Cuatro hermanos y el arte de la pesca

Cuatro hermanos y el arte de la pesca

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Emanuelle Kant dijo que el arte es una finalidad sin fin. Podemos discutirlo, pero en principio confirmé su certeza cuando descubrí a Alberto apostado atrás de su camioneta, al abrigo del viento, con la vista clavada en la punta de su caña. Estaba con su hermano Pablo, quien con actitud menos acechante, vestido como un campesino del mar, esperaba serenamente el pique.

Los vi desde lejos, ni bien bajamos a la playa con nuestras camionetas por la entrada de La Punta y encaramos para el norte. Los ví porque en la extensión de tres kilómetros que nos separaban de ellos, la playa estaba desierta; entonces pensé: cuando no quede nada en la tierra, cuando haya desaparecido la última almeja de este mundo, ahí estarán los hermanos Pinciroli arrojando sus líneas al océano.

Llegábamos con mi hermano Gustavo y con Daniel, un amigo, a la playita que se abre antes del boliche del medio, espacio que permitía lanzar las líneas con mayor comodidad atrás de la rompiente. Nosotros empezamos nuestra tarea, encarnamos con langostino y anchoa, y lanzamos. Enseguida me arrimé a los Pinciroli. Tenían un cajón con cuatro corvinas chicas, y ocho o diez bagres, también chicos; la misma carnada que nosotros, y lo que los distinguía desde siempre: excelentes equipos.

“¿Te mienten?”, preguntó Daniel, tal vez guiado por la fama de mentirosos de los pescadores. “No, de ninguna manera”, respondí, “entre nosotros no”. Y me sentí obligado a agregar: “A los extraños, sobre todo a los turistas, no les pasan algunos datos, son escondedores, pero eso lo hago también yo y casi todos los pescadores lugareños. La gente tiene que hacer su propia experiencia, su propio aprendizaje”. Daniel se quedó pensativo. Porteño, ajeno absolutamente a las artes de pesca, había venido a la excursión como acompañante, cebador de mate, y aprendiz. Por eso fue excluido del título de esta crónica; por eso y por razones estéticas, que Kant comprendería.

Comenzamos la pesca, con nuestros equipos de buena calidad, pero entonces empecé a entretejer esta idea de la pesca como arte, del arte como finalidad sin fin. Comparé los equipos: nosotros con cañas de carbono, de cuatro metros, reeles frontales, con tansa del 30 y salida trafilada, anzuelos nuevo; ellos, con cañas del mismo material, del mismo largo, pero más sensibles y livianas. En los reeles hay una gran diferencia: usan los rotativos, que hoy por hoy son más fuertes, más chicos, más livianos y más idóneos para lanzar. Otra diferencia: los posacañas. Nosotros usábamos los convencionales, de un metro de largo; ellos, unos construidos especialmente, de tres metros. Para ese día esta diferencia era importante, porque soplaba fuerte viento del norte. Ellos podían clavar sus posacañas al pie de la rompiente, y elevar las cañas por encima del oleaje, evitando cualquier roce de la tansa con las olas. Nosotros maniobrábamos a ras de la rompiente, y nuestras tansas sufrían el constante embate de las olas. No era posible distinguir un pique, así que obrábamos de modo indirecto: por tiempo, o cuando la tansa se aflojaba completamente, o –lo que era más frecuente, por las condiciones del mar- cuando la línea quedaba completamente corrida de costado, en dirección de la correntada, o sea al sur.

Gustavo, que de los cuatro hermanos es el que “menos sabe” de pesca, el que menos experiencia tiene en este mar, sacó una corvina de dos kilos. En el tercer o cuarto tiro, la línea estaba casi en la zona del Faro Querandí, de modo que recogió y poco a poco fue apareciendo el hermoso ejemplar: el agua refulgía de escamas doradas y aletas, y Gusta se esforzaba y retozaba de felicidad. “No la podía sacar”, dijo al fin, heroicamente fatigado y emocionado. Los Pinci saludaron con los pulgares arriba desde su búnker, y yo aplaudí feliz por el acontecimiento. Seguimos pescando en las mismas condiciones, el viento no aflojaba, caía la tarde. Alberto seguía admirablemente apostado tras la camioneta, como un águila con sus ojos clavados en la punta de la caña. Yo no podía creer que su caña, como la de Pablo, se mantuviera inmóvil. Hipersensible, tensa, ahí estaba quieta a pesar del viento y del oleaje. Las nuestras bailaban en todas direcciones una danza marina, sin que nadie las aceche, porque era inútil. Había que esperar, tomando mate o charlando con Daniel, que los indicios indirectos nos indicaran que había un pique.

Kant… Podemos discutir que se refería al arte como una finalidad no utilitaria. Que usaba el término fin en ese sentido, que el arte es una actividad que no persigue un fin productivo. Podemos discutir si el placer estético, si la felicidad que genera crear, producir arte, no son finalidades también. Sin embargo, tomemos de Kant este punto: la finalidad del arte está en el propio hacer, en el procedimiento en sí mismo, el método, el recorrido, más allá del resultado.

En este caso, nuestra finalidad era la misma: pescar, sacar peces del mar, pero nuestros procedimientos eran diferentes. El nuestro, rudimentario, nos permitía disfrutar del resultado en sí, pero muchísimo menos del procedimiento en sí. El de ellos era procedimiento puro (sin que esto implique desinterés por la finalidad de sacar peces). Esas cañas ahí el lo alto, contra el cielo, inmóviles en medio del ambiente hostil (viento, oleaje, arena voladora), me hablaban del esto, del refinamiento, de la sutileza, de la pesca como arte, de aquello que incrementa el deleite en sí de pescar; todo orientado a la finalidad sin fin, a que un pez por pequeño que sea genere en uno la vibración de la captura, las sensaciones corporales de mayor disfrute deportivo, la alegría de perfeccionar el método y ver los resultados.

En el plano realista, productivo en el sentido kantiano, en nuestro campamento teníamos la corvina más grande, mientras ellos seguían sacando a repetición –pescaron mucha más cantidad de piezas que nosotros- corvinas chicas, bagres, y algunas rayas. Es más: cuando se fueron, casi al anochecer, Gustavo volvió a sacar otra corvina grande –esto todavía no se los conté a los Pinciroli-. Fueron las únicas corvinas grandes de esa tarde. Los resultados estaban con nosotros, pero el arte estaba con ellos.

Además, Pablo demostró que aplica fielmente uno de sus principios: “no hay que porfiar”. Observó que Gustavo había encarnado con anchoa, y que arrojó su línea apenas atrás de la rompiente. “Nosotros estamos lanzando cuatro veces más lejos”, me comentó, sin fanfarronear, “y estamos sacando este chiquitaje, así que voy a probar tirando donde tiran ustedes”. Entonces bajó dos cambios –o cuatro-, tiró cerca, pero tampoco tuvo la suerte de enganchar un buen ejemplar. Al final de cuentas, el mar es el que manda. Pero la pesca es un arte, de infinitas posibilidades, como cualquier otra, y los hermanos P. van por ese camino, mientras que a nosotros nos falta mucho…

La historia no termina aquí: cuando volvíamos, con Daniel aterido de frío y murmurando: “no soy tan salvaje como ustedes”, vi recortarse en la oscuridad uno de los jeeps de Pedro Cuevas. Entonces pensé: cuando no quede nada, y el último berberecho, con la lengua afuera, entregue el último suspiro, también estará Pedro. Entreverado en su trasmallo, entre las olas, salió del agua para saludarme y mostrarme una lisa de dos kilos, la primera de esa noche, producto de su lucha cuerpo a cuerpo con el mar. Pedro estará también, tal vez como el eslabón perdido o la semilla que inicie otra vez el ciclo de la vida.

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