Poemas selectos (III)

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En 1981 la biblioteca Popular Rafael Obligado organizó un concurso de poesía con motivo del 50° aniversario de la fundación de Villa Gesell, con el tema de “El fundador de la ciudad”. Me entusiasmó, aunque por primera vez iba a escribir con un tema predeterminado. Salvo que en esa ocasión el tema coincidía con la inspiración, porque yo estaba interesado y fascinado con la vida de Carlos Gesell. Me intrigaba la decisión del fundador de largar todo a los 40 años y comenzar una aventura incierta en una franja de médanos vivos. No fue un proyecto calculado, como los de Pinamar y Cariló, que fueron planificando paso a paso y ganando espacio a los médanos. Carlos se metió en medio del desierto, a cien metros del mar, y levantó una casita de cuatro puertas con unos pocos árboles recién plantados alrededor. Con una mujer, Emilia, de su misma edad, y cuatro niños (dos mujeres y dos varones). Por algo lo bautizaron “el loco de los médanos”. Lo suyo fue una pelea cuerpo a cuerpo con los elementos.

Impulsado por estos sentimientos, y geselino desde 1969, escribí un largo poema con pretensiones épicas, dividido en varias secciones. Pensé en tres títulos: El desierto fecundo, La casa en la arena, La esposa del mar. Descarté los dos primeros, por obvios y bíblicos, y me quedé con el último, que tampoco me convencía mucho.

El entonces director del coro del Banco Provincia, Carlos Mangish, quiso hacer una cantata, ponerle música al poemario. No avanzamos nunca en el proyecto, porque yo estaba viviendo aquí y el poemario nunca terminó de convencerme… Mucho tiempo después, mi sobrino Gervasio musicalizó la introducción. Quedó muy bien, y me alegro de que se haya inspirado en esos versos, que a me gustan. Marcan una pequeña serie, con un final que rompe, y plantean una pregunta: ¿por qué el fundador hizo lo que hizo? Qué motivos secretos y profundos tuvo?

Va el poemario, a continuación. Como no entró entre los que consideré “publicables” en su momento (recién sucedió esto un año después), nunca fue editado como libro.

****

LA ESPOSA DEL MAR

Introducción

¿Qué misterioso amor, qué furia ciega

qué vuelta a tu infancia peregrina

qué desprecio a los bordes de tu tiempo

qué aullidos seminales en tu sangre

qué ambiciones de tu genealogía

qué recuerdos ahogaste en el mar?

** 

La geografía

Antes, casi nada,

ni un árbol ni el temblor de una hoja,

ni pasaba el grito del hombre en sus alas de música.

Estaba solo el aire acompañándose

ceñido a su medida voladora:

viento invadiendo dunas indecisas

rocas molidas por el sinfín del tiempo.

Antes,

el reino de la aridez extendido:

caracoles mudos, piedras rotas,

insectos y moluscos calcinados,

maderas negras, restos de naufragios.

Antes,

ninguna memoria, tiempo inasible

hundido en las raíces de la piedra

soledad de iniciales elementos:

el fuego sobre el mar cada mañana

desplegando sus manos amarillas

encendiendo los párpados del cielo.

Antes,

el silencio con sus ritos de ausencia:

latidos marinos, vidas subterráneas,

humedad de sal, mundo sin semillas,

osamentas de muerte, y la sed.

*

Apretada entre dos inmensidades

tu vida independiente:

de tu espalda de trigo, de ñandúes,

de tierra fecundada

sólo ecos tenues bajan al desierto:

medrosas liebres se arriman al mar.

Tu vida propia anda por el aire:

el vuelo coronado

por gaviotas salvajemente libres

princesas brumosas y lejanas

sutiles alas de este reino

amantes suaves del masculino mar.

 **

El hombre

Hay una presencia que inquieta a las arenas desnudas

los amaneceres preguntan quién invade su reino

chillan las gaviotas huyendo cuando pasa el humano

los ojos del mar se detienen en el duende que vaga.

¿Quién es? ¿A qué ha venido?

El caracol dice que es un evadido de la tierra,

solitario que murmura silencios

hunde sus manos en la arena estéril

y se abandona a las voces del agua.

Pesa el rocío

el sudeste no detiene sus flechas,

las noches son cercanas, acumulan

sombras misteriosas sobre el mundo.

El hombre se envuelve en su soledad

confiesa sus planes indecibles

y una emoción de oleaje lo sacude.

Nada lo detendrá.

El estruendoso mar y los silbidos

que el viento da en la noche, son palabras

que su oído aventurero traduce

en optimismo nuevo.

Muy cerca de su casa el mar agita

sus duendes invisibles.

Sale, lo invade el reino que ya ama

el hijo predilecto.

Aspira un aire grávido de anhelos,

algún recuerdo gime en su memoria.

*

La soledad del hombre, más honda que la muerte

insondable, lo envuelve en un silencio de tumba;

quietud de naufragio, desazón infinita,

marea de tristeza, los gemidos lo ahogan.

Desnudo ante su sombra, no sabe qué decirse

el hombre, en su hora más oscura y brumosa;

su corazón poblado de una quimera ciega

se hunde en el pantano de su propia locura.

Destinado a sostener la vida de los otros

no sostiene la propia, se reconoce absurdo

y así pasa las noches junto al viento marino

portador de amenazas y de voces secretas.

*

Volvió a nacer desde su tronco seco

peleando con gaviotas, escuchando

el espejo cambiante del océano.

El hombre acomodado a su destino

fue por más, buscó su sombra

rompió los sillones y los trajes

y fue animal desnudo

locura natural, pie en el vacío.

Y en el estremecimiento de una noche

la semilla de sal entre sus manos

brotó de su saliva y de su aliento

y fue sostén de la primera hoja.

Allí apoyó su sueño y su cabeza

y se hizo árbol para todos los pájaros.

** 

Fundaciones

En la aridez la vida estaba seca

hacia falta fundar un territorio verde

savias como ríos, agua en las raíces

y en el aire nuevo, aromas habitables.

Era misión del hombre de manos jardineras:

cuidando las semillas, mimando los retoños

alentando el esfuerzo de los tallos

afirmando los médanos fugaces.

Y el hombre estuvo y trastocó los siglos:

sus manos inventaron la nueva geografía.

*

En el principio fueron las estacas

ejército de aromas en la guerra de arena:

viajaban hacinadas en el tren de la noche,

y muertas de sed morían como soldados.

Habían crecido en el barro del río

y emigraban a un sueño de salitre

atadas de a cien, la savia retenida

bajo el severo amor de las estrellas.

Sueños de Silvio en las manos de Carlos,

ideales de granjero desplegados

en erguidos blasones de familia:

locura, sueños, libertad, grandeza.

Desde Juancho al destino sin retorno:

niños de sauce, bebés de casuarinas,

jóvenes eucaliptos inmolados

ante las armas de otro mar sin nombre.

*

Pinos secos en la falda del médano,

más cerca la laguna de los patos,

en el galpón los Bodeshein mirando

brotes quemados, la crueldad del cielo.

Carlos Gesell, abandone esta idea,

pierde tiempo y dinero y se fatiga,

vuelva al hombre a su hogar, el viento al viento,

quede la arena sola, con la arena.

Van seis años de muertes y de azotes,

crimen de especies, crudas agonías.

Vuelva usted a Alemania, a su camino,

yo me quedo a sembrar, yo voy más lejos.

Se va el experto, quedan los peones,

se va el amigo, quedan las estrellas,

se va la vida de las savias, seca,

queda el loco en su piel, a la intemperie.

*

Sus manos inventaron la  nueva geografía.

La monotonía de las arenas

se fue poblando de colores vivos.

El pino organizaba los espacios

con su virtud geométrica y su altura,

mientras batalladores tamariscos

conjuraban las furias del sudeste

y los espartos en línea de fuego

sostenían el reino que brotaba.

Las acacias preparaban su ola,

en silencio, salpicando la arena

con generoso polen amarillo

y ya el álamo alzaba su armonía,

su musical silencio, su murmullo,

para darle el idioma de sus hojas

al paisaje recién inaugurado.

*

En la habitación del follaje

la conversación de los pájaros.

La augusta soledad de las gaviotas

fue fragmentada por alas silvestres.

Los gorriones confundieron sus fugaces

fisonomías con las piñas abiertas.

Las torcazas cruzaron como flechas grises

los desnudos rincones del luminoso cielo.

Tenues golondrinas anidaron fugazmente

e hirieron el espacio con sus rayos oscuros.

Toda la vida alada salpicó con sus huellas

el aire transformado por las fertilidades.

Desde entonces en los atardeceres se levanta

la ingravidez de las etéreas aves y las sombras

y en la suspensión del tiempo el día y la noche confunden

sus mudos latidos en los corazones de los pájaros.

 **

Las calles

Un sagrado respeto

señaló el desorden:

como inciertos relámpagos

las calles cayeron

y en las leyes del médano

conformaron límites.

De este modo nació

la singular urdimbre

de enredaderas amarillas.

*

Estas calles

tejidas por el viento

dan al mar:

son secos ríos de arena.

Cuando al pueblo

se acerca el extranjero

una magia

lo saluda en las calles.

Ellas ciñen

una incierta aventura

que define

las formas de la vida.

*

Se sacian de humedad

durante los inviernos.

un misterio las puebla

un aroma marino.

El árbol les tributa

un silencio solemne

y como una memoria

llevan el aire frío.

*

Laberinto de calles

frescura de lo no medido.

por ellas anda el hombre:

universo inmediato

imagen de sí mismo

capaz de aprisionar su vida

o de darle

la medida perfecta.

** 

El racimo humano

Alrededor del hombre crece el mundo

se van multiplicando las familias.

Cada humano pone el rostro que quiere

sobre el cuerpo inédito y anónimo.

La esperanza está abierta, es un sueño

que se seca en la arena o sobrevive.

Fluye el racimo humano como el agua

incesante del mar.

 **

Final

Soy la esposa del mar.

Aquí los hombres vienen

a traer sus soledades.

Este es el oráculo marino

para el oído inquieto,

el cielo verdiazul,

el agua verde.

Lo que detrás de un hombre

está escrito

(la historia de una vida)

permanece en el mar,

ahogado y vivo.

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