Borges y el mar II

Borges y el mar II

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En el monumental diario “Borges”, de Adolfo Bioy Casares, leemos:

“Recordábamos que, en The Wrecker, de ciertos días en el mar Stevenson dice que son unforgettable, unrememberable (imposibles de olvidar, imposibles de recordar)”. 

(Entrada correspondiente al 28 de junio de 1950)

En el poema El mar, ya citado, Borges da la imagen clásica de Ulises: el héroe que navega de regreso a su patria, y en su larga travesía afronta peligros y sale airoso por su valentía y sobre todo por su astucia. Pero en otro poema muestra una faceta distinta: lo imagina instalado en la paz sedentaria y doméstica, recordando el aventurero que fue, preguntándose por ese “otro” que todavía lo inquieta.

Odisea, libro vigésimo tercero

 

Ya la espada de hierro ha ejecutado
La debida labor de la venganza;
Ya los ásperos dardos y la lanza
La sangre del perverso han prodigado.

A despecho de un dios y de sus mares
A su reino y su reina ha vuelto Ulises,

A despecho de un dios y de los grises
Vientos y del estrépito de Ares.

Ya en el amor del compartido lecho
Duerme la clara reina sobre el pecho
De su rey pero ¿dónde está aquel hombre

Que en los días y noches del destierro
Erraba por el mundo como un perro
Y decía que Nadie era su nombre?

(En: El otro, el mismo, 1964)

Esta faceta sedentaria y doméstica de héroes y aventureros es un tópico insistente en la poesía de Borges. Superpuestos a la imagen del arquetípico Ulises, despliega una galería de personajes en situaciones análogas.

Blind Pew

 

Lejos del mar y de la hermosa guerra,
Que así el amor lo que ha perdido alaba,
El bucanero ciego fatigaba
Los terrosos caminos de Inglaterra.

Ladrado por los perros de las granjas,
Pifia de los muchachos del poblado,
Dormía un achacoso y agrietado
Sueño en el negro polvo de las zanjas.

Sabía que en remotas playas de oro
Era suyo un recóndito tesoro
Y esto aliviaba su contraria suerte;


A ti también, en otras playas de oro,
Te aguarda incorruptible tu tesoro:
La vasta y vaga y necesaria muerte.

(En: El Hacedor, 1960)

Así como este poema alude a un personaje de La Islas del Tesoro, de Stevenson, el dedicado a Alexander Selkirk evoca al hombre real que inspiró la novela Robinson Crusoe, de Defoe. Se trata del marinero que fue abandonado en una isla del pacífico y pasó allí cinco años. En su poema Borges lo imagina inadaptado y nostálgico, añorando esa experiencia extraordinaria que contrasta con su actual vida rutinaria y serena.

Alexander Selkirk

 

Sueño que el mar, el mar aquél, me encierra
Y del sueño me salvan las campanas
De Dios, que santifican las mañanas
De estos íntimos campos de Inglaterra.

Cinco años padecí mirando eternas
Cosas de soledad y de infinito,
Que ahora son esa historia que repito,
Ya como una obsesión, en las tabernas.

Dios me ha devuelto al mundo de los hombres,
A espejos, puertas, números y nombres,
Y ya no soy aquél que eternamente

 

Miraba el mar y su profunda estepa.

¿Y como haré para que ese otro sepa

Que estoy aquí, salvado, entre mi gente?

(En: El otro, el mismo, 1964)

Borges vuelve una y otra vez a este contrapunto entre vida aventurera y vida sedentaria; entre la vida gris de cada día y la vida soñada o recordada como especial o heroica. Lo encarnan también, en diversos poemas, el ex soldado Cervantes, y su alter ego Quijano, y su sueño, don Quijote.

Un soldado de Urbina

 

Sospechándose indigno de otra hazaña
Como aquella en el mar, este soldado,
A sórdidos oficios resignado,
Erraba oscuro por su dura España.

Para borrar o mitigar la saña
De lo real, buscaba lo soñado
Y le dieron un mágico pasado
Los ciclos de Rolando y de Bretaña.

Contemplaría, hundido el sol, el ancho
Campo en que dura un resplandor de cobre;
Se creía acabado, solo y pobre,

Sin saber de qué música era dueño;
Atravesando el fondo de algún sueño,
Por él ya andaban don Quijote y Sancho.

(En El otro, el mismo, 1964)

La saña y el peso de lo real se contraponen a los sueños de aventura heroica. (Acaso ésa sea la función de la literatura, de las construcciones imaginarias: hacer soportable la realidad). ¿Cuánto de sí mismo puso en juego Borges en esta insistencia? En su conferencia sobre “La divina comedia”, Borges cita el destino que Dante Alighieri le confiere a Ulises: pasado ya un tiempo en Itaca, decide reunir a sus compañeros para encarar una última hazaña: cruzar las columnas de Hércules (Gibraltar) y lanzarse al ignoto mar inexplorado. Ulises y sus compañeros mueren en el intento, devorados por una tormenta. Dante explica que es el castigo por haber cruzado la frontera de lo  vedado, de lo prohibido. ¿Por qué puso Dante tanto énfasis en este personaje?; “¿A qué se debe la carga trágica del episodio?”, se pregunta Borges. Y responde:

“Dante sintió que Ulises, de algún modo, era él. Porque a nadie le está permitido saber cuáles son los juicios de la providencia, nadie puede saber quién será condenado y quién salvado. Pero él había osado adelantarse, por modo poético, a ese juicio. Nos muestra los condenados y nos muestra elegidos. Tenía que saber que al hacer eso corría peligro: no podía ignorar que estaba anticipándose a la indescifrable providencia de Dios”.

(La Divina Comedia, Siete Noches, 1980)

Así como Dante tramita a través de Ulises su sentimiento de culpabilidad por haberse puesto en el lugar de Dios, Borges lo hace también con los diversos Ulises que convoca en sus versos, y que encarnan y reflejan su propio dilema personal. Porque reiteradamente nos dice Borges, de sí mismo, que no ha sido valiente, ni digno del legado de sus antepasados heroicos, y que lo habita la nostalgia de una vida de aventura y coraje, la que pudo haber sido, la que soñó. (Arriesgo una hipótesis. Ya dice el propio Borges que la realidad puede no ser interesante, pero las hipótesis tienen obligación de serlo. Espero que ésta lo sea.) Podría citar muchos versos, espero que alcance con éstos, célebres:

Me legaron valor, no fui valiente,

Nunca me deja, siempre está a mi lado

La sombra de haber sido un desdichado.

(El remordimiento, en La moneda de hierro, 1976)

Hay una vuelta más en torno la tensión entre la quietud y el riesgo; la cobardía y la valentía, que refuerza mi humilde hipótesis, acaso interesante. Vamos a revisar una constelación de poemas que configuran una mitología muy personal: la del mar del norte y su historia.

Islandia, te he soñado largamente
Desde aquella mañana en que mi padre
Le dio al niño que he sido y que no ha muerto
Una versión de la Völsunga Saga
Que ahora está descifrando mi penumbra
Con la ayuda del lento diccionario.

Cuando el cuerpo se cansa de su hombre,
Cuando el fuego declina y ya es ceniza,
Bien está el resignado aprendizaje
De una empresa infinita; yo he elegido
El de tu lengua, ese latín del Norte
Que abarcó las estepas y los mares…
(Islandia, en: El oro de los tigres, 1972)

Retengamos estos versos: “Desde aquella mañana en que mi padre/ Le dio al niño que he sido y que no ha muerto/ Una versión de la Völsunga Saga”. En la producción poética de sus últimos años, en coincidencia con su estudio de las literaturas germánicas, Borges erige un mito personal equivalente al de sus antepasados criollos, héroes de la independencia, pero en este caso, con una valentía de espadas y un mar ensangrentado por la batalla.

 

Lo perdido

 

¿Dónde estará mi vida, la que pudo
Haber sido y no fue, la venturosa
O la de triste horror, esa otra cosa
Que pudo ser la espada o el escudo

Y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
Antepasado persa o el noruego,
Dónde el azar de no quedarme ciego,
Dónde el ancla y el mar, dónde el olvido

De ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
Noche que al rudo labrador confía
El iletrado y laborioso día,

Según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
Que me esperaba, y que tal vez me espera.

(En: El oro de los tigres, 1972)

 

La pesadilla

 

Sueño con un antiguo rey. De hierro
Es la corona y muerta la mirada.
Ya no hay caras así. La firme espada
Lo acatará, leal como su perro.

 

No sé si es de Nortumbria o de Noruega.
Sé que es del Norte. La cerrada y roja
Barba le cubre el pecho. No me arroja
Una mirada su mirada ciega.

 

¿De qué apagado espejo, de qué nave
De los mares que fueron su aventura,
Habrá surgido el hombre gris y grave

 

Que me impone su antaño y su amargura?
Sé que me sueña y que me juzga, erguido.
El día entra en la noche. No se ha ido.

(La moneda de hierro, 1976)

Algo ligado a su identidad personal, al fracaso, a la desdicha, a la culpa, a la aventura de vivir que él confiesa haber traicionado, se juega también en esta serie de poemas. Las vicisitudes de la búsqueda de sí  mismo lo llevan a estos recorridos marinos imaginarios, míticos, pero tan fuertes y reales que incluso para su epitafio, Borges eligió un verso de la Volsunga Saga: “And ne forhtedon na”. Significa: “Y que no temieran”. Es un homenaje al valor y al coraje frente al peligro de la batalla. Acaso detrás de la elección de estas palabras para su tumba y su memoria esté la sombra de su padre, que lo juzga, erguido, como el antiguo rey de la pesadilla.

Anibal Zaldivar

(El viernes próximo, la tercera parte de esta nota)

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