De Gesell a San Juan

De Gesell a San Juan

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El viaje a Cuyo (2008) tiene ocho relatos: De Gesell a San Juan; Blancanieves, huarpes y dinosaurios; Riquezas de la tierra y el viento; Camino al cielo; Piedras y extraterrestres; Entre San Juan y Mendoza; El fruto de la vid; El vino y las palabras. Va el primero. El 22 de abril es la presentación del libro en la biblioteca Rafael Obligado. Entretanto, siguen los adelantos y los canjes. Abrazo!!

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Antes de partir, escucho por primera vez la voz del Sensei Odiseo Laguna: “Viajar es detenerse”. Quedo intrigado por el carácter paradójico de la sentencia, pero sobre todo por la aparición temprana de este compañero interior, instalado en la butaca más cómoda de mi cabeza. “Habrá que bancarlo”, pienso, resignado, y escribo la frase en mi cuaderno de bitácora, con la esperanza de ir develando su sentido en el transcurso del viaje. De movida, todo parece desmentirla, porque un vértigo preside la salida, como si estuviéramos escapando de la trama rígida, invisible, que sujeta la vida cotidiana. Incluso el primer mate, que empieza a correr ni bien pasamos la rotonda, tiene esa excitación primigenia de los que buscan rajar y zambullirse en otras coordenadas de tiempo y espacio.

La diagonal hacia San Juan atraviesa la provincia de Buenos Aires. Territorio conocido, que sin embargo vuelve a asombrar con su deslumbrante paisaje: el campo llano, inagotable en distancia y horizonte, las lomadas de Tandil, tapizadas de verde y piedra, y luego campo y más campo hasta General Villegas, mitad de camino. Apenas una posta rápida y frugal: un hotel para viajantes de comercio, comida casera en el club “Eclipse”, y un baño reparador con agua salada (saladísima). “Para no olvidar tan pronto el mar”, pienso, y luego escucho la queja de las mujeres del pueblo porque el pelo no se afloja con ningún shampoo, ninguna crema de enjuague, y es casi imposible la vida con el agua salada corriendo por las cañerías, metiéndose en vasos, ollas, baldes, y lo peor: endureciendo las cabelleras. Por mi parte, no alcanzo a notar gran diferencia en ese aspecto, pero sufro el estigma cuando me lavo los dientes.

Vamos rápido desandando el camino, entre mate y mate. Al asombro del paisaje se suma el de un nombre: Maissonave (La Pampa). Y ya empieza a cumplirse la hermosa ley del desvío, que demuestra que no hay apuro, ni una ruta necesaria y obligatoria que recorrer. Entramos. Maissonave en mucho nombre, mucho cartel, y muy poco pueblo. Un par de calles, una estación de trenes abandonada, un almacén. Riqueza de silos y de maquinarias, nada más. Más adelante, en San Luis, otra vez cartel y nombre pomposo: Nueva Galia. Otro desvío: quiero saber qué resabio hay aquí de Asterix, o de la campaña de Julio César. Este lugar es un pueblo con plaza, iglesia, y fiesta propia: la Fiesta Provincial del Caldén. Minúsculo, sin embargo, alcanzan la calle de entrada y la plaza para recorrerlo. En la Municipalidad me bajo del auto —lo dejo en marcha— y pregunto: “¿Por qué se llama Nueva Galia?”. Dos empleadas que reparten bonos a algunos lugareños me miran con curiosidad. “Ni idea”, dicen, y cuchichean, se ríen. “Espere que pregunto”, dice una de ellas y se mete adentro. Vuelve enseguida. “Dicen que se llamaba Nueva Galicia, y que como había otro lugar que se llamaba igual, le pusieron Nueva Galia porque era el más parecido”. Me voy, sin rastros de galos o romanos, pero al dar la vuelta a la plaza leo: “Biblioteca”. Bajo y una mujer, sentada frente a una computadora, me informa: “Los dueños de estos campos eran franceses… Donaron parte de las tierras para hacer el pueblo, con la condición de que le pusieran ese nombre… No, no hay descendientes, porque al poco tiempo de que se fundara el pueblo, vendieron todo y se volvieron a Europa… No, no sé de qué parte de Francia eran”.

Atravesamos San Luis. Por una larga ruta áspera y seca llegamos a la ciudad de San Juan, que nos recibe con insólito bullicio: tránsito afiebrado, gente apurada, bocinazos en los semáforos que pasan del verde al rojo y viceversa en poquísimos segundos… ¿Estaremos en Buenos Aires, o todas las capitales enloquecieron? Escuchamos por ahí que cuando se reconstruyó la ciudad se programó una circunvalación, tipo General Paz, pero demoraron tanto en hacerla que cuando la terminaron la ciudad ya había crecido mucho más allá de ese límite. Ahora se está programando una nueva circunvalación, de perímetro mucho más largo…

Nos quedamos en la cuidad el tiempo necesario para cumplir con las visitas de rigor: Casa Natal de Sarmiento, Museo de ciencias naturales, Museo Arqueológico, Club Sirio Libanés, Museo del aceite de oliva Don Julio, y el inicio del  tour gastronómico, parte fundamental de cualquier viaje. En el centro de la ciudad, nos sorprende el nombre de una tradicional parrilla: “La Remolacha”. Esta vez no pregunto el sentido del nombre, y nos dedicamos a las empanadas y al locro.

Sarmiento, que siempre fomentó su identidad sanjuanina, es un prócer omnipresente. El museo en que se ha convertido su casa natal impresiona: enclavada en pleno centro, conserva el espacio de las viviendas de entonces, donde el tiempo parece reposar en las paredes de adobe, en los amplios corredores, en los soleados patios que albergan el gesto siempre adusto del prócer en un busto de piedra. Desde allí, Domingo Faustino mira con orgullo las bandadas de guardapolvos blancos que lo visitan permanentemente, y escucha los discursos de las maestras que lo elogian con formal veneración. Una vitrina contiene sus libros: Educación Popular, Facundo, Crónicas de Viaje. Falta Recuerdos de Provincia. Una lástima, porque es el que refleja con intensidad, nostalgia, y agudeza este mundo que estamos recorriendo: San Juan de la Frontera, sus orígenes, su formación social, sus personajes, todo relatado con la pasión desmedida, lúcida, genial de este hombre amado y odiado, pero imprescindible, como todo “grande”. Sensei retumba en mi cabeza y me apunta una frase de Recuerdos de Provincia: “Los viajes son el complemento de la educación de los hombres”.

Salimos rumbo a territorios más deseados: aire libre, naturaleza, paisajes. En la ruta se instala, como estela de la onda sarmientina, el recuerdo escolar: “…en su pecho, la niñez de amor un templo, te ha levantado y en él sigues viviendo”.

—Sí, me acuerdo, ¿pero cómo empezaba?

—Hummm… Yergue el ande su cumbre más alta…

—No, ese es el de San Martín.

No recordamos el comienzo del Himno, y empieza a carcomernos el moscardón de la duda, sin pausa: “¿cómo era, cómo era?” Bueno, pasa un rato y con el paisaje y el camino la pequeña desesperación se diluye. Pero ya volverá, y cada tanto vuelve: “¿cómo era…?” El camino lleva a San Agustín del Valle Fértil, base de operaciones para visitar los parques Ischigualasto (Valle de la Luna) y Talampaya. A vuelo rasante pasamos por el templo de la Difunta Correa, y en la ruta nos topamos con un cartel: “El Difuntito Pelado”. ¿Culto nuevo? ¿Marketing? ¿Broma? Una flecha indica el ingreso a un incipiente templo, que hasta el momento, no ha tenido éxito… Nos instalamos en Valle Fértil y ya estamos, decididamente, donde queríamos estar, en otro tiempo y espacio. Un recorrido por La Majadita, montañas adentro, nos regala una tarde de arroyo y aire diáfano y silencio y cerros solitarios. En el relax, el rumor del agua trae los primeros versos del Himno perdido: “Fue la lucha, tu vida y tu elemento, la fatiga, tu descanso y calma…”  Final a toda orquesta, patriótico.

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