su piel tersa, sus curvas, sus pechos delicados, ajustado a un uniforme (aunque ahora sin la opresión ofensiva, circense, de la gorra).

La nota, con el trillado título: “Macabro Hallazgo”, refería un hecho accidental. “Nada explica, salvo la fatalidad, que dos inocentes niños, en medio de la naturaleza y el paraíso impoluto de la infancia, hayan tenido la ocurrencia de introducirse en un mueble abandonado que no puede abrirse por dentro”, decía, más o menos, la crónica. Pocos días después se habló de crimen, y se acusó y condenó a un loquito. Ella seguía dormida, yo comenzaba a sentir en el cuerpo la cercanía del Arroyo las Rosas; la visión del agua quieta, apenas erizada por el viento rumoroso, me producía un escalofrío. Era el preámbulo de una sucesión bellísima: la hilera de añejos eucaliptos, la pradera de los caballos, la lomada con flores azules, el rancho abandonado que misteriosamente parecía vivo, el bosque de sauces, la curva cerrada que daba inicio a una larguísima recta coronada por un vaporoso bosque de álamos plateados… Cuando disminuí la velocidad para cruzar el puente, ella despertó. Cerró y abrió los ojos, se desperezó a medias, luego miró hacia afuera y hacia atrás. Enseguida tomó la gorra y se la colocó, con firmeza.

01_la-musica-del-marLa música del mar I, arte digital.

— ¿Qué es esto?

—Nada, un golpe de cuando era niña.

—Parece más reciente.

—No es reciente.

Noté su desconfianza, su fastidio. Me ganó la imprudencia.

—Te lastimaste hace un año, cuando encontraste a los hermanitos Cristani.

Su cara ardió de vergüenza.

—Por favor, frená —dijo.

— ¿Qué?

—Frená, me bajo acá mismo.

— ¿Te vas a quedar sola, en medio de la ruta?

—Prefiero eso. ¿Sabés por qué esperaba el micro? Para que no me molesten ni me hagan preguntas. Cuando me dijiste que querías escuchar música, te juro que me pareció un milagro.

Bajó. Se alejó unos metros. Su paso era lento, agobiado. Bajé y me acerqué cauteloso; no olvidaba que era policía, que tenía el arma reglamentaria, que estaba emocionalmente alterada.

—Esperá, por favor.

Se dio vuelta, con la vista clavada en el piso. Quedé frente a ella, con los ojos pegados a la gorra, que lucía, en su parte superior, descolorida y gastada.

—No es justo que reacciones así conmigo, no quise ofenderte —Levantó la cabeza, me miró fugazmente y volvió su mirada a la ruta—. De ninguna manera te reconocí cuando me detuve en la ruta. Y lo que dije de la música es la pura verdad.

Pasaron, rumbo al sur, dos autos a gran velocidad. Torpe y humeante, pasó el ómnibus. Un tercer auto aminoró la marcha frente a nosotros. Sus tres ocupantes nos observaron con interés pero ante un breve ademán nervioso de la mujer policía siguieron viaje.

— ¿Te conocen?

—Es gente de la zona.

—Se habrán preocupado de verte aquí, con un extraño.

—Ya saben, son gajes del oficio.

—Tu oficio no es enojarte con los ciudadanos que te hacen el favor de llevarte.

—Está bien, disculpame. Quiero que me entiendas. Vivo con una carga encima. Esto no es una cicatriz, es una cruz.

Volvimos al auto en silencio.

— ¿Seguimos con Beethoven?

—Bueno —respondió rápido, pero agregó, enseguida, con vergüenza y resolución: —Mejor esperá… —Dejó la gorra y la pistola en el asiento de atrás—. No los encontré yo sola, estaba con el cabo Rojas, Anselmo Rojas. Pero yo fui la única que atendió a los periodistas; me hicieron quedar como la buena de la película.

— ¿Por qué?

—No sé, cosas de los jefes. El comisario habló de las jóvenes mujeres de la Fuerza, de nuestra preparación y valentía. Yo estaba ahí, más triste que orgullosa, con este corte en la frente, y con otra herida acá —se tocó el pecho, le brillaron los ojos—. Una herida secreta.

Observé la cicatriz: un surco rugoso, de un centímetro de ancho, más claro que la piel. Arrancaba en la cabeza, oculta por el pelo, y bajaba en línea recta. Quería preguntar, pero me retenía el temor a un nuevo enojo. Había puesto el equipo en pausa. Ella se tapó la cara con las manos.

—Tengo la imagen nítida en mi cabeza —Se apoyó en la ventanilla y suspendió su mirada en el campo infinito—. No puedo hablar, no puedo describirla, la veo, la sueño, y ¿sabés? Me va a perseguir siempre: los dos angelitos metidos ahí, en posición fetal, inmóviles.

Sollozó, pero hizo un esfuerzo por ahogar el llanto. Sentí compasión, me obligué a decir algo alentador.

—Sos joven, tenés mucho tiempo por delante. Te vas a olvidar de esta pesadilla.

—Gracias —dijo y me miró parpadeando, ruborizándose.

— ¿Qué edad tenés? —pregunté.

—Veinticinco… ¿Escuchamos la música?

—Dale. O mejor esperemos. ¿Puedo preguntarte algo?

Asintió, intrigada.

— ¿Qué pasó con el loco que metieron en la cárcel?

Miró otra vez hacia fuera, suspiró.

—Esa es otra cruz, pero en eso no tuve nada que ver, una vez que atendí a los periodistas, me sacaron del caso.

—Lo acusaron sin pruebas.

—Era el único sospechoso. A veces con eso alcanza. Al menos para acusarlo.

—Acusarlo y condenarlo. A un tipo que no sabe lo que hace.

—Por eso está en el loquero.

— ¿Y si fue un accidente?

—No es seguro que haya sido un accidente, ni un crimen, ni que el loco sea culpable. ¿Ahora podemos escuchar?

— ¿Quién lleva esa cruz?

—Supongo que nadie. Dios, o la Fuerza Policial. ¿A quién le importa la suerte de un loco?

La música recuperó espacio, nos envolvió de nuevo. Ella me miró y se llevó el dedo índice a la boca, lo apoyó en cruz sobre los labios. Después suspiró, con el rostro sereno y distendido, y cerró los ojos. Subí el volumen para sentir la armonía danzante, algo exaltada, del tercer movimiento. Los juncos se movieron y bandadas se pájaros, semiocultos en las matas, comenzaron rápidos vuelos circulares. Resaltaban los de pico plateado, que al desplegar sus alas oscuras descubrían centelleantes fulgores blancos y dejaban el aire sembrado de parpadeos luminosos; y otros más pequeños, de color canela, que iban y volvían de los juncos a los postes; y abundaban los de pecho amarillo y los de pecho rojo, y uno muy chiquito, que me deleitaba con los tintes dorados que escondían sus alas. Pero los pájaros no flotaban en el silencio y en la música natural de afuera, sino en la que sonaba en el breve espacio donde estábamos la mujer policía y yo; música reproducida, creada hace doscientos años por un individuo nacido muy lejos de esta tierra. Y sin embargo, había entre esta música y el vuelo de los pájaros una feliz armonía, un encuentro, como si los sonidos y silencios de la naturaleza, presentes, vivos, hubieran quedado atrapados en la sinfonía, y ésta fuera el molde perfecto que los guardaba como un tesoro y los lanzaba al aire en cada ejecución, en cada reproducción, trinar de pájaros eternos, forma oculta revelada al Gran Artista.

Noté que la mujer me espiaba con un ojo abierto. La sorprendí. Volvió a cerrarlo y a simular que dormía. ¿Le gustaré y por eso me contempla sigilosamente? ¿Avergonzada? ¿Me estará examinando por vicio profesional? Vislumbré, detenido en la banquina, el auto de los tres hombres. Uno de ellos auscultaba el motor mientras los otros dos caminaban a su alrededor. Aminoré la marcha con la intención de frenar pero cuando estaba cerca el hombre cerró el capot y los tres subieron al auto. El más bajo, el conductor, demoró unos instantes con la mano apoyada en el picaporte y nos siguió con la mirada. Era robusto, pelado, parecía enérgico. Ella seguía durmiendo, o simulando dormir, tal vez para espiarme a sus anchas. Unos kilómetros más adelante, puse en pausa el equipo y la llamé. Había notado, al costado de la ruta, una figura alta, coronada con una reluciente gorra policial.

—Ah, es Cintia Gómez. ¿Podemos llevarla?

Cintia era atractiva. Sin trenza, descarté el pelo corto, imaginé un rodete oculto en la gorra. Se acercó a mi ventanilla, sonrió y me extendió la mano. Sentí su piel acalorada y suave, húmeda de sudor.

—Mucho gusto, señor. Muchas gracias —ladeó la cabeza y agregó—: Hola Julita, parece que hoy es nuestro día.

Extendí el brazo para abrir la puerta trasera. Cintia se acomodó. Reanudé la marcha.

—Así que Julia… No me habías dicho tu nombre.

—No me lo preguntaste.

—Tenía miedo de que te enojaras; estás de servicio.

—No soy una bruja —Miró a Cintia—: Te presento a…

—Jorge Alberto.

—Jorge Alberto qué…

—No le doy mi apellido a policías.

—Te lo puedo pedir, te puedo exigir identificación.

— ¿En mi propio auto?

—Bueno, respetable ciudadano. Queremos saber porque somos mujeres, curiosas y policías. No se ponga difícil.

—Jorge Alberto Madrigal.

— ¿Profesión?

—Comerciante.

—Y aprendiz de músico —dijo Julia, y dándose vuelta—: ¿Te gusta la música de Beethoven?

Las dos rieron, con una risita contenida, e iniciaron una charla de la que yo quedé afuera. En ese momento reconocí la molestia, la identifiqué: un vaho a perfume que provenía del cuerpo que se nos había sumado. Reinicié la música, en el quinto movimiento, pero con el volumen bajo. No funcionó: el zumbido del motor, el rumor de las gomas en la ruta, el silbido del viento, las voces agudas que se entremezclaban, reducían la sinfonía a un fondo irreconocible. La dejé puesta, por cábala o costumbre, y miré a las dos mujeres: sin las gorras, hablando animadamente, parecían chicas comunes y corrientes. El uniforme no importaba si podías mirarles el pelo suelto, las trenzas cayendo sobre el pecho, si sonreían.

—Me lleva unos diez minutos armarla —dijo Julia, inclinando la cabeza hacia delante y mostrando la trenza desde la base de la nuca.

— ¡Te la regalo! ¡Todos los días la misma ceremonia! ¿Por qué no usás rodete? Yo lo resuelvo en un toque.

Para demostrarlo, Cintia liberó el pelo, lo sacudió dispersando el perfume y aunque fue un movimiento natural, ¿deliberadamente? sensual, las raíces oscuras le restaron impacto al develar la evidente falsedad del rubio. Volvió a armar el rodete y se perdió en un breve ensimismamiento pintándose los labios —de un rojo suave— y retocándose la pintura de los ojos. Julia acotó que desde que la ascendieron de rango había dejado de maquillarse, como prenda de entrega y despojamiento, y para dar ejemplo a las recién incorporadas.

—Yo, en cambio… —Cintia pensó, midió las palabras—. Desde que me recuperé no hago más que mirarme al espejo, pintarme, adornarme.

Perfumarte, pensé. Julia dijo, reflexiva:

—Esa etapa, según la psicóloga, se llama autoafirmación, recuperación del ego. ¡Pasé por eso!

—A mí todavía me dura y la verdad, no me molesta. ¿Será que me encanta mi ego?

Por fin Julia me miró, comprensiva. Sentí que me estaba dando entrada a la charla, a introducir incluso alguna pregunta. Yo había reparado en la palabra ‘recuperé’ y por ese camino interrogué a la rubia. Ella, por su reacción, me esperaba. Noté que, al responderme, me miraba fijamente a través del espejo retrovisor. Volvió a soltarse el rodete, se tomó el pelo con las dos manos y volcando la cabeza hacia atrás, en un gesto de agobio, se lo estiró con fuerza. Despabilándose, dijo:

—Al menos conocí al Dios verdadero —señaló, hacia el este, la lejana franja de médanos—. Fue allí, en Bosques del Mar.

—Pero no estabas de servicio —dijo Julia.

— ¡Cómo que no! ¿No te acordás? Fue un operativo de infiltración.

—Sí, sí, cierto. ¡Pobre Nelda!

—Todavía me da vergüenza lo que pasó, porque Nelda actuaba de buena fe…

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La música del mar II, arte digital.

Había sido una misión atípica. Los vecinos de Bosques del Mar, propietarios de cabañas, restaurantes y balnearios, le habían pedido a la policía una investigación secreta. Temían que, tras una aparente búsqueda de Dios, se ocultaran otros planes, inmorales o francamente subversivos. Cintia aseguraba que la eligieron por su simpatía y la rara capacidad —eso le dijo el comisario Osorio— de ser al mismo tiempo “atrevida y discreta”. El grupo se reunía una vez por semana, siempre en casa de Nelda, que era una auténtica líder: enérgica, disciplinada y maternal, actuaba convencida de su misión en la tierra. Y verdaderamente, ella recibía: en algún momento de la meditación grupal, su cuerpo se aligeraba, y comenzaba a transmitir los mensajes de los Maestros. Le cambiaban la expresión y la voz según cuál de Ellos la tomaba, y le indicaba a cada uno de los integrantes del grupo lo que convenía a su crecimiento espiritual. Los mensajes despertaban las mentes y los corazones a la conciencia crística, la verdadera realidad de lo que somos: partículas de energía cósmica, chispas del fuego divino.

Cintia afirmó emocionada que había descubierto pronto estas verdades. Su desempeño profesional fue, al principio, irreprochable. Fingía estar interesada en todo lo que sucedía en el amplio living transmutado en templo, impregnado de un intenso, dulce, embriagador aroma a especias orientales. Pero al escepticismo de la primera reunión le siguió, en la segunda, un primer impacto personal. La cautivó la atmósfera de paz que se respiraba allí, la calidez con que la recibieron. Sintió, por primera vez en su vida, que la aceptaban sin prejuicios. “No somos nosotros”, decía Nelda, “son Ellos”, y señalaba al cielo. Después de la tercera reunión Cintia le dijo al Comisario Osorio que se despreocupara, que era gente inofensiva. En la cuarta, Nelda le reveló que su maestro era Serapis Bey y su rayo, el blanco. Esta señal de identidad fue clave para la conversión de Cintia, que estuvo a punto de abandonar la Fuerza.

La crisis llegó la noche que se retiró de la guardia sin permiso para unirse a una meditación en los médanos. Bajo un cielo sin luna vio las estrellas como nunca antes: vivas, cercanas, multiplicadas en la inmensidad profunda. Y entre ellas, las señales: fulgores en movimiento, sutiles naves de viajeros cósmicos al alcance de los que sean capaces de ver con los ojos del cuerpo, pero sobre todo, con los del espíritu. Desde esa noche Cintia siguió a Nelda con pasión, pero la inconducta le costó una severa reprimenda de Osorio. De nada valió que ella explicara que esa noche se abriría un portal cósmico. El Comisario, desconcertado, no informó a los superiores y se hizo cargo del asunto. Cuando surgió, en la Regional, la posibilidad de brindar asistencia sicológica a los agentes policiales, Osorio, no por convicción sino para sacársela de encima, licenció a Cintia y la mandó a terapia.

—Y aquí estoy, ya curada —dijo, acomodándose el pelo detrás de las orejas—. Reconozco que me había fanatizado, pero no fueron Osorio y la psicóloga los que me convencieron de salir del grupo, sino la aparición de Regina. Entró ella y en pocas semanas se formaron dos bandos. ¿Cuál de las dos médiums recibía mejor los mensajes? Nunca lo supe, y en realidad no importaba: ambas eran convincentes, pero la pelea me decidió. Cuando el grupo se dividió, me alejé. Al principio no quise creer en nada pero después acepté que los humanos tenemos fallas, y me quedé con lo mejor, con las certezas. Ahora, cuando miro las estrellas, sé que allí está nuestro verdadero hogar.

Se produjo un silencio largo. La música murmuraba en los parlantes. Abrí la ventanilla para renovar el aire. Lo que flotaba ya no era el perfume dulzón de Cintia sino una mezcla indefinible de varios olores personales, un calor humano perturbador. Mantuve la vista en el camino: ya entraba en la curva cerrada del kilómetro cuatrocientos cincuenta, vislumbraba el monte de álamos y pronto iba a aparecer la serpiente sinuosa del Arroyo Ñandú perdido. Estacionado en la banquina, justo antes del puente, un micro expulsaba pasajeros y equipajes. Era una situación conocida: la unidad se rompía y la gente quedaba varada hasta que llegara el reemplazo. Salvo que, con destreza argentina, el chofer pudiera resolver el problema, para lo cual contaba con alambre, tenaza y cinta aisladora. Aminoré la marcha con la firme decisión de seguir de largo. Las chicas se arreglaron los uniformes y se calzaron las gorras. Cintia gritó:

— ¡Cuidado, está la yegua!

Me sobresalté, pero no tanto como ella, que se agachó hasta quedar oculta. Julia también se escondió y me rogó:

—Ni se te ocurra parar. Después te explico.

Satisfecho porque había encontrado refuerzos para mi decisión de seguir de largo, pero molesto por la posición ridícula en que me dejaban dándome órdenes, pasé el micro y sus náufragos. No fue incómodo, porque nadie reclamó que me detuviera. Algunos conversaban agitadamente, otros observaban esperanzados las maniobras del abnegado chofer. Cuando nos alejamos lo suficiente Cintia reapareció detrás con la cara sonrojada, el pelo revuelto y una sonrisa pícara. Me miró por el espejo y me dijo, tranquila:

—Era Amalia Ferrari, la psicóloga del curso.

Julia emergió de su escondite, con gestos de dolor articular.

—Disculpame, pero no la tragamos —dijo—. Se larga a hablar como una sabelotodo, es insoportable. Para colmo la tiene con el enigma femenino.

Se miraron con picardía y complicidad.

—Será por eso que se ocupa tanto en conocerlo —acotó Cintia, mirándome otra vez por el espejito, como si debiera importarme su revelación.

—Así le va ir en la Fuerza. Por mí que haga lo que quiera. Si le gustan las chicas, problema suyo… —reflexionó Julia.

—Edipo asimétrico. ¿Te acordás? —comentó Cintia, impostando la voz—. Si. Y… ¿Cómo era?

—Horma fálica.

—Cierto. Y plus de goce…

—Hablando así, cómo no se va a calentar —dijo Cintia.

Decidí volver todo a fojas cero. Encendí el equipo, retrocedí hasta el cuarto movimiento y subí el volumen. Las dos se sobresaltaron y ante mi reacción (secretamente sentí que Beethoven acompañaba mi enojo) se ensimismaron. Cerré la ventanilla para hacer más completo el dominio de la música. En ese momento, a gran velocidad, nos sobrepasó el auto de los tres tipos. No fue el único: dos autos más pasaron como flechas y se fueron alejando tan rápido, que calculé que irían a ciento sesenta. Yo no pasaba de ciento diez.

****

Capítulo 2

Maravilloso. Con mis hermanos de grupo, entre los médanos, bajo el cielo generoso de estrellas, sentados en ronda sobre mantas que nos separaban de la arena húmeda; la lluvia invisible, la bendición del universo nos rociaba, y en la quietud de los elementos recibíamos las prístinas señales. En ese ambiente abierto y áspero me ubicaba siempre al lado de Atilio, el viejo que resistía la intemperie como un árbol. Su respiración profunda y larga gravitaba en el grupo como el soplo de un dios, su dolor era nuestro dolor desde que contó que su hijo era una de las víctimas del terrorismo de estado. Un chico de dieciséis años que secuestraron al llegar a su casa. Por entonces, Atilio era profesor de ciencias del colegio militar, puesto que ya habían ocupado su abuelo y su padre, pero en su angustiosa y desesperada peregrinación por los despachos oficiales sólo cosechó vagas palabras de aliento, nunca una respuesta clara y positiva. “Es una guerra, con códigos de guerra, no hay privilegios para nadie”, le dijo por fin el Presidente de Facto, el Supremo, cuando lo recibió afectuosamente como un colega de armas, y lo despachó pidiéndole que rezara por él, que él iba a rezar por su hijo. Pero esto no fue consuelo para Atilio: durante años siguió buscándolo, inútilmente. Se abandonó, perdió el trabajo, el pelo, la salud, el sueño, se entregó al tabaco, al alcohol, a la inacción, hasta que ya en las últimas un amigo lo trajo al grupo Despertar. Acoplado a su respiración sentí esa noche que más allá del sufrimiento hay una sanación posible, el alivio de ser parte de una dimensión que nos incluye, la integración a una existencia más vasta y luminosa, región oculta a nuestros sentidos limitados por el espacio y el tiempo, por lo inmediato y obtuso de nuestra escala de las cosas. Tal vez Atilio me sintió cercano, porque al final, cuando nos disponíamos a abandonar ese espacio consagrado, se acercó y me dijo al oído:

—Esta noche encontré a mi hijo. Sé donde está, y sé que está bien.

No lloraba pero su voz salía espesa, pesada de un entusiasmo triste, melancólico. En ese momento, conmovido por su confesión, volví a recordar aquel viaje con Julia, nuestro primer encuentro, su aparición sorpresiva a un costado de la ruta. Mi historia no era trágica como la de Atilio, pero yo también buscaba claves… Una cadena de acontecimientos, aparentemente fortuitos pero secretamente articulados, había comenzado entonces. Entendí, a distancia, que tenía sentido —el sentido del amor— la red en la que había quedado atrapado cuando, en el momento en que ya habían ocurrido varios hechos insólitos para mí, a pocos metros del acceso a Bosques del Mar nos topamos con la figura voluminosa de la Sargento Alicia Luro. Yo, esa vez, hubiera seguido de largo, pero Julia y Cintia, al unísono, solidarias, urgentes, exclamaron:

—Por favor frená, es la gorda Luro, nuestra jefa.

La Sargento tuvo una reacción cautelosa hasta que vio a las chicas. Entonces subió, con suspiros de alivio, llenando con un grandioso vaho a colonia el ya caldeado interior del auto.

—El señor se ofreció a llevarnos —dijo Cintia.

—El señor está en el cielo —rumió la Sargento con pesadumbre. Y enseguida—: Gracias, caballero —Luego anunció—: Disculpe, pero va a tener que acompañarme.

Las chicas se miraron con preocupación, yo fingí no haber oído nada y pensé en reintroducir a Beethoven en la escena, para reafirmar mi condición de propietario del vehículo y conductor del viaje. Pero la cosa iba en serio. No era un gesto de autoritarismo policial sino una “necesidad operativa”. Al rato me encontré observando desde mi automóvil, a una distancia prudencial, el minucioso trabajo de unos peritos judiciales. Metidos en un pozo ancho pero de escasa profundidad inspeccionaban un montón de huesos; con delicadeza y frialdad los introducían en bolsas de plástico que inmediatamente rotulaban y sellaban. El pozo estaba cercado por una cinta de colores con la inscripción Prohibido pasar, una medida reglamentaria absurda en medio del campo. Mientras los peritos revolvían, clasificaban y anotaban, las tres mujeres hacían la custodia. Según la Sargento Luro, le habían avisado a último momento del operativo y tuvo que improvisar. El único patrullero estaba en el taller mecánico y como agente a cargo de la jurisdicción, tenía que proveer el apoyo de seguridad, de modo que nuestra aparición en la ruta había sido más que oportuna. Pero yo estaba a punto de perder mi clase y el sentimiento de servir a la patria me tenía sin cuidado. Vi que la gorda se acercaba a Cintia y le indicaba que viniera hacia mí.

—Ya falta poco —me dijo Cintia, mientras se sacaba la gorra y se sentaba a mi lado—. Acá siempre es lo mismo —suspiró.

— ¿Desparecidos?

—Sí, así parece, pero la vez pasada encontraron huesos más antiguos. No saben todavía si son de indios, de gauchos, de milicos desertores, de anarquistas, de obreros huelguistas…

Se sacudió el pelo y empinó una botella de agua mineral, cerrando los ojos. Un hilito de agua le corrió por la comisura y se deslizó por la piel rosada. Después apoyó la mano en la guantera.

— ¿Puedo?

Revisó la música disponible.

—Ludwig Van Beethoven —leyó, con cierta dificultad—. ¿Es lo único que hay?

Tomó el concierto para violín. Lo puse y calculé que si terminábamos de escucharlo durante el operativo, tenía que dar por perdida mi clase. Complacido, de todos modos, dije:

—Esto es sublime.

—Acá es siempre lo mismo: huesos y más huesos. El dueño del campo dice que nunca supo nada, que deben haberlos enterrado en secreto. Pero ya son tres las fosas comunes encontradas aquí.

— ¿La Sargento qué dice?

—Nada en especial. Operativo de rutina, y punto. Está apurada por volver a Mar del Sur. Su hija tiene un cumpleaños de quince este fin de semana y está con el rollo del vestido, la fiesta, el regalo —Cintia observaba a su jefa con preocupación—. Se está volviendo loca con esa chica. Es poco agraciada y tiene problemas en la escuela porque no se integra. Las otras la rechazan. Y la gorda no da más, no sabe qué hacer.

— ¿Y si la cambia de escuela?

—Ya la cambió dos veces. El problema no es la hija, es la madre. Le hace creer que es la más linda, la más inteligente, la más simpática. La lleva a francés, danzas clásicas, piano, pintura. La piba, pobrecita, no da pie con bola.

—Menos mal que está apurada por irse, porque estoy a punto de perderme la clase de hoy. ¿Te contó Julia que tengo un examen?

— Sí —me dijo con voz suave—. De música. —Vi la ternura en sus ojos, su repentina comprensión. Espió en dirección a su jefa, se acercó y me dio un beso rápido en la mejilla—. Sos un buen tipo —murmuró. Contuve el impulso de abrazarla. Me intimidó la situación. Ella pareció comprender—. Estoy de servicio —dijo, y se calzó la gorra. Julia nos observaba mientras hablaba con Luro, que estaba de espaldas a nosotros.

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La música del mar III, arte digital.

Cintia se bajó, y caminó con dificultad por el suelo arenoso. Entonces los peritos empezaron a juntar sus cosas. Pensé que por fin mi viaje se encauzaba. Tenía tiempo de llegar a la clase, pero yo debía ser desde ahora la prioridad. Las mujeres se demoraban en una lenta despedida con los funcionarios judiciales. Toqué bocina, avergonzado de mi propia impaciencia. Nadie se dio vuelta. Dudé en insistir. Estaba nada menos que ante la ley y el orden, en una situación que reflejaba los aspectos trágicos de nuestra historia colectiva. Frente a ellas mis urgencias eran una nimiedad, un desproporcionado egoísmo. Julia les advirtió con gesto vehemente que yo seguía esperando. Luro tomó la palabra, movió los brazos, señaló hacia mí —gesto que me intimidó— y el resultado de su alegato fue que todos aceleraron la retirada. Las tres mujeres rápidamente se acercaron. Ansioso, puse en marcha el motor antes de tenerlas ubicadas en los mismos lugares que habían ocupado antes.

—Disculpe las molestias. Usted es un buen ciudadano —me dijo Luro. Por el espejo retrovisor le hice un gesto de afirmación, como si ella representara entonces todas mis obligaciones cívicas. Era robusta, de cuello ancho, cabeza cuadrada. Su gorra, en el proceso de adaptación, había perdido toda firmeza, el uso la había estirado y ablandado al punto que parecía una boina. Se mostró enormemente fastidiada por el imprevisto operativo.

—Son insoportables —les dijo a las chicas—. Estos pendejos hacen lo que quieren con nosotros, tenemos que servirlos como esclavos —Luego, mirándome por el espejito—: Usted disculpe, haga de cuenta que no escuchó nada. Lo que pasa es que estoy recaliente.

—No se haga mala sangre, jefa —le dijo Julia, tomándola del brazo.

—Gracias nena, pero sabés bien que tengo la cabeza en otro lado.

—Sí, ya sé. ¿Cómo está Pamelita?

—Un poco mejor, pero el otro día me citó la directora. Quiere que empiece un tratamiento psicológico, pero la única psicóloga que conozco es Ferrari y ya sabés lo que pienso de esa trola.

Se hizo un silencio pesado. El tema era sensible, no se hablaba de la nena así nomás, las chicas medían las palabras. Aceleré para ingresar a la ruta y encarar el tramo que faltaba para Mar del Sur.

Ya se va, ya se va, mi bien, qué triste va, ese es mi amor… —La voz de Julia, dulcísima, apenas unos decibeles arriba del silencio, suavizaba el segundo movimiento del concierto para violín; sobrevolaba, melancólica, al ritmo danzante—. En mi mirada se perdió la noche, la fría noche de la desolación… Miraba por la ventanilla, sumida de golpe en un mundo lejano, íntimo. Sin mediar palabra alguna, de un movimiento brusco apagó el equipo de música y me miró con un gesto de reproche. Enseguida volvió a ensimismarse, de cara a la vastedad del campo. Cintia se recostó con aparente intención de dormir. La Sargento Luro fijó la vista en el camino. Su rostro se había tornado neutro, inexpresivo, como si durmiera con los ojos abiertos. De pronto me encontré solo frente a la cinta asfáltica que me invitaba a correr, a fugarme hacia adelante, libre de toda influencia. Encendí el equipo y salté al tercer movimiento: rondó, allegro, concierto para violín opus 61, Beethoven, recité mentalmente, para afirmarme. Un volumen que apenas insinuaba la música era suficiente para que resonara en mi cabeza, a tal punto lo tenía escuchado y asimilado. En realidad me hubiera gustado compartir con las tres mujeres el emocionante final, indicarles los momentos sublimes en que el cierre se demora, queda suspendido, se desvía una y otra vez hasta caer y desbarrancarse abruptamente dejándonos golpeados, con la mente desmembrada, ebrios de sonidos. Era un final para celebrar juntos… En un momento creí que podría encontrar esa complicidad en Luro, pero no: dormía, o parecía dormir, con los ojos grises entreabiertos, perdidos en una lejanía vidriosa. Cuando ya me acostumbraba al deleite de la soledad, escuché su voz ronca:

—Disculpe. Sé que le hemos arruinado el día.

Sentí, por primera vez en todo el viaje, que alguien asumía la responsabilidad de lo que me pasaba. Me alegró, pero la necesidad de hacerme cargo de mis actos, de justificar mis decisiones y no quedar como un hombre-títere me llevó a minimizar el comentario.

—Escuche, Sargento. Hago esto porque me parece correcto, simplemente.

Ella sonrió.

—Lo felicito. La verdad es que usted es un gran hombre. De los que ya quedan pocos.

—No es para tanto…

—Sé lo que le digo. Mire a las chicas: andan solas, nadie se compromete, y si se embarazan, peor, los tipos salen rajando más rápido.

— ¿Y su marido?

—De ese hijo de puta mejor no hablemos. El pícaro se borró…

—Me di cuenta cuando hablaba de su hija. Es evidente que usted se hizo cargo de todo.

—Sí, con la nena somos carne y uña. Pobrecita, es una joya, pero las otras pibas le tienen celos, le hacen la vida imposible.

—No se haga mala sangre, con una psicóloga tal vez las cosas mejoren.

— ¿Con esa? Ni loca. Lo nuestro fue odio a primera vista —Miró a Cintia con recelo. Luego se levantó una manga del saco y espió la hora—. Disculpe el abuso, amigo, pero yo necesito estar a las once en el barrio Aguas Negras. Es un pequeño desvío pero no veo la forma de llegar a tiempo si no es con su ayuda.

Apartó la vista y guardó silencio. Se me hizo un nudo en la garganta, no pude articular una respuesta y abrí unos centímetros la ventanilla para tomar aire fresco. El auto se sacudió. Luro se había inclinado hacia delante y murmuraba en mi oído palabras de súplica y exigencia.

—Mire joven, haga lo que le dicte su conciencia. Mi situación es delicada, difícil de comprender, pero no quiero ponerlo en un aprieto.

El impacto del cuerpo de Luro sobre el asiento volvió a sacudirnos. Aceleré. La aguja empezó a subir desde los rutinarios ciento diez kilómetros por hora. Cuando el auto empezó a vibrar el cuentakilómetros marcaba ciento cuarenta y ahí lo clavé. El desvío por Aguas Negras me llevaría quince minutos. Desde el primer distribuidor de tránsito que indica el ingreso a Mar del Sur había que tomar hacia la playa para hacer el lento recorrido hacia la costanera por calles sinuosas y poceadas. Estaba con el tiempo al límite, aunque ya no me preocupaba llegar unos minutos tarde. La estructura de la clase jugaba a mi favor. La profesora hacía una introducción teórica de quince minutos antes de iniciar la audición. Y sobre la Pastoral yo había leído mucho, de modo que en el peor de los casos iba a llegar para no perderme la parte más importante, que era la audición comentada. Avanzaba rápido y sin música, en el silencio que se había instalado entre nosotros, como si cada uno hubiera llegado a un punto de saturación y necesitara replegarse hacia la zona donde nos palpamos en la oscuridad para reconocernos. Al llegar al fondo de mí mismo tuve un acceso de risa, una risa interior que nacía de observar con distancia mi situación. Tal vez la sonrisa que se dibujó en mi cara llamó la atención de Julia, que me miró y sonrió a su vez, regalándome después del enojo un gesto de simpatía, quizás de ternura.

— ¿Volvés hoy o mañana? —preguntó.

—Mañana, tempranito.

Dejamos a Luro en su casa y poco después de retomar el camino hacia el centro de Mar del Sur, se bajó Julia. Dijo, escuetamente:

—Te espero aquí mismo, a las ocho —Y a Cintia—: Nos vemos en el curso.

Cintia también bajó, pero para pasarse adelante. Complacida con el cambio de lugar, estiró la mano y me acarició el pelo.

— ¿Dónde vamos? —preguntó. Calculé que ya había perdido la introducción; si me demoraba un rato más me quedaría con retazos de los primeros movimientos pero salvaría, completos, los últimos. Recordé una melodía que mi hermano tocó una vez en su piano. Era un milagro que la recordara, porque había sido una improvisación. Teníamos un juego: yo decía una palabra y él tocaba lo que se le ocurría. “Mujer”, había dicho yo y él, como un mago, la había convertido en música, una música que ahora volvía a resonar en mi memoria—. Te quedaste mudo. ¿Mi pregunta te emocionó?

Cintia se había arrimado hasta tocarme; yo tenía los ojos llorosos.

—No —dije.

—Yo sé donde podemos ir, como quien dice, con la música a otra parte.

Al rato nos desnudábamos en un cuarto del hotel Heracles, situado cerca del centro de Mar del Sur pero en una calle sin salida, circunstancia que le aportaba la necesaria cuota de discreción. Ella tomó la iniciativa, yo me dejé llevar. Era su plan, al parecer, desde que se subió a mi auto y desplegó su pelo perfumado y su mirada gatuna en el espejo retrovisor. Me costó excitarme, me inhibía el perfume dulzón, y su modo agresivo de avanzar. Al fin la insistencia de su boca, sus jadeos, el cuerpo voluptuoso me llevaron a una calentura rápida, que me avergonzó un poco, aunque noté que ella seguía en la suya, en su propio torbellino, hasta que gritó y se sacudió en un orgasmo convulsivo. Me asusté. Ella murmuró algo y se desparramó en la cama, tendida como muerta, con los ojos en blanco. Me parecieron interminables los segundos que demoró en respirar, con la sonrisa neutra y los ojos vidriosos, que lentamente recuperaron expresión humana. Nos vestimos y salimos rápido, en silencio. La dejé a una cuadra de la escuela de policía. Cuando se bajó, me dijo, dulcemente:

—No te asustes. Es el punto alfa… Y cuidadito mañana con Julia, no creerás que no de mi cuenta.

Pasé el rato de clase sumido en un estado de fatiga y desconcierto, escuchando distraídamente la música y los comentarios. Recién al otro día, mientras desayunaba en el  hotel con el tiempo justo para pasar a buscar a Julia, me sentí reintegrado a mí mismo. Me había dormido escuchando la novena, la retomé en el cuarto movimiento y salí, bordeando el mar por la costanera. Julia estaba esperándome en la esquina convenida, con su estampa graciosa y rígida, que ahora yo intuía como el artificio que la protegía de temores e inseguridades. Descubrí que ese contraste era parte de su encanto y que de un modo misterioso esa tensión se representaba en la huidiza y potente trenza oscura que caía desde la nuca hasta el pecho.

—Hola, suerte que llegaste a horario. Me molesta esperar.

—Ya escuchaste a tu jefa: soy todo un caballero.

—Cintia debe pensar lo mismo. Ayer llegó agitadísima al curso, y tarde.

—Problema suyo.

—Traje mate. ¿Querés?

— Sí, sos una genia.

—Y te dejo poner música, si te hace falta. Aunque el examen ya lo diste, ¿cierto?

Dibujó una sonrisa pícara.

—El examen no importa, y ahora la música tampoco, aunque podemos escucharla bajito.

La sinfonía siguió sonando como rumor de fondo.

—Tengo celos de Cintia.

—No veo por qué.

—Tiene éxito con los hombres, en cambio yo…

—Vos sos más bonita y más interesante que ella. Es una chica muy superficial, no te creas que a los hombres nos gustan las rubias teñidas que se hacen las lindas todo el tiempo.

—Pero sabe lo que los hombres quieren. ¿No te habló del punto alfa?

—No. ¿Qué es?

—Una experiencia sexual y mística, según ella.

— ¿La aprendió en el grupo Despertar?

—Creo que sí, pero no meditando.

Se rió y dejó aflorar toda su frescura recóndita, natural.

— ¿Vos estuviste en el grupo? —Me miró fijamente, luego bajó la vista y cebó el primer mate. No me contestó—. Te vas a reír, Julia, pero a mí, desde que la escuché ayer a Cintia, me dieron ganas de ir al grupo, pero no por el punto alfa, que es un privilegio de las mujeres.

— ¿Privilegio? No podemos buscarlo solas —cebó otro mate y lo tomó rápido, casi atorándose—. Ay, que bruta —dijo, llevándose la servilleta a los labios.

—Me dieron ganas de ir al grupo porque hace dos años murió mi hermano Fernando, el músico.

— ¿Qué edad tenía?

—Veinticuatro.

—Ay, qué joven.

—Bastante más joven que yo…

— ¿Qué le pasó?

—Se ahogó en el mar. Una paradoja terrible. Crecimos en un balneario, hicimos el curso de guardavidas, y sin embargo el mar se lo llevó. Por imprudencia, ¿sabés? No podés desafiar al mar, si te hacés el canchero, lo pagás caro, y él se pasó de imprudente.

— ¡Que horrible!

—Perdoname, no sé por qué te cuento esto. Ya tenés suficiente con tus historias.

—No, al contrario, me gusta que me cuentes.

—Para mí fue muy duro, mi vieja había muerto tres años antes, habíamos quedado a cargo del balneario, con él lo llevábamos bien, pero tuvo que ser así.

— ¿Pero cómo fue?

—No sabemos. Literalmente: el mar se lo llevó, el cuerpo no apareció nunca. Así que imaginate, yo vivo con el mar, convivo con él, y cada vez que me meto siento que mi hermano anda por ahí, flotando, tocando el piano al ritmo del oleaje. El mar se convierte en una música triste.

Julia me acercó el mate y me retuvo la mano unos instantes. Tomé rápido y se lo devolví. Entonces señaló a lo lejos, al costado de la ruta. Tardé en reconocer a una imponente mujer, esbelta y elegante.

—Es Amalia Ferrari, la yegua. Llevémosla —dijo con piedad convincente.

— ¿Por qué hoy sí y ayer no?

—Ayer le seguí el juego a Cintia. En realidad yo no tuve problemas con ella. Con Cintia tuvo algo…

Me miró con malicia y bajó la cabeza para cebar otro mate.

— ¿Con Cintia? Me dijiste que a Cintia le gustan los hombres.

— ¿Y eso qué tiene que ver? No te mentí.

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La música del mar IV, arte digital.

Detuve el auto. Amalia Ferrari, sin vacilar, se subió y se acomodó en el asiento. Enseguida miró a Julia y la saludó con una sonrisa luminosa que observé por el espejito. Era una mujer de unos cuarenta años, de rasgos finos y cabellera majestuosa. Celebré la justeza del apodo que le habían puesto las chicas, pero me atribuló considerarla lesbiana. Quise descartar ese pensamiento como si fuera simplemente la expresión resentida de otras mujeres menos favorecidas por la naturaleza. Cuando miró al frente y se encontró con mi expresión investigativa hizo un gesto ambiguo, amable y distante. No pude sostener su mirada, me desarmó a pesar de mi esfuerzo. En el momento en que volvía mis ojos a la ruta, escuché:

—Mucho gusto, soy la licenciada Amalia Ferrari. Le agradezco su gentileza, hacía rato que esperaba.

—No es nada. Pero ahora por favor, silencio —dije, amablemente, y subí el volumen.

Era el final de la novena. Dichosamente impuse la fuerza de la melodía que obligaba a las dos a callar y a escuchar. La irrupción del poema de Schiller era el acto purificador que necesitaba en ese momento. Recordé los versos que más me gustan: “Sobre la bóveda celeste seguramente debe habitar un Padre amado/ búscalo por encima de las estrellas/ allí debe estar su morada”. Amalia parecía molesta, en cambio Julia había entrado en un estado de beatitud, y mientras transcurrían los últimos, felices y arrebatados momentos de la sinfonía, se acomodó en el asiento, se irguió con la espalda bien recta, inclinó la cabeza y comenzó a desarmarse la trenza. De memoria, con movimientos ágiles, desató un nudo invisible, abrió las tres partes suavemente y se soltó el pelo, que se unió en un sólo conjunto oscuro y brilloso, como una crin perfumada. Al filo del éxtasis, sobre el final de la sinfonía, surgió la voz de Amalia:

—No es muy sociable de su parte escuchar música a ese volumen. Pero es Beethoven. No se le puede reprochar cuando se trata de un genio.

—Un genio torturado —comenté—. Qué bien le hubiera venido un tratamiento psicológico, ¿no es cierto?

—Sí, pero tal vez no hubiera escrito esta música.

—Tal vez hubiese vivido más aliviado.

—Eso es posible. Lo que hacemos nosotros es desatar algunos nudos que asfixian a las personas. Mejor dicho: ayudamos a que ellas mismas los desaten.

—Yo le rezo a la virgen desatanudos —comentó, distraída, Julia.

—Yo con las vírgenes no tengo nada que ver —dijo Amalia.

—Más que psicóloga, vos sos sexóloga —replicó Julia.

—El sexo es importante. ¿Qué me dicen del pobre Beethoven? Dicen que vivió sufriendo por amores imposibles. Y el primer libro de nuestra cultura, la Ilíada, ¿no es acaso un problema de polleras?

—Helena de Troya —dije, como si respondiera una pregunta de examen.

—Algo más: la disputa por una cautiva. ¿Por qué se enoja Aquiles? ¿De dónde viene la famosa cólera que cantaron las musas?

—Ustedes siempre nos volvieron locos —sugerí.

—No es un problema de las mujeres, es un problema de todos —dijo. Sacó un cigarrillo y lo encendió, con tanta autoridad y descaro que no atiné a protestar. Bajé la ventanilla. Ella agregó—: Las mujeres son lo que todos queremos ser pero no sabemos descifrar.

—Brujas —dije.

—Bueno, es difícil ser mina. Por eso yo trato de comprenderlas, de consolarlas.

—En este mundo todos nos consolamos, las mujeres cuentan con nosotros. ¿O acaso estamos de adorno?

Noté su sonrisa y su esfuerzo por reprimir una respuesta, por callarse. Después dijo:

—Es verdad, los varones también necesitan consuelo. Hacen guerras, máquinas, libros, pero salvo excepciones, de mujeres no entienden nada.

— ¿Quién las entiende? —dije ya fastidiado, notando que Julia también había empezado a incomodarse.

— ¿Podemos parar un minuto? —preguntó, y señaló la pulpería cercana al Ñandú perdido. Bajó a comprar algo. Incongruente en el paisaje del campo, con sus tacos altos y su ropa profesional, se contorneaba al caminar con todo su poderío y esplendor.

—No le hagas caso —susurró Julia—. Está loca.

—Pero es inteligente, eso hay que reconocerlo.

Julia se enojó.

—Al final vos sos un raro. Te vas con mi amiga Cintia y ahora te gusta esta yegua que además es lesbiana.

—No te pongas así… Vos sos mejor, sos más linda, tu pelo suelto es lo más hermoso que vi en mi vida.

— ¿En serio te gusta tanto? ¿Más que la trenza?

—Así estás natural. Con la trenza, más misteriosa. Siempre sos preciosa.

Julia se acercó.

—Así como me ves, sin la trenza, queda claro que no estoy de servicio. Una vez que salí del curso, quedé en libertad.

Pensé en invitarla a cenar esa misma noche, pero me contuve. Tenía tiempo; tenía todo el viaje para meditar el asunto antes de tomar una decisión.

****

Capítulo 3

Atilio caminaba a paso lento y su cabeza blanca resplandecía bajo el cielo. Mientras abandonábamos el espacio consagrado a la meditación, sus palabras resonaban en mí. ¿En qué sitio del universo había encontrado a su hijo, convertido en un ser purificado y elevado, libre de las contingencias de la condición terrestre? ¿En qué lugar impensable, fuera de las coordenadas del tiempo y el espacio? Esa noche, mientras meditábamos, una esfera luminosa apareció en el cielo. Nos pusimos de pie, nos agrupamos, y compartimos en silencio la emoción y el asombro, envueltos en la brisa y el rumor del mar. Recostada sobre el oeste, la luz redonda, de tamaño algo mayor que una luna llena, permaneció inmóvil, después aumentó su volumen, comenzó a deslizarse de costado, un trecho largo, volvió a detenerse, y permaneció quieta, radiante, un tiempo que no supimos determinar, hasta que lentamente se fue alejando hacia atrás hasta desaparecer.

—Agradezcamos con humildad las señales de hoy —había dicho Nelda, al cerrar la meditación—. Los maestros están dando una nueva oportunidad a los humanos, y nos recuerdan que nuestra misión es despertar las conciencias a la verdad cósmica.

Después reveló mi pertenencia al rayo violeta de la transmutación: una información recibida por ella, esa noche, desde lo Alto. Y la identidad de mi maestro: Saint Germain, uno de los hombres cuya existencia desborda los límites del nacimiento y la muerte y se despliegan con la libertad de un espíritu. Maestros ascendidos que recuerdan nuestra pertenencia al vasto universo de amor y luz, en el que la tierra es una escuela de aprendizaje, un escalón doloroso en la evolución de las almas… Estábamos en ronda, ensimismados. Ella se acercó hasta mí, con otra voz, con una voz que no era la suya, y me habló. Un Maestro ascendido, un avatar hablaba a través de ella, y no sólo su voz se había transformado, también su rostro había adquirido una sorprendente levedad de rasgos, una transparencia de cristal, un fino resplandor.

Seguí los pasos de Atilio. Por la base del médano nos acercamos al camión que nos trasladaría al campamento. Julia llegó desde atrás y me tomó la mano. Juntos rodeamos el médano para evitar el esfuerzo de trajinarlo cuesta arriba. No es conveniente semejante esfuerzo para una mujer embarazada, había dicho el médico, y nosotros cumplíamos sus indicaciones, puntillosamente. El enorme vehículo era fantasmal en la penumbra, contorneado por la impalpable luz que irradiaba el cielo sin luna, mezclado hacia el este con la masa espesa del agua. Frente al mar, la oscuridad pasaba del negro al azul, un azul voluminoso y mágico que invitaba a la intimidad o al ensueño. A tientas por el pasillo crujiente llegué al último asiento y ayudé a Julia a sentarse en el lugar más cómodo. Un brusco movimiento nos sacudió. El camión empezó a rugir y a deslizarse hacia la orilla. La línea de espuma fulguró, paralela a nosotros, irregular, extendida como una mancha de nubes. Sentí el calor del cuerpo de Julia, pequeño y grávido, y renové la sorpresa de haber descubierto las delicias de la vida en común, un proyecto de familia. Gastón o María serían los nombres del primero de los dos hijos que pensábamos tener. A mí me había alarmado, al principio, la obsesión reparadora que Julia expresaba en este proyecto maternal, pero me entregaba a ella enteramente, me parecía irreprochable, verdadera, ecuánime en su deseo. Una mujer que espera todo de mí, que ansía la paz de un hogar y anhela, cuanto antes, dejar su trabajo para dedicarse a la familia, adquiría ante mis ojos un valor incalculable. Bastó la cena de nuestra primera cita para que me declarara su amor incondicional.

—Yo no soy sensual como Cintia, no soy imponente como la yegua, soy una chica común, pero te juro que seré una buena esposa —me dijo aquella vez, con el rostro virginal iluminado por la luz de las velas. Pero yo no quería o no podía aceptar que una cena romántica, colisión azarosa de dos solitarios, incluyera una confesión de amor profunda y definitiva. ¡Recién nos habíamos conocido! Temeroso, escéptico, tomé distancia, escapé. Primero fui tras la estela misteriosa de la yegua. El desafío de esa naturaleza indómita y autosuficiente me tentaba. La excusa fue una consulta profesional.

—Estoy haciendo una investigación sobre Beethoven —expuse—. Me gustaría indagar en su perfil psicológico.

—Para saber de Beethoven hay que escuchar su música —respondió con aspereza Amalia Ferrari, pero enseguida entreabrió una puerta—: ¿No hay otra cosa que te interese?

—Me interesa Beethoven en relación al enigma femenino —fingí.

—A ver, explicame un poco más eso.

—Es simple. ¿Acaso Beethoven no vivió torturado por el amor de las mujeres? ¿O mejor dicho, por la falta de amor? Fueron tus palabras…

—Puede ser, pero podemos suponer que los problemas de Beethoven tuvieron más que ver con la época. La represión, la incomunicación, la formalidad, todo lo que dominaba en aquel entonces —reclinada en la silla del consultorio, me observó unos momentos, miró la hora y dijo—: Esto no es una sesión. En todo caso podemos encuadrarlo como un encuentro de amigos —trajo café y volvió a mirar el reloj—. Cuando tenía catorce años mi viejo me violó. Lo de siempre, lo que pasa en las películas, lo que leemos en los diarios: estaba borracho, tenía una de esas peleas con mi vieja que duraban semanas. Ocurrió una sola vez pero como consecuencia, se separaron. Mi vieja y yo nos mudamos a un departamento pero ella seguía enamorada de mi viejo. Aunque me lo ocultaba, siguió viéndolo. Nunca pudo reemplazarlo. A los quince me fui a vivir con una tía que era matrona en un prostíbulo. Mi vieja me consideró un caso perdido, me soltó la mano, eligió seguir con su marido y reconstruir su vida a cualquier precio. Tuvieron tres hijos más, y siguen juntos. Con mi tía viví mi segunda gran experiencia bautismal, como la llamo yo. Ella estaba feliz por tenerme, siempre había sido la rebelde, la loca de la familia, y que yo la eligiera era una dulce venganza contra mi vieja, supuestamente la equilibrada, la decente y buenita. Pero mi tía tenía miedo de que yo me involucrara en el prostíbulo, me tenía prohibido ir, ni siquiera podía acercarme. Imaginate lo que yo era a los quince, toda una hembra, una terrible yegua… ¿Por qué sonreís? ¿Acaso lo que te cuento es gracioso?

—No, por favor. Es fascinante, como toda tu persona.

—No te hagás el vivo, seductor de policías —Se levantó, buscó la cartera y prendió un cigarrillo. Su rostro de líneas perfectas se distendió en una calma de emoción y fatiga—. A pesar de la prohibición de mi tía empecé quedarme en el prostíbulo. Buscaba alguna excusa y me quedaba. Tanto insistí que me puso a laburar ahí, pero como ayudante suya. Nada de entrar en el negocio de hacerme coger. Te digo que fue un segundo bautismo porque aprendí mucho de las putas. Me dieron lástima y a la vez me demostraron lo fuerte que podemos ser las minas. Al principio sentí asco ver a una piba joven, divina, besuqueando a un viejo arrugado, rechoto, al que le salía la dentadura…. No lo podía creer. Después me di cuenta que ahí, justamente ahí estaba la fortaleza, en la capacidad de separar el cuerpo de los sentimientos, y usarlo, una y otra vez. El tercer bautismo fue lógico: quería ser una de ellas, probarlo personalmente, experimentar mis límites. Confirmé por qué las mujeres aventajan a los varones. Es muy simple: a ustedes se les tiene que parar, sí o sí. ¿Cómo hacen si no se les pone dura?

—Pero las putas no gozan de verdad, es más bien un castigo.

—No, claro que no gozan, es una mierda todo eso, pero pueden actuar, pueden fingir magistralmente… Estoy hablando del uso del cuerpo, no de placer, mucho menos de amor.

—Sí, es un tema complicado. Pero seguí: la cuestión es que te metiste en el prostíbulo.

—No, ni en pedo. Probé un par de veces cómo es eso de cobrar, de convertirte en una mercancía. De lujo, claro. Lo que más rescato es que me hice de algunas amigas, y eso me dio felicidad. Allí se busca consuelo, afecto entre las propias compañeras. ¿Acaso vos no probaste con algún amiguito, como para ver cómo es?

—No me jodas, Amalia. ¿Tengo pinta de trolo?

Me paré, dispuesto a irme. Ella también se levantó, rodeó el escritorio y pegó su cuerpo al mío.

—No te pongas así, machote.

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La música del mar V, arte digital.

Al contacto con sus tetas sentí un repentino temblor de rodillas. Con un gesto, una modulación de voz, una mirada, como pases de magia, se había convertido en Afrodita. El temblor me subió como un relámpago desde las piernas, por la columna y las vísceras, hasta la nuca. Cerré los ojos, entreabrí la boca y sentí sus labios, su lengua, leves gemidos. Un aroma nuevo mezcla de rouge y saliva ácida, repulsivo y atractivo a la vez, me empujó a un nuevo beso, más intenso y jadeante. De pronto estiró los brazos, nos separamos y no supe, por unos momentos, dónde estaba. Me palmeó la cara y sonrió, divertida, mirándome con dulzura.

—En un rato tengo que trabajar —dijo suavemente—. Pero esto no va a quedar así. ¿Nos volvemos a ver?

—Encantado —dije—. Te llamo.

—No, precioso. Te llamo yo. Anotame el teléfono aquí.

Me fui desconcertado y convencido de que la relación no daba para más, pero a los pocos días me llamó. Nuestros encuentros fueron esporádicos, y concluyeron pronto. Estar con la yegua era como emborracharse. Para mí, un vértigo insostenible, terreno resbaladizo donde los sexos se igualan, se confunden. Descubrí hasta qué punto mi sensibilidad estaba ordenada, uniformada, y no toleraba excesos. El trajecito celeste de varón que me compraron mis viejos cuando cumplí cinco años seguía rigiendo mi vida. Para ella fue un trámite: dejar de verme era perder un amante más, que podría ser reemplazado por otro, o por otra. En realidad, lo que me impresionaba de Amalia era su aspecto exterior. El mismo impacto que tuve al conocerla, cuando apareció al costado de la ruta, volvió a producirse en cada encuentro. Había algo en su porte, en su elegancia, que nadie podía pasar por alto. Pero la frecuentación, la intimidad, el contacto iban generando un extrañamiento. Ella era, a distancia, como un paisaje bellísimo y espectacular que al verse de cerca, pierde el encanto. En el primer encuentro, que ella decidió que fuera en su departamento, noté que no era más alta que yo, incluso su corpulencia disminuía considerablemente al bajarse de los tacos sobre los que se montaba para ver el mundo desde arriba. Al sentir otra vez sus tetas, percibí su carácter artificioso. Había empezado a sacudirse con energía creciente, y de la postura erguida inicial, sentada sobre mis caderas, se inclinaba, desfalleciente, sobre mí. Al apoyarse, con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, sentí la presión de dos pelotas que se aplastaban y salían disparadas hacia arriba. Dos bolas de goma recubiertas de piel humana, coronadas por pezones que habían perdido, ellos también, su naturaleza original. Ahora eran dos círculos perfectos, de color uniforme (carne oscura) con un botón de tamaño y temperatura inmutables. Pero ella hacía, trabajaba a gusto, y esa primera vez mi excitación se mantuvo en un nivel parejo, incluso cuando apremiada por el orgasmo, arrastró su clítoris suavemente por mi cuerpo hasta ubicarlo exactamente dentro de mi boca. Cuando ella terminó su trabajo, yo hice el mío. Como había empezado a notar en su rostro un rictus desagradable, preferí darla vuelta, y llegar a su concha por detrás, lo cual ella visiblemente (o aparentemente) disfrutó. Para mí ese primer encuentro ya había tenido componentes inquietantes, pero me animé a continuar. Sobre todo, porque ella se mostró entusiasmada. Decía que el sexo es un taller de experimentación, y que cada uno revela en la cama su verdadera personalidad; es un complemento de la palabra, en la que participa el otro de un modo muy activo, transformador: cuando uno cree que ya se conoce, decía, aparece alguien que te muestra una nueva faceta tuya, desconocida. Acepté formar parte de su campo experimental. La segunda vez fue distinta. Confirmé que ella tenía un plan preestablecido, y lo llevaba a cabo con frialdad y entusiasmo. Me invitó a que jugáramos con nuestros órganos. Ella con mi pija, yo con su clítoris. Pude ver detenidamente esa formación sorprendente. Ardientemente roja, más que el de cualquier otra mujer que había conocido, con una serie de minúsculos puntos blancos, como salpicaduras. Por lo demás, a diferencia de los pezones, este clítoris tenía vida propia, intensa. La sorpresa del segundo encuentro fue el final: después del juego, que culminó en un orgasmo rápido suyo, y en una frustración para mí, me dijo que dejemos ahí, que tuviera paciencia, que en unos días volveríamos a vernos para continuar, que la dejara manejar los tiempos. Pero yo no dejé las cosas así, accioné rápido para penetrarla y acabar, pero no pude evitar un malestar posterior. Entonces sentí que otra parte de ella me desencantaba: su rostro. Empezó a parecerme una máscara, la expresión de una actriz manipuladora, que calculaba sus movimientos. Incluso su boca, sus labios sensuales, dejaron de tener para mí el encanto del principio. El edificio se derrumbaba, el paisaje perdía forma y belleza. Hubo un tercer encuentro, y mi alegría fue encontrarla en actitud pasiva: me dejó hacer, mostró ese costado enloquecedor de la excitación femenina, que parecía desbordarle por todo el cuerpo y se me ofrecía por entero. Los movimientos, la respiración, las palabras y gemidos, el calor de la piel, todo estaba puesto allí para mí. Me invadió un furor que no pude regular, y que me hubiera permitido disfrutarla más. Acabé. Ella se levantó, y con palabras suaves, me dijo que ahora iba a experimentar lo mejor. Hizo un movimiento rápido, y se colocó un cinturón que portaba una pija más grande que la mía. Con ella sugirió penetrarme (con cariño y suavidad, dijo) pero no logró más que mi alarma y mi huida final. Sin presionarme, me dijo desde la cama:

—Jorge, sos un cagón. Te declaro apto absoluto para el matrimonio…

— ¿Gordito, en qué pensás? —murmuró Julia en mi oído, sorprendiéndome.

—En nada, mi amor. Estoy divagando. Así estuve toda la noche. ¿Vos?

—Cansada, nomás, y tengo un poco de frío… —La envolví con mi campera—. No, no hace falta, Jorge. Vas a enfriarte vos…

—Tenela un rato, aunque sea hasta que se te pase.

Ya en el campamento, descendimos del camión, nos sentamos en ronda. Nelda inició la meditación final: “Desde el punto de Luz en la Mente de Dios, que afluya Luz a las mentes de los hombres; que la luz descienda a la tierra”. La oración coral resonaba íntima y potente entre las tupidas acacias bajas que acompañaban nuestro recogimiento. La Gran Invocación desplazaba las oraciones de mi infancia. La nueva conciencia cósmica, superadora de las religiones históricas, implicaba el despojamiento de símbolos muy arraigados. Yo lo comprendía, pero me costaba superar ciertos apegos. En la pared de mi habitación colgaba la cruz, regalo de mi primera comunión, y en un cajón guardaba la herencia de mi madre: la medalla milagrosa, San Judas Tadeo, Nuestra Señora del Rosario, Nuestra Señora de Fátima, el Arcángel Gabriel, San Cayetano y la Rosa Mística. Cuando meditaba, aparecían estas imágenes, reclamaban su lugar. Me preguntaba si alguna vez podría deshacerme de ellas. Hasta ahora no había podido y las dejaba, por las dudas, en el lugar de siempre. Temía ser un blasfemo, pero más miedo me daba recibir algún castigo…

Nos despedimos. Ya era noche cerrada y en el grupo había gente de más de sesenta, para quienes el esfuerzo físico tenía un límite. Por mi parte, cuidaba de Julia, que se portaba como una reina y no emitía la mínima queja. En su rostro, sin embargo, se marcaba el cansancio.

— ¿Cómo anda la parejita feliz? —preguntó Nelda, cariñosa.

Julia sonrió y apoyó sus manos en la panza.

—Aunque falta mucho, estoy ansiosa —dijo.

—Tranquila, este encuentro lo quiso Dios.

—Eso creemos —dije.

—Vos te sacaste la grande, Jorge. Hoy las chicas se están volviendo locas, y el matrimonio es un buen antídoto para la locura.

—Lo que decís me recuerda a mi amiga Cintia —dijo Julia, con tristeza.

—Me imaginaba, pero es mejor tenerla lejos, ¿sabés? Yo acá en el grupo no la quiero, definitivamente.

Julia me apretó el brazo.

—Esa chica no sabe lo que quiere —comenté, con autoridad.

—Es inmadura. Pero no hay que juzgarla. Buscó en la policía un poco de orden, pero por supuesto que eso no le alcanza —dijo Nelda.

—Ahora está otra vez de licencia —dijo Julia.

— ¡Me lo imaginaba! —dijo Nelda, con un suspiro. —El otro día, cuando me planteó su interés por volver al grupo, tenía el pelo bien cortito, teñido de verde… Me parecía imposible que estuviera en la policía con esa facha.

—Eso lo hace siempre. No sabes las peleas que tuvo con Luro por esos cambios en el look. Pero es mi amiga y la quiero, aunque estamos distanciadas.

—Bueno, dejemos de hablar de otros. Lo importante es que ustedes dos van por el buen camino —nos tomó de la mano y quedamos los tres unidos en un cálido apretón. Después de unos segundos, dijo—: Además, lo pasado pisado. Lo importante es lo que viene —concluyó, haciendo un guiño hacia la panza de Julia, que me miró complacida pero con un lejano gesto de reproche: una vaga molestia que le costaba terminar de sacarse de encima. Yo aceptaba que Julia tuviera algún resabio de celos, pero no toleraba reproches: mi relación con Cintia había sido anterior a nuestro casamiento, por un encuentro casual…

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La música del mar VI, arte digital.

La distinguí en una parada de micros; imposible no verla: llevaba vaqueros ajustados, remera verde, y tenía el pelo enrulado, castaño con reflejos violetas. Ella me saludó efusivamente y dijo:

—Vamos ahí —señalando el bar de la esquina.

Yo seguía dilatando mi compromiso con Julia, así que tentado por su amiga y recordando el punto alfa, seguí sus pasos. Tomó leche caliente, sorbiendo despacio y mirándome sin hablar. Yo tomaba café negro, clavándole la vista y tratando de entender qué escondía de esa mujer que parecía viciosa pero que tal vez no lo fuera, que ponía en el juego de seducción una evidente necesidad de autoafirmación.

—Estás hermosa —dije—. Ese color de pelo realza el de tus ojos, mucho más que el rubio furioso que usabas cuando nos conocimos.

— ¿Cuando te asustaste por el punto alfa? —dijo, y sonrió—. Hay pocos hombres que se lo bancan. Pero yo sabía que ibas a volver. Tenés agallas.

—No me asusté, pero ese punto alfa… Más bien me parece un delirio tuyo. En todo caso, está el punto g.

—Bueno, esto es algo más.

—Cintia: mi único miedo es que te enamores. No quiero compromisos.

— ¿Compromisos? ¿Quién habla de compromisos? —Sacó un cigarrillo y lo encendió, inclinando la cabeza hacia arriba—. Mirá, estoy caliente porque volví a discutir con la jefa. Es una hija de puta, como a ella no se la coge nadie, me persigue. Le molesta todo, cuando no es el pelo, son los aros o la ropa. No me banca por pura envidia. La gorda no calienta ni a un preso.

— ¿Me querés decir por qué seguís en la policía? No tenés nada que ver con eso.

—Cumplo un horario, cobro un sueldo, tengo obra social, pido licencia cuando quiero…

—Mi opinión es que la institución y vos son incompatibles.

—Para mí es una seguridad. Así como me ves, estoy más sola que la mierda. Me cuesta integrarme con la gente. Es más: quiero volver al grupo de meditación y no me aceptan. Nelda se cree Dios.

—Vos estuviste y te fuiste.

—Por eso está ofendida.

—Te infiltraste.

—Eso quedó aclarado. Lo que pasa es que me tiene miedo, porque conozco sus chanchullos. Sé que se encamó con algunos de los que iban al grupo. No digo que no sea sincera en su papel de médium, pero no es una santita.

— ¿Te parece?

—Por supuesto. Los tipos van fisurados y ella, aunque está regorda, si la mirás bien, no es fea y además tiene labia, es protectora, los consuela. Yo me di cuenta cómo funciona.

La leche se había enfriado. El vaso, con su contenido a medio consumir, quedó como un solitario testigo de su repentino alejamiento. Un vaso con el borde manchado con un arco de rouge. Cuando me dejó, esa tarde, sin explicación alguna y luego de ver pasar a alguien por la vereda, entendí que algo incomprensible y desequilibrante dominaba su conducta. Unos días más tarde me llamó para verme con urgencia. Se excusó:

—Disculpame lo del otro día, estaba como loca por un asunto y dio la casualidad que la persona en cuestión pasó justo por la vereda, no podía dejarla escapar.

Nos citamos en el mismo bar. La reconocí por el modo de caminar, porque quien apareció ante mis ojos era otra mujer: los labios pintados de rojo, el pelo renegrido… No abundé en reproches que hubieran dilapidado el crédito que tenía a mi favor por haber sido víctima de un desplante. Al contrario, quería sacarle el jugo a esa ventaja: fuimos enseguida a un departamento cercano y esta vez no hubo punto alfa sino una sorpresa más agradable: el viaje púbico.

—Un mono ambiente preparado para el amor —dijo ella, y se metió en el baño. Me desvestí, y me acosté, al abrigo de sábanas con figuras del ratón Mickey, el pato Donald y otros personajes del mundo Disney estampadas sobre un fondo rosa. El espacio era amplio, estaba limpio y tenía un mobiliario básico. Lo único que resaltaba, sobre un estante alto, eran unos muñecos de peluche, todos idénticos. Oso o perro o gato o elefante, no los distinguía bien desde la cama, en la media luz… Abrió la puerta del baño y se acercó, silenciosa, sonriendo enigmática, teatral, y apoyó su pubis en mis pies. Desde allí, comenzó a moverse, apenas rozando mi piel, deteniéndose en las protuberancias: rodilla, caderas, pancita, pecho, mandíbula, nariz, frente. En cada lugar rozaba suavemente su concha, la suspendía unos instantes, y la apoyaba, amplia, extensamente. El calor, la humedad, las vibraciones suaves la iban dilatando y expandiendo. Al final del recorrido se sentó en mi pecho y desplegó sobre él las finas trenzas de su vello púbico. Con la boca entreabierta, emitiendo gemidos crecientes, me llevó la mano allí, y me pidió que tirara de los pelitos, suave pero firmemente. Entonces creció aún más en gemidos, en gritos, hasta que se subió a mi pija, y así fui entrando en ella como el gran homenajeado, el invitado a un lugar delicioso, mucho más que un espacio anatómico. Al cabo de pocos movimientos, acabé con intensidad inusual, largamente. Volvimos al bar.

— ¿Esta vez me porté mejor? —Ante el modo de fijar su atención, de concentrarse en mí, sentí que volvía a desearla. Imaginé que volveríamos al departamento, iba a proponérselo, notaba en su rostro esa misma intención. Entonces me tomó las manos y me dijo, con ternura—: ¿Sabés? Estuve pensando mucho en tener un hijo, y quiero que sea con vos —se mordía suavemente el labio inferior, a la espera de mi respuesta. Como ésta no llegaba, agregó—: Será sin leyes: no quiero que nos casemos. Para mí el matrimonio es un invento, una mentira. Además, no quiero pasarme la vida cocinando, lavando y tejiendo. Quiero seguir siendo una mujer libre, pero ni loca pienso renegar de la maternidad.

Parecía que esa última frase la había enojado. No conmigo, pensé; no puede estar enojada conmigo. Era, en realidad, un principio de enojo, como si de pronto sus enemigos se hubieran corporizado. No pienso renegar de la maternidad, la oí murmurar, una y otra vez, ensimismada. Pero tal vez no había dicho nada. No sé. Esta vez fui yo el que la dejó sola en el bar, aunque no lo hice con la misma brutalidad que ella, sino con argumentos. La tomé de la mano y le dije que no estaba en mis planes tener hijos con alguien que no conocía lo suficiente, que yo, Jorge Alberto Madrigal, todavía creía en la pareja, en la familia. Ella insistió en que me había elegido, me dijo que tuviera en cuenta ese privilegio y que debía modernizar mis ideas. Le hice una vaga promesa de llamarla, pero reaccionó con desconfianza y violencia.

—No me mientas —dijo, irritada y agresiva—. ¿Te creés que es la primera vez que me dicen eso? Te llamo un día de éstos, es un verso conocido… Yo sé lo que pasa con vos: estás pensando en Julia.

—No, no es eso.

—Okey, pensá lo que quieras, pero no me podés usar como un trapo de piso…

—Mirá, Cintia, dejemos las cosas como están. Sigamos siendo amigos. Te prometo pensar en lo que me dijiste y llamarte, ¿estamos?

No logré calmarla, pero obtuve una tregua que me permitió huir. Nunca la llamé y no tuve más noticias suyas. Su venganza fue sutil: le contó a Julia de lo nuestro. Entonces Julia se negó a verme, a pesar de mi insistencia. Me refugié en Beethoven, completé los cursos, y una noche decidí acercarme al grupo Despertar.

—Te estaba esperando —me dijo Nelda, que no me pareció tan gorda como decían, tal vez porque un vestido muy suelto, azul, disimulaba su gordura. Tenía, sí, la cara grande, muy redonda, ojos marrones sobresalientes; el pelo abundante y lacio le caía en dos alas, simétricas, divididas por una raya al medio, cuya línea demasiado ancha hacía notorio el blanco de la cabeza—. Te esperaba —repitió—. Así, tal como sos, te imaginé, y visualicé este encuentro desde que me hablaron de vos. Supe que vendrías porque percibí un hombre sensible, un hombre que busca la verdad, la luz.

—A mí también me hablaron mucho…

—Bien, pero no tengas miedo. Dejá esa desconfianza, relajate —dijo y me tomó la mano—. ¿Desde cuándo te duele?

— ¿Qué cosa?

—El estómago.

Yo sentía una puntada, un espasmo intermitente que me tenía a mal traer desde hacía varios días. Nelda me hizo recostar en un sillón y con notable agilidad inclinó sobre mí su voluminoso cuerpo. Parecía grácil y liviana. Un perfume lejano pero concreto salía de su cuerpo, de su ropa. Lentamente apoyó sus manos en mi estómago. Sentí un calor intenso durante unos segundos. Me indicó que me incorporara. El malestar se me pasó de inmediato.

—Te han hecho un daño.

— ¿Y eso que significa?

—Que alguien te odia, y tal vez te ama. Significa que te buscan, por las buenas o por las malas.

— ¿Una mujer?

—Probablemente; una mujer que pasa del amor al odio.

—Esto es una locura.

—Claro, es eso.

— ¿Te parece que estoy en una situación peligrosa?

—No sé. Pero tenés que elegir. Con las pasiones no se juega, con los sentimientos de los demás, menos.

—Lo que me decís me hacer doler otras vez el estómago…

—Tranquilo, Jorge, y ahora calmate. Por lo pronto, vas a recibir protección. Quedate aquí mientras yo preparo la sala; ya van a empezar a llegar los demás.

Sonrió, serena y relajada y transmitiéndome una corriente de paz que completó mi sensación de bienestar. Enseguida entró Atilio. Me extendió la mano, una mano grande y huesuda, de largos dedos finos, y se sentó frente a mí.

—Bienvenido —dijo, y se quedó mirándome con una expresión serena que no me molestaba, porque no había en ella ni ansiedad ni tensión. Me pareció que el viejo estaba y no estaba allí: sus ojos miraban más allá de lo que tenían enfrente. Había en él un sinfín de arrugas: en el rostro, en brazos y manos, en cada parte visible de su cuerpo; sin embargo su delgadez, su postura firme, su pelo blanco abundante y enmarañado desbordaban vigor, fuerza, solidez. Entonces curioso, infantil, me interrogó.

— ¿Qué te trae por aquí?

—Todavía no sé muy bien.

—Eso puede ser bueno.

—Así lo espero.

—Veo que trajiste música.

—No es para el grupo. Estuve en un curso.

— ¡Qué bien! La música viene de allá… —dijo señalando arriba.

—Son las sinfonías de Beethoven.

Le extendí la caja con las nueve sinfonías en la versión de Von Karajan.

— ¿Estudiaste todo esto?

—Sí. Una por una.

—Yo escuché lo más conocido: la novena, la quinta… Suficiente para saber que los músicos son intermediarios entre Dios y nosotros. ¿Será que la música te trajo hasta aquí?

Me sentí un poco intimidado.

—Tenía un hermano músico —dije.

Él se quedó pensativo.

— ¿Un hermano?

—Sí, menor que yo.

— ¿Qué día murió?

—Un once de julio.

—El mismo día que se llevaron a mi hijo…

Apoyó una mano sobre la mejilla y el dedo índice, increíblemente largo, le llegó hasta el pelo y sobresalió por la cabeza.

—Hoy tengo que contar esto. Me llegó el día… —sonrió—. Nelda me dio el ultimátum, y quizás tenga razón. Hay que compartir el dolor, porque alivia y nos ayuda a comprender lo que somos.

— ¿Qué somos?

Atilio suspiró:

— ¡No sé…! Ante todo, somos criaturas que sufren. ¿Conocés el cuento del grano de mostaza?

—No.

—Una mujer muy joven se acercó a Buda para pedirle que resucitara a su hijo, de apenas tres años. Imaginate: el máximo dolor imaginable, una madre sufriente… El Buda le dijo: “lo haré, siempre y cuando traigas un grano de mostaza de aquella casa donde no haya entrado la muerte”. La mujer visitó una a una las casas de la aldea, y comprobó que en todas había ocurrido alguna muerte. Resignada, enterró a su hijo y se hizo fiel seguidora del Buda…

Nelda se adelantó y se reunió con otros que también caminaban hacia el camión. Abracé a Julia y le susurré al oído:

— ¿Enojada?

—Tonto —dijo—. Ya escuchaste a Nelda, lo pasado pisado.

—Así me gusta —dije complacido—. Tenés que confiar en mí. Pensá que ahora soy tu padre, tu madre, tu hermano, todo en una sola persona.

—Eso es lo que más quiero. ¿Pero qué te pasa esta noche, mi amor? Te noto melancólico, ensimismado.

—Bueno, tenés razón, esta noche estuve todo el tiempo recordando cómo nos conocimos, todo lo que ocurrió después de ese raro encuentro en la ruta…

—Menos mal que frenaste, porque yo no estaba haciendo dedo.

—No tenías el dedito levantado, pero ahí parada era obvio que estaban pidiendo que te llevaran.

—No señor, vos paraste de comedido.

—Da igual, no nos vamos a poner acuerdo nunca…

—No en cómo fue ese primer encuentro, pero sí en todo lo demás, como siempre decimos: una historia armada por un gran artista, el de allá arriba…

El camión nos dejó en la esquina, saludamos a todos y fuimos serenamente hasta la puerta de casa. Entonces sucedió aquello inesperado y terrible: estábamos abriendo el portón, dispuestos a entrar en la paz del hogar, cuando de atrás de las plantas del jardín salió un hombre encapuchado, dio un salto y golpeó a Julia. No nos dio tiempo a defendernos. Cuando reaccioné, el tipo escapaba y yo me inclinaba sobre el cuerpo de mi amor, tendido en el suelo. No podía verla nítidamente, no respondía a mis gritos y tenía el rostro mojado. Entré a casa y volví con una linterna. Julia estaba inconsciente, bañada en sangre. ¿Quién habría sido el agresor hijo de puta y por qué lo habría hecho? Pensé en las palabras de Nelda, en el daño, en la protección, mientras sostenía a Julia por la nuca y verificaba que hubiera cesado de manar la sangre. El corte era de unos diez centímetros, en el hemisferio derecho del cráneo, y coronaba una hinchazón voluminosa. Confirmé la correcta respiración, los latidos regulares, apoyé mi mano en la panza y lloré, lloré como lloran los hombres, seguía llorando mientras corría a llamar una ambulancia.

 

Segunda parte

Capítulo 1

La internaron en el hospital regional de Mar del Sur. Los estudios detectaron un coágulo y quedó en terapia intensiva, en coma. Cuando volví a casa encontré un mensaje en el contestador telefónico con tres palabras: “todo se paga”. Era una voz distorsionada. Nelda me recibió esa tarde y me trató con afecto maternal. Me recostó en el sillón mágico y allí me relajé y me distendí, mientras sentía la gravitación de su cuerpo moviéndose alrededor, murmurando y emitiendo cada tanto breves y ruidosos eructos. Me dormí profundamente. Desperté desorientado; escuché el canto de los zorzales; estaba amaneciendo. Nelda no quiso hacer hipótesis sobre la agresión. Le agradecí su hospitalidad, y corrí a ver a la Sargento Luro, que se mostró acongojada y dolida por la suerte de Julia, pero conmigo tuvo una actitud fría y distante.

—Le dije a Julita que se cuide, que no se metiera en cosas raras.

— ¿A qué se refiere con cosas raras?

—A ese grupo de locos.

—Esa gente es inofensiva, incapaz de hacer algo así.

—Llevo muchos años en esto. Cualquiera es capaz de cualquier cosa.

—Entonces tiene que investigar la policía y la justicia. Para eso están.

—Lamento informarle que hay pocos elementos. Un tipo aparece, golpea y huye sin dejar rastros. Ante este panorama, se empieza por investigar su entorno. Y la vida de Julia cambió mucho últimamente, incluso sabemos que planeaba irse de la Fuerza. Nosotros no nos chupamos el dedo.

—Si están investigando todo, me imagino que no se olvidarán del caso de los hermanos Cristani.

— ¡Y eso que tiene que ver!

— ¿Cómo? Usted sabe que Julia estaba marcada por ese episodio, que sigue siendo un misterio, a pesar de que tienen preso a un pobre loco.

—Mire, amigo, no se haga el detective. Si surge algo relacionado con el caso Cristani lo vamos a tener en cuenta. Pero por favor, no delire.

—Tampoco se olviden de la agente Cintia Gómez.

—Cintia es policía y amiga de Julia. Mire que con ella tengo diferencias importantes, pero no hay que meterla en este asunto.

—Yo no estaría tan seguro.

—Mire joven, a seguro se lo llevaron preso. Eso es lo primero que aprende un policía, hombre o mujer.

Dejé a Luro y fui, volando, al hospital.

—No se rinda, Jorge, la ciencia va a dar batalla —me dijo el Dr. Astor Medina—. La suboficial Julia Ramos es joven y fuerte. Además, dentro de este cuadro complicado, no hay sufrimiento fetal, el bebé está bien.

Las condiciones de la internación eran rigurosas, pero el médico accedió a dejarme un rato a solas con ella. Quería observarla, sentirla, pedirle acaso que reaccionara aunque fuera absurdo, imposible: estaba sumergida en una región insondable y no había nada que yo pudiera hacer. ¿Podría escucharme? ¿Sentir mi proximidad? ¿Mi respiración? Su rostro permanecía imperturbable, aniñado por la calvicie, distante, con la belleza de una flor deshojada. La vieja cicatriz había enrojecido, resaltaba más sobre la inmovilidad marmórea que se alteraba apenas por el imperceptible ritmo respiratorio —la nariz dilatada, los labios en leve temblor— y algunos reflejos sobre los párpados que delataban el movimiento secreto de los ojos dormidos. Aparté la sábana, tomé los breteles del camisón y se lo fui quitando suavemente hasta dejarle al descubierto las tetas. Habían crecido, ganado tensión y también los pezones se habían dilatado, transformados por el empuje de la vida. Los acaricié despacio, pensando: esto le encanta, tal vez ayude a despertarla. Mis dedos quedaron humedecidos por un líquido indefinible: leche, agua espesa, aceite. Le rocé la mejilla, diciéndole, con el gesto, con la mirada, que me diera permiso, que me dejara investigarla y sentirla y entrar impúdicamente en su intimidad desprotegida, indefensa. Me pareció que sonreía, que murmuraba: “ya no molestes, tuviste tu premio, amable conductor, salvador de mujeres policías que viajan a la deriva por las rutas de este mundo”. Las mismas palabras que me dijo la noche de bodas, después que hicimos el amor por primera vez, cuando sentí que ella se había entregado para siempre, rotundamente, con una pasión que había reservado para mí. Ahora no sonreía, no hablaba, sólo respiraba, a un ritmo siempre igual. Le bajé más el camisón. Nos hubiéramos reído juntos del ombligo deformado por la hinchazón de la panza…

Me refugié en mi casa y busqué la dulzura de los adagios. Elegí el segundo movimiento del concierto Emperador, y me dejé llevar. Sabía que era una cita con mi hermano. Ahí estaba, en el patio de la casa grande, concentrado, con los ojos levemente cerrados, con sus dedos flotando sobre las teclas. El dolor se desprendió entonces de las venas, en gotas lentas: bajaba al suelo de baldosas frías, recorría las calles y las calles y llegaba al mar, allí donde habían quedado para siempre su cuerpo y su música… Era inútil pensar en el sentido de la muerte, era mejor dejar fluir el río de dolor, dejarlo ir lejos, devolverlo al agua y al aire… Pero pensaba, a pesar mío, pensaba en mi hermano, en su destino cortado a pique, como una roca en la montaña, y en mi padre prematuramente enfermo, en su cuerpo maltratado, en las químicas equívocas de su organismo sometido, desde joven, a tremendos malestares, aturdidores de cualquier felicidad, de cualquier alegría de vivir; pensaba en su progresivo deterioro y su agonía… Quería solamente sentir, dejar morir la muerte, dejarla ir con la música dulcísima del adagio, y seguir viviendo, pero aunque no quería, pensaba, pensaba en mi hermano sorprendido por el puñal azaroso que truncó su florecimiento en amores, hijos, músicas, otro tallo podado por la incierta crueldad que reina… y ahora Julia, ¿Por qué? ¿Por qué a ella? ¿No nos había dado el paraíso? ¿Debo putear a Dios o rogar a Dios? ¿Se pagan culpas, somos carne de un sacrificio ritual que sacia la ira de un dios alimentado de sangre humana, de dolor humano? La música se lleva también las preguntas sin respuestas. Julia, con la vida en su corazón y en sus entrañas esperaba la bondad de un dios, de Dios. Y la música, en tanto esperamos, esta música nos acuna, nos mece en el universo incierto en que flotamos. Gracias, gracias música.

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La música del mar VII, arte digital.

Me despertó un murmullo de voces que llegaba desde el jardín. Me levanté, entumecido, y espié por la ventana. La Sargento Luro estaba frente al portón, con el uniforme policial reluciente. Se frotaba las manos y miraba hacia la puerta con impaciencia. Recordé nuestro segundo encuentro, su frialdad al tomarme declaración, como si yo fuera un extraño o peor, un sospechoso. Había sido un interrogatorio amplio, que volvía una y otra vez sobre lo mismo: la descripción del momento del ataque. Tanta insistencia había dado resultado y ambos nos inquietamos cuando le conté que esa noche Julia llevaba puesta mi campera y mi gorra de lana, un detalle que yo había olvidado en los primeros relatos. Conclusión: era plausible que el agresor hubiera pensado que me atacaba a mí. Luro, lacónica y dirigiéndose a un oyente genérico e impersonal, afirmó que en la investigación no se descartaría ninguna hipótesis. Precavido, alertado por el recuerdo de ese áspero encuentro, salí a la puerta. Luro me saludó con un abrazo compasivo, pero enseguida se cuadró.

—En tanto no haya otros indicios, te vas a ver implicado —me dijo.

— ¿Implicado en qué sentido?

—Como sospechoso.

—Es una locura —protesté.

—Ya lo sé, pero andá a convencer al juez y a mis jefes. La víctima es no es un ciudadano común, es un policía, la causa no puede quedar mucho tiempo en el aire.

—Julia es mi esposa, la amo, y vos lo sabés muy bien.

—Tranquilo, tranquilo. Venimos a hacer una pesquisa rutinaria. Quieren un informe detallado del lugar. Después habrá una reconstrucción.

—Ya conté lo que vi, que fue muy poco, todo fue rápido, en la penumbra.

—Los muchachos va a dar una vuelta. Enseguida nos vamos. No hay que revisar la vivienda, por ahora. Lo que me vas a tener que dar es la cinta con la llamada que recibiste.

—Me habías dicho que lo guarde hasta que lo viniera a retirar un agente de la Fiscalía.

—La Fiscalía está tapada de laburo, traéla —Luro bufó de cansancio y molestia. Le di la cinta, me dio un recibo ya preparado en el que constaba la entrega. Antes de irse se acercó y me llevó aparte. Sentí la gravitación de su organismo imponente, su respiración esforzada—. No tienen nada concreto para acusarte, pero te van a llamar a declarar. Deciles que le diste la campera y la gorra porque estaba fresco, lo que me dijiste a mí. Después la instrucción va a quedar en mis manos y el trámite va a ser más sencillo. ¿Estamos?

Asentí, abrumado, deseando que se fuera lo antes posible. Salí disparado a la casa de Nelda, que me saludó con un abrazo afectuoso pero no me hizo pasar, como yo esperaba. Me preguntó por Julia, me invitó a la siguiente reunión de grupo, me prestó un libro de Chopra, pero no mitigó mi sensación de desamparo…

La casa de Regina estaba cerca del mar. El médano sobre el que la habían construido sería uno de los más altos del pueblo, porque aún rebajado para la construcción, se elevaba unos cinco metros de la línea de calle. El portón de entrada era de madera, y los postes que lo flanqueaban estaban coronados por ángeles de rasgos sensuales. Subí por una senda sinuosa que cruzaba un parque con árboles y plantas y abundantes flores puestas sin orden alguno. Un rumor de agua llegaba desde una fuente: la escultura de una mujer alada, de torso desnudo y larga cabellera que caía lateralmente hasta tocar el agua. El último tramo del sendero era recto y llegaba hasta una cabaña de troncos. La fachada contrastaba completamente con el jardín voluptuoso: puerta rústica, sin adornos; ventana grande, cubierta por cortinas blancas. Por una pequeña abertura pude ver una mesa con variedad de figuras talladas, de cerámica y madera: duendes, hadas, ángeles, mezclados con candelabros, incensarios, velas de diversos tamaños y colores. Mientras inspeccionaba, se abrió detrás de mí la puerta principal.

—Perdón —dije.

Regina sonrío.

—Todo eso tiene poca importancia. Son cositas para los turistas —dijo y se acercó con los brazos abiertos—. La única verdad está aquí.

Me tomó la mano y la apoyó sobre su pecho. Su confianza y calidez me sorprendieron. Mi mano se quedó unos momentos apoyada, el tiempo que ella consideró suficiente, en cuyo transcurso no sentí más que un levísimo latido y el tacto tras el vestido de una teta pequeña y firme.

—Bueno, aquí estás.

—Me acordé de la reunión.

—Hace meses que los espero. ¡Tantas veces invité a Julia! Me enteré del ataque. ¿Cómo está ella?

—Igual, no reacciona, está en el limbo.

—La vamos a ir a buscar. Al menos vamos a intentarlo. Pasá.

Entramos a una amplia sala impregnada de olor a esencias, en su parte central había sillas dispuestas en círculo; en las paredes, una serie de cuadros con retratos: figuras femeninas de rostro neutro, como fuera del mundo y de la vida. Regina me las fue mostrando, identificando a cada una: Maximila, Tecla, Quintila, Helena, Febe, Priska, Aquila, Evodia, Sintique, Trifona… Muy parecidas entre sí, estaban dispuestas en la misma jerarquía, salvo dos imágenes mayores que en la pared más estrecha parecían presidir una asamblea. Uno era Jesús, en una versión muy realista, y la otra una mujer de expresión sensual y altiva: María Magdalena. Regina me tomó la mano y me hizo pasar a una sala más chica, con dos sillones y una mesa cubierta de copas, platillos, mantas de diversos tamaños y algunos libros forrados de azul.

— ¿Quieres que hagamos algo juntos? —preguntó, dejando de lado el voceo y con un tono de voz diferente, como si se hubiera transformado en otra persona. Se dio cuenta de que mis manos sudaban, las tomó y empezó a acariciarlas; sonrió—. El dolor, es el dolor. Tarde o temprano nos llega. Descansa aquí y espera. Pronto tendrá lugar el encuentro con los hermanos en la fe, y esa energía operará en ti. Recuéstate.

Me acosté en el mullido sillón y Regina me tapó con una manta. Luego fue hasta la sala principal y puso música. Una melodía simple y previsible que traté de ignorar. Me adormecí; me despertó un rumor de voces; Regina me acercó una taza de té.

—Ven cuando termines de beber —me dijo con voz suave, antes de irse.

Avancé en la semipenumbra y me senté en la única silla vacía. Un leve humo flotaba en el ambiente endulzado por especies aromáticas; una vela encendida disparaba luz a las paredes, donde las imágenes, iluminadas intermitentemente, cobraban vida. Regina se acercó hasta mí y me impuso sus manos, a pocos centímetros de mi cabeza. Los demás se mantuvieron sentados pero estiraron los brazos hacia el centro, con las palmas de las manos hacia arriba. De inmediato empezó a escucharse otra música: gorjeos y trinos, murmullos del viento en las hojas, y el ruido regular del agua corriendo entre las piedras de un arroyo. Un agua limpia y fría, fluyendo rápido, rompiéndose al golpear con las rocas sobresalidas y volviéndose a unir de inmediato, formando un cuerpo uniforme y maleable, adaptable al lecho poco profundo, que ahora bajaba en un declive suave hacia un horizonte estrecho, entre árboles que mojaban sus raíces en la orilla. Sentí la energía solar de las manos de Regina. Parecía revolver mi cerebro, limpiarlo, oxigenarlo.

—Este es el verdadero bautismo, el bautismo del Espíritu —murmuró, con una voz impersonal, apenas audible, pero que pude entender claramente—. Acaban para ti los siglos de la oscuridad, llega para ti el tiempo de la luz, el fuego de la energía divina.

Intenté mantener los ojos abiertos, aunque me pesaban los párpados. Delante de mí la túnica blanca de Regina cobró luminosidad, transparencia, y toda ella, como una llamarada compacta, se elevó sobre el suelo unos centímetros. Aún con los ojos cerrados, continué viendo la imagen durante un tiempo que no puedo precisar. Sentí que el fuego se iba y un escalofrío me hizo abrir los ojos. Regina ya estaba en su silla, con un libro en la mano. Otra mujer, joven y con la cabeza rapada, repartió unas hojas impresas. Se encendió una luz central que caía como un cono sobre el círculo de sillas, alcanzando con precisión a cubrirlas.

Regina comenzó a leer:

—Pedro, siempre fuiste impulsivo. Ahora te veo ejercitándote contra una mujer como si fuera un adversario. Sin embargo, si el Salvador la hizo digna, ¿quién eres tú para rechazarla? Bien cierto es que el Salvador la conoce perfectamente; por esto la amó más que a nosotros.

Todos respondieron:

—No comeré, ni beberé hasta que el Señor, mi Dios, me visite, y la oración será mi comida y mi bebida.

Regina:

—El Espíritu Santo bajó como lenguas de fuego.

Todos:

—La niña se sentó en la tercera grada del altar, y el Señor envió su gracia sobre ella, y ella danzó sobre sus pies, y permaneció en el templo del señor, nutriéndose como una paloma, y recibía alimento de manos de un ángel.

Regina:

—Volveremos a fecundar la tierra, el falso sol será vencido, de nosotros van a salir sin error los dones para todos.

Todos:

—La sagrada luz reemplaza para siempre al pan y al vino. Los tiempos del espíritu están maduros.

Regina:

—Y yo les digo: los varones no se han dejado amar y han sufrido siglos de soledad. Ha llegado nuestra hora: de nosotras van a salir sin error los dones verdaderos.

Hubo un largo silencio, hasta que todos se formaron frente a Regina, que los recibía uno por uno, les hablaba en voz baja y los despedía con una imposición de manos. Me quedé sentado, sin saber si debía seguir la conducta del resto o mantenerme en mi lugar. Cuando pasaron todos y se perdieron por los fondos de la casa, Regina me hizo una seña. Me acerqué, como cuando de pibe caminaba ceremonialmente para tomar la comunión, y al llegar frente a ella me dijo al oído:

—Esta es tu casa. Tú eres el hombre sensible, el que puede escuchar la buena nueva. El ciclo masculino ha terminado, la mujer es ahora el nuevo avatar, el que corresponde al nuevo milenio, el más peligroso y el más decisivo de la humanidad. Yin penetrará finalmente a Yang, las sombras serán iluminadas.

Cesó la música y Regina me despidió, indicándome que fuera a la cocina. Luego se recostó sobre una colchoneta, en medio del círculo de sillas, y permaneció inmóvil. Un muchacho preparaba mate. De unos treinta años y estatura mediana, lo más notable en él eran los anteojos de lentes gruesos, que confinaban los ojos al fondo de la cabeza, desde donde miraban espiando. Sonrió, mostró una dentadura afilada, de ardilla, y cruzó el índice sobre los labios. Se acercó a la puerta con paso sigiloso y la cerró.

—No hay que molestar a Regina. Soy Lucio —murmuró. Nos dimos la mano, y nos sentamos a tomar mate—. Hacemos turnos, para aprovechar el tiempo al máximo. Hay que terminar la obra antes de fin de año.

— ¿Qué obra?

—Ah, perdón, pensé que sabías. Estamos construyendo el templo, en el terreno de atrás.

Se levantó y fue hacia la ventana. Me llamó, apartó la cortina y señaló hacia fuera. Allí, con una dinámica lenta pero organizada, el grupo trabajaba en silencio. Había un cartel con la leyenda: Ekklesia Nova, escrita en caracteres góticos.

— ¿Iglesia nueva?

—Queremos volver a la esencia, a lo que era el cristianismo en los primeros tiempos.

— ¿Hay más grupos?

—Por ahora no. Este es el primero. Somos doce miembros, aunque momentáneamente quedamos reducidos a once, porque hubo una deserción, hace unos días. ¿No serás el candidato a reemplazarlo?

—No, no creo. Yo vine por un problema puntual a charlar con Regina. Todo esto es para mí una casualidad.

—Nada es casual, por algo estás aquí —miró el reloj—. Uy, se me acabó el tiempo. Espero que te quedes en el grupo, que volvamos a vernos.

— ¿Hay igual cantidad de varones y mujeres?

—Si, por una cuestión de equilibrio… Entre los varones, y te lo digo para que no te sorprenda, hay una pareja. Vinimos tres del seminario mayor, mis dos compañeros ahora están juntos, blanquearon su situación.

La puerta del fondo se abrió y entró la mujer de cabeza rapada. Sonrió al verme, con expresión dulce, algo tímida.

— ¿Seguimos con el mate? —me preguntó, mientras Lucio y yo nos despedíamos.

—En realidad estaba por irme.

—Al menos probá los míos, porque Lucio es famoso por sus mates horribles: el agua pasada de caliente, o tibia, o con demasiada azúcar…

Era menuda, de ojos grandes que resaltaban en la cabeza diminuta, más pequeña aún por la calvicie. También las orejas parecían enormes, y le daban al conjunto un aire de ratón. Cuando sonreía parecía recuperar su condición humana, incluso cierta belleza difícil de reconocer a primera vista.

—Dale, acepto. Los que me cebó Lucio estaban tibios.

— ¿Viste? Pero te digo algo: ninguno mejor que él para las plantas.

—Nadie tiene todas las virtudes, ¿cierto?

Me clavó la vista.

— ¿Sos el candidato? —disparó.

— ¿Lo decís por el que falta? No, para nada.

—Ah, porque Regina anunció que estaba en la búsqueda del número doce, como ella lo llama. Desde que se fue Rogelio, hace ya una semana… —Se quedó con la mirada perdida, clavada en un horizonte lejano, interior—. Disculpame, pero me cuesta superarlo. —Le miré la cabeza; ella se pasó la mano por la alfombrita de pelo—. ¿Adivinaste? Es una promesa que hice cuando se fue. Estábamos empezando una relación. Era un tipo difícil, veníamos bien, pero algo pasó con él, todavía no está claro.

— ¿Se enojó?

—No, ni siquiera… Mirá, él estaba en Despertar, el grupo de Nelda, y no soportó la revelación de que en una vida anterior fue el soldado que le clavó la lanza a Jesús, durante el calvario… Seguramente ya conozcas esto que te voy a decir: nuestras almas van evolucionando a través de sucesivas reencarnaciones, es una de las tantas verdades que la Iglesia vieja sigue negando. A veces se nos revela quién fuimos antes, lo cual es un privilegio. Pero en algunos casos tiene un efecto negativo. Fue lo que pasó con Rogelio, que es un tipo apasionado y se sintió muy afectado por esto.

— ¿No saben nada de él?

—No, lo están buscando. Rezamos porque aparezca. Su familia presentó una denuncia contra Regina por lavado de cerebro.

— ¿Y Regina qué dice?

—Que hay que responder con caridad y silencio. Rezando. Dice que lo nuevo siempre es resistido, incluso perseguido. Hay que soportar lo que venga.

Cuando miró el reloj me apresuré a levantarme y quise salir antes de que viniera el relevo. Ella acercó su mínima cabeza, me dio un beso en la mejilla y susurró:

—Paula.

Como Regina permanecía en meditación, me fui, por la puerta de atrás, cruzando un saludo rápido con los que trabajan en la construcción del templo. Unas horas más tarde lloraba arrodillado al lado de Julia. El Dr. Astor Medina me llamó desde la puerta y me llevó al bar.

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La música del mar VIII, arte digital.

—Jorge, entiendo su desesperación, y no quiero crearle falsas expectativas, pero no se entregue. Hay esperanzas, Jorge, todavía hay esperanzas. Su esposa no ha llegado al momento crítico, y estamos haciendo lo posible porque no llegue a ese punto sin retorno.

—Está bien, gracias… Yo, en estos momentos, lo único que hago es rezar.

—Eso no está mal, pero Dios debe tener mucho trabajo. Tampoco es bueno ilusionarse con fantasías.

—Doctor, para mí rezar no es una fantasía. Dios debe poder atendernos a todos.

—Entiendo, entiendo, pero yo quiero explicarle lo que está sucediendo aquí, lo real.

Nos trajeron café. Astor Medina intentó no perder el hilo de la exposición que había comenzado. Sin embargo, se tomó unos segundos para dar unos sorbos. Yo revolví con desgano mi café, después de verter en él medio sobre de azúcar. Me dispuse a escuchar. El médico, apartado de la mesa, con las piernas abiertas, acercando sus manos como si tuviera la cabeza de Julia entre ellas, prosiguió.

—El golpe formó un coágulo, que es sangre concentrada, endurecida, instalada en un sector del cerebro. Lo ideal es que, al administrar una batería de substancias, el coágulo o trombo, de ahí el término trombosis, se deshaga antes de la hora y media de haberse formado. Esta terapia, denominada fibrinolisis, no siempre es efectiva, sobre todo en los accidentes brutales e inesperados como el que lamentablemente sufrió la suboficial Ramos. Las células del cerebro son las más sensibles a la falta de flujo sanguíneo, por lo tanto mueren rápido. En casos como éste, el tiempo es fundamental, y a nosotros nos jugó una mala pasada: el traslado al hospital, durante la noche, implicó mínimo dos horas para poner en marcha la terapia. Un tiempo precioso que perdimos.

Lo miré con ansiedad y estupor.

— ¿Me está consolando o me está dando una lección de medicina?

—Quiero decirle cuál es la realidad. Lo veo muy confundido. Lo que acabo de decirle es el cuadro clínico de Julia, lo demás es cuestión de fe, no es nada que pueda explicarse científicamente. Y quiero que sepa que en aquel momento era muy arriesgado operarla. Ahora hay que seguir con el tratamiento y esperar.

—Ahora déjeme solo con ella, por favor.

—Unos minutos, nomás. No hay más tiempo, Jorge, debe respetar las normas.

Unos minutos, unas horas, toda la vida, parecía lo mismo en el rostro de Julia. El tiempo se había detenido. Y yo, que temía aburrirme del matrimonio, que corrí atrás de Cintia, de Amalia, y casi pierdo a Julia por esas torpezas, tuve mi castigo: el castigo iba a llegar, tarde o temprano. Para mí, muy merecido, pero ¿por qué para ella? ¿Por ser demasiado complaciente? Una sonrisa, me perece ver en su rostro una sonrisa. Se burla de mí, tiene razón, ¿qué reflexión estúpida es ésta? Dios es amor, nos enseñaron en el grupo, es absurdo pensar en un castigo que provenga de Él. No sonríe, ahora no sonríe, pero sus labios quieren decirme algo, tienen una atracción única para mí. Me acerco, apoyo mis labios en los suyos. No reaccionan, pero al cerrar los ojos, siento que estamos profundamente unidos. Entro, la recorro, me pierdo en ella, respiramos juntos, quiero quedarme así para siempre.

Volví a medianoche a casa y me refugié en la música. Esta vez mi hermano apareció con sus amigos. El piano ya no estaba solo: a veces sostenía los vuelos de un violín, otras recibía su apoyo fraternal y por momentos confluían en un mismo río, jugaban empujándose, corriéndose, luchando ferozmente o abrazándose. Era mi hermano con sus amores encandilados frente al piano, escuchando, cebando mate, en departamentos/cuevas de la ciudad, gozando de flotar en la música, sin anclajes, sin otro que la devoción y la entrega al misterio de los sonidos. El adagio de la Sonata Primavera llegó con su tristeza cruzada por relámpagos de felicidad, con su diálogo de enamorados… Con las sonatas para cello y piano, ya en la cerrada noche, perdí de vista a mi hermano y sospeché que, al despejarse a fuerza de música los rescoldos de tristeza, nacía en mí el puro placer de escucharla. Mis ensoñaciones, entonces, volaron hacia Julia, y tuve la certeza de que iba a recuperarla… Me llegaba, en estos movimientos zigzagueantes del cello, en su gravedad majestuosa, el mensaje sufriente y vital del Gran Artista: una fuerza misteriosa, mezcla de dolor y valentía, atravesaba el tiempo para situarse aquí, conmigo, en el mínimo espacio de mi vida… A la mañana temprano, Regina pasó por mi casa.

—Un minuto, nomás. ¿Dormías? Disculpame.

Me limité a sonreír, tan evidente era que recién me había despertado.

—No te preocupes, Regina. Me encanta que seas vos y no Luro la que me despierte —La hice pasar al living. Me avergonzó el desorden que había generado en pocos días—. Casa de hombre solo —dije, para justificarme.

—Ya pasará, Jorge, ya pasará. Quería preguntarte por el encuentro de ayer. ¿Te gustó?

—Me sorprendió, me trajo paz… Aunque después fui al hospital y me desesperé: Julia sigue igual.

Regina me observó. Parecía preocupada. Fui hasta la cocina a preparar mate. Ella me gritó desde el living, como si no pudiera esperar a que yo vuelva a su lado para decirlo:

— ¡No pierdas la fe! —Sonreí. Me gustaba su urgencia por ayudarme. Volví con el mate y unos bizcochitos. Regina sorbió con suavidad—. Jorge, es evidente que le han hecho un daño. Fuerzas oscuras…

— ¿Qué fuerzas?

—No es fácil precisarlo, pero necesitás protección.

—Lo mismo me dijo Nelda.

Se le escapó un rictus de molestia, que enseguida corrigió.

—Disculpame, con Julia frecuentábamos el grupo Despertar —dije.

—Ya sé, discúlpame vos. No me meto en eso, son decisiones de cada uno.

—Pero ayer, Nelda no me recibió. Estaba rara.

—Tiene miedo, Jorge. Después de que la investigaron, le escapa a todo lo que tenga que ver con la policía y la justicia.

—Pero no tuvo problemas.

—No, por qué los iba a tener, si lo que hacen no es ningún delito.

—Algunos escandaletes, nomás.

—Bueno, eso sí. El factor humano es inevitable.

—Allá se comentaba el problema que tuvieron ustedes, el caso Lagos.

—Bueno, ahí tenés. Ellos tuvieron el problema con Rogelio, a nosotros nos tocó el de Roberto Lagos. Te repito: el factor humano es incontrolable.

—Pero Rogelio después entró al grupo de ustedes.

—Bueno, en condiciones que fueron muy difíciles de revertir. La responsabilidad fue de ellos, pero ahora cayó sobre nosotros.

—En cuanto al caso Lagos, se dijeron muchas cosas. ¿Qué pasó, en realidad?

—Roberto Lagos se estaba quedando ciego y el mensaje que recibimos fue que la ceguera avanzaba por su falta de fe. Y los maestros pedían, imperativamente, que le hiciéramos llegar el mensaje. Mandamos un mensajero y fue peor: Roberto se cerró y se resintió.

— ¿Le molestó la revelación?

—Le chocó terriblemente. Porque el mensaje llegó al grupo cuando él no estaba. Nosotros hicimos lo que teníamos que hacer. Mandamos a alguien a que lo transmitiera, porque él ya había tomado distancia.

— ¿Cuál fue el conflicto, entonces?

—Habló con su médico, y éste hizo correr la voz. Se habló de daño psicológico, malas influencias, etc.

—Eso no es un delito.

—No, en absoluto, pero nos difamaron. El problema concreto es que él se confundió. Ahora, ahí tenés las consecuencias: está completamente ciego.

—Me imagino que habrá causas médicas.

—Eso es obvio.

— ¿Creés que se hubiera curado si cambiaba de actitud?

—No puedo saberlo, pero la fe hace milagros. Los hacía antes y los hace ahora. El problema es la falta de fé.

—El médico de Julia me dijo que hay esperanzas de que se recupere con la medicación.

—Bueno, los médicos tienen sus fantasías; y en estos momentos, todo es válido por salvar a Julia.

Sonrió. Me extendió el mate y dijo gracias. Yo cambié la yerba y seguí tomando. Dije algo que necesitaba decir:

—El otro día estuvo Luro, la mujer policía. Me advirtió que me pueden acusar por la agresión. ¿Podés creerlo?

—Y, si le buscan el pelo al huevo, es posible.

Después me habló de Nelda, largamente. Un discurso dolido, cargado de argumentos contra su manera de conducir el grupo Despertar, discurso que coronó invitándome a integrarme a la Iglesia Nueva. Yo sería el número doce. No era casualidad que hubiera llegado al grupo poco después de la deserción de Rogelio, me dijo. No era ninguna casualidad.

***

Capítulo 2

Encontré a Luro en su despacho. Con las piernas sobre el escritorio, fumaba morosamente un habano.

— ¿Qué querés? —disparó.

—Quiero saber cómo marcha la investigación. Soy una de las víctimas, y me siento amenazado. ¿Te parece poco?

—Ya te dije que tu situación es difícil, pero no hay pruebas en tu contra, así que tranquilo… —dio una pitada y se acomodó en el sillón.

— ¿Averiguaron algo? ¿Identificaron la voz que llamó a mi casa?

Luro bajó las piernas del escritorio y llamó a un auxiliar. Apareció un joven desgarbado, sin uniforme.

—Traéme dos cafés —ordenó. Y dirigiéndose a mí—: ¿Azúcar o endulcorante?

—Azúcar; y cortado, por favor.

—Andá, hacelo como te dijo.

Nos quedamos otra vez solos. Luro suspiró, exhalando una bocanada de aire caliente con olores mezclados de tabaco y rouge.

—Mirá Jorge, vos y yo jugamos en el mismo equipo. ¿Estamos? Eso es lo primero. Después vamos a dejar en claro las cosas. Julia es de la Fuerza, la conozco desde hace mucho, la quiero como a una hija… Un buen día aparecés vos en su vida y pasa esto. No es culpa tuya, está bien, pero todo cambió desde aquel bendito viaje. ¿Te acordás? Tu gentileza, tu caballerosidad, y las chicas contentas por haber encontrado a un hombre amable, de los que ya no quedan.

Entró el auxiliar y dejó los cafés.

— ¿Necesita algo más?

La gorda dio un manotazo al aire para despedirlo, sin decir una palabra. El tipo se escurrió por la puerta lateral.

—Mirá, pichón. Voy a ser franca y transparente. Me dieron una semana para encontrar algo, pero algo de verdad. Si no logro nada, meten mano los de arriba. Y ahí ya no doy garantías a nadie. Me interesa que mi gente y su círculo de amigos no se vean perjudicados. Suficiente con lo que pasa con Julita. Ahora bien, todos tienen que colaborar un poquito. Yo no cago pruebas, las tengo que conseguir. Entonces: si esto, después de una semana sigue en punto muerto, se va todo a la mierda. Menos yo, puede caer en cana cualquiera. Alguien, perejil o perejila, va a pagar. Por lo pronto roguemos que Julia se cure.

Se calló y me observó con ojos grises, acuosos, inundados de un líquido que no era una transitoria irrupción de lágrimas, sino una materia constante, incorporada a los ojos. Yo estaba anestesiado por el cansancio.

— ¿Cómo está su nena? —pregunté sin conciencia, por decir algo. Luro me lanzó una mirada espesa. Insistí—: Recuerdo su preocupación, aquel día que la llevé hasta su casa, por una fiesta de cumpleaños.

La gorda aflojó el rostro.

—Sí, sí, me acuerdo muy bien, muy bonito su gesto.

— ¿Mejoró la situación?

—Sí, no hay problema, cosas privadas. ¿Por qué se interesa tanto? —Incómoda, abrió un cajón de abajo del escritorio y sacó unas carpetas—. Veamos. Vamos a ser socios por una semana. ¿Estás dispuesto? —Asentí—. Primera cuestión: ¿a quién quisieron atacar? ¿Fue un ataque dirigido a Julia Ramos o a vos? Julia llevaba puesta tu campera y tu gorrita de lana. El atacante bien pudo haberse confundido, golpeando a Julia, cuando en realidad quería golpearte a vos.

—Ya lo hablamos. Yo creo que el atacante no se confundió. Hay diferencias anatómicas muy destacadas: altura, contextura.

—De acuerdo, pero eso no anula la posibilidad de un error, en la circunstancia en que se produjo el hecho. Estaba muy oscuro.

— ¿Entonces?

— ¿Tenés enemigos?

—En absoluto.

—Me imagino que habrás pensado mucho acerca de este episodio. Algo se te habrá ocurrido.

—La verdad es que lo pensé una y otra vez, lo reconstruí, lo di vuelta y vuelta, pero no lo entiendo, de verdad, no entiendo…

Agobiado, apoyé los codos en el escritorio, me tomé la cabeza con las manos…

— ¿Por qué le diste la campera a Julia? —dijo Luro, con un temblor en la voz.

— ¿Qué pregunta me hacés? Está embarazada, era tarde, hacía frío —dije, irritado.

—De acuerdo con el informe meteorológico que obra en el expediente no era una noche muy fría. ¿Ella te pidió que la abrigues?

—Yo que sé… No me acuerdo. Yo se lo ofrecí, creo. Estaba cansada.

—Ajá, no te acordás… Tu campera, tu gorra… ¡La disfrazaste de vos, Jorge, la disfrazaste de vos!

— ¿En qué estás pensando, en que yo planifiqué el ataque contra Julia? ¿Estás loca?

Me levanté y sentí el impulso incontenible de golpearla.

—Tranquilo, muchacho, no seas pelotudo. Me estás demostrando que sos una persona irascible. Mi deber, nuestro deber, es descartar todas las posibilidades.

— ¿No te das cuenta que estoy destrozado? ¿Cómo se te ocurre pensar que quise matar a la mujer que amo? No tenés sentimientos, gorda hija de puta.

Luro se movió ágilmente en el sillón y se puso en guardia. De inmediato alguien me trabó los brazos, me inmovilizó. Gemí, dolorido e indignado. Luro se paró, agitada. Sacó un pañuelo y se lo pasó por la frente. Me examinó y con un gesto ordenó a los  milicos que me soltaran. Me ofreció un cigarro. Me senté, conmovido, avergonzado. Los tipos se fueron. Luro retomó la charla como si nada hubiera pasado.

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La música del mar IX, arte digital.

—Somos aliados, Jorge, no jodamos. Tenemos que hablar de frente y con todas las cartas sobre la mesa. ¿Entendido? —Asentí. Me trajeron otro café—. Okey. No tenés enemigos. ¿Y Julia?

—El caso Cristani —dije, tratando de colaborar.

—Muy bien, ya hablamos de ese tema.

—Hay un condenado que tal vez sea inocente.

—Con los locos nunca se sabe. Eso es lo malo y lo bueno.

—Si el loquito no fue, hay un asesino suelto.

—No hay que descartarlo, pero te digo mi convicción: lo de Cristani fue un accidente. Los pibes hicieron una travesura que salió mal.

—Terriblemente mal.

—Sí, una de esas tragedias que convencen a cualquiera de que Dios no existe.

—No sé si Dios tiene que ver con esto. Tal vez los pibes estén mejor que nosotros, ahora.

—En el limbo, claro. Como esos delirantes de los grupos de meditación que viven en una nube de pedos.

Me observó, inquisitiva.

— ¿Qué hay con los grupos? —pregunté.

—Tal vez nos den alguna pista. ¿Es verdad que practican ritos propios de sectas?

—No, para nada. Además, ustedes investigaron y no encontraron nada.

—Bueno, eso  no se llama investigar. Va una boluda a infiltrarse y la convencen en cinco minutos.

—Al menos a mí no me consta que haya nada peligroso.

—Los defendés. ¿Te identificás con ellos?

—En algunos aspectos, no en todos.

Luro abrió la carpeta y sacó unos papeles.

—Acá tenemos un informe.

— ¿Otra investigación policial?

—No, mucho mejor: esta es de la Iglesia Católica. De los dos grupos que existen por aquí, uno tiene calificación de inofensivo, el otro no. ¿A vos qué te parece?

—Para mí son los dos inofensivos… Buscan desarrollar la espiritualidad en los hombres, la paz interior.

—Nelda Salduna, alias La Médium —leyó—. Los vecinos pidieron una investigación policial, con resultados negativos. Conclusión: sin riesgo aparente. Esto ya lo sabemos. —Dio vuelta unas hojas, continuó—: Regina Nerval, alias La Mística. Investigada por expertos en sectas infiltrados en el grupo. Espiritualidad mezclada con reivindicaciones feministas. Intento por reemplazar la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana por una secta denominada Ekklesia Nova, con ritos derivados de textos hetéricos. Requiere vigilancia.

—Heréticos. Textos heréticos, no hetéricos.

—Bueno, carajo, es lo mismo. Heréticos.

—Ya ves. Nada que pueda vincularse a un atentado contra una mujer policía, y menos contra Julia, que era una persona intachable.

—Nada, en apariencia. No hay que descartar la lucha interna entre ambos grupos, o mejor dicho entre sus jefas. ¿Te consta que hubo una pelea muy fuerte?

—Sí, aunque yo las conocí cuando ya estaban separadas.

—A veces estas sectas se disputan seguidores, se tironean… ¿No conocés ningún individuo agresivo, en alguno de los dos grupos?

—No. En Despertar seguro que no hay nadie agresivo, al menos hasta donde yo los conozco. En la Ekklesia Nova no puedo asegurarlo porque acabo de conocerlos.

—Decime lo que sabés, por favor.

—Lo único que puedo aportar es que las dos coincidieron en un punto. Las dos me dijeron que me habían hecho un daño.

— ¡Qué geniales! ¡Qué iluminadas! Yo también puedo ser una bruja, un hada madrina, entonces. ¡Un daño! Me toman por estúpida.

—Se refieren a una maldición, un maleficio, un ataque de fuerzas oscuras.

Luro me miró, incrédula. Apoyó las manos en el escritorio y cerró los ojos.

—Así que en eso coincidieron —murmuró.

—Ajá.

—Locas de mierda.

Se levantó, miró hacia la puerta de atrás, hizo una seña, apareció el agente desgarbado.

—El señor Madrigal va a llamar cuando necesite algo de nosotros. Dele mi teléfono personal y el directo de la guardia. Está colaborando en un caso. ¿Estamos?

—Sí, mi Sargento.

Luro se acercó a la ventana y encendió un cigarrillo. El agente volvió con una tarjeta, me la entregó. Luro aplastó el cigarrillo a medio consumir en el cenicero y me acompañó hasta la puerta.

—Jorge, metete en el grupo de Regina. Necesito saber qué más pasa ahí adentro para descartar, al menos, una de las hipótesis de la agresión. La idea es cerrar el círculo sobre el culpable, ir cercándolo poco a poco. Ayudame.

—Está bien, voy a hacer lo que esté a mi alcance.

—Buen muchacho, así me gusta.

—Por una semana.

—Exactamente.

—Ahora necesito saber algo: ¿qué pasó con la cinta, con el mensaje en el contestador?

La sorprendí, pero demostró rapidez de reflejos.

—Está bajo secreto de sumario.

—Vamos, Luro, no me jodas. El sumario está todo en tus manos.

—Ajá, así que pícaro… La cinta está en la Fiscalía, no puedo tenerla yo. Le harán unas pericias; parece obvio que es una voz masculina, pero como está deformada hay que hacer un trabajo fino para recuperar la voz normal y recién entonces intentar la identificación del individuo. ¿Conforme?

—Sí, claro.

—Somos socios, pero el policía soy yo. No te olvides. Y quedate piola. No voy a joderte, pero no te creas que lo hago por vos. Lo hago por tu madre. Siempre la respeté y la admiré. Una madre con huevos, tuvo que lidiar con la enfermedad de tu viejo, después con el balneario, sacó adelante a la familia, lástima que se fue tan joven.

Le agradecí. Nos despedimos con un beso en la mejilla. Envuelto en las primeras sombras de la noche caminé hasta la Costanera. Quería acercarme al mar; contemplar sus formas cambiantes y escuchar su rumor; siempre esperaba que en ese sonido continuo se formara un acorde que fuera la imagen sonora de mi hermano, un mensaje suyo desde las entrañas del agua, pero lo único que oía era un fuerte y largo estruendo, que se hacía rumor fresco y luego se apagaba, para volver enseguida a explotar en el aire… Además, no pude relajarme: había notado que alguien me seguía. Cuando pisé la madera húmeda de la rambla supuse que cambiaría de rumbo pero el individuo continuó detrás de mí, a unos treinta metros de distancia. ¿Será el agresor? Tuve miedo, pero no quería perderlo de vista. Me refugié en el restaurante de siempre, frente al muelle de pescadores, y simulé buscar una mesa adecuada hasta que el tipo estuviera cerca. Con toda naturalidad, él también ingresó al restaurante. Reconocí a Javier Miguez, el periodista. No éramos amigos, pero nos conocíamos. En esta circunstancia intrigante, me pareció más alto y robusto. Vino hacia mí.

—Disculpame, Jorge, no quiero molestarte, sé que estás en un momento difícil.

—Por favor, no es nada. Pero te aviso que por ahora no doy entrevistas.

Miguez sonrió.

—Te busqué para comentarte algo, que puede llegar a servir en la investigación del ataque que sufrió su esposa.

Nos sentamos en una mesa contra la  ventana que daba al mar.

— ¿Te tocó cubrir la agresión?

—No, justo estaba de vacaciones. ¿Cómo está ella?

—Estable. Hay esperanzas de que reaccione.

—Yo cubrí el caso Cristani, y siempre sospeché que el loco que está preso no tuvo nada que ver, que hay un criminal libre.

— ¿Y si fue un accidente?

—No creo. ¿Para qué meter preso a un loco, entonces?

Hizo una pausa y esperó. Su silencio era una pregunta suspendida en el aire.

— ¿Qué suponés? ¿Qué Julia guarda algún secreto?

—No, no supongo nada, pero es un caso abierto.

Tomamos un trago de vino. Recordé el encuentro con Julia en la ruta, nuestra primera charla, su reacción airada cuando descubrí su identidad… Había algo en aquellas palabras doloridas, algo que no comprendí entonces, y que nunca, en las veces que volvimos a tocar el tema, había comprendido. Miguez me parecía sincero, traté de poner lo mejor de mi parte para aprovechar su interés.

—Julia me contó que cuando llegó la prensa al lugar estaba con ella un tal Rojas, que después se borró y la dejó sola frente a los periodistas.

—El cabo Anselmo Rojas —dijo Miguez con suficiencia—. A ése lo conozco bien, fue el que declaró contra el loco.

— ¿Qué declaró?

—El tipo se había acusado a sí mismo, lo cual siempre es dudoso, sugestivo. Entonces Rojas declaró haberlo visto merodeando varias veces el lugar, como para reforzar la imputación. Total, ¿quién lo iba a desmentir? Al loco no lo defendía nadie.

— ¿Y qué es de la vida de Rojas?

—Ahora está de licencia, trabaja de taxista y no quiere hablar del tema. Al menos con la prensa.

—El plan de Julia, nuestro plan, era tener dos hijos y olvidar el episodio. El primero viene en camino, y por lo pronto, no está sufriendo.

— ¿Y ahora cómo sobrellevas esta situación, en la vida diaria?

—Hago todo lo que puedo para ayudar a los médicos, a la policía. El resto del tiempo me refugio en los grupos de meditación, pero sobre todo escucho música.

— ¿No me digas? Qué bueno, a mí me encanta la música.

Me callé para liquidar el exquisito pejerrey a la plancha que tenía servido. Un pejerrey recién sacado del mar. Miguez comía con fruición un bife de lomo con papas fritas. Pedimos más vino.

— ¿Y qué música te gusta escuchar?

—Spinetta, Serrat, Silvio, Jaime Ross, pero ahora mucho Sabina. ¿Vos?

—Yo estoy entregado a los clásicos. A Beethoven especialmente.

—Ah, qué bien. Me gusta la sinfonía heroica. Ese comienzo tremendo: cha—cha—cha—chán… cha—cha—cha—chán…

—Esa es la cinco, la del Destino. La Heroica es la tres.

—Como ves, no la tengo muy clara. A ver: la Pastoral es la seis y la de la Alegría es la nueve. ¿Acerté?

—Sí, está bien.

— ¡Qué capo, Beethoven! Como Mozart, Bach, de pibe escuchaba mucho, por mis viejos. Y Estela, mi esposa, también escucha, pero más que nada cantantes líricos, Pavarotti, ese otro, el ciego…

—Andrea Bocelli.

—Ése. Te iba a decir José Feliciano, pero nada que ver.

Nos reímos, y empezamos los dos, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo:

—Ayer yo visité, la cárcel de Sing Sing, y en una de sus celdas solitaaaaarias…

Salimos juntos del restaurante y caminamos por la costanera. El mar murmuraba en la orilla, lejos, oculto bajo el cielo sin luna.

— ¿Y por qué Beethoven?

—Desde que murió mi hermano, que era músico, me quedó ese impulso por escucharlo; como si hubiera en esta música algún secreto, como seguir algo sin saber hacia dónde me lleva. Un acto de fe, supongo.

— ¿Tu hermano era fan de Beethoven?

—No, no, es algo que me pasó a mí: a los pocos días de su muerte escuché el concierto Emperador y me conmovió, especialmente el segundo movimiento, el adagio. Desde entonces empecé a escuchar, poco a poco, toda la obra de Beethoven, buscando una clave para acercarme a mi hermano, o a mí mismo, o no sé a quién.

— ¿Y qué obras te gustan más?

—Me gusta todo, aunque todavía no lo terminé de escuchar completo. No sé, seguir a un autor como éste es como quedarte a vivir en un lugar: para conocerlo bien tenés que habitarlo un tiempo largo.

—O sea que todavía no hay obras preferidas.

—El concierto triple, tal vez.

—No lo conozco.

—Es genial. También tiene unos tríos para piano, violín y violoncelo que son tremendos, te morís. Y las sonatas para violín: Spring, Kreutzer.

¿Kreutzer? No escuché la sonata, pero leí el libro.

— ¿Qué libro?

—Una novela de Tolstoi. Se llama así: La sonata de Kreutzer. Un tipo que le cuenta a otro, durante un viaje en tren, la historia de su matrimonio y cómo mató a su esposa, por celos. Algo así.

—Ni idea.

—La esposa y el amante tocan esa obra, que da título al libro. Se habían conocido de jóvenes y el tipo viene a visitarla. Ella recupera el piano o el violín, no me acuerdo, y vuelve a fascinarse con la música, sale de su vida rutinaria y es como si volviera a volar… Pero no sabía que es una sonata de Beethoven.

Te la presto.

—Bueno, te la cambio por una selección de Sabina que acabo de grabar.

—Está bien, vemos; después vemos, no sé si estoy para escuchar canciones…  —Desde un recodo de la rambla vimos la obra en construcción de la Ekklesia Nova—. Ahí tengo que ir mañana —dije.

— ¿Conoces a Regina?

—Estuve con ella hace poco.

—Tremenda mina. La conozco del secundario. Nos tenía locos a todos, además iba al frente.

—Ahora está dedicada a la religión, pero todavía está buena.

—Cómo estará de buena que hasta Jesús se fue con ella —sonrió y se detuvo para mirar el cielo estrellado. Levanté la vista y reconocí la cruz del sur—. Hace unos años me explicó su proyecto en la Iglesia Nueva, pero yo no sé, no sé nada, me limité a escucharla. Soy un escéptico.

Subimos hasta la ciudad, donde Miguez había dejado su auto. Yo preferí caminar hasta i casa. Nos despedimos, pero antes de alejarme, le pregunté por qué me había seguido realmente.

—Ya te dije: algo en el caso Cristani no me termina de cerrar. Y ahora esta agresión. La verdad es que tenía curiosidad por saber de primera mano cuál es la situación.

—O sea, que no estás de vacaciones.

—Un periodista nunca está de vacaciones, o mejor dicho, la curiosidad de un periodista no se toma vacaciones.

—Está bien, pero ahora decime si estás buscando algo más.

—Mirá, el interés por hacer una nota siempre está, pero no pretendo hacer nada por izquierda. Si trabajamos juntos, si puedo ayudar, si estás de acuerdo con hacer público algo que descubramos, mejor. Pero quedate tranquilo, que ser periodista en el pueblome ayudó a manejarme con cautela. De lo contrario, no podría ni salir de mi casa.

Dormí bien, y a la mañana siguiente, en la Ekkesia Nova me recibieron con una sorpresa. Dispuestos unos frente a otros habían formado un arco con los brazos, y en sus manos llevaban ramos de flores. Me pareció un exceso, pero lo disfruté y me sentí comprometido a quedarme al Retiro de Vigilia, como llamaban a los eventos especiales. Recordé entonces que Nelda había anunciado para esta misma fecha una Gran Apertura, revelación cósmica singular, vinculada a la entrega de información para el futuro accionar de los iniciados. Cuando, en charla grupal, comenté esto, Regina se incomodó y aclaró que para Ekklesia Nova la revelación tenía una connotación diferente.

—Los Maestros no quieren la destrucción del mundo y la salvación de unos pocos. Quieren que el mundo se transforme, que florezca el bien, la armonía, la bondad entre los humanos —A partir de esta observación preliminar se dedicó un rato a fustigar al grupo de Nelda y a Nelda en particular, aunque sin nombrarla—. ¿Cómo puede aceptarse un plan de evacuación para unos pocos? ¿Acaso Dios tiene previsto rescatar a un grupo selecto de humanos y abandonar al resto? Miren, esta idea fue formuladaen distintas épocas, incluso hay poetas que lo han expresado en versos famosos. Alguna gente alberga esa misma ilusión, la de ser superiores al resto de nuestros hermanos. ¿Mejores en qué? ¿Por qué? ¿Con qué méritos?

La jornada siguió un programa estricto, con tiempos de meditación, reflexión, exposiciones y recreos. Rosario, una mujer de cuarenta años que había sido monja, habló de la ecología esencial, la interdependencia de todo lo creado y la existencia de una conciencia universal de la que el hombre es parte, sin ninguna jerarquía singular. Lisandro, un estudiante universitario, explicó el nuevo panteísmo naturalista, como religión superadora de todos los credos históricos ligados a culturas dominantes. Valeria, novia de Lisandro, detalló las experiencias de los avatares, maestrs espirituales que han encarnado para dar testimonio de la evolución espiritual, camino progresivo a la divinización de todos y cada uno de los seres. Marcela expuso un encuadre astrológico: el ingreso a la era de acuario, que desmiente el pesimismo de algunos grupos que plantean la catástrofe inminente. La era de acuario implica armonía, concordia, integración, nuevo rol de la mujer y mayor conciencia cósmica. Regina cerró la jornada con la lectura de un largo poema, que me sonó genial, titulado Salmo de la reintegración, de un poeta polaco o rumano cuyo nombre no recuerdo.

Por la noche nos distribuimos en varias habitaciones pequeñas. Me tocó Lucio por compañero de pieza, no sé si por elección suya, o por azar. A pesar de que estaba extenuado no pude evitar que me hablara durante una larga hora sobre su vida. Los padres lo habían metido en el seminario a los doce años, y la experiencia había resultado traumática. Ahora, con veintiocho recién cumplidos, todavía no tenía resuelta su vocación. Quería servir a Dios pero no sabía cómo. El tiempo en el seminario lo había separado del mundo. Estaba muy excitado y tuve que pedirle, con la mayor amabilidad posible, que la cortara porque no aguantaba más de sueño. Me dormí ensegida pero en un momento de la noche, me desperté sobresaltado. Lucio estaba sentado al lado mío y me acariciaba la pija. Quién sabe desde cuando estaba ahí, tocándome mientras yo dormía. Le dí un manotazo y lo aparté. Balbuceó una excusa y volvió a su cama. Molesto, desconcertado, me levanté al baño y noté que la luz de la cocina estaba encendida. Encontré a Regina sentada a la mesa con un libro y una taza de té.

—Hola, siempre me levanto de madrugada —dijo, con voz serena.

Me senté y le conté lo sucedido. Me miró con tranquilidad. Me ofreció un abrigo y café y me dijo, preocupada pero compasiva:

—Es una almita confundida. Te pido disculpas en su nombre y en nombr de todos nosotros. Está todavía atrapado, sufriendo los estragos de una educación represiva, los destrozos que han hecho a los hombres y mujeres en los últimos siglos. Quién sabe si no sufrió abusos. Aquí, al menos, no contó nada, pero sin duda que entre sus compañeros se habrán generado relaciones turbulentas. Acá han venido muchachos con los puños rotos, por haberlos golpeado contra la pared luego de masturbarse, por no soportar la culpa… ¿Qué locura, cierto? Esto es parte del cambio. Son los estertores del hombre viejo.

La miré con asombro. Estaba agotado. Me sentí ridículo. ¿Qué estaba haciendo ahí, mientras Julia dormía lejos, sola, abandonada? Tuve un fuerte deseo de estar en casa, aunque me angustiaba la soledad de la cama; incluso la perspectiva de escuchar música se había tornado angustiante, porque me ponía al borde de la muerte: la de mi viejo, la de mi hermano, la de Julia, la mía… Regina se acercó, me rodeó con sus brazos de diosa arcaica y me apretó contra su pecho. Me tomó la cabeza y me miró a los ojos.

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La música del mar X, arte digital.

—Necesitás hablar… —dijo y me llevó hasta su habitación. Se recostó en la cama y me indicó que me sentara a su lado—. Te hicieron un daño, pero lo tuyo viene d antes —sin quererlo tuve un estremecimiento. El cuerpo me traicionó y comencé a temblar. Quise huir pero algo más fuerte me impulsaba a quedarme junto a ella. Me tomó las manos, con fuerza y ternura—. A ver, contame. Hay una muerte que te marcó desde chico, y otra que te dejó perplejo…

—Sí, la de mi viejo, primero, y de mi hermano, después. Mi viejo murió de una enfermedad larga y penosa, que abarcó toda mi infancia; mi hermano se ahogó en el mar, hace unos años… Era músico… Una muerte inesperada…

— ¿Qué más?

—Yo, poco tiempo antes de la muerte de mi hermano, hice algo que no pueo soportar, porque ni siquiera pude hablarlo con él, ni pedirle perdón… Lo engañé, lo traicioné…

Hundí mi cabeza en su regazo y ahogué las lágrimas. Tenía frente a mí la escena, volví a verla con toda su bella y atroz realidad: el balneario, la tarde con la playa desierta, la sudestada en plenitud, la intimidad casual en la habitación de madera, el ruido del viento en las ventanas, la furia del oleaje. Y ella, la novia de mi hermano, repentinamente hablándome en un tono confidencial y seductor. Que de verdad quería a mi hermano, pero que no había sido fiel, que otros chicos la atraían, y que mi hermano solo pensaba en la música, en tocar y estudiar, se sumergía en el piano, horas, días, semanas enteras, se olvidaba de ella, y ella por etapas se aburría, quería salir, divertirse, y entonces salía sola o con amigas, y no resistía que otros la miraran, la invitaran, la sedujeran… Que entonces por todo eso se sentía culpable, y así, sufriente, desvalida, se acercaba, víctima de sí misma, buscando en mí protección, refugio, perdón, y yo turbado por esa presencia bella que había intentado seducirme otras veces, con miradas e insinuaciones, ese cuerpo alto, sensual, de piel oscura, apenas cubierto por una bikini diminuta, y yo tentado a acariciarla, a sentir su piel erizada por el frío, y enseguida lairresistible cercanía, la respiración… y ella sabiendo qué hacer, viniendo hacia mí y yo sin decidirme a rechazarla… Y luego de coger, negarlo, rechazarla, para volver a hacerlo otra vez… allí, en ese lugar secreto cercano al mar…

—Una traición que no puedo contarte —dije, por fin, restableciéndome.

—No importa que me lo cuentes a mí, importa que te lo puedas contar a vos mismo, aceptar lo que pasó, y perdonarte. Seguro que tu hermano ya te perdonó.

Me acosté a su lado. Ella se incorporó y me invitó a meterme bajo las mantas. Sentí enseguida la calidez de su cuerpo, que a pesar de su volumen, era liviano y suave. Me apoyé en su hombro y deslicé mi mano bajo sus ropas hasta alcanzar el hueco del ombligo, la piel suave del estómago. Ella se estremeció y apoyó su mano sore la mía, con fuerza, para inmovilizarla. Nos quedamos así.

—Sos un mujeriego que sufre…

—No soy un mujeriego, soy un mamero… Mirame nomás acá… —nos reímos, nos relajamos.

—El daño viene de Cintia, supongo —dijo Regina—. Aprendió cuando estuvo en el grupo de Nelda, pero aprendió mal. Es probable que haya acudido a alguien, algún brujo o curandero, y como no tuvo los resultados esperados, accionó de otro modo.

— ¿Te parece?

—No hay que descartar que el ataque sea una cuestión suya.

— ¿Por qué? ¿Qué sentido puede tener golpear así a su amiga?

—Ya debe estar arrepentida… Para Cintia, las mujeres son pura competencia. Y es impulsiva. No es la primera vez que tiene reacciones violentas, aunque nunca había ido tan lejos. Seguramente nunca quiso hacer un desastre como éste… Tiene problemas serios, la policía lo sabe y la protege.

— ¿Luro sabe todo? —Obvio. Pero Cintia, a su vez, sabe cosas de Luro, cosas muy raves. Por eso está segura de que va a evitar que la acusen.

— Luro me dijo que tiene una semana para resolver el caso.

—Si ella no lo cierra y entran otros a investigar, tal vez apunten contra Cintia. Ya el hecho de considerarla sospechosa le complica la vida a Luro.

—Me pidió que la ayude, que colabore con ella durante esta semana.

—Terreno resbaladizo, Jorge. Por eso te lo advertí de entrada: cuidate, no des pasos en falso. Si no consiguen nada. ¿A quién van a acusar? Vos seguís siendo candidato a chivo expiatorio.

gina se quedó callada. Me relajé, pero no pude dormirme. Mi cabeza estaba en llamas. ¿Cintia había sido capaz de un acto semejante? ¿Golpear o mandar golpear a su compañera, a su amiga? ¿O fue un atentado fallido dirigido a mí? ¿Una venganza de Cintia por haberla rechazado? ¿Tan loca estaba, tan hija de puta podía llegar a ser? Regina resopló. Relajada, completamente dormida, su respiración comenzó a sonar con un leve silbido ronco, regular. Intenté relajarme pero me resultó imposible. Moví mi mano, que ya estaba adherida a la piel de su estómago, y ella entonces rumió unas palabras incomprensibles y se dio media vuelta. La presión de su culo sobre mi cuerpo fue tan rotunda que me dejó al borde de la cama, haciendo equilibrio para no caerme.

—Estás ahí todavía —murmuró, y estiró la mano hacia atrás. Con hábil maniobra me bajó el calzoncillo y me buscó la pija, la tocó con suavidad, la acarició, y cuando se puso totalmente rígida, se arrimó y la introdujo, con precisión y delicadeza, en su concha. Sentí crecer el fuego y el vigor en todo el cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, como si se hubiera metido en mi torrente sanguíneo un caballo salvaje y galopara furiosamente en mis venas. Me invadió un intenso placer, me fui hundiendo en él hasta estallar y desvanecerme. Me desperté y escuché a los zorzales. Ya clareaba.

—El sexo es simple, natural, bello —murmuró Regina, y se dio vuelta para mirarme.

— ¿Y el punto alfa? Cintia me habló.

—Que sea natural y bello no excluye su complejidad. Pero el punto alfa no existe. Cintia confunde el punto g con el estado alfa. Ya te dije que confunde todo… Así pasa con las cosas mal aprendidas. ¿Sentiste algo especial?

—Sí, algo especial.

—Tal vez experimentaste algo parecido al punto g.

— ¿No es propio de las mujeres?

—No, no es exclusivo de las mujeres. Los hombres tienen el suyo. Reconocerlo es parte de la liberación espiritual.

***

Capítulo 3

Luro me había dejado tres mensajes. El primero, amable, apelaba a nuestra condición de socios en la investigación; el segundo, perentorio, casi una orden de que la llamara; el tercero, un ruego. Los ignoré, pero la progresión me preocupó, no hizo más que confirmar que Luro estaba cada vez más desesperada por resolver el caso. Había un mensaje más, de Amalia Ferrari: se había enterado de la agresión, preguntaba por Julia, quería verme. Medité unos instantes, decidí no contestarle a Luro y visitar a la psicóloga. Me recibió con afecto amistoso, me escuchó. Busqué en su rostro los efectos de mi relato, pero se mantuvo imperturbable, de un modo que no implicaba indiferencia; una actitud atenta pero distendida que me invitaba a continuar hablando. Sin darme cuenta me fui por las ramas: nombré a Julia, a Cintia, a Luro, a Nelda, a Regina, a Miguez… Personas y situaciones circulaban en mi exposición, sin que ella modificara su actitud, lo cual me incomodaba y me tranquilizaba a la vez. Cuando por fin hice una pausa, preguntó:

— ¿Y la investigación sobre Beethoven? ¿Cómo va? —Me extrañó que saliera con eso, me encogí de hombros. Insistió—: Lo que viniste a consultar la primera vez, ¿te acordás? El perfil psicológico de Beethoven.

—Fue una excusa para venir. Además no le diste importancia.

—No llegó a ser una consulta profesional. ¡Cómo no va a ser importante Beethoven!

—La investigación, el perfil psicológico, en realidad se muy poco de Beethoven; leí la biografía de Ludwig, la de Bruno Walter, pero los datos de su vida me aburrieron, me concentré en la música.

—Está bien. La música es lo mejor de Beethoven. Lo demás, ¿quién sabe?

—Sí. ¿Quién fue Beethoven, en realidad? ¿Quién es ahora para nosotros?

—En cambio, la música está ahí. Y estás vos, que a través de ella podés comunicarte con él, un tal Ludwig Van Beethoven, que ya está lejos, borroso, perdido en el tiempo.

—Algo así me pasa —Amalia guardó silencio. Yo estaba incómodo y excitado, ganado por una emoción confusa—. Me pasa algo muy loco —dije por fin—. Me parece que la música me va a contactar con mi hermano, un hermano músico que murió hace dos años.

—Qué bueno, Jorge. ¿Lo estás logrando?

—Tengo recuerdos, que recupero a medida que escucho. Pero se van desvaneciendo, también, poco a poco. Queda una imagen, muy tenue, difusa.

— ¿Y la música de tu hermano?

—No llegó a grabar nada.

— ¿Le hablás? ¿Te comunicás con él de alguna manera?

—No, no le hablo, pero alguna comunicación hay. Como si nos miráramos. A veces lo imagino, veo su rostro, siempre sonriente. Me pasa esto: sé que está cerca, como si estuviera acá, por ejemplo, en este ambiente, pero en el aire mismo hay un velo que nos impide verlo. Un velo que nos separa de otro mundo que no está lejano, pero que nos resulta inaccesible. La sensación, inexplicable, es que a veces la música tiende un puente hacia ese mundo.

—Qué bien, Jorge; es hermoso lo que te pasa. Uno nunca sabe qué hacer con sus muertos. ¿Cómo será cruzar esa frontera? Seguramente del otro lado yo no sea la psicóloga ni vos el paciente, y no haya entre nosotros ninguna diferencia. Supongo, no sé.

—Hay gente que sabe.

—Creo que sólo podemos hacer conjeturas. Es difícil tener certezas al respecto, aunque no imposible, claro…

Amalia bajó los ojos, entró en un estado de reflexión, de ensimismamiento.

—Tengo algo más que preguntarte —dije.

—Venga —dijo, recomponiéndose y sonriendo.

— ¿Crees que Cintia pudo haber atacado a Julia?

—Mirá, voy a ser franca —dijo, sin sorprenderse por mi pregunta—. Cintia tiene problemas, es agresiva e imprevisible. Pero no creo que llegue a esos extremos.

—En el caso que haya una acusación en su contra, ¿atestiguarías como profesional para dar su perfil psicológico?

— ¿Vos que querés?

—No tengo nada contra ella, pero hay indicios de que pudo haber sido un ataque de celos. Lo que pasa es que hay una maniobra para encubrirla. En ese caso, tu aporte puede ser útil.

Amalia se levantó y buscó un cigarrillo. Caminó por el consultorio. Pasaron varios minutos.

—Bueno, sigamos la charla en un lugar más informal. Vení —Pasamos a la cocina. Amalia se perdió en los interiores de la casa y volvió a los diez minutos vestida con equipo deportivo y zapatillas. Siempre en silencio, preparó mate—. Hace unos años el marido de la gorda Luro se fue con otra mujer. Esto a ella no la afectó mucho, pero el tipo la amenazó con sacarle la hija, y eso sí la sacó de quicio. Poco tiempo después, el tipo y la nueva mina aparecieron muertos en un pueblo perdido de una provincia del norte. Luro contó con la complicidad de Cintia; una complicidad obligada, compulsiva, como suele ocurrir entre jefes y subordinados. El crimen nunca se aclaró, ni hubo imputados.

— ¿Y vos cómo te enteraste?

—Cintia me lo contó.

— ¿Cómo llegamos a que Cintia atacó a Julia?

—Es que no llegamos, en realidad. Lo que quiero explicarte es que Luro quiere cerrar el caso porque teme que Cintia denuncie lo que sabe. Siempre le tuvo miedo a Cintia, porque es una chica desequilibrada. En su terror paranoico, todo este tiempo la mantuvo bajo vigilancia, no le pierde pisada. Y ve enemigos por todas partes.

— ¿O sea que quiere sacarla a Cintia de cualquier sospecha?

—No quiere que Cintia se asuste, ni se sienta amenazada, ni acusada.

—Esto explica la actitud de Luro. ¿Pero Cintia, como autora de la agresión? ¿Es posible?

—Yo creo que Cintia no intentaría matar a nadie, menos a una amiga.

—A Luro le dieron una semana de plazo.

— En tal estado de paranoia, y apretada por los plazos, Luro es un peligro. Está buscando un chivo expiatorio, y lo va a encontrar.

— ¿Así de fácil?

—Puede enganchar a alguien y enredar las cosas, que todo se empantane. ¿Cuántos casos hay de tipos que se comen años de prisión preventiva antes de que los juzguen?

— ¿Y si se descubre que Cintia tuvo algo que ver?

—Te repito que no creo, y hoy debe estar lejos de Luro, imaginate. De todos modos, estoy dispuesta a dar un perfil psicológico de Cintia, pero únicamente en el marco de una acusación muy concreta, con pruebas firmes. Ahora bien, si hay algo que hacer contra Luro, contá conmigo. Me debe unas cuantas.

—Al final, Amalia, algún perfil psicológico tenía que pedirte, aunque no sea el de Beethoven.

—Pobre Beethoven… ¡Todo esto empezó porque lo traicionaste, en aquel viaje! Pero yo creo que él no te abandona, en esta guerra sigue siendo un aliado tuyo.

—Me di cuenta de algo: su música, con todo el dramatismo y el dolor que tiene, no me tira nunca para abajo.

—Es vital.

—Sí, y fuerte. Aunque duela y conmueva, te fortalece.

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La música del mar XI, arte digital.

Ni bien salí a la calle me topé con un móvil policial. A través de la ventanilla noté la sonrisa falsa de Luro, levanté la mano para saludarla y seguir mi camino pero entonces el vidrio de la ventanilla bajó lentamente y escuché su voz firme y pastosa ordenándome que subiera. Me acomodé en el asiento de atrás.

—Hola, Jorge, ¿Cómo estás? ¿Escuchaste mis mensajes?

— Sí; estuve muy ocupado.

— ¿Problemas psicológicos?

— ¡Qué te parece! La mujer que amo está dormida en un hospital. ¿Nunca tuviste que pasar por algo así, que ataquen a una persona amada y la dejen dormida para siempre, en un sueño parecido a la muerte? —Me arrepentí al instante de haber hablado, pero saqué energía de mi propia desesperación y del recuerdo de Amalia, que me había infundido una extraña fuerza. Ante el silencio de Luro, continué—: Parece que ustedes, los policías, no tienen problemas psicológicos. Lo arreglan todo a los tiros.

Ella se mantuvo inexpresiva durante unos segundos. Después sonrió.

—Muy observador, Jorge, pero me parece que estás expresando los tradicionales prejuicios de los civiles hacia los uniformados. Yo soy de avanzada, no te olvides que dimos un curso de psicología para el personal femenino, y que tanto Cintia como yo hicimos consultas psicológicas.

— ¿Les sirvió para algo?

—Ah, no sé a ella. Yo fui una sola vez. Lo mío no era nada. Además, esa mujer… —Luro le tocó el hombro al chofer y le indicó con el índice de la mano derecha que continuara por la misma calle—. Ahora, socio, hablando en serio: ¿cómo va todo? ¿Qué tal la charla con el periodista Miguez? No sabía que se juntaban a cenar.

—El otro día cenamos juntos, de casualidad.

—Es un buen muchacho.

—Sí, de veras me cayó bien.

—Un poco fantasioso, a veces. Pero eso es parte de su oficio. Decime: con respecto a lo que te encargué. ¿Averiguaste algo?

— ¿Qué tengo que averiguar yo? Los policías son ustedes.

Luro tosió, con una tos seca. Después miró por la ventanilla un rato largo, encendió un cigarrillo.

—Disculpame, tenés razón. Pero me refería a Regina, al grupo de la iglesia nueva. Te pedí un poco de información, nomás.

—Ahí no pasa nada malo. Es buena gente. Nada que investigar.

— ¿No viste nada raro?

—No.

—Acordate del informe de la Iglesia. ¿No hacen esas cosas como la copa que se mueve, llamar a los espíritus de los muertos?

—No, yo no vi nada de eso. Lectura, oración, trabajo; eso es todo.

Luro volvió a tocarle el hombro a su alcahuete. Le indicó con el dedo índice que doblara a la derecha.

—Decime Jorge, ¿Por casualidad no viste a Cintia?

—No, hace mucho que no la veo.

El patrullero se fue acercando a mi casa. Se detuvo.

—Chau, socio. Descansá, y no desaparezcas. Acordate que estamos muy comprometidos en esto.

La última frase, casi inaudible, me inquietó. Le di la mano y busqué la puerta de casa. El patrullero no arrancó hasta que abrí y entré. Sin encender la luz fui al teléfono. Había un mensaje de Miguez. Me invitaba a oficina, sugería que tenía algo importante que contarme. La invitación me alegró. Antes de salir, borré el mensaje. Llamé al hospital. Julia permanecía estable. Le habían cambiado la medicación, por tres días, plazo mínimo para probar si producía el efecto esperado. Drogas muy costosas de las que se hacía cargo la obra social de la Policía, y que en pacientes de Estados Unidos habían tenido éxito. Alentado por estas noticias caminé hasta la oficina de Miguez, en realidad un departamento de un ambiente, bien equipado, que usaba como lugar de trabajo. Me recibió con la guitarra desenfundada y rodeado de cancioneros. Enseguida le dí una grabación del concierto triple. Lo miró con curiosidad y me agradeció. Tomó la guitarra y comenzó a desgranar con gran concentración una melodía de Jaime Ross. Era difícil, pero se las arregló para atravesar sin tropiezos los punteos de la introducción. Después empezó a cantar. Su voz era agradable, pero desafinaba, y parecía no darse cuenta de que entre la melodía y la voz había una disonancia. Dolido en mi sensibilidad auditiva, superé el trance imaginando dos trazos paralelos, dos caminos que desde un tronco principal se abren y no vuelven a tocarse, salvo esporádicos roces, breves convergencias, que no alcanzan a producir la ilusión de que esos dos caminos volverían a ser uno. Cuando terminó me miró con satisfacción. No pude controlarme y le pedí la guitarra. Toqué una de Serrat que me sabía completa. Miguez me siguió a tientas y me pidió que tocara otra. Yo tenía un repertorio de ocho o diez temas que tocaba desde joven. Mi relación con la guitarra se había estancado, pero ese puñado de canciones lo recordaba bien, y tenía una voz aceptable. Miguez cantó conmigo y celebró mi incursión en la escena, pero cuando terminé la segunda canción me pidió la viola y avanzó un paso más: abrió una carpeta con temas propios. Estaba visiblemente entusiasmado y su concentración aumentó. Cantó algo interesante. Había poesía en las letras y la melodía era simple y agradable. Fueron unos minutos en que pareció perderse en sí mismo, olvidarse del lugar donde estaba, incluso de mí.

—Buenos temas —dije.

—Gracias. Tengo unos cuantos. Alguna vez los voy a editar. Pero ahora comamos algo y te cuento —Nos sentamos y enseguida trajo una pizza casera, de muzzarella y jamón—. Nada especial, como podés apreciar.

—Un lujo, che. La pizza siempre es bienvenida.

—Bueno, te cuento: ayer hablé con uno que trabaja en la Fiscalía, un pinche de esos que saben todo. Me contó de una grabación, con un mensaje que dejaron en tu casa después del atentado.

—Sí, seguro. Es uno de los pocos elementos que hay.

—Que había, Jorge, que había. Me contó este flaco que la grabación desapareció. Pum, de golpe, la cinta no existe.

—Hijos de puta… ¿No estaba bajo custodia?

—Si, a veces ponen el zorro a cuidar a las gallinas.

— ¿Cómo puede ser? ¿Nadie se hace cargo?

—El fiscal le hace una reprimenda a alguna de las personas a cargo de la custodia. Alguna sanción menor, por negligencia, y a otra cosa mariposa. No pasa de ahí.

—Estamos bárbaro, ¿no?

—Así estamos, como el orto —Miguez sirvió cerveza en los dos vasos—. Salud, compadre.

—Salud.

—Y vos, ¿tenés alguna novedad?

—Julia sigue igual, y Luro me persigue para que le tire datos de los grupos. Anda atrás de algo.

—Luro es peligrosa.

—Me dijeron que mató al marido y a su nueva mujer.

—Eso nunca se comprobó.

— ¿Y por qué tanto apuro ahora por cerrar este caso?

—Para mí hay algo con el caso Cristani. No sé… es una cuestión de olfato, nomás.

Entonado, abrazó otra vez la guitarra. Miré la hora. Eran las doce y quería irme; quería levantarme temprano y volar al hospital, contemplar a Julia aunque sea dormida, quieta, moviendo apenas las aletas de la nariz con el soplo divino de la respiración que la mantenía con vida. Me recosté en el sillón mullido, me relajé. La voz de Miguez inundó el espacio mientras la imagen de Julia emergía de la cama del hospital, cobrando vida. Me miraba, me reconocía, me nombraba. La recordé llegando al restaurante, a nuestra primera cita, nerviosa y radiante, con una vincha blanca cubriéndole la frente y el pelo oscuro cayendo en muchas trenzas finas sobre los hombros. Y la vi sonriente y distendida, a orillas del mar, cuando caminamos hacia el Faro de los Cangrejos, y escuché su voz, insistiendo en que nos casemos, y su proyecto de mudarnos a otra ciudad, bien al norte, a su tierra natal, o a la montaña, a cualquier lugar lejos de la costa adonde había llegado no por desearlo, sino por decisión de la Fuerza… ¿Y por qué la policía? Por un reclutamiento que llegó a todos los rincones del país. Una Providencia para darle a la nena una profesión segura, la que sus padres hubieran querido para Julio, el hijo varón que debería haber llegado en su lugar. Y la muerte de sus padres en un lejano paraje formoseño, y la Fuerza como familia adoptiva, y la soledad, las amistades y los celos y las envidias entre las compañeras. Y vos sos todo para mí, en el exceso mismo del amor, declarado una y otra vez, antes, durante y después de los abrazos y los besos y los dulces gemidos, y cómo eras antes de que yo te conociera, y qué forma tenía el mundo y qué mirabas a la mañana y qué pensabas a la noche y cómo respirabas cuando yo no estaba en tu vida… Y yo, a cuentagotas: el rostro de mi viejo, sí, de verdad, no llegué a conocerlo sano, sí, se enfermó antes de que yo cumpliera tres años, no se recuperó nunca, fue empeorando… Tenés razón, es duro, pero a todos nos toca algo, y muchas veces lo imaginé vigoroso y fuerte; sí, era parecido a mí, en cambio mi hermano era igualito a mi vieja: cara redonda, nariz chata, medio rubión… Mi vieja se las arregló como pudo con el balneario y lo sacó adelante y dijo siempre que Dios la iluminó, y yo desde hace tiempo me hice cargo del negocio y todo va bien, bastante bien, trabajo fuerte en verano y en invierno hago changas para no gastar la guita…

— ¿Te dormiste o los temas te conmovieron? —dijo Miguez, trayendo otra cerveza.

—Me conmovieron, che, la verdad sea dicha. Pero con más cerveza me duermo de verdad.

Nos reímos.

—Hay un tema que nunca me sale —dijo—. A ver si lo conocés.

Pasó las hojas hasta detenerse, enseguida empezó a tocar Mujeres, una canción de Silvio Rodriguez. Cantamos juntos. Pero la guitarra no acompañaba bien, y nuestras voces no se acoplaban. Sin embargo, Miguez continuó, y su expresión se transformó por obra y arte de la melodía y de la poesía, su voz sonó cargada de sentimiento, al punto que la discordancia pasaba a importar menos, y yo sentí que la molestia del oído desaparecía y la emoción se desplazaba hacia zonas interiores donde la canción y la expresión ganaban una fuerza visceral, potente, como si los sonidos tuvieran la capacidad de introducirse en las profundidades del corazón.

— ¿Sabés tocarla? —me preguntó.

—No, los temas de Silvio no me salen. En realidad, tendría que practicar mucho, pero no le dedico tiempo.

—Yo al revés, le dedico todo el tiempo que puedo, y tampoco me salen.

Sonrió, aunque no perdió la seriedad.

—Pero tenés todo muy organizado —dije.

—De a poco voy juntando.

— ¿Tomás clases?

—No. Alguna vez, pero no funcionó. Soy autodidacta. —Sonrió otra vez—. ¿Vos?

—No le doy bola. Tocaba cuando era pendejo, después fui dejando. Aparte tenía a mi hermano, que era un fenómeno. Desde chico arrancó con el piano.

—Bueno, eso pasa. Hay gente que tiene algo especial, desde la cuna. Fijate el Flaco, compuso los primeros temas de Almendra antes de los veinte años.

—Sí, ante eso uno queda medio shockeado.

—Si uno pretende ser Spinetta o Beethoven, claro. ¿No se te ocurrió tocar con tu hermano? Piano y guitarra. Hubiera sido bárbaro.

—No, qué iba a tocar yo con él. Lo mío era muy básico.

—Bueno, che, la base es lo de abajo, después se puede ir creciendo. ¡Salud! —dijo, y me acercó el vaso. Tomamos un trago y para mí fue el último. Me fui, tratando de recordar en qué ropero, sótano o rincón había dejado la guitarra.

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La música del mar XII, arte digital.

Esa noche dormí profundo hasta que tuve un sobresalto. Por la luz que se colaba en las rendijas de la persiana supe que había empezado a clarear. Cerré otra vez los ojos y volví a ver a la muchedumbre reunida en la pista de baile. En medio de todos, una pareja se movía con alegría desbordante. Por la estatura, parecían niños, pero eran dos mayores que no pasaban del metro cincuenta. Lo distintivo en ellos era la felicidad; transmitían la fascinación de habitar un mundo propio, eran las dos partes simétricas de la naranja, un todo redondo y perfecto. No les importaba lo que sucedía alrededor. La gente linda, alta, elegante, bailaba normalmente con expresiones típicas, vulgares: fastidio, euforia, ansiedad, seducción, hastío, alegría, pero nadie parecía tan feliz como ellos. Yo circulaba entre los adultos buscando cosas ricas para comer, hasta que descubría a mis primos llevándose mi guitarra. Eran los patoteros de siempre: mayores y en grupo, nadie podía contra ellos. Los perseguía hasta una habitación, lejos del epicentro de la fiesta. Cuando los enfrentaba, empezaban a sacarle las cuerdas, riéndose, burlándose de mí, que los miraba sin reaccionar. Luego la rompían contra el suelo y la pisaban… Me desperté agitado. La luz era más intensa en las cortinas. Intenté dormir de nuevo pero pensé en Julia y decidí adelantar la partida. Tomé unos mates, y salí a la ruta. Después de un rato de silencio, mecánicamente, puse música: la sonata Patética. Entonces algo pasó, algo sorprendente: sentí que los magníficos acordes del piano me molestaban. Apagué la música. El silencio fue un remanso. Sentí curiosidad, una curiosidad divertida. Volví con la Patética, y otra vez: molestia, como si escuchara ruido, un sonido extraño. Descubrí entonces que la música era una irrupción inoportuna para el pensamiento silencioso que discurría en mi interior. Un pensamiento sin contenido, sin ideas. ¿Qué me pasa? me preguntaba, una y otra vez, extrañado de mí mismo, pero con la íntima alegría de dejar correr una melodía muda que sonaba en mis pliegues recónditos, un ritmo que se instalaba en mi respiración. Recordé una frase del propio Beethoven: “Necesito oír el silencio dentro de mí para poder oír la música”; y otra: “Cuando el silencio te envuelve, tu alma puede cantar”. Cuando el silencio te envuelve… repetí, y entendí que no era sólo una bella frase, sino un descubrimiento personal, una enseñanza, una experiencia emocionante.

El hospital de Mar del Sur quedaba en las afueras de la ciudad, en el extremo oeste, cerca de la ruta de acceso. Esta ubicación le daba un rasgo marginal, y no era casual que formara un mismo conjunto edilicio con el antiguo leprosario, que luego fue manicomio, y ahora era el sector psiquiátrico, al que la gente seguía llamando el loquero. Tuve que estacionar el auto en la calle, porque la entrada estaba bloqueada por una huelga del personal auxiliar. No eran más de veinte personas, pero habían colocado cubiertas que impedían el ingreso de vehículos, salvo las ambulancias. La falta de limpieza se notaba en los pasillos y en las salas de espera. La huelga llevaba dos días y pacientes, enfermeras y médicos circulaban por un edificio que parecía en ruinas.

Sufrí por Julia, que se debatía entre la vida y la muerte en la más absoluta soledad, aunque guardaba la íntima esperanza de que la inconsciencia en la que estaba sumergida se pareciera al paraíso o al limbo, en cualquier caso a un espacio ajeno al dolor, a la conciencia de nuestra soledad, las angustias, el miedo de vivir. Yo, en todo caso, estaba más solo, porque sabía que estaba solo, y podía sentir la soledad de Julia como una duplicación de mi propia soledad. Y en esa mugre reinante, que ella no percibía, la desolación se hacía más triste. En la sala de terapia una enfermera me informó que Julia había sido trasladada al Hospital de la Policía. Corrí hasta el teléfono. El Dr. Medina se disculpó por no haberme avisado del traslado. Tomó la decisión ni bien supo que había una cama libre en el Policial y la premura estaba justificada, porque allí llegaban continuamente policías enfermos o heridos y era difícil conseguir una plaza. Me dijo, por fin, que Julia estaba respondiendo bien a la medicación, que al menos no la había rechazado, y eso era un paso fundamental. Le avisé que salía para allá. Me frenó. Julia estaba aislada, no podía verla todavía, nadie podía verla.

—Mañana a la mañana —ordenó.

Decepcionado, caminé hacia el loquero. Recorrí el muro perimetral, rotundo y alto, buscando palmo a palmo mínimos espacios que me permitieran mirar hacia adentro, espiar la vida de los locos. Ahí está el asesino de los hermanitos Cristani, pensé. Y me corregí enseguida: el acusado y condenado, tal vez inocente. ¿Nunca lo sabremos? La gran dificultad estaba en que no se podía creer en sus propias palabras, y eso era una frontera. Se condenó a sí mismo, se autoinculpó, y ni siquiera eso es una certeza. Por fin, en uno de los vértices donde dos placas del muro se unen, una abertura me permitió ver el amplio parque de pasto recién cortado, prolijos canteros con flores coloridas, y robustos árboles, establecidos en un orden geométrico, que daban al parque el notable aspecto de una maqueta bien estudiada por una mente profesional. Todo rezumaba orden, inteligencia, y dentro de esa estructura deambulaban los locos. El paraíso de paz y armonía aquietaba las febriles almas extraviadas de estos hombres fallidos, muchos de ellos inocentes de todo, otros culpables de actos criminales, realizados quizás con la misma espontaneidad con la que juegan a la ronda, girando de la mano bajo los enormes eucaliptos que les brindan sombra e intimidad, o caminan solos hablando y gesticulando, o babean sentados en un banco, uno al lado del otro. Alguno de estos debe ser el condenado, el que vio a los chicos jugando en el basural, como tantas otras veces, haciendo travesuras o juntando objetos de valor, y ese día fatídico los vio entrar en la vieja heladera, y se acercó, intrigado al escuchar los gritos de los nenes, en trance de muerte. Y ni siquiera atinó, por instinto animal, a salvarlos. Y era tan simple: abrir una puerta. Y con ese gesto los hubiera liberado. Pero tal vez otro impulso lo llevó a empujar la heladera, a hacerla rodar por la basura, gritando, excitado, poseído de furor y mezclando su voz con las cada vez más sosegadas de los pibes… Me sobresaltó el ulular de una sirena. A unos cincuenta metros, en la entrada del loquero, una ambulancia se había detenido, custodiada por un patrullero. Me acerqué rápido. En pocos minutos llegaron curiosos a observar el operativo y también reporteros, entre los que distinguí a Miguez. Apuré el paso y me puse a su lado.

—Estaba escrito —dijo—. Detuvieron a Rogelio Rodriguez Bustos, el loquito que estaba en el grupo de Regina.

La gorda Luro supervisaba desde el patrullero. Ignoró a Miguez y me hizo una seña para que me acercara.

—Se aclaró todo —dijo después de encender un cigarrillo—. Este pobre muchacho huyó a las sierras después de golpear a Julia. Lo encontramos medio congelado, en una gruta del cerro Uritorco. Tenemos testimonios de gente que pasó por el grupo Despertar. Uno de ellos estuvo la noche que le dijeron a este pobre diablo que fue el soldado romano que le clavó la lanza a Jesucristo, cuando colgaba de la cruz. Ahora en la cruz está él. —Dio una pitada larga y agregó—: Ya estaba medio trastornado y se volvió loco del todo. Alguien le escuchó decir que el grupo Despertar estaba ganado por el demonio. Así que es evidente que tenía fuertes motivaciones para atacar a cualquier integrante, o tal vez uno por uno a todos, para reparar con este acto la maldición que pesaba sobre él, o en una de ésas quería evitar que sus integrantes se multiplicaran pariendo niños… Sé que esto es cruel para vos, es duro decirlo, Jorge, pero así es el mundo real… Ahora me falta investigar si Regina fue la autora intelectual, cosa que yo sospecho seriamente. Pero eso lo decidirá el juez. Con este muchacho detenido ya tenemos la punta del ovillo —Se hizo un silencio—. ¿No me felicitás?

—No sé qué decirte… Espero que tengas razón.

—Por supuesto… Te expliqué la situación rápido antes de que tu amigo te diga cualquier cosa. Los periodistas son imaginativos, y siempre llegan tarde —Miguez se acercó—. Hola Miguez, no lo había reconocido.

— ¿Me puede explicar qué pasa?

—Pase más tarde por la oficina y le entrego un parte de prensa. No puedo hacer declaraciones todavía, por el secreto de sumario.

Miguez hizo un gesto de fastidio y se alejó. Lo seguí. Vimos el traslado del detenido, a pocos metros de un improvisado cordón policial. Las puertas traseras de la ambulancia se abrieron y salió un muchacho rotoso, con el pelo crespo hecho una mata y la barba ensortijada y dura. El revoltijo de pelo le cubría casi toda la cara, de piel cetrina, pero los ojos se abrían paso como dos rayos de fuego negro, reconcentrados de antiguo furor, un furor extinguido.

—Yo no me creo esta historia —murmuró Miguez.

— ¿Está dopado? —pregunté, tratando de concentrarme en el sujeto que, según esta primera versión policial, era el que había agredido aquella noche a mi querida, a mi amada Julia indefensa. No sentí odio, no podía. Cuando nuestros ojos se cruzaron, tuve un escalofrío. En la mirada del loco persistía una profundidad inquietante, pero fue él quien apartó la vista de mí y la dejó perdida en un punto neutro, como si no entendiese las circunstancias dramáticas en las que se encontraba, como si no le importara nada. Entonces sus ojos volvieron otra vez a los míos. Ahora eran intensamente humanos, formulaban y a la vez respondían las preguntas que yo mismo me había hecho tantas veces: ¿qué soy?, ¿qué somos? Somos esto, esto que ves. Soy el niño y el viejo, el muerto y el recién nacido, la mujer y el varón, el sano y el enfermo, el asesino y la víctima, el culpable y el inocente, el libre y el esclavo. Y soy, por sobre todo, el loco y el cuerdo… El operativo demoró el tiempo que Luro quiso, el tiempo que ella se tomó para bajar del móvil e integrarse a la escena. Se colocó al lado de la ambulancia, junto a los camilleros y el detenido, y esperó a que su chofer y lacayo tomara varias fotos. Después, con aire satisfecho y grave, de prócer que afronta un deber con valor y resignación heroica, ordenó que internaran al reo.

 

Tercera parte

Capítulo 1

Nelda me recibió en la medialuz del patio con insólito fervor, me estrujó con sus brazos redondos y me invitó a pasar. El living estaba colmado. Reconcentrados, los diez integrantes del grupo miraban hacia abajo. En una esquina penumbrosa, un hilo de humo se elevaba y derramaba un sutil aroma. Alguien apagó la luz grande y el lugar quedó apenas bañado por el resplandor de una lámpara apoyada en el piso.

—Desde el punto de Luz en la Mente de Dios, que afluya Luz a las mentes de los hombres; que la Luz descienda a la tierra —comenzó Nelda, con voz lenta y grave. A la Gran Invocación siguió un breve silencio. Luego puso la reunión bajo la protección del rayo verde de la curación, e invocó a los Maestros. Minutos más tarde, sólo se podían sentir respiraciones, contenidas toses, levísimos movimientos de cuerpos. Un ruido, fuerte y seco, nos sobresaltó. Lidia, una de las mujeres de mayor edad del grupo, se había derrumbado y yacía en el piso. Al susto inicial siguió la ágil reacción de Nelda, que se acercó y le apoyó las manos en las sienes.

—Es el maestro Jesús —dijo, y empezó a temblar. Su voluminoso cuerpo amenazaba con provocar un desparramo, pero el temblor llegó a un límite y fue disminuyendo hasta ceder por completo—. Todos somos hijos de la misma luz —dijo entonces, con una voz distinta a la suya, una voz masculina y con leve acento extranjero. A una indicación suya, extendimos los brazos y nos tomamos de las manos—. La hija de la luz está cerca de la luz, la luz es vida y amor, la luz y el amor la salvarán.

El silencio, desde entonces, fue prolongado. Finalmente Lidia reaccionó, se levantó como atontada y lloró, durante un rato largo, con un llanto íntimo, sin dolor; un llanto de conmoción y desconcierto. Nelda estaba agotada. Perlitas de sudor le brillaban en la frente. Cada uno volvió a su lugar, al recogimiento, y volvieron las toses, las respiraciones, los leves crujidos de los cuerpos, hasta que el ambiente cobró calor y energía, y me sentí envuelto en una ensoñación, una quietud, y aparecieron en la pantalla de mi mente sucesivas imágenes que fui desechando hasta que desaparecieron; por unos instantes floté en un vacío blanco, sin tiempo. Cuando terminó la meditación, tuve más confianza en la recuperación de Julia. Le agradecí a Nelda lo que estaba haciendo. Ella hizo un gesto de humildad y me invitó a sentarme afuera, en el patio que daba al bosque de pinos, mientras el resto del grupo preparaba la cena. Me tomó las manos. Las suyas estaban ardientes, con restos de humedad que le habían quedado después del sudor. Me miró a los ojos, como para hacer una confesión o una declaración de amor.

—Me preocupa lo que está pasando con Rogelio. Necesito que me cuentes qué viste allá. Tengo miedo de que Regina lo haya entregado a la policía.

Se me hizo un nudo en la garganta. Era verdaderamente un planteo inesperado.

—Nada malo, no vi nada malo. Al menos nada que me haga pensar que Regina pudo haber hecho algo así.

Me soltó la mano. Se mantuvo unos segundos reflexiva.

—No la conocés —dijo y se acomodó en la reposera—. Quiero que sepas cómo son las cosas, para que estés advertido y esclarecido. Aquí, durante las meditaciones, a veces se revelan las vidas pasadas, es normal, porque nuestras almas han transmigrado. El caso de Rogelio se nos fue de las manos. ¿Cuánto podemos controlar nosotros, si el muchacho tiene problemas psicológicos, de familia, cuestiones básicas que nos exceden? Pertenece a una familia acomodada y adinerada, y bien sabés que el dinero te da mucho, pero también y sobre todo, te quita mucho. Así que el pibe está lleno de agujeros emocionales, afectivos, y allá, en la Iglesia Nueva, le potenciaron su parte enferma.

—Regina dice lo contrario, que allá lo compensaron.

—Regina está, ella misma, desequilibrada. Su propio proyecto es una locura, una confusión del ego. ¿De dónde sacó esa pretensión de ser la fundadora de una nueva iglesia, basada en el poder de la mujer?

Mientras Nelda hablaba, yo recordé las palabras de Regina: “Nelda pretende ser una reina. ¿No viste que no sale nunca de su casa, salvo para las jornadas de meditación? No anda por la calle, como yo. Se armó ese mundo a medida, como una araña que teje su red con paciencia…”

—Yo sé lo que hizo Regina —continuó Nelda—. Entiendo su estrategia: se llevó a los heridos de la Iglesia Católica, los pedazos que fueron quedando de seminaristas, monjas, curas, laicos, gente que, pobrecita, no sabía para dónde agarrar… Les propone construir una iglesia nueva, volver a los primeros cristianos, y con ese invento de la era femenina cierra todo el paquete. Pero el tema sigue siendo el poder. Las chicas se sienten reivindicadas, y los muchachos extrañan a las mamás y se le cuelgan de las tetas.

Y yo, mientras tanto, había recordado: “Nelda anda escondida porque pesa más de cien kilos y tiene vergüenza, pero allá, en su telaraña, espera, agarra y no suelta. Y vos, estate atento, cuidate, porque con la facilidad de palabra y la energía que maneja, te puede dar vuelta y vuelta”.

—Pero acá a Regina le fue mal. Hizo algo de mal gusto. Porque vos podés ir a un grupo y destacarte, pero nunca, nunca, tenés que escupir el asado. Yo la invité, pero con el mismo grado de apertura con que invité a todos, con el mismo amor. Pero es una locura que se ponga a disputar mi lugar. Acá se trata de valores espirituales. Ella está obsesionada con el poder, por eso quiere ser un sacerdote mujer, quiere ser el nuevo Papa. Va por mal camino.

Regina, sin embargo, había dicho: “El buen camino es interior, en nuestro interior está la semilla crística. No hace falta mirar el cielo acostados entre los médanos, no es necesaria tanta teatralidad”.

—Fijate que ellos no miran al cosmos, no ven las señales. El cosmos es manifestación de Dios, morada de Dios, allí están nuestros hermanos, la casa de luz que habitaremos. Es falsa la división interior/exterior, pasado/presente. Regina mira hacia el pasado, para reivindicar y confrontar. Nosotros somos la superación, la unidad, el futuro.

Y Regina: “mirar el pasado es iluminar el presente, la fe de hoy se hunde en el ejemplo de los mártires del pasado. Sobre todo, de tantas mujeres que dieron su vida y fueron olvidadas”.

—Mirá, Jorge, todos esos rituales, esas imágenes, no son más que el intento por reemplazar una liturgia por otra. Nosotros somos etéreos, el Espíritu está en el viento, sopla donde quiere.

Sorbió un trago de agua. Busqué cambiar de tema.

—Yo vi el momento en que metieron a Rogelio en el loquero.

—Pobre Rogelio, sigue pagando… Ya te digo, cuando se fue con Regina, me vi venir el desastre. Porque lo de Regina no es nada nuevo: viejas doctrinas, mezcladitas, con algunos retoques. ¿Sabés cuánto va a durar? Un suspiro. La Iglesia Católica ya la tiene en la mira. Y con este escándalo de Rogelio, tiene los días contados.

— ¿Te parece que Regina tiene que ver con lo que pasa con Rogelio?

—De un modo indirecto, pero a los detractores les alcanza. A pesar de que estamos peleadas, no voy a entrar en el juego. Aquí estuvo la Sargento Luro para pedirme que acuse a Regina. Para presionarme, también, porque Rogelio tuvo aquí la famosa revelación. No, pará, le dije. Tengo principios. Pero quiere meter en cana a Regina, o al menos, conseguir elementos para dejar pegado para siempre a Rogelio.

—A mí me estuvo buscando también, me presiona para que acuse a la Iglesia Nueva de practicar espiritismo, ritos satánicos, creo que cualquier cosa le viene bien. Ahora, con una mano en el corazón: ¿Vos creés que Rogelio atacó a Julia?

—No, en absoluto. Imposible. Además, ¿Sabés lo que va a pasar? Te lo digo desde ya: a Rogelio lo liberan rápido. Lo que Luro no sabe, o en su desesperación, no quiere saber, es que la familia de Rogelio tiene más poder que la Iglesia y la policía. Y que a los padres no le importa que ande desnudo por las sierras, pero no se bancan la humillación de que esté preso, o internado, acusado de un crimen.

—No es un crimen —dije, dolido—. Julia está viva.

Nelda se puso pálida.

—Perdón, quise decir del ataque. Estoy muy embalada, disculpame. Es que este asunto con Regina me molesta no sabés cuánto. Todo lo que yo dejé aquí en este grupo y viene la otra y pretende llevarse mi gente.

—Está bien, tranquila. No pasa nada.

—Disculpame de nuevo. Además, lo importante es que vamos a empujar todos juntos para que Julia se cure. Ahora te explico. Vení.

Volvimos al living. Nos recibieron con la mesa dispuesta. Un menú vegetariano, con agua mineral. Comimos con ganas, distendidos, intercambiando sonrisas y comentarios triviales. A los postres, Nelda pidió silencio y explicó:

—La meditación colectiva es algo real, más real que las apariencias. Hay ejemplos, y esto ya lo hemos hablado en otra oportunidad, citando el libro Cómo crear salud, del doctor Chopra: se trata de poner en marcha la fuerza de la meditación en común, generar energía positiva en pos de un objetivo. En los Estados Unidos se comprobó que, cuando el uno por ciento de una ciudad se dedicó a meditar, bajó el índice delictivo; cuando dos grupos de distintas ciudades meditaron al mismo tiempo, a todos les aumentó la coherencia de las ondas cerebrales, hecho comprobado científicamente; otras experiencias mostraron que con una masa de gente meditando a la vez, aumentó la actividad de la bolsa de valores, bajó el índice de accidentes automovilísticos, y disminuyeron los conflictos internacionales. ¿Por qué no usar esta fuerza que tenemos en nuestras manos para que Julia se recupere? Porque hermanos, su ser cósmico no está dormido. Eso es lo que nos proponemos hacer, desde ahora hasta mañana a la noche, con los mínimos intervalos necesarios. Confiemos en que esta fuerza espiritual va a tocar el nivel profundo de la conciencia colectiva e influir directamente en la salud de nuestra hermana. Porque todo está unido, todo está conectado, todo es Uno.

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La música del mar XIII, arte digital.

Volví a casa, luego de agradecerles a todos, y busqué música. Saqué al azar, de los estantes poblados de Beethoven, pero me encontré con el regalo de Miguez: la selección de temas de Sabina. Sentí una leve incomodidad, pero lo puse, bajito, y me acosté. La voz áspera me resultó simpática; algunos versos me sorprendieron, otros me hicieron reír, hasta que me dormí profundamente. Me despertaron, casi a mediodía, unos golpes en la ventana de mi pieza. Me asomé: Miguez esperaba de pie, moviéndose ansioso. Levanté la persiana, la luz del sol entró como una cuchillada.

— ¿Qué pasa, che? ¿Por qué no llamaste por la puerta de adelante?

—No quería hacer bulla. Abrime.

Preocupado, fui a la puerta y abrí. Miguez entró como una tromba.

—Tengo novedades importantes.

—Sentate, esperá que traigo unos mates. Aunque sea dejame mear.

—Dale, dale. Te aguanto acá. Mejor preparate y vamos a tomar un café por ahí, después te explico.

Salimos en su auto. Tomó por la costanera y paramos en la confitería del muelle. Desde allí se abarcaba el mar y el centro de la ciudad, un paisaje hermoso y especialmente a esa hora del mediodía, con el sol reverberando en el agua.

—Tranquilo, Jorge. Mantengamos la calma.

—Sos vos el que está nervioso, che.

—Sí, tenés razón. Como dice el maestro, hay que pensar despacio para andar de prisa.

—Eso está bien.

—Está bárbaro, pero me cuesta ponerlo en práctica… Te cuento: ayer estuve con el director del periódico, mi jefe, Néctor Melcone.

— ¿Néctor? ¿No será Néstor?

—No, es Néctor, así le gusta que lo llamen. Así lo bautizaron los tanos, los pioneros.

—Está bien, seguí.

—Estaba muy informado del caso. Sobre todo, por el revuelo que causó la  detención de Rogelio. Me confirmó que Luro metió la pata. Pero la metió mal, hasta el culo. El pibe es de una familia de mucha guita, dueña de campos. La gorda no midió las consecuencias, o se dejó llevar por la ansiedad. La cosa es que al tipo lo van a largar, máxime que no tiene mucho sustento la acusación, porque no pudo conseguir testigos contra el grupo de meditación.

—Algo me dijo Nelda, ayer.

—Y, ya se corrió la voz. Lo concreto es que Luro se las ve difícil. Pero, y ojo al piojo, dice Melcone que tiene otra carta en la manga, que es inculparte a vos, usando el testimonio de unos matones que trabajan para ella.

— ¿Y Melcone cómo lo sabe?

—El tipo conoce, tiene alcahuetes en la cana. Por eso sabe algo más, algo jugoso y que nos tranquiliza: a Luro le bajaron el pulgar, sus propios jefes ya no la bancan. Melcone no cree, entonces, que pueda hacerte algo. Según él ya no tiene margen de maniobra.

—Bueno, me quedo más tranquilo.

—No, no del todo. Tenés que andar con cautela hasta que la cosa se aclare.

— ¿Acusarme, con unos matones?

— Sí. Decime, de verdad: ¿Pasó algo? Dice Melcone que tres tipos van a declarar que te vieron con ella en una discusión, al borde de la ruta; te sacaron fotos, van a decir que la maltratabas.

—No, Javier, por favor, eso es invento total. Cuando la conocí, se enojó porque me di cuenta que había intervenido en el caso Cristani, la reconocí por la cicatriz, entonces se bajó del auto y yo me bajé atrás, para calmarla y convencerla de seguir viaje. No quería dejarla en medio de la ruta. No sé qué gesto habrán captado estos tipos con la cámara de fotos, pero no hubo ninguna agresión, al contrario.

—Funciona así: si quieren cagarte, las pruebas se usan; si quieren cagar a otro, las pruebas se archivan.

— ¿Y tu jefe sabe algo sobre la agresión a Julia, alguna pista?

—Manejan la hipótesis de un intento de robo. El tipo fue a robar, aparecieron ustedes, se asustó y golpeó antes de huir.

— ¿Así de simple?

—Si no hay otra cosa…

—Bueno, bueno, no sé… Te agradezco los datos, agradecele a tu jefe.

—Por supuesto, pero hay algo que tenemos que pedirte. Mi jefe y yo.

— ¿A mí?

—Como te dije la vez pasada, me interesa el caso Cristani, y a mi jefe también. Creemos que estamos ante una gran oportunidad de entrevistar a Anselmo Rojas. Una oportunidad que nosotros como periodistas no tenemos. Queremos que lo veas vos.

— ¿Y por qué me atendería a mí?

—Porque sos el marido de Julia, su compañera en la Policía. Porque tiene tanto afecto por Julia como odio con Luro… Y está resentido, y seguramente necesitará desahogarse.

—Bueno, si les sirve, no puedo negarme.

—Okey. En un rato, lo vas a encontrar en el bar de Villa Germania, frente al edificio municipal. Todos los días, alrededor de la una, hace una pausa para almorzar. Siempre come solo, como loco malo. Encaralo ahí, y llevá esto. —me dio un grabador diminuto, me explicó cómo usarlo, me lo guardé en el bolsillo de la campera—. Vos prendé el grabador antes de entrar al bar y no lo toques más. Dejá que el tipo hable, aunque se vaya por las ramas.

— ¿Es necesario esto, che? ¿No es muy comprometido?

—Tienen que ser así. Si no querés hacerlo, dejá. No hay problema.

—Está bien, voy. Pero no te va a salir gratis. Yo tengo que encargarte algo también.

—Dale.

—Andá a ver a la psicóloga. Amalia Ferrari. Acá está la dirección. También tiene odios con Luro. Cosas pendientes, me dijo una vez. Tanteala, pero tanteala de palabra, no con las manos, aunque seguro vas a tentarte, porque está rebuena.

—Mejor todavía, che. ¿Qué tal es?

—De noche de piel de hada, de día Cruela de Vil.

— ¡Bien, Jorge! ¡Escuchaste al capo! ¡Y vos me tiraste con Beethoven!

— ¿Cómo te fue con el concierto triple?

—Empecé a escuchar, pero eso no es joda, necesito tiempo.

—Bueno, tomate todo el tiempo que quieras. Me voy a ver a Rojas, porque a partir de las cinco tengo que estar en el hospital. A esta altura tendría que haber alguna reacción a la nueva meditación.

— ¿Meditación?

—Perdón, qué boludo, quise decir medicación; la nueva medicación que le aplicaron hace dos días.

—Ojalá… ¿Y qué hay con la meditación?

—En el grupo Despertar están haciendo una especie de jornada intensiva, hasta esta noche, para que Julia se cure.

— ¿Rezan?

—Algo parecido. Se conectan con la conciencia universal, con Dios, podríamos decir.

—Y le piden que la cure…

—No exactamente, no es sólo pedir. Es generar una buena onda que influya en la salud de Julia. La energía positiva modifica la realidad, porque la realidad está hecha de eso mismo, de energía.

—Ajá… Y decime, ¿cuándo empezaron a meditar?

—Anoche. Yo estuve en el arranque.

—Qué bárbaro, che…

— ¿Qué pasa?

—Yo fui a ver a Regina, anoche. Estaban reunidos, meditando, para invocar auxilio para Julia y para vos. Y van a volver a reunirse esta noche.

—No me contó nada.

—Me dijo que vos estabas demasiado aturdido, que no hacía falta decírtelo. Me dijo: de alguna manera Jorge se va a enterar.

—Se cumple lo que acabamos de decir, Javier, en algún plano las cosas se conectan, y estas dos, que están peleadas, se unieron para ayudar a Julia.

—Claro, claro que sí. Mirá, Regina me dio esto. —Sacó un papel del bolsillo—. Es una copia de la lectura de anoche.

Leí: “Cuando las mujeres hubieron escuchado el discurso de la joven, salieron presurosas al encuentro de Nuestra Señora Santa María, la llevaron a su casa, y, arrodilladas en su presencia, le dijeron, llorando: ¡Oh Nuestra Señora Santa María, compadécete de tus siervas! No tenemos ningún pariente de edad, ni jefe de familia, ni padre, ni hermano, que nos proteja. Este mulo que ves, es nuestro hermano, y no un animal. Malvadas brujas lo han reducido con sus maleficios al estado en que hoy se encuentra. Te rogamos que tengas compasión de nosotras. Y nuestra Señora Santa María, conmovida ante su desgracia, tomó a Jesús, y lo puso sobre el lomo del mulo. Ella lloraba, y las mujeres también. Y María dijo: Jesús, hijo mío, haz que la poderosa virtud oculta en ti obre sobre este mulo, y le devuelva la naturaleza humana que tenía otrora. Y, en el mismo instante, el mulo cambió de forma, recobró su figura prístina, y se convirtió en el joven exento de toda enfermedad que antes era. Entonces él, su madre y sus hermanas, se prosternaron ante María, pusieron el niño sobre sus cabezas, y lo abrazaron, diciendo: ¡Dichosa tu madre, oh Jesús, salvador del mundo! ¡Bienaventurados los ojos que han alcanzado el favor de mirarte!”

—Qué loco —dije, atónito.

Miguez sonrió, pero estaba conmovido.

—No sé por qué, esto es una fantasía, pero me pega —dijo, volviendo a guardar el papel en su bolsillo.

— ¿Y si no es una fantasía? ¿Por qué no creer que fue posible, que es posible? Creo que el problema es nuestro escepticismo, nuestra limitación.

—Eso es lo más probable —dijo Miguez.

Encontré a Rojas en una mesa apartada del bar. Me presenté, me miró de arriba abajo, con expresión de sorpresa y escepticismo, me invitó a sentarme.

— ¿Cómo está Julia? —preguntó, y sin esperar respuesta—: Qué buena compañera, qué chica ejemplar, nunca tuve una compañera mejor… Qué horrible lo que pasó…

Le tracé un panorama general del proceso de Julia, desde la noche del golpe, hasta la situación actual esperanzadora: medicación, meditaciones… Rojas empinó el vaso de vino hasta terminarlo, encendió un cigarrillo y se aflojó.

—Usted me cae bien, compadre, voy a contarle lo que pasó aquél día. Un día terrible. Y fíjese qué cosa… Justo el día del niño los encontramos, un domingo de octubre. Hicimos un rastrillaje casa por casa, y nada; acudimos a los videntes: una mujer de Villa Germania y otra de Fortineras. Una de ellas, no recuerdo cuál, visualizó que estaban viajando, que se habían tomado un micro, y ahí se armó el despelote, porque empezaron a salir en los diarios un montón de testigos: que los habían visto en el norte, el sur, hasta en Uruguay. El tercero que consultamos, que le decían el brujo, de Nueva Italia, fue el más certero. Dijo que los chicos eran fallecidos, pero que los cuerpos no estaban lejos de la casa. Eso vio. Y qué clara que la tuvo. Igual, desde esa profecía, pasaron todavía dos meses antes de encontrarlos. Unos pibes del barrio estaban jugando y se les ocurrió abrir la heladera. Era un terreno alto, la heladera estaba en un galpón que nadie usaba. Así fue nomás, terrible, justo del día del niño vino a caer. Yo estuve ahí. Era un domingo, yo estaba en la guardia. A la tarde fue, llegó un llamado, no, miento, fue  a media mañana, y ahí nomás dijeron que habían encontrado a dos chicos. Y le tocó a Julia ir. Luro estaba a cargo y me dijo que fuera con Julia, y le tocó a ella, pobre, fue terrible porque llegó primero, porque la gente que llamó para avisar se había borrado, no quiso estar, y yo encaré para el fondo de la casa y Julia fue a la parte de arriba del terreno. Del susto se golpeó, eso ya lo sabe, bueno, se hizo una herida cortante. La heladera estaba bastante estropeada, los dos pibes adentro, acostados uno encima del otro. Lo raro es que a pesar del tiempo, no despedían olor, ni se desarmaron cuando los sacaron, como si el frío de la época hubiera evitado la descomposición. Estaban contraídos, uno encima del otro. El de abajo arrodillado, el de arriba en posición fetal… Yo creo que alguien los encerró. Daba la impresión de que habían sido metidos a presión, por la forma en que estaban los cuerpos. Siempre fue esa la hipótesis, no la del accidente; porque yo creo que no se habían metido solos. Incluso tienen que haber participado dos personas como mínimo, porque los chicos no tenían signos de violencia, ni habían sido violados, si fue un tipo solo los tendría que haber golpeado primero, y además, los encerraron vivos, porque uno de ellos había defecado. Así fue… A los diez días del hallazgo recibimos un llamado de Mar del Sur diciendo que habían detenido a una persona que confesó ser el autor del crimen. Lo trajeron para acá, y el revuelo de periodistas obligó a que un policía se hiciera pasar por el loco cubriéndose la cabeza con una manta, para meter al loco verdadero por la puerta trasera. ¿A qué no sabe quién fue ese policía? ¡Anselmo Rojas, aquí presente! —Se quedó unos segundos mirándose las manos, luego apagó el cigarrillo y me miró—. Disculpe.

—Por favor.

Me ofreció un cigarrillo. Encendió otro. Tenía un rostro típico, ojos grandes, marrones, cara redonda, bien criolla, robusto, seguramente había nacido en el campo o en Invernadas. De pronto sonrió, recordando…

—Y ahí nomás el loquito quedó detenido. Era un tipo de mediana estatura, treinta años, pelo castaño, pinta de borrachito perdido. Y estaba loco en serio. Cuando le preguntaron cómo se había enterado de la aparición de los pibes, dijo que lo había leído en el Patoruzito… “Yo los maté y los metí en la heladera”, decía el papel que le dimos, y lo firmó, con un garabato. Entonces quedó ahí en el calabozo. Siempre tranquilo, como si no supiera lo que estaba pasando. Loco de remate. Hacía cualquier cosa. De pronto dijo: “Tengo hambre”, y agarró el jabón del baño y se lo empezó a comer. Esa misma tarde lo trasladamos a Fortineras, y después al loquero de allá de Mar del Sur. A mí me tocó llevarlo, junto con otros dos compañeros. El loco cantaba, en el viaje; cantaba canciones de Sandro y de Palito Ortega, y los imitaba, con la voz y los gestos. Era buenito. Ni atinó a escaparse. Martín Jesús Zalazar, se llamaba. Nunca nadie se hizo cargo de él, ni aparecieron familiares, ni nada… Yo estoy seguro de que él no fue. Fue Luro la que consiguió al loco. Hacía falta un culpable, y ella lo buscó y lo encontró. Pocos meses después la ascendieron y la mandaron a la delegación donde está ahora, en Bosques del Mar. Un premio le dieron. Ahora quiso repetir y le salió mal, acusó de loco al hijo de los Rodriguez Bustos… ¿Cómo pudo ser tan boluda? Lo que yo dije siempre: a la larga, iba a meter la pata. Gorda conchuda. A mí me hizo unas cuantas, pero ahora tiene los días contados. Con la cagada que se mandó, las va a pagar todas juntas. Yo puse ya el as de espadas sobre la mesa…

Hizo otra pausa y sorbió un trago de agua. Le pregunté si sabía de un pacto entre Luro y Cintia Gómez. La pregunta lo incomodó, se puso serio y hosco, como si se hubiera arrepentido de haber hablado tanto. Pero fue una reacción transitoria, como una sombra en la cara, enseguida se calmó y volvió a animarse…

—No hay pruebas de nada.  El pasado de Luro es jodido, pero que haya mandado matar al marido y a su nueva mujer, no lo creo. La cosa viene por otro lado, y no quiero adelantarme, pero en cualquier momento la causa por la piba se le viene encima. Escuche, amigo: yo la denuncié por la adopción ilegal de su hija. Me jodió, la jodí. Le pegué donde más le duele. Cuando supe que la nena no es hija suya, tuve una intuición: la gorda se la afanó, no pudo haberla adoptado por derecha, no tiene paciencia. ¿Sabe qué? Yo tenía razón. Así que a Luro se le viene la noche toda junta.

Me levanté para ir al baño. Estaba alterado, pasado de rosca: había ido por algún dato, para cumplir con Miguez, y me estaba enterando de cuestiones que me excedían. Luro, la nena. ¿Cintia y Julia sabrían todo esto? ¿Era parte del misterio, del silencio detrás de Luro, del caso Cristani? Sentí necesidad de irme enseguida, y ahora sí recuerdo cómo se me frunció el ojete. Porque eso es muy concreto, físico. El cagazo se te va al culo, el culo se encoje, las tripas hacen ruido… Cagón, cagarse en las patas, cagarte de miedo… Volví a la mesa, terminé de tomar el café y, cuando me levanté para irme, Rojas me dejó pagar, pero me acompañó hasta la puerta, y ahí nomás, en la vereda, me puso un caño en las costillas. Me apretó. Todavía siento el fierro en el hueso. Todavía duele.

—No sea ingenuo, compadre, dijo. Yo aprecio a Julia, me alegra que se haya casado, espero que se recupere de este trance, pero a los periodistas dígales que no lo expongan al pedo. Déme el grabador. ¿Sabe qué? Los periodistas saben la mitad de los hechos, y escriben la mitad de lo que saben. O sea, lo que le llega a la gente, en la cuarta parte de la realidad. En cuanto a todo lo que le conté, puede decírselos de palabra. Usted es confiable, todo lo que dije es verdadero, pero estos aparatitos me rompen las pelotas.

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La música del mar XIV, arte digital.

Volví excitado y como tenía tiempo, pasé por lo de Miguez. No le importó la pérdida del grabador, porque la información que le dí era lo más importante. Su entrevista con Amalia había sido un fracaso: la yegua ni siquiera lo hizo pasar, aunque aportó un buen dato: le contó que, sorpresivamente, se había activado una denuncia que le hizo a Luro por discriminación. Una denuncia que estaba cajoneada, y que de golpe adquirió prioridad para la justicia, con plazos perentorios. Se la  notaba muy excitada, me dijo Miguez. Era inminente un careo con Luro, y esto parecía entusiasmarla.

Lo que pasó después fue una pesadilla: llegué a mi casa para darme una ducha, con la idea de ir enseguida al hospital, pero me topé con un patrullero. Dos oficiales me mostraron una orden de detención y sin más me llevaron esposado a la comisaría. Me encerraron en un pequeño calabozo, incomunicado hasta nuevo aviso. El Principal Giménez, amigo de mi familia, cliente de nuestro balneario, no sabía cómo pedirme disculpas, así que era yo el que lo consolaba: No se preocupe, Giménez, todo se va a aclarar pronto… En la celda, el olor a humedad está en el aire, todavía lo huelo si me concentro, si me lo propongo. Penumbra y silencio. Escuché mi respiración, los ruidos internos de mi cuerpo, recónditos temblores, me relajé. ¿Sentí alivio? Sí, alivio, paz, por fin estaba en un lugar definido, en una obligada quietud, detenido, allí no había espacio para correr, ni música para escuchar, ni un amigo o una mujer donde refugiarme. Basta, pensé, o pensó mi cuerpo, o gritó mi respiración dentro de mí. Pasó un tiempo ¿cuánto? llegó más oscuridad y luego un rayo, una hendidura de luz por donde entró un objeto, un ruido metálico, un plato de comida. El tufo a tierra y a cemento húmedo se  impregnó de un vaho a carne ensopada. Me acerqué. Probé un bocado: sabor a agua con sal que alborotó mis papilas gustativas, me revolvió las tripas. Dejé el plato y volví al silencio. Intuí que ya era noche cerrada, y por qué volvió entonces el adagio del concierto Emperador, no lo sé. Pero volvió, trepándose por las paredes, haciendo un largo viaje desde el living de mi casa, unos días después de la muerte de mi hermano, mientras atardecía y contemplaba la ventana de vidrio repartido encuadrando el cielo y los árboles lejanos, incitando al cuerpo a vibrar, al espíritu a viajar en las alas del sonido hacia el aire infinito. La música punza y acaricia ¿dónde estoy? me recorro morosamente y veo el buzo, el pantalón en las piernas azules, las pantuflas, y luego la ventana, el jardín y la enramada de un sauce que se sacude abriendo unos claros entre las hojas y aparece un brillo blanco, todo se borra y está la tibieza de la tarde ya exhausta y termina la música y las ramas tapan la estrella y otra vez la muestran y titila y está lejos, y quedamos así, ojo a ojo la estrella y yo, pero qué distantes…  Respiro con dificultad ahora, casi ahogado por los últimos acordes que se disuelven en la negrura del aire sofocado, pesado por el peso de mi propia respiración. ¿Cuánto durará esto? Contra la pared, un camastro. Me recuesto, siento en la espalda una dureza de tabla, me acomodo. Intento recomponer mi situación, pensar. Pero no puedo pensar, rezo. Recuerdo paso a paso la meditación grupal, las palabras introductorias, la lectura de la Gran Invocación, la llegada inexorable del pasado que interrumpe, una vez más, y perturba: alguna imagen religiosa de mi infancia, el Cristo agobiado por la corona de espinas que presidía la cómoda del cuarto de mis padres, las Vírgenes Dolorosas… Mi madre me toma de la mano y me lleva a un funeral, no quiero ir, pero con mi padre enfermo, postrado, soy el Hombre de la Casa y debo acompañarla. En la vereda de ese lúgubre lugar ya se respira desesperación, un dolor infinito, pozo interminable y sin consuelo. Siento el abrazo de mi tío, magullado por los golpes del accidente, los gritos de mi tía en los fondos de la Casa Velatoria, y la exhortación que escucho, en mis oídos perplejos de once años: “Vaya, sea Hombre…” Y el caminar lentamente por los rostros ensangrentados de lágrimas, o circunspectos, o graves o neutros, y qué puedo hacer sino ir, empujado por mi madre, por mi tío, ya ahí, más cerca de los gritos desgarrados de mi tía joven, que ha perdido a su hijo de cinco años, y luego el abrazo y la palpitación interminable de ese corazón en mis entrañas… y al fin, en el filo de la pesadumbre, me acerco al cuerpo blanco del  niño, endurecido, marmóreo, angelical… Mi madre muerta en vida, cada vez más hundida en su mundo de melancolía, metiéndome adentro de ese mundo, reteniéndome, niño/hombre de la casa, desde ahora y para siempre, por los siglos de los siglos, amén. Oigo pasos en la oscuridad ¿en la pesadilla? Veo una mínima abertura, brillo al final de un larguísimo túnel de paredes palpitantes, el aire se mueve, se revuelve con una brizna de olor dulce que llega a través del ojo de la cerradura, el borde de las bisagras, olor y luz combinados para despertarme despacio, ola que empieza a golpearme suavemente, me incorporo, me siento en el camastro, intuyo que dormí bastante, que ya amaneció afuera, en el mundo de los vivos, ahora el ruido de los pasos aumenta, de golpe se detienen, detrás de la puerta, el olor dulce penetra y me asquea, pero es una primera reacción, enseguida llega otro olor, menos repulsivo, como de vegetales, de pasto recién cortado, un olor a vida, el picaporte se mueve, entran dos cuerpos sin rostro, auscultan un instante la celda, uno de ellos se va y cierra. Frente a mí, alguien musita un saludo. La voz se asocia al olor, luego a la figura recortada apenas en la oscuridad. Es Cintia.

Quise abrazarla, me apartó con las dos manos enérgicamente. Silencio. Perfume agridulce adquiriendo mayor presencia, asiéndose del aire, impregnándolo. Y la respiración de Cintia, que da un paso y se deja rociar por el rayo que baja del alto ventiluz. Tiene el pelo corto, oscuro, prolijo, la mirada serena y severa. La respiración se hace palabra…

—Tenemos cinco minutos. Legalmente estás incomunicado, pero aquí estoy, puedo ir más allá de la ley ahora. De momento vengo a decirte que estés tranquilo, tu situación se va a resolver rápido, esto es necesario pero transitorio, te lo tenés que bancar. Luro hizo dos cagadas: le dio aire a unos matones de cuarta, y metió en cana al tipo equivocado. Ya está, el caso está resuelto. Pero para sacarte de cualquier peligro, de cualquier locura, te conviene estar aquí adentro, es para protegerte.

Cintia miró hacia la puerta, la mirilla permanecía cerrada. La tomé del brazo.

—Por favor, Cintia. Quiero saber cuánto tiempo voy a estar aquí, y cómo esta Julia.

Ella volvió el rostro y me miró, emocionada.

—Julia está bien. ¿Sabés que somos como hermanas? Ingresamos juntas a la Fuerza, nos ayudamos en momentos importantes, difíciles. No hay nada malo entre nosotras, de verdad te digo. Además tenemos un mismo origen, aunque ella viene del norte y yo de la ciudad, de la parte inmunda de la gran ciudad. Y te voy a contar un secreto, porque aquí y ahora, en esta celda donde estás incomunicado, podés enterarte de cosas que después tenés que olvidar, porque este momento no existe, está fuera de la ley, no quedará anotado en el libro de guardia de la comisaría, yo soy un fantasma, entendés, por eso te digo algo que Julia no te dijo nunca, pero que tenés que saber. Es mentira que los padres de Julia están muertos. Los padres viven, pero la condenaron al olvido, no quieren saber nada de ella, y la metieron en la policía contra su voluntad, para castigarla. ¿Cuál fue su delito? Se enamoró de la persona equivocada, cuando era casi una niña. Tuvo dos embarazos, dos abortos, los padres no se la bancaron, se la sacaron de encima y le hicieron la cruz. Desde entonces quedó muy sola, pero sola de verdad. Nosotras, las amigas que tiene en la Fuerza, fuimos su único sostén. Y yo, en realidad, te quise apartar de ella para protegerla, pensé que enamorarse de vos le iba hacer daño, que no estaba preparada… Bueno, no sé si fue malo o bueno lo que pasó con vos, pero ahora ya no  importa, importa que ella se salve.

Se abrió la mirilla de la puerta, Cintia me dio un apretón de manos, y se perdió en la noche.

***

Capítulo 2

Al atardecer del día siguiente quedé en libertad y una hora más tarde crucé la puerta de entrada del hospital. Estaba agotado, pero lleno de ilusión. El Dr. Medina me esperaba en su despacho.

—Venga —me dijo. No había en su voz ni entusiasmo ni alarma. Fuimos a la habitación de Julia, que estaba demacrada, pero con los signos vitales en absoluta normalidad—. No sé qué está pasando, pero la noto distinta. La medicación tiene efectos secundarios leves, estas ojeras, por ejemplo, alguna sequedad en la piel, como aquí en los labios. Esto se controla con cremas, es inofensivo.

—Distinta, en qué sentido.

—Un cambio en el gesto, aunque los últimos análisis no aportaron novedades. Veremos mañana, a primera hora. Entramos en el tiempo crítico.

Dormí en un camastro al lado de Julia, y al amanecer me desperté sobresaltado, como si hubiera tenido un sueño extraño. Reconocí el lugar y me di vuelta: noté que Julia no estaba acostada boca arriba, sino de costado. Nunca se daba vuelta, salvo cuando la enfermera la movía, pero esto no sucedía por las noches. De espaldas a mí, lo único que sobresalía era su cabeza cubierta por una alfombrita de pelo oscuro. La miré, apartando la sábana del rostro, y me encontré con su perfil sereno, respirando acompasadamente, sin agitación. Me dormí de nuevo y lo que sentí a continuación fue una mano acariciando mi cara. Me di vuelta y vi a Julia mirándome con los ojos muy abiertos. Ahogué un grito de susto, de sorpresa, de júbilo. Estiré mi mano y le acaricié la frente, las mejillas, la nariz… Julia movió la cara y besó mi mano. Sus ojos, redondos y oscuros, infantiles, como recién nacidos, dejaron salir unas lágrimas densas.

Volví a casa sin poder oír la voz de Julia, pero me alcanzó con disfrutar de su mirada despierta. Sus ojos hablaban, con movimientos muy leves, dilatándose, cerrándose, señalando en distintas direcciones; era evidente que estaba plenamente lúcida, pero no podía articular palabra. El Dr. Astor Medina, con emoción serena, desbordando orgullo profesional, me obligó a dejarla sola. Me explicó que el proceso de recuperación era muy delicado, que necesitaba supervisarlo sin interferencias. Estuve tentado a quedarme, a desobedecerlo. ¿Cómo suponer que mi presencia iba a perjudicarla? Era evidente que el médico quería apropiarse de su paciente, con exclusividad, pero ante mi primera protesta, alegó que debían hacerle estudios, que existía el riesgo de una reincidencia en el coma. Entonces temí producir en Julia un efecto contrario al deseado, devolverla sin querer al limbo de la muerte en vida, y me fui, con la promesa del médico de que la vería al día siguiente completamente recobrada. Salí de la habitación sintiendo en mi espalda la mirada silenciosa de Julia y la orgullosa y calculada de Medina. Sufrí en la oficina administrativa, donde me retuvieron llenando planillas y firmando papeles. Cuando crucé la puerta del hospital y escuché el murmullo de la vida en la calle, me angustió la idea de no volver a verla despierta, me odié a mí mismo por haber sido pusilánime frente al médico, sabiendo que tal vez la curación había sido producto de la oración y la meditación colectiva. Volví corriendo, subí las escaleras y me lancé con fuerza hacia la habitación. Abrí y me encontré con una luz cegadora que entraba por las ventanas abiertas de par en par, la cama vacía, el piso húmedo oloroso a lavandina y agua. ¿Qué pasó? ¿Todo se echó a perder? Una enfermera me tocó el hombro. La miré. Sonreía. Una chapita en el delantal indicaba su nombre: Lucía.

—No se preocupe, la paciente está bien. La llevaron a hacer unos estudios de rutina.

Sus palabras me aliviaron; suspiré; la miré, agradecido; noté un brillo en su nariz: un arito dorado resaltaba sobre la piel blanca y lisa.

— ¿Desde cuándo tenés puesto ese arito? —pregunté. Ella se sorprendió, después se ruborizó levemente, y enseguida sonrió, halagada.

—Hace dos años, más o menos.

— ¿Nunca te irritó la piel, nunca te lastimó?

—No, nunca.

—Conocí una chica que se puso uno, en el mismo lugar, y siempre se le infectaba; tuvo que sacárselo.

—No, a mi no hizo nada… Tengo otro aquí.

Se levantó un mechón de pelo y descubrió, en la ceja izquierda, un piercing que le cruzaba de lado a lado, coronado en los extremos con dos piedritas iguales. Los brillos dorados se integraban bien a la piel blanca, y a ojos, cejas y pestañas oscuras. Se quedó un momento sosteniendo el pelo, para dejarme mirar.

—Qué lindo —dije—. Te queda muy bien.

Se acomodó el pelo detrás de las orejas.

—Bueno, gracias. Y lo felicito —dijo—. Julia está cada vez mejor.

— ¿Por qué la llevaron tan rápido?

—Por los estudios. Quédese tranquilo, la veo perfecta.

Le agradecí, y extendí la mano para tocar la piedrita de la nariz. Sonrió y se alejó por el corredor. Antes de perderse entre la gente, se dio vuelta para mirarme, sonriendo. Yo me detuve un rato a contemplar la habitación vacía y después me alejé, más tranquilo. Busqué el auto y salí a la ruta. Mi primer impulso fue visitar a Miguez. Lo encontré escribiendo, concentrado. Cuando me vio, percibió todo al instante, sonrió y me abrazó. Festejó la reacción de Julia con más fervor de lo que yo hubiera imaginado, como si fuera un amigo de toda la vida, un hermano. Dejó su trabajo y juntos fuimos a dar la buena nueva. Regina y Lucio trabajaban en el fondo del terreno, trazando una huerta, que ya exhibía algunas hojas verdes en medio de la tierra removida. La noticia disparó un júbilo evangélico que terminó en un abrazo de cuatro, un racimo de manos y cabezas en medio del cual brotó una plegaria murmurada por Regina.

—Esta noche se impone una reunión de agradecimiento —dijo, con toda la seriedad de quien se sabe responsable de sus funciones. Después se fue con Miguez a preparar mate y yo me quedé con Lucio, que trabajaba en un cerco de estacas.

—De esto me ocupo yo. Tengo dedo verde.

— ¿Y eso?

—Es una simpatía con las plantas. Lo que pongo, crece —Se acercó y se sentó en una piedra. Me miró acongojado—. Disculpame lo de la otra noche.

—Está bien, ya pasó. Regina tiene razón, tenemos demasiado rollo con el sexo. Al fin y al cabo, es algo natural, debemos tomarlo con mayor liviandad.

—Seguro. Ahora yo soy el que te va a dar una buena nueva: estoy con Paula. ¡Fue muy loco lo que pasó! Nos acercamos como dos almas en pena para superar el problema de Rogelio, que nos afectó mucho, y después, viste como es, surgió algo más. Para mí fue una gran sorpresa, algo inesperado, un milagro.

—Me alegro, me alegro mucho. Pensé que te gustaban los hombres.

—Yo también. En realidad me siguen gustando.

— ¿Vieron a Rogelio?

—No, la familia se lo llevó.

—Necesitará tratamiento en forma urgente.

—Claro, su problema venía de antes, no surgió aquí.

—Me imagino que no, pero Nelda o Regina en alguna medida son responsables. No era una persona preparada para experimentar estas cosas… ¿No te parece que habría que filtrar la información, tener un poco de cuidado?

—Es muy relativo… ¿Quién está preparado, realmente? No podés hacer un examen previo de cada uno, nadie puede juzgar en ese terreno.

—Yo vi cuando lo entraban en el loquero. Abandonado, sucio, con la mirada perdida.

—Pobre, esto último lo desbordó, pero te juro que aquí estaba bien. Muy perturbado al principio, por la revelación. Pero esas cosas, a otros, no les pegan mal. Lo que uno fue en una vida anterior está fuera de control. Imaginate. Pero en aquella época, en Despertar se manoseó el tema. Una había sido Nefertiti, otro Moisés, otro Nabucodonosor.

— ¿Nunca un esclavo, un campesino?

—No, casi siempre eran personajes importantes. Aunque fijate el caso de Rogelio, un simple soldado.

—Un soldado, pero no un soldado cualquiera. Justo el soldado que le clavó la espada a Jesús.

—Bueno, otros fueron sirvientes, o esclavos. Quiero decirte, no importa tanto la jerarquía de la persona que fuiste. Lo importante es que nadie debe sentir una responsabilidad concreta, actual, sobre sus vidas pasadas. En eso estuvo la locura de Rogelio. Pensaba que estaba marcado para siempre, que nadie ataca a Jesús sin consecuencias para todas las vidas futuras. Era una obsesión que no se podía sacar de la cabeza.

—Y un día desapareció.

—Primero empezó a ponerse raro. Lloraba. Dormía mal. A veces te miraba y parecía no reconocerte. Regina intentó calmarlo. Le explicó que ese soldado, que se llamaba Gayo Casio, había actuado con piedad, que se lo recordaba como un buen hombre, que le clavó la lanza a Jesús para ahorrarle sufrimientos y evitó que le quebraran los huesos de las piernas, como habían hecho con los dos ladrones crucificados con él. Pero Rogelio ya había cruzado la frontera y no entraba en razones. Regina le contó que del cuerpo de Cristo brotó sangre y agua, y que ante la visión de este prodigio Cayo Casio, que era viejo y sufría de cataratas, recobró plenamente la vista, con lo cual quedó confirmado que era un hombre de bien. Como Rogelio no reaccionaba, hicimos algunos exorcismos, muy sutiles, oraciones y ritos dirigidos a curarlo. Pero no hubo caso, un día no supimos más nada de él. Recién a la semana nos enteramos de que estaba en las sierras. Creemos que quiso limpiarse, sacarse de encima la mancha que trae desde el fondo de la historia. Había leído que allá en las sierras hay una conexión más directa con las fuerzas cósmicas, y los maestros están más próximos. Lo que sucedió concretamente no lo sabe nadie. Luro consiguió algún dato y lo encontró.

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La música del mar XV, arte digital.

Regina y Miguez llegaron con mate y bizcochitos.

—En cualquier momento tenemos un periodista en el grupo —dijo Regina, mirando risueña a Miguez.

—No creo. Yo me confieso solo, y me doy la absolución.

—El día que eso no te alcance, tenés las puertas abiertas.

Regina nos explicó el trabajo grupal que hicieron para ayudar a Julia. Me gustó que no se atribuyera la curación. Es más, ella sabía que el grupo Despertar había hecho una movida similar, y no le quitaba mérito. Lo que consideraba de segunda importancia era la medicina, por la que expresaba escepticismo.

—Todo eso que hacen los médicos es bastante loco —comentó—. Pero si la gente cree en las pastillas, en las drogas, qué podemos hacer. Contra eso es difícil luchar.

Al rato, entre abrazos y sonrisas de alegría, nos despedimos.

Nelda me abrazó, emocionada, en la puerta de su casa, pero fue muy fría con Miguez, al punto de que no lo hizo pasar. Javier no se hizo ningún problema, como si entendiera la situación perfectamente. Quedamos en encontrarnos a almorzar, y se fue. Le pedí a Nelda explicaciones.

—Son normas de la casa —dijo—. Acá no entran periodistas, salvo que tengan un genuino interés por pertenecer al grupo. No es el caso de este muchacho. Disculpame.

Una vez que entramos, Nelda llamó por teléfono a Lidia y le contó la buena nueva. En un rato, todos empezaron a llamar. Nelda atendía a cada uno y les hablaba con entusiasmo triunfal… A la una en punto me fui. Miguez me esperaba en la puerta del restaurante. Estaba risueño, como un chico travieso.

—Nelda sigue enojada —dijo, divertido.

—Me di cuenta. ¿Qué le pasa?

—Una boludez, no quise contarte nada porque pensé que ya se había olvidado. Hace tres años publicamos una nota sobre ovnis. Medio en serio, medio en joda. Hubo referencias concretas al grupo Despertar, que desde entonces quedó pegado a la cuestión de los extraterrestres y todo ese tema.

—Bueno, no puede quejarse, también le hicieron propaganda.

—Sí, pero la verdad es que la nota fue un poco irrespetuosa.

—Mirá, la cuestión de los ovnis se malinterpreta. La del grupo es una concepción espiritual. Los consideran apariciones de las energías superiores.

— ¿Marcianos serán? Me acuerdo de las figuritas Marte Ataca. Yo ni había nacido, pero un primo mío había llenado el álbum.

—Ni idea.

—Las dos últimas eran: Marte en ruinas, Marte explota. Los extraterrestres como enemigos. Otra época. Ahora son amigos —dijo, con una sonrisa irónica. El mozo nos hizo pasar. Había quedado libre la mesa que siempre ocupaba Miguez.

—Así que Nelda no te perdona el escrache.

—No, ni olvido ni perdón… Lo que pasó con esa nota en particular es que la metimos en una serie de informes especiales sobre temas misteriosos relacionados con la costa atlántica y el campo, como el caso Joselito. Y a ella no le gustó estar mezclada en esta categoría temática.

— ¿Joselito?

— ¿Nunca escuchaste nada? El monstruo marino que vieron los pescadores de Necochea. Una especie de dinosaurio. Se les apareció a varios. Cómo será que hasta intervino la Prefectura.

—Ni la menor idea.

—Bueno, eran notas de ese estilo. Túneles marinos que llevan a la tierra hueca; los chupa cabras que aparecieron en campos cercanos; y por supuesto, no podían faltar los ovnis visualizados desde los médanos.

Hicimos marchar filetes de brótola con puré y una jarra de agua; al mediodía no daba tomar vino, ni siquiera para brindar. Todavía conmovido, volví a contarle a Miguez la experiencia de esa madrugada, cuando sentí la mano de Julia en las mejillas, y vi sus ojos despiertos a la luz del día, mirándome con alegría infantil y reconociéndome después de un largo olvido. ¿Era la misma? ¿Era otra? ¿Qué misterios se habían tejido en ella durante estos días de silencio y distancia? No pudo ser, nuestro reencuentro, inmediato e intenso como lo imaginé, no había una respuesta rápida, de algún modo yo me había acostumbrado a su ausencia, y ella a quién sabe qué modos íntimos y desconocidos de sentir la vida.

—Amigo, todo va bien, les va a llevar un tiempo readaptarse —dijo Miguez, y sacó del portafolio el libro Vida de Beethoven, de Romain Rolland y luego de observarlo, como si se despidiera de él, me lo dio.

—Gracias. Te debo uno sobre la vida de Sabina.

—No lo podemos comparar con el genio de Bonn.

—No, claro, pero los une la condición de artistas.

—Sí, Sabina bastante más atorrante. Y mujeriego. Beethoven siempre con esa cara de orto —dijo Miguez, sonriendo.

—Con las mujeres, poco y nada, según leí.

—Qué querés, también: músico y sordo. Parece una joda.

—Ironías de Dios… Por ahí Sabina se queda mudo…

—No creo, los atorrantes tienen buena salud, y suerte.

El resto de la tarde estuve acomodando la casa para recibir a Julia, y a la nochecita salí para el hospital. Viajé escuchando a Sabina. Si estás más solo que la luna/ déjate convencer… Me gustaba el uso de la segunda persona, me hacía sentir que la canción era para mí… Porque en casa de María de Magdala, las malas compañías son las mejores… Pensé en Lucio, en Rogelio, en Paula, en Regina… Julia estaba de vuelta en la habitación cuatro. La vi desde la puerta y reconocí la hermosa mujer policía que me hizo dedo en la ruta, o que —según su versión— yo levanté sin que me lo pidiera. Me sonrió, emocionada, con la sonrisa vívida y melancólica que la definía mejor que cualquier palabra. Una sonrisa luminosa. La abracé, con delicadeza, temeroso de producirle algún daño, y busqué sus labios, húmedos de lágrimas saladas que se deslizaban por las mejillas. Nos besamos con ternura, sentí las leves convulsiones del llanto en su pecho, un llanto de angustia contenida y de felicidad… Le apoyé la mano en la panza: allí crecía el primero de los dos frutos de amor que deseábamos concebir, dos niños que reintegrar al mundo para que ella, y también yo, nos completáramos. Escuché entonces un ruido que provenía del baño: alguien estaba allí, había oprimido el botón del agua del inodoro, y estaba usando el lavatorio. Miré asombrado a Julia. Ella hizo un gesto de disculpas, me apretó las manos, pidiéndome comprensión.

—Es Cintia —dijo, acariciándome las manos—. Tranquilo. Te vamos a explicar todo. Acá hay una gran confusión —agregó, en tono suave pero convincente. Se abrió la puerta del baño y apareció Cintia, con el pelo corto, muy prolija. Lentamente rodeó la cama de Julia y se sentó en la silla de enfrente. Cautelosa, no me saludó ni dijo palabra. Julia se acomodó en la cama, me acarició la mejilla, me pidió un vaso de agua. Sorbió despacio, un trago tras otro, hasta beberlo entero. Miró alternativamente a Cintia y al vaso, que sostenía en sus manos. Luego tuvo un acceso de emoción, se frotó los ojos. Era conmovedora su imagen delgada, demacrada pero hermosa, de una belleza aplomada, como si el largo sueño la hubiera trabajado por dentro, transformándola, madurándola junto al lento proceso de maternidad que se tejía en su interior.

—Luro mandó matar a su marido y a su nueva esposa, y ella —señaló a Cintia— lo sabe, porque la gorda la usó, y la tomó de confidente.

—Yo no tengo nada que ver con esto, me borré por precaución —acotó Cintia, siempre mirando a Julia—. Cuando Luro está en aprietos, es mejor mantenerse lejos. Ya aprendí. Se pone dura como una piedra, si le explicás algo es como hablarle a las olas del mar, te mira como una leona que acaba de parir… Fijate la cagada que se mandó, se metió con los Rodriguez Bustos.

— ¿Tienen idea de quién fue el agresor? —pregunté.

Las dos se miraron, como invitándose mutuamente a hablar primero.

—No lo sabemos con certeza —dijo Cintia.

—Gajes del oficio. Nunca se sabrá —comentó Julia, con una sonrisa resignada.

Cintia tomó un sorbo de agua y continuó:

—Luro, además de asegurarse de que yo no voy a hablar en su contra, tiene otras urgencias: antes de que desaparecieran lo hermanitos Cristani, le armó una causa a Rojas. Anselmo era un agente confiable, serio, y los jefes le encargaron la recaudación de la seguridad en los comercios de verano de Nueva Italia. Ella se negó a colaborar y lo denunció. El Comisario de entonces, un tal Belotti, no tuvo más remedio que escucharla, pero en veinticuatro horas la trasladaron a Invernadas, en comisión, por tres meses… La gorda se indignó, se sintió tocada en su orgullo, y se la agarró con Rojas; se sabe, el hilo se corta por lo más delgado, entonces lo persiguió hasta encontrarle un punto flaco: un televisor usado que Anselmo compró de buena fe, sin papeles. Luro sobornó al pobre tipo que se lo vendió para que denunciara que el televisor era robado, y con eso lo embarró, le armó un sumario, pero no pudo echarlo de la Fuerza. Anselmo contraatacó, y denunció a Luro por la adopción de Pamela, y nos involucró a nosotras, para que atestiguáramos. Los jefes cajonearon la denuncia de Anselmo, pero la gorda, preocupada, empezó a vigilarnos a nosotros. Los tres tipos que viste en la ruta no nos perdían pisada. Luro decía que era para protegernos, pero ella estaba cagada en las patas. Sabía que estábamos en buenos términos con Rojas, pero también sabía que no nos íbamos a inmolar por él. Si pedía algo, y lo podíamos ayudar, estábamos dispuestas, pero meter nosotras la cabeza en la guillotina, ni en pedo. Después vino la agresión a Julia.

—Gajes del oficio —repitió Julia, que parecía deseosa de no revolver el pasado y mostraba signos de cansancio. Cintia le tomó la mano. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Te juro que esto que pasó me cambió la vida a mí también, me abrió los ojos… Perderte a vos, mi amiga… Me arrepentí de los celos, de los enojos, de tantas boludeces…

—Vos también te quedaste sola… Pero buscaste lo que tenías que buscar…

Julia me miró y largó una breve carcajada, que tuvo la inmediata respuesta cómplice de Cintia.

—Hice lo que sé hacer, che… Además lo quiero con todo mi corazón —dijo Cintia, apretándose el pecho y cerrando los ojos, con expresión romántica.

—Engancharte al capo de la Provincia… Ahora quién te toca el culo… Con perdón de la palabra.

—Ahora nadie más que él.

Se rieron las dos. Yo me serví agua, me tomé todo el vaso de un trago.

—Pobre, vos también la pasaste mal —dijo Julia, mirándome y extendiéndome los brazos. Me acerqué y la abracé suavemente. Cintia me dirigió una sonrisa cómplice, me guiñó un ojo—. Ahora, amor mío, que estoy despierta, todo cambia. ¿Quién va a creer que me tratabas mal, mi ángel? —dijo Julia con ternura.

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La música del mar XVI, arte digital.

Nos quedamos abrazados, Cintia se levantó y se fue, luego de besarnos rápido. El Dr. Astor Medina, por primera vez en todo el proceso, me dio un abrazo, ebrio de felicidad y suficiencia. Había curado a Julia. Y con la autoridad de un dios me dijo que ya estaba completamente recuperada. Que tenía prohibido hacer esfuerzos, pero que ya estaba de vuelta en el mundo. Cuando se apagaron las luces del hospital, Julia corrió las mantas de su cama y me invitó a entrar.

—Despacio, despacio —murmuraba, y parecía sentir el sopor de tantos días en cama, el entumecimiento de los músculos, los huesos doloridos. Pero nada impidió que se excitara hasta los umbrales del grito y del llanto—. Despacio, despacio, dale, dale, mi amor.

Su voz jadeante circulaba como un dulce torbellino. Hice esfuerzos por contener mis impulsos, y suavemente, con una vibración completa en todo el cuerpo, me fui deslizando, perdiéndome en ella. Dejamos temprano el hospital. Julia cebó mate, y observó, divertida, la mugre del auto, buscó en la guantera la música de siempre. Se asombró de no encontrar a Beethoven sino al cantautor de voz áspera y canciones melancólicas.

—Me encanta Sabina —dijo.

—Nunca me lo dijiste.

— ¿Cómo que no? Vos no me habrás escuchado.

—Me lo prestó un amigo.

— ¿Te aburriste de Beethoven?

—Me tomé unas vacaciones.

—Yo dormí una semana, pero vos cambiaste… Algo te pasó.

— ¿Algo? Sufrí mucho, escuché Beethoven hasta enloquecer, estuve en los grupos de Nelda y Regina, hice terapia con Amalia, me peleé con Luro, estuve un día en cana…

—Pobrecito, mi amor. ¿Cómo puedo compensarte? ¿Qué podés esperar de mí, ahora?

—Nada… Nada distinto de lo que todos los hombres quieren de una mujer: ciento por ciento de amor, ciento por ciento de sexo, ciento por ciento de atención, ciento por ciento de fidelidad, ciento por ciento de comprensión, cien por cien de ternura.

—Tonto, aquí tenés un rico mate; por ahora es lo único que te voy a dar.

Nos reímos. Julia tosió, me asusté, pero enseguida se recuperó. Me acordé de su fragilidad, de la situación terrible por la que había pasado, de la semana de quietud…

— ¿Y vos? ¿Qué pasó durante esta semana? ¿Sentiste algo, soñaste?

—No, no me acuerdo de nada. La última imagen es de nosotros dos, caminando por los médanos.

—Yo anoche soñé. Me acuerdo bien. Estaba en un bosque, y entre los árboles corría un arroyo; en un recodo se formaba una laguna, no muy grande, y allí estaban vos, Cintia y Lucía, con ropas ligeras, mojándose los pies, cantando y bailando. Fuera del agua, Luro esperaba, con cara de culo, vestida de uniforme. Después Luro había desaparecido, y el periodista Miguez, se metía al agua, y entre las tres lo abrazaban. Estaban desnudas.

Julia miraba por la ventana. Se dio vuelta y me miró con asombro; parecía alucinada.

—Yo ahora me acuerdo. Soñé con Atilio. Lo veía sentado en el aire, arriba, entre nubes. Algo raro, porque no pasaba nada. Me miraba, con esos ojos pacíficos que tiene… Estaba serio, pero no enojado. Tranquilo y quieto.

— ¡Atilio! Hace días que no lo veo. No estuvo en las últimas reuniones. Dicen que viajó a ver a la hija, que tuvo un nieto.

Julia entreabrió los ojos.

—Ay, lo veo, lo recuerdo bien. En un momento me hace un gesto, como asintiendo con la cabeza, y sonríe. Y yo pienso en mi embarazo, es como si él me estuviera dando confianza, diciéndome que todo va a salir bien. Siempre desde arriba.

Sorbió el mate y me cebó otro.

— ¿Quién es Lucía?

— ¿Cómo?

—Lucía. Dijiste que en el sueño estaba también Lucía. ¿Quién es?

—Una enfermera del hospital. La conocí ayer.

—Mirá vos. Linda chica. Me atendió muy bien.

— Sí, muy amable…

Entramos en Nueva Italia. Julia miraba con asombro, como si volviese a ver todo por primera vez. Yo temía que sufriera un shock emocional. Busqué distraerla.

— ¿Sabés que mañana hay un careo?

—Sí, me contó Cintia. Luro contra Ferrari. Va a estar bueno…

—Voy con Miguez. Me consiguió un permiso para estar presente.

—Yo puedo ir con Cintia; puede hacerme entrar con el Jefe Regional.

— ¿No te hará mal? Digo, emocionalmente…

—No, Jorge, después de las que pasé, no me lo pierdo ni loca. Le quiero ver la cara a la gorda.

—Al final con Luro hubo guerra siempre, y nunca me contaste nada. ¿Por qué?

Julia se acomodó en el asiento, pensativa. Su rostro mostraba ojeras pronunciadas, y la cabeza rapada le daba un aire de desamparo muy fuerte.

—A la hija de Luro la trajeron del norte, se dice que ella estaba metida en el negocio de la compraventa de pibes, y hay sospechas de que la muerte de los chicos Cristani tuvo que ver con el tráfico de niños.

— ¿Y vos qué tenés que ver en esto?

—Me citaron a declarar. El que motorizó toda la investigación fue Anselmo Rojas, para denunciarla por el robo de la nena. Se la tiene jurada a la gorda. A muerte. Supo que el marido de Luro y su pareja murieron misteriosamente y que el padrastro de los pibes vino a vivir a esta zona para la misma época. Rojas nos pidió, a mí y a Cintia, que declaremos contra Luro, pero nosotras por Anselmo no nos vamos a jugar, está medio loco también, y resentido. Pero tampoco nos podemos borrar. Quería que hablemos de la relación enfermiza de Luro con la hija, de las sospechas, pero no sé, no quiero suponer nada, todo esto terminó. Me van a dar una buena pensión, y devuelvo el traje de policía, gorra incluida…

—Me encanta, Julia, tu decisión. Empecemos una vida nueva, el camino del amor verdadero… Creo que más allá de lo que digan, el amor verdadero existe.

— ¿Pensaste en el plan de ir al norte? Alejarte del mar…

—Sí, Julia, lo pensé muy bien. Pensé que el amor es un peregrino y que hay que seguirlo donde nos lleve, y si me causa dolor alejarme del mar, vale la pena sufrirlo. Nos instalamos en la casa que fue de tus padres, y venimos los veranos a explotar el balneario. Ya no quiero una vida frente al mar, no necesito desafiar al mar, tenerlo frente a mí todos los días del año, escucharlo sin parar, como hice hasta ahora. Es demasiada inmensidad y me siento muy chiquito, muy indefenso, necesito la protección de la tierra, ir tierra adentro, Julia, y estar allí la mayor parte del año.

—Está cerca el río, acordate…

—Eso me encanta, poder nadar en el río, seguir escuchando el rumor del agua, la música de mi hermano no me va a dejar nunca.

— ¡Qué hermoso que hayas pensado todo esto, y que lo podamos compartir! Lejos del mar, lejos de la policía, como dos personas simples que viven una vida simple… Me acuerdo de mi infancia, tan plácida; para nuestros hijos será una vida mejor.

***

Capítulo 3

El careo

Punto primero: La licenciada Amalia Ferrari denunció por discriminación de género a la Sargento Alicia Luro. En sus dichos, la licenciada Ferrari, a la sazón a cargo de un curso de psicología dictado en la institución, declaró que la Sargento Luro aplicó cinco días de suspensión a la agente Rosalía Mosqueti por llegar 15 minutos tarde a clase los días 5, 6, 7 y 8 de junio. Que era público y notorio que en esas jornadas había dificultades en el transporte público de pasajeros por un paro de choferes. Que en esas circunstancias, otras alumnas también habían llegado tarde, pero no recibieron ningún tipo de sanción disciplinaria. Que no identifica a éstas porque no quiere comprometerlas, pero que espera que las agentes, cuando pierdan el miedo, se presenten a declarar espontáneamente. En su descargo, Luro declaró que no tiene registro de que otras alumnas hayan llegado tarde a clase durante los días mencionados. Que cuando hay paro de colectivos, un agente debe salir de su casa más temprano y caminar para llegar a horario, que eso hace un verdadero policía. Que llegar tarde era uno de los hábitos de la agente Rosalía  Mosqueti, acorde al trato preferencial de que era objeto por parte de la licenciada Amalia Ferrari.

Advertidas de las contradicciones que se aprecian de sus declaraciones e instadas a ponerse de acuerdo, cada una de ellas se mantiene en sus dichos.

Punto segundo: la licenciada Amalia Ferrari denunció por discriminación de género a la Sargento Alicia Luro en lo relativo al uso del uniforme. En sus dichos, la licenciada Ferrari declaró que la Sargento Alicia Luro aplicó un día de suspensión a la agente Rosalía Mosqueti por no usar la gorra reglamentaria los días 15 y 22 de junio, durante la formación previa al inicio de la clase. Que no fue la única, sino que al menos otras dos agentes incurrieron en la misma transgresión, pero que estas solo fueron amonestadas verbalmente. En su descargo, Luro declaró que recuerda muy bien que el día 15 de junio la agente Rosalía Mosqueti no llevaba la gorra reglamentaria, y que fue pasible de una sanción disciplinaria, siendo la única según sus registros de inspección en no cumplir con este requisito. Que no recuerda lo que ocurrió el 22, que confía en sus libros, en los que consta que solamente la agente Rosalía Mosqueti no tenía puesta la gorra al momento de formar antes de ingresar al curso.

Advertidas de las contradicciones que se aprecian de sus declaraciones e instadas a ponerse de acuerdo, cada una de ellas se mantiene en sus dichos.

La licenciada Amalia Ferrari amplía declaración, expresando que resulta sospechoso que la Sargento Luro no recuerde lo ocurrido el 22 de junio; que ese día es especialmente importante porque hubo una suerte de amnistía general de gorras, que se trataba de una jornada de mucho calor, cosa extraña para la época, y que la mayoría de las 29 chicas que formaron en el patio se las habían quitado. Y dice que le pareció una decisión acertada dada la circunstancia climática, constituyéndose en un hecho ejemplar, de sentido común, que establece un nuevo principio de adaptación de las normativas a la realidad, sin que esto menoscabe el concepto de autoridad. La Sargento Luro afirma por su parte que no recuerda nada de lo que menciona la licenciada, no recuerda para nada ese dislate y no le parece posible, ya que en el grupo había un sentido claro de la disciplina, y que mantener la gorra puesta durante los cinco minutos de la formación previa a la clase no implicaba un exceso ni un sacrificio, y que en cambio, permitirles sacarse la gorra en ese momento solemne no hacía más que ablandar la disciplina, atentando contra el orden interno, y contra la elemental rudeza que tiene que mostrar todo agente policial.

Punto tercero: la licenciada Amalia Ferrari denunció por discriminación de género a la Sargento Alicia Luro por acusaciones falsas de exhibicionismo e indiscreción sexual contra la agente Rosalía Mosqueti. En sus dichos, la licenciada Amalia Ferrari declara que la mencionada agente no hizo más que repetir lo que todas las agentes del curso interpretaron como relaciones de afecto real, promovidas desde la conducción profesional del curso, como modo de sincerar y humanizar las relaciones ‘inter pares’; que la Sargento Luro sancionó a la agente demorándola una hora más tarde el día 25 de junio, y la amenazó con elevar un informe a la jefatura; que fue la única en sufrir este tipo de sanciones; que la discriminación hacia la agente Rosalía Mosqueti es evidente, ya que su conducta no se apartaba ni un ápice de la del resto de sus compañeras. Que al igual que en los casos anteriores, se trata de una evidente discriminación por orientación sexual. En su descargo, Luro negó haber notado un trato general similar al que tenían la licenciada Amalia Ferrari y Rosalía Mosqueti; que si tal hubiera sido el caso, aquello que era promiscuo en la relación entre dos se hubiera convertido en un lupanar lésbico (sic); que a su entender había que poner un límite, y que dicho límite fue puesto en la única relación carnal evidente, que era la de estas dos, profesora y alumna; que la sanción estuvo plenamente justificada, por haber realizado la agente Rosalía Mosqueti manifestaciones indiscretas y explícitas de afecto hacia la profesora Amalia, el día 24 de junio a la salida de clases, cuando todavía se encontraban ambas dentro del recinto institucional; relaciones que fueron de contacto físico explícito, como besos y caricias.

Una vez leídas las actuaciones, la Jueza dio la palabra a las partes.

Licenciada Ferrari: “Esto es agraviante, señora Jueza. Quiero expresar aquí que ampliaré la denuncia por discriminación a otros cargos tales como daños morales y emocionales”.

Jueza: “Licenciada Ferrari, esto no es parte del careo, aténgase a los temas específicos”.

Licenciada Ferrari: “Creo que es importante, Su Señoría, agregar las consecuencias de los actos discriminatorios, y apelo aquí a su sensibilidad como mujer. Porque la agente Rosalía Mosqueti, a partir del trato discriminatorio sistemático recibido de parte de la Sargento Alicia Luro, su superior inmediata, sufrió un estado depresivo, con síntomas de desvalorización personal, aislamiento social, fobias, cohibición de aptitudes creativas, temor a la autoridad, desconfianza en sí misma y en las instituciones, impulso a la simulación, ruptura de los lazos de solidaridad grupal, entre otros”.

Jueza: “Reitero que esta temática está fuera del tema que nos convoca; la conmino a guardar silencio”.

Licenciada Ferrari: “Todos estos graves síntomas son atribuibles en su origen a la conducta de la Sargento Alicia Luro, que deberá responder por ellos”.

Jueza: “¡Silencio! O se calla y obedece las reglas del careo, o suspendo la sesión”.

Amalia se calló. Estaba agitada y acalorada. Luro sonrió, como si el descontrol de su adversaria hubiera de favorecerle. Entonces tomó la palabra.

Sargento Luro: “Señora Jueza, necesitamos detener toda esta locura. Esta parece la guerra de los tacones altos y los tacones bajos… Intento ser cautelosa y prudente. Cuando vinieron con la idea del curso, pensé: ¿Para qué aprender psicología, en una institución tan clara y reglamentada como la Policía? ¿Qué le puede aportar a las chicas? Pero como la Institución a la que pertenezco está en un proceso de apertura, acepté la decisión de las autoridades. Después me di cuenta que el curso, propuesto por la licenciada Ferrari, fue una excusa, porque ella vino directamente a seducir a las chicas y a atacarme a mí”.

Jueza: “Disculpe, Señora Sargento, le recuerdo que debe atenerse a los temas en cuestión”.

Licenciada Ferrari: “Su Señoría, esto no se puede tolerar. Lo que dice es mentira. Propongo que hablen los que supervisaron el curso, y digan si lo que yo enseñé atentó contra la autoridad policial y contra la Sargento Luro en particular”.

Sargento Luro: “Siempre lo mismo con ustedes los progresistas. Cuando se meten es para embarrar la cancha, para joder a la Fuerza. Ustedes atentan contra la policía, la odian”.

Licenciada Ferrari: “Su Señoría, estamos frente a una típica reacción desesperada e imprudente. Hay algo muy concreto: esta mujer instigó para que las chicas se pelearan, y estaba celosa de que les gustara lo que yo les transmitía”.

Sargento Luro: “Vos te dedicaste a pelear, a insultarme, a despreciarme delante de ellas para que se rían de mí, de la autoridad. ¿Cuál fue el aporte real del curso? Ninguno. Vos provocaste las divisiones, con la intención, además, de conquistarlas. Yo sé muchas cosas, más de las que vos te imaginás, y que no te conviene que se ventilen”.

Jueza: “¡Señoras, por favor! Aténganse al tema o me veré obligada a…”

Licenciada Ferrari: “Disculpe, Señoría, que la interrumpa, pero yo también tengo mucho para decir. Sé cosas que podrían condenar ya mismo a esta mujer, pero no quiero hacerlo. Tengo mis principios”.

Sargento Luro: “Tu único principio es meterte donde no te llaman. Quiero que la Justicia investigue la vida sexual de esta psicóloga, y yo aportaré datos de cómo buscó relacionarse íntimamente con las chicas”.

Licenciada Ferrari: “La Justicia no tiene por qué meterse en intimidad de las personas, salvo cuando hay un crimen, cuando se cometen delitos contra los seres más cercanos, hijos o esposos”.

Sargento Luro: “Esta es una agresión gratuita que no voy a permitir. Ya nos vamos a encontrar afuera”.

Licenciada Ferrari: “Quiero que conste en actas esta amenaza de un policía hacia un civil”.

Jueza: “¡Orden y silencio, por favor! Todo esto es irrelevante para la causa. Salvo que tenga algo más que agregar, queda aquí cumplimentado el careo”.

Luro miraba a Amalia con el rostro duro, respiraba jadeando y se le inflamaban las mejillas, en las que habían brotado unas manchas rojizas.

Sargento Luro, gimiendo: “Señora Jueza. No puedo aceptar que se me acuse de cualquier cosa. Yo podría decirle, entonces, que esta mujer proviene de los más bajos fondos de la sociedad, y que por eso tiene un evidente resentimiento hacia la autoridad y el orden. Esta zorra pertenece a una familia prostibularia”.

Licenciada Ferrari: “Su Señoría, soy una profesional. Mi tarea fue aconsejar, orientar, enriquecer a las mujeres policías. Incluso a esta mujer que tengo enfrente, que bien necesita de tratamiento psicológico”.

Sargento Luro: “No se meta en mi vida privada. Usted se vanagloria de su profesión… Yo puedo decirle que tengo también mis merecidos logros en la Fuerza. Miren, por favor, por si hiciera falta: una medalla al valor. No están hablando con cualquier policía, sino con una mujer policía premiada”.

Licenciada Ferrari: “Una policía que está bajo sospecha”.

Sargento Luro: “Por la memoria de mi padre, no se lo permito… Esto supera toda tolerancia”.

Luro se levantó y se fue directo sobre Amalia, pero no pudo alcanzarla: tropezó y cayó pesadamente. Quedó exhausta, resoplando, desparramada en el suelo. La jueza, sin perder serenidad y compostura, se retiró y dejó la situación en manos del personal de seguridad. El Jefe Regional, Comisario Mayor Román Luna, que parecía disfrutar del espectáculo, se acercó a Miguez.

—Quiero que sepa, señor periodista, y puede publicarlo incluso, que para la Policía este es un verdadero escándalo. Más allá de lo que decida la Justicia, que es soberana e independiente, le adelanto que habrá sanciones muy fuertes contra la Sargento Alicia Luro. No se puede tolerar semejante inconducta en un Tribunal, y menos cuando se vertieron conceptos discriminatorios, violando las rigurosas normas de la Fuerza en tal sentido. La discriminación es un delito inaceptable para la institución.

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La música del mar XVII, arte digital.

 

El encuentro

Todos nos sorprendimos cuando llegó Nelda. Regina, Amalia, Cintia y Julia charlaban con Estela, la esposa de Miguez, que ocupaba una de las cabeceras de la mesa y había traído las ensaladas. Las cinco se dieron vuelta y se quedaron mirándola. Se saludaron amablemente, alguna vez habían sido amigas y tenían un motivo superior para estar unidas: la curación de Julia. Yo me mantuve al lado de Miguez, ayudándolo con el asado y disfrutando de las primicias que mi amigo cortaba para probar, acompañadas por los primeros tragos de vino. Con un gesto, Miguez anunció a su mujer que ya estaba todo listo. Cuando nos sentamos a la mesa, Nelda pidió la palabra.

—Por la curación de Julia, por la energía que nos une a todos —dijo, con la copa en alto. Regina se levantó y demoró con ese gesto el brindis. Alzando la copa, parecía más alta.

—Por la vida, por el fuego del espíritu que sopla donde quiere —dijo. Y al instante se irguió Amalia, que competía con Regina en tamaño y en belleza—. Por la lucidez y la libertad, porque triunfemos sobre los prejuicios —gritó, y la voz pareció quebrársele. Cintia y Julia se abrazaron. Estela miraba emocionada, extática. Julia levantó la mano, y sin ponerse de pie, dijo:

—Les agradezco a todos. Y les comunico que pronto no perteneceré más a la Policía. Quiero ser madre, ama de casa, y ojalá el destino me permita seguir contando con amigos como ustedes.

Le dio la mano a Cintia, que se levantó de su silla, con los ojos llorosos, y anunció:

—Yo no concibo la vida sin el uniforme, y desde ya los invito a mi casamiento: la boda será en un mes. Será el ejemplo más claro de mi alianza con la Fuerza Policial.

Me miraron. Era mi turno.

—Quiero decirles que me sentí muy acompañado durante estos días difíciles. Ustedes, chicas, fueron mi sostén, junto con Javier, que se involucró en este caso más allá de sus intereses profesionales. Lo importante es que Julia está viva, y que en unos meses vamos a ser tres en el hogar.

Miguez levantó su copa y gritó:

— ¡Que todas las lunas sean lunas de miel! Y ahora basta de ceremonias, que se enfría el asado.

A los postres, Miguez trajo la guitarra. Se sentó al lado mío y murmuró:

—Esta vez no te salvás.

Pero contradiciendo enseguida la invitación, desplegó una carpeta y cantó tres temas, uno tras otro, con dificultad, pero con pasión. Jaime Ross, Sabina y Nebbia. Cuando iba a mandarse uno de Serrat, lo obligué a que me pase la viola. “Aquellas pequeñas cosas” era uno de mis favoritos, así que me hice cargo, y sentí que me salía del alma, y que la boca y la garganta se me endulzaban. Noté las miradas de Cintia, Amalia y Julia: miradas tiernas, bellas, llenas de gracia, cargadas de amor y dulzura. Me aplaudieron. Julia se levantó para saludarme con un beso. Se puso detrás de mí, me abrazó y murmuró:

—Después de esto, me voy a poner un piercing en la ceja. Y otro en el ombligo.

— ¡Otra, otra, otra! —escuché. Miguez me acercó el cancionero de Serrat. Elegí “Menos tu vientre”. Y pensé, con orgullo: mi hermano debe estar escuchándome… Cuando terminé el tema, Julia me hizo una seña, para avisarme que se iba al baño, acompañada por Cintia. Estela, Amalia, Regina y Nelda se fueron a la cocina a preparar café. Miguez me dijo:

—Trae tu copa. Quiero mostrarte algo.

Fuimos a su escritorio. Sacó una carpeta.

“Libro de oro del pueblo”, leí.

—El “Libro de oro” era el de Patoruzú. ¿Te acordás? El anuario.

—Sí,  ya me parezco al loquito del caso Cristani —dijo Miguez, riéndose—. Es una selección de casos policiales, de los últimos veinte años.

— ¿Vas a publicar un libro?

—Por ahora no, son apuntes nomás.

— ¿Todos casos reales, tal como ocurrieron?

—Casi. Son hechos reales, pero yo les doy forma, los completo a mi manera. Agrego algunas cosas, saco otras. Para que la historia cierre.

— ¿Para qué los escribís, sino vas a publicarlo como libro?

—Me ayuda a sobrellevar mi trabajo en el pueblo, porque me da la sensación agradable de que todo tiene un sentido.

—Te inventás un mundo mejor.

—No sé si mejor, pero lo menos los hechos tienen una lógica. Las cosas suceden por alguna razón, van en una dirección precisa, empiezan y terminan.

—Está bueno, che. No descartes la idea de hacer un libro.

—Algunos los publicamos en el semanario, pero no, un libro no. Esto es más bien un diario íntimo.

— ¿Un libro no ayudaría a cambiar la realidad?

—De hecho, este libro ayuda: me cambia a mí, me alivia. ¿Te parece poco? Además lo comparto con Melcone. Él sí quiere hacer un libro. Vamos a ver qué sale…

Se escuchó el llamado de Estela. Enseguida, unos pasos dentro de la casa. La voz ahora fue más nítida:

— ¡Javier! ¡Jorge! ¿Dónde se metieron? El café está servido.

— ¡Ya vamos, ya vamos! —gritó Javier.

— ¿Y vas a escribir sobre nuestro caso?

—“El caso Julia Ramos”. O tal vez: “El caso Luro”. Tengo unos apuntes, por ahora.

Tomé la carpeta, era voluminosa.

— ¿Te molesta que lo escriba?

—No, Javier, para nada. Pero no sé cómo vas a resolver o cerrar este caso. Lo principal es el tentado a Julia, el golpe, pero no se sabe quién fue el autor.

—Pudo haber sido Cintia, o Bustos, o uno de los matones de Luro, o un ladrón cualquiera.

—Y está el enigma de los hermanitos Cristani, sin resolver. O resuelto arbitrariamente.

—Tengo un borrador sobre eso, puede ser que la junte con esta historia y la complete, no sé… ¿Y la cuestión de Luro? ¿Mató realmente a su marido y a la amante? ¿Adoptó o robó a la hija? ¿Se dedicaba al tráfico de pibes? Esos son más interrogantes. Y la interna policial, el problema con Rojas.

—Fijate también en Amalia Ferrari, la psicología metida en la institución, el tema de las mujeres policía, la discriminación.

—Sí, es un kilombo. La realidad es complicada, escribir también.

Guardó la carpeta en el escritorio. Salimos a paso lento. En la mesa, las mujeres conversaban animadamente.

—Tu “Libro de oro” es como el cielo del grupo Despertar: un cosmos de estrellas ordenadas.

—No, no es para tanto…

—Ah, una cosa que me dijo Rojas: la causa que le inició a Luro por la adopción ilegal, o por el robo. Eso es terrible, me dio a entender que le van a sacar a la piba.

—Mierda, che, con eso Rojas le dispara al corazón.

—Y otra cosa: hay una cuestión de fondo entre Cintia y Luro. Y gana Cintia porque conquistó al Jefe…

—Esa es una historia como las que canta Sabina.

Ya estábamos cerca de la mesa. La vi a Julia entretenida, contenta, rodeada de amigas. Tuve un acceso de emoción.

—Che, qué bueno este final —dije—. Desde ya te digo que este verano tenés una carpa disponible en mi balneario, para vos y tu familia.

—No me debés nada, Jorge.

—No te pago una deuda, te hago un regalo.

—Bueno, está bien. ¿Pero puedo llevar la guitarra?

—Si cantás bajito…

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La música del mar XVIII, arte digital.

 

El tiro del final

Una semana después del asado en lo de Miguez, Luro convocó a conferencia de prensa. Sabíamos, por información que nos había dado Cintia, que estaba decidido su traslado a una dependencia del interior, en donde se le asignarían tareas administrativas. Una virtual condena al ostracismo, pero también la posibilidad de una vida tranquila después de una serie de avatares que la habían dejado malherida. No esperábamos declaraciones importantes. Máxime que en el rígido esquema disciplinario de la Policía ningún agente podía convocar a la prensa en forma individual. ¿Hablará de otra cosa? Nos preguntábamos; pero ¿de qué? A las once de la mañana se abrieron las puertas de la sala de conferencias del Hotel Gaviota, y quince minutos más tarde la mitad de las sillas estaban ocupadas. A un costado, un equipo de la televisión local esperaba la aparición de la estrella. Miguez se puso en acción: llevó el grabador hasta la mesa, y preparó la cámara fotográfica. Yo permanecía a su lado, en el lateral izquierdo de la sala, desde donde vimos llegar, surgiendo de la oscuridad del pasillo de la derecha, a la Sargento Alicia Luro. Iluminada por los reflectores caminaba con la vista fija adelante y el rostro endurecido. Lucía el traje policial y la vieja gorra desgastada que le conocí aquél día en la ruta. Una gorra descolorida, que contrastaba con el color nuevo del traje, las líneas del planchado evidentes y un olor a limpio que llegaba hasta nosotros. Miguez me miró, inquieto, divertido. La gorda se sentó en la silla del centro, frente al micrófono, y a sus laterales se sentaron dos mujeres muy elegantes, de unos cuarenta años. Seria, Luro golpeó suavemente el micrófono con sus dedos regordetes, varias veces, hasta que el sonido retumbó en la sala.

—Buenas tardes a todos. Gracias por venir —dijo, en tono solemne. Enseguida miró a la mujer ubicada a la derecha, que con una leve sonrisa, estiró el cuello y dijo:

—Ser mujer es arduo en nuestra sociedad. Lo sabemos por experiencia propia. Desde la Fundación Mujeres por la Igualdad, venimos bregando porque las oportunidades sean las mismas para todos, más allá del sexo de cada uno. Ser varón o mujer no tiene, por sí mismo, ningún valor, no implica menor o mayor capacidad para el desempeño de cualquier tarea. Pero además de la igualdad, objetivo en el cual hemos avanzado mucho, pronto veremos una  mujer al frente de una comisaría, y, así lo ansiamos, en la misma Jefatura de la Fuerza. También nos preocupa el trato discriminatorio que sufren las mujeres en el trabajo cotidiano y a la hora de ser calificadas por su tarea. Incluso ya no será Sargento sino Sargenta, ni Inspector sino Inspectora, ni Teniente sino Tenienta, pero ese es otro campo, otro terreno de esta batalla, aunque no menos importante… Hoy, hoy, ahora, la Sargento Luro… —La mujer suspendió unos segundos el discurso. Todas las miradas se fijaron en Luro, que hizo un mohín con la boca, un movimiento nervioso, para seguir imperturbable, como una estatua—. La mujer policía que tenemos aquí, y que nos ha convocado, es un ejemplo de valentía, una muestra de coraje que tenemos que valorar. Ella acaba de ser degradada, acaba de recibir un castigo inmerecido, porque mantuvo siempre una línea de conducta, una fidelidad absoluta a las normas de la fuerza policial. Paradójicamente la han acusado de discriminación, pero en realidad nosotros vemos en este hecho un acto discriminatorio, una acción que tiene una sola causa: su condición de mujer. Alicia es la discriminada, y nosotras, solidarias con todas aquellas mujeres que sufren este tipo de acciones, venimos a manifestar nuestro repudio a las autoridades policiales, y queremos, ante los medios periodísticos aquí presentes, que toda la sociedad conozca estos problemas que subsisten en las instituciones de nuestro país. No vamos a callarnos, no toleraremos ninguna agresión, no tenemos miedo.

La mujer ubicada a la izquierda de Luro aplaudió, una, dos veces, y con la tercera palmada se sumaron uno a uno todos los presentes. Un aplauso generalizado pero contenido. Luro interrumpió su rigidez para mirar a la disertante, dedicarle un gesto de aprobación y regalarle una mínima sonrisa. Después, suspiró con fuerza y se desplomó en la silla. Ocultaba, tras la dura máscara de su rostro, un volcán a punto de erupcionar. Las mejillas se le habían hinchado y encendido con un rubor intenso, húmedo, y los ojos se perdían en los pliegues de la piel, oscuros y fríos. La mujer de la izquierda, luego de acercarse el micrófono, no pudo comenzar a hablar porque gimió, y el agudo lamento que involuntariamente había salido de su boca vibró a través de los parlantes, generando en el ambiente un silencio pesado y expectante. Luego se acomodó en la silla, miró alternativamente a Luro y a la mujer de la derecha, y dijo:

—Pertenezco a la ONG Madres de Pie, que como ustedes saben, recorre el país para defender el derecho de todas las mamás de esta bendita tierra. Derecho que se avasalla una y otra vez. Venimos aquí, en esta hermosa mañana, para apoyar a nuestra compañera Alicia Luro. No importa si es ama de casa o policía, desempleada o secretaria ejecutiva. Es MADRE, con mayúsculas. Nos hemos enterado que, aplicando una ley que podrá ser eficaz en la letra pero completamente absurda e inhumana en la realidad, se decidió separar de nuestra querida Alicia a su hija Pamela. Hija que vive con ella desde antes de cumplir un año. Hoy, a poco de cumplir los quince, edad emblemática, feliz para las niñas y para toda su familia, la despojan de su compañía más amada —irrumpió en un sollozo, y Luro, que había mantenido la calma, gimió y la abrazó. Las dos quedaron unos segundos unidas por un llanto contenido, ahogado en sus propias manos, inundando la sala con bisbiseos desgarradores que resonaron ampliamente en los parlantes y golpearon el corazón del auditorio. Nosotros, impactados por la situación, nos mirábamos sin hacer comentarios. Miguez auscultaba disimuladamente el grabador, para comprobar que estuviera funcionando bien, y cuando creía oportuno, disparaba su cámara. Con discreción, porque había anulado el flash, innecesario ante la fuerte luz que alumbraba la escena. Luro se repuso y se hizo cargo del micrófono. El discurso de su compañera había quedado inconcluso, pero era evidente que lo sustancial ya había sido dicho. Luro suspiró repetidamente antes de recobrar el dominio de sí misma. Después, tomó del bolsillo de la chaqueta un papel doblado en cuatro, lo desplegó, y comenzó a leer:

—La desgracia me clava su cuchillo. Fui ultrajada, y no lo voy a soportar así nomás. Ninguno cumplió sus promesas, y las cosas no pueden quedar así. No con Alicia Luro, la hija del Juez de Paz y Primer Comisario de Las Tabas, pueblo de gauchos, de indios, pueblo valiente y patriota. Quiero, en el cielo o en el infierno, poder mirar a mi padre con dignidad —La voz de Luro vaciló, se detuvo y miró a la mujer de la derecha. La mujer hizo un gesto de aprobación, de apoyo. Luro volvió al papel—: Me arrepiento de mis errores, de mis crímenes —los labios le temblaron— pero más me arrepiento de no haberle hecho caso a mi padre, que me advirtió que no entrara a la Fuerza. Pero yo quería ser como él: un buen policía. Quería estar entre las primeras mujeres policías del país, para que se sintiera orgulloso de mí —sacó un pañuelo, se restregó los ojos, estornudó—: Ahora todo se ha destruido. ¿Para qué seguir viviendo? ¿Como esclava, en una pocilga, sin poder gozar de la compañía de la persona que más quiero? ¿En manos de quién quedaría mi hija? ¿De la misma madre que la abandonó, que la vendió, que ni siquiera la conoció nunca? ¿Para que la venda otra vez, pero como puta? ¿Para volver a sacarle dinero? No puedo aceptarlo. Está decretado, está escrito, es necesario que esto no continúe. Vamos a festejar juntas, ella y yo, la fiesta de quince más dulce y amarga que nadie jamás haya celebrado. Felices nosotras, lejos de este mundo de mierda, insoportable ya para mí —Luro metió la mano en la cintura, sacó una pistola, y la apoyó en la mesa—. Este es el instrumento de nuestra liberación, el arma reglamentaria— dijo, mirando al público. Un murmullo flotó en el auditorio. Las dos mujeres que la acompañaban pidieron calma, Luro tomó entonces la pistola y mostró que estaba descargada. La gente se calmó. Luro siguió leyendo—: Recuerdo el orgullo de sentir el peso de esta pistola en mi mano por primera vez… Ahora ella nos quemará como un rayo, nos cruzará al otro lado, es nuestro boleto, nuestro pasaporte, hija mía… Nadie  más se va a burlar de nosotros… —Miguez me tocó el hombro, y me dijo al oído—: ¿Ves a la piba en algún lado?

—No, no la veo, yo creo que no está.

—…persiste tu recuerdo, padre mío, porque tú me enseñaste la valentía y en la Fuerza el valor es lo primero. Por eso voy a demostrar que se puede ser mujer y valiente, y esto lo digo para todo el pueblo a través de los medios de comunicación aquí presentes. No me dejaré llevar por el miedo o la blandura, ser indeciso y blando no lleva a ninguna parte, los blandos son el trapo de piso de los duros. Eso lo aprendí aquí, en la policía, esto lo sé desde el momento en que me puse este uniforme, desde que adorné mi cabeza con esta gorra, que para mí es como una corona de reina —suspiró profundamente y dobló los papeles otra vez en cuatro. Se colocó solemnemente la gorra, y miró al público, con expresión serena. Clavando la mirada en un punto lejano, dijo—: La miro y soy feliz. Con ella me olvido de mis penas. Quiero quedarme con esa cara de ángel, los ojitos cerrados, durmiendo en paz, lejos de todos los males de este mundo. Qué hermoso es haberla salvado de un destino miserable. Será la más hermosa, la princesa más libre que haya vivido jamás. Grábense esto en la cabeza, amigos y amigas que han venido hoy a escucharme. Les agradezco que estén aquí. Grábenselo. Soy la Sargento Alicia Luro y no doy el brazo a torcer. Mi padre y mi hija estarán orgullosos de mí. Estoy en paz y escupo sobre mis enemigos: siempre fui sincera, siempre fui de frente, siempre supe lo que quiero, y ahora mismo lo sé muy bien. Mis enemigos, en cambio, se acomodaron siempre a las circunstancias. ¡Miserables! Eso no es vida. No me van a dominar a mí. Tendrán mi cuerpo, pero nunca mi alma.

Con rapidez bajó una mano entre sus piernas y volvió a levantarla. Una pequeña pistola plateada refulgió a la luz de los reflectores. Entonces se irguió, apoyó el caño en la sien derecha y disparó. Durante un instante permaneció inmóvil, parecía que el gesto había sido falso, que la bala era de fogueo, que ninguna tragedia se había desatado ante nosotros. Pero entonces la sangre empezó a bajar por la inflamada mejilla, y ella cayó hacia delante, golpeando la frente contra la mesa. Las dos mujeres comenzaron a gritar y a pedir ayuda. Miguez se acercó, preocupado por disparar una y otra vez su cámara fotográfica. Yo me derrumbé en el suelo, fascinado y abatido, con la mirada suspendida en la gorra de Luro, que había caído cerca de mis pies. Ajada por el disparo, desteñida, salpicada de sangre, ya no era una gorra policial sino un trapo informe.

***

Epílogo

La versión de Miguez

Yo fui el único. Para mí solamente el suicidio fue un gran simulacro urdido por la propia Luro, oculto en la gran confusión reinante. Me costó al principio convencer a Melcone porque la versión oficial funcionaba y nadie quería ponerla en duda, nadie se interesaba por el destino de Luro, ¿por qué  nosotros íbamos a cargar con esta historia y a buscar la resurrección de una muerta? Yo insistí, como es mi costumbre. Tenía la espina clavada. Reconstruía ese final una y otra vez y como un fantasma crecía lo que había visto, el ojo grisáceo entreabierto, la mirada de tiburona o ballena o elefanta astuta auscultando todos los movimientos, supervisando incluso que el operativo saliera bien. Así la vi a Luro, desparramada por el suelo y muy quieta esperando que llegaran sus hombres a rescatarla. Yo fui el único que captó la situación, Jorge estaba aturdido, como la mayoría de la gente, y salió corriendo después del disparo. Yo no. Yo mantuve la calma aún cuando las luces se apagaron y se desplegó en la penumbra, a la luz nerviosa de unas linternas, el operativo que rescató a Luro, los cuatro o cinco hombres encapuchados que la llevaron en andas hacia un destino incierto, a sacarla del escarnio público, las fotos, las noticias, las necrológicas y los cementerios. Suicidio y ocultamiento del cuerpo a cargo de un grupo subversivo. Eso dijeron los jefes policiales, eso aceptaron el gobierno local y la prensa. Amigos de su padre, viejos camaradas de armas de la agrupación clandestina Tradición y Dignidad Policial se la llevaron quién sabe dónde. Ya está, caso cerrado, la institución lamenta estos episodios, estos desvíos, la jefatura confirma el carácter delictivo de Luro y seguirá con toda energía la lucha contra estos elementos que perjudican a la institución. Yo me mantuve con la boca cerrada y los ojos abiertos, la mente abierta. Al fin convencí a Melcone que me diera tiempo y espacio para investigar la suerte de Luro y confirmara mi sospecha, lo que para mí no era sospecha, en realidad, sino absoluta certeza. Le encontré el punto débil, lo entusiasmé con la propuesta de cerrar con este caso el Libro de oro, el interminable relato de hechos policiales verdaderos, ficticios, incompletos o arbitrariamente cerrados con nuestra imaginación. Esto es real, jefe, yo la vi a Luro respirando, jadeando, con el ojito pícaro abierto, la policía vino para borrar las huellas, para terminar de borrarlas; cuando los peritos y el fiscal llegaron lo que podría ser sangre no era nada y cualquier otro indicio del simulacro fue extinguido, quién iba a cuestionar una versión tan coherente como la de un suicidio, quién la iba a ponerla en duda, si no había ningún interesado en opinar lo contrario, lo que pasara o dejara de pasar con la hija tampoco era de incumbencia de nadie, y ya sabemos que en este país el estado actúa cuando hay algún interés personal, el estado es entre nosotros una entidad vacía de contenido y de sentido. Por eso me quedé tan solo en esto, porque yo fui el único que vio ese ojito que tantas veces me miró con desconfianza, en las mil y unas historias policiales del pueblo que me tocó cubrir y narrar, desde un robo de ropa del tendedero de una casa pobre hasta el crimen más atroz de un joven en manos de buchones o narcotraficantes. En todos y cada uno de los casos estuvo el ojito de Luro mirándome desde su lejanía, su gris misterio de zorra o de madre o de calculadora o de criminal o de agente del orden y detective… Me preguntan por qué me involucré tanto en esto. No sé. Yo busqué respuestas también, no soy un tipo cerrado o necio. Lo consulté con Jorge. Desconcertado, me mandó a hablar con sus chamanas, sus brujas. Es el eco de una voz perdida, me dijo Nelda (sorprendentemente amable); es un resplandor que te ciega, y está cerca y lejos, me dijo Regina; y las dos coincidieron en esto: No hay una respuesta fuera de ti, tu maestro interior es el único que la puede responder. Y, creáse o no, en el transcurso de una meditación grupal visualicé a Luro y a Pamela en la orilla de un río de montaña, caminando con los pies metidos hasta los tobillos: iban como seres livianos, alados, hacia el poniente. Y vi un cartel: Cordillera del viento. Solo a Jorge le confesé esta visión y le confié que iría en busca de Luro, que la cordillera del viento corre paralela a la de los Andes, en la región norte de Neuquén. Jorge no salía de su asombro. ¿Vas a dejar todo por ir detrás de una mujer detestable como ésa? ¿Con qué finalidad? Pero a esas alturas yo había perdido la sensatez, escuchaba los consejos de Jorge, de Regina, de Estela, como escuchan las piedras o las olas del mar, me había contagiado, creo, de la tozudez de la gorda Luro, tenía que completar esa historia, develar el misterio de Luro y su destino. ¿Sería tan extraordinaria, tan autónoma, tan brutal esa  mujer policía como para haber hecho lo que hizo? Era ésta era la pregunta que me acosaba y estimulaba, acaso yo tenía que responderme algo de mí mismo, o era simple curiosidad, en fin, Melcone me dio su apoyo, en agradecimiento a tantos años de servicio, dijo,  y fue mi sponsor en esta aventura, pero como no da puntada sin hilo me comprometió a escribir un artículo en el semanario, no sé cómo saldrá eso, tendré que hacer un esfuerzo de síntesis y objetividad, y luego un segundo esfuerzo para terminar el Libro de oro. No importa, valió la pena, y así voy armando algunos borradores antes de volverme loco, ¿por dónde empiezo? y la respuesta sale rápido y me respondo que voy a usar la técnica que tantas veces me dio resultado, escribir a borbotones y después seleccionar, borrar, agregar, darle el ritmo de un oleaje o de mi respiración a lo que se me vaya ocurriendo, lo primero es lo primero: yo supe desde un principio que la Sargento Alicia Luro había sobrevivido a su propia muerte y fueron ellos, los integrantes de Tradición y Dignidad Policial los que me llevaron hasta ella y me queda claro que nuestro encuentro fue parte de su estrategia, ella quería que se supiera que está viva…

 

La cita fue en un rancho de adobe, en un valle perdido entre montañas altas y resecas, ¿sería la cordillera del viento? No sé, me llevaron con los ojos vendados, pero en compensación me ofrecieron un exquisito asado de cordero aunque con agua o gaseosa: nada de alcohol. Me costó reconocerla: Luro había sufrido una hemiplejía: aunque el disparo fue ficticio, el estrés le pasó factura: el simulacro de suicidio, finalmente, le salió muy caro. A Pamela no pude verla, pero a estas alturas confío en que está viva, como me dio a entender Luro con un gesto. Porque está lúcida, pero hablar, no habla. Balbucea algo inentendible. Y está muy desmejorada, demacrada, con veinte kilos menos. Pero, amigos, lo más notable del cambio de Luro no está en el cuerpo sino en el alma. Su mirada expresa paz y contento, como dice el Pastor. No dice alegría, dice “contento”, el contento de estar con el señor Jesús. No sé cuál es el nuevo nombre de Luro, ni el de Pamela, porque ambas tienen nueva identidad. Tampoco sé donde viven, realmente. Solo atestiguo que ahí estaba, a la sombra de unos árboles magros, con el pastor cuyo nombre no me fue revelado, con su esposa, a la que llamaban “Pastora Amada”…. Podría decir, emulando las palabras del Pastor, que ahora ella está llena de Dios. Y se le nota en el gesto, más allá de las deformidades de su rostro, de su terrible apariencia.  Cuando se habla de Dios se le agrandan los ojos, como si esa palabra o esa presencia la inundaran por dentro. En realidad, el rostro entero se le transforma, rejuvenece: la línea de los ojos, las mejillas, los labios, se estiran y alisan en un gesto beatífico de rara felicidad, muy convincente. Los pastores son sus protectores, sus nuevos padres. Entendí que lo único que Luro quería es que yo supiera de su nueva vida, y que transmitiera el mensaje del Pastor, que narró la historia de su conversión de una manera dramática, emocionante. Había sido alcohólico y pendenciero hasta que Dios lo rescató. Luro me instaba a mí, Javier Miguez, su antiguo rival, con gestos mínimos, vehementes, a que escuchara atentamente. Me decía a su modo que éste era su mayor deseo: que se conozca el ejemplo de su querido pastor, el que abrió para ella las puertas del cielo. No tenía voz, pero el pastor hablaba por ella, y decía mejor lo que ella quería decir: “Cuando hacíamos la esquila, mi padre preparaba cien litros de vino, y desde tres días antes hasta tres días después de la esquila tomaba vino. Y a nosotros nos daba, con cuchara, para que saliéramos frunciditos como él (risas). Nos decía: tomen vino, háganse hombres… fumen, no lloren… Yo tenía menos de ocho años… Mi papá tenía un cuero de chivo con vino, nosotros se lo robábamos y hacíamos chipilca, con ñaco. Al rato estábamos dados vuelta… Éramos doce hermanos, muy pobres… Cuando cumplí nueve, mi padre me prestó a un hombre, porque en esa época se prestaban los hijos… Y estuve prestado hasta los catorce… Juano Castillo se llamaba el hombre, fue como un segundo papá para mí, un tío, porque a todos les decíamos tío, y me enseñó mucho. Mi tía era mañosa, pero él no. Ahora van a la iglesia. Después me salí de ahí y empecé a trabajar. Iba muy poco a mi casa. Lo que ganaba en el valle, me lo gastaba en tomar con los otros, acá en el pueblo. Tomábamos durante dos o tres semanas, y vuelta a trabajar al valle. Mi padre, como yo, no llegó al extremo de perderse en el alcohol: tomaba y trabajaba. Mi abuelo igual. Toda la gente así. Gente curada, se peleaban entre todos. Era un desastre. Mi casa era un infierno. Usted nunca vio una familia abandonada por el vino…  Mi esposa tenía catorce años cuando nos casamos, yo veinticuatro. Ella fue primero que yo a la iglesia. Yo no fui un hombre que supo valorarla desde un principio, pero Dios lo quiso así y hay que aceptarlo. Yo no hacía nada, ella hacía todo… Ella tenía que hacer grasa para calefaccionar la casa, andaba con la beba en brazos, y la otra en la panza, igual hacía todo ella, yo meta tomar, pensaba en mí nomás, no me importaba nada. Todo empezó con la Iglesia, venía una señora de a caballo y hacía reuniones en una casita. Esta señora fue prostituta, tuvo cinco hijos, de cada santo una vela, estaba muy arruinada, fumaba, tomaba, peleaba, era un desastre… prostituta barata era. Entonces dejó todo y ahora adora a Dios, y con ganas… desde hace dieciocho años más o menos… ella da su testimonio, dice que era una mujer muy baboseada por la gente… Ahora es la hermana Juanita. Y toda su familia está en la Iglesia. Ella como yo somos instrumentos de Dios, por contraste. Dice la Biblia: el más aborrecido llega a ser el más querido de la gente… El más aborrecido, pero que está arrepentido de verdad… Y dice Dios: hacé todo por mí, que no te importe nada más… Y está en el evangelio, con el ejemplo de María Magdalena. Jesús vino a buscar lo que se estaba perdiendo. Los sanos no tienen necesidad de médicos, sino los enfermos, dijo. Yo estaba enfermo, estaba arruinado, abandonado, me estaba  muriendo…Hace tres años vino un oficial de policía que me aborrecía, no puede creer que yo haya cambiado, que haya aceptado el evangelio. Me citó por una pavada, porque se le ocurrió que en la iglesia cobrábamos por sanar a la gente. Y me dijo: dónde estás haciendo la Iglesia… Le dije: hace veinticinco años que está en este pueblo y  no sabe dónde estoy haciendo la iglesia, pasa todos los días por adelante… No te hagás el malo que traigo al oficial… Tráigalo nomás… Entró el oficial, yo lo recontra conocía, pero igual nos dimos a conocer. Volvieron a preguntarme si cobraba por sanar a los enfermos. No, le dije, y voy a decirle una cosa, voy a hablarle de algo que usted nunca ha conocido, pero que yo sí conozco: yo a ustedes siempre los aborrecía, siempre, y ahora no les tengo miedo, pero los respeto. Yo a usted no lo conozco, pero conozco ese calabozo, y ese zurro y las esposas, pero con eso no me cambiaron a mí, porque lo que ustedes hacen es azotar a las personas, castigarlas y las personas se ponen más rebeldes. A mí me cambio Jesucristo, por eso estoy aquí. Cuando viene  una persona enferma, nosotros ayunamos, oramos, y doblamos nuestras rodillas… y lloramos por esa persona, y la consagramos al Señor. Uno es una persona común, que intercede para que el otro se sane. Una vez estaba conversando con una persona enferma, y después de charlar, se fue sanita, con una charla solamente. La misión de nosotros es la Unión, y así un hermano da una chapa, otro los clavos, otro ladrillos, otro tirantes… Y cuando hacemos cuentas, la Iglesia está construida. La unión hace la fuerza, y Dios nos manda que estemos unidos y amarnos. Así le dije, y se quedaron callados, pensando, y no volvieron a molestarme. Para mí todo empezó con un sueño. Estaba arruinado, perdido en el alcohol, la violencia, vivía peleando, me pasaba parte de la semana en el calabozo. Un día hablando conmigo mismo, pensé: Dicen que los evangélicos sanan, que Dios sana, y si yo me soñara que voy a la Iglesia, yo iría. Esa noche me acosté, pero pensando en cualquier cosa, y soñé que iba a la iglesia con un hermano mío. Pasábamos por una casa de piedra, nos asomábamos y estaba la casa de mi mamá, y estaba la pastora Marta, entonces yo le digo a mi hermano: está por empezar la reunión, corramos porque vamos a llegar tarde. Así que se cumplió, ya estaba el sueño, entonces cumplí mi promesa y fui a la Iglesia por primera vez… Uno siempre pide, el hijo siempre pide al padre. Yo siempre hice las cosas mal para Dios, pero lo tengo como padre, y siempre me dio todo… (Su cara de boxeador, que también es una cara de niño, se ilumina)… Una cosa le voy a pedir a usted, Señor: lo primero es que me saque el vicio del vino… Eso pedí en la primera reunión. Y lloré… lloré un montón, durante horas, y desde ese momento nunca más deseé el vino, ni cerveza, ni sidra, no probé una gota, desde hace dieciocho años… Ahora Dios me puso para enseñar. La Biblia dice: ayúdale al joven para que no se aparte del camino, pero ponte tú como ejemplo. De a poco fueron dejando el alcohol mis hermanos, y viniendo a la iglesia. Hasta que al final, también mi papá. Mi papá decía: tan duros que fuimos, mirá si hubiéramos conocido a la Iglesia antes… Murió a los ochenta y cinco años, y estuvo cinco en el evangelio… Y esta mujer que usted conoce, esta mujer policía, se encontró con Dios ni bien llegó a la Iglesia. Venía ya predispuesta. Había sufrido, había pecado, y estaba en disposición para recibir al Señor. Acá vienen hermanos de toda la región, y si hay un enfermo nos ponemos en ayuno y oración, y Dios lo sana. Ha venido gente con cáncer, diabetes, problemas de corazón, de vesícula, y la gente agradece. Ella vino con una enfermedad en el alma, y ahora está sanada. Por eso está agradecida, aunque no lo pueda decir con palabras”.

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La música del mar XIX. Arte digital.

Melcone leyó atentamente mis borradores, me pidió que sacara la palabra “amigos”, y me dijo, con fastidio, que no era una historia para el Libro de oro, que tal vez podíamos publicar el artículo en la serie fantástica, en línea con Joselito, el chupa cabras, y los ovnis. Porque no era una historia policial, yo me había ido por las ramas, me había confundido con el misticismo, la religión, el delirio de los grupos de meditación, etc. En realidad, al no haber visto a Pamela, ni tener fotografías, ni el dato del lugar de residencia, ni la nueva identidad, ni los nombres de los pastores, Melcone dudaba de mi versión. Y en esa misma línea, Jorge me preguntaba si estaba seguro de haber visto a la verdadera Luro, insistía en que podría haber visto a una sustituta de Luro, un fantasma de Luro, y me sugirió que lo consulte con Nelda y con Regina, porque estas cosas podían ocurrir, había antecedentes… Pero esta vez no le hice caso, porque de verdad no tengo dudas: era ella, es ella. Cuando emprendí el regreso, antes de que me vendaran, atisbé el paisaje y comprendí que era el mismo que visualicé en la meditación: el arroyito era el mismo, y atardecía entonces tal como atardecía en mi visión. Si esto no alcanza para que los demás crean, ya no me importa; para mí es suficiente certeza.

 

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