De la cordillera al mar

De la cordillera al mar

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El siguiente relato pertenece al primer viaje, “Sur de Argentina y Chile” (2006). Lo publico como anticipo de la presentación del libro, prevista para el 22 de abril. Los relatos de este viaje son ocho: El pueblo del molino, Sur de Argentina y Chile, Chiloé, iglesias y brujos, Paisajes y personas de Chiloé, Orillas del Petrohué, Despedida de Chile, Encrucijada y Fin de viaje. Publico también las fotos, que no están en el libro porque incluirlos hacía muy costosa la edición. Recuerden que el libro está a la venta en las librerías y que también puede obtenerse por canje.

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Cruzamos a Chile por el paso Futaleufú. Esta palabra, mezcla de cascada y viento, pierde magia en la traducción al castellano: “Río grande”.  Vimos, a este río poderoso, abrirse en grandes anchuras, encabritarse en rápidos, zigzaguear entre bloques de piedra y enredarse en las penumbras de la selva valdiviana. Los expertos lo consideran entre los más aptos del planeta para travesías en kayak y para el rafting. Como si esto fuera poco, alberga más de 30 lagos, entre ellos los resplandecientes Espolón, Lonconao y Yelcho. Íbamos camino a Chaitén. Desde la frontera son 200 kilómetros de ripio, que recorrimos custodiados por las grandes montañas saturadas de vegetación, en las que cada tanto asoma la inmóvil lengua blanca de un glaciar. A diferencia del lado argentino, el paisaje ofrece contrastes más acentuados entre montañas, vegetación y agua. Por la constante llovizna y la tremenda vegetación, por momentos nos sentimos en la Mesopotamia o en el trópico…

Para probar nuestra fraternidad con los chilenos decidimos llevar a los que hacían “dedo”. Entonces descubrimos personas verborrágicas, comunicativas, abiertas, dispuestas a contar lo que fuera, a opinar sin prejuicios. Gente simple, agradecida, y pícara. Uno de ellos nos sorprendió:

— ¿Así que vienen de Villa Gesell? Eso queda acá cerca.

— ¿Cerca? Estamos a dos mil kilómetros…

— ¿No me creen? Miren ese cartel.

En el cruce con el acceso al lago Yelcho, vimos un gran letrero publicitario:

VILLA GESELL LODGE

A 5 kilómetros. Cabañas, pesca.

Nuestro acompañante, que nunca había escuchado hablar de una ciudad argentina llamada así, no dijo que Gesell era el apellido del dueño, un chileno hijo de alemanes (¿?¡!).

Chile ofrece un concentrado de paisajes: montaña, nieve, hielo, lagos, ríos, selva, y ahí nomás, el deslumbrante océano Pacífico. Las flores y los frutos, alimentados de tierra y agua pura, llegan hasta la orilla misma del mar. Conviven los mariscos y los peces con la selva florida y esto da una mezcla indefinible de colores y aromas. El pueblo de Chaitén está allí, engarzado entre inmensidades, con sus coloridas casas de madera, mojado por “las largas eles de la lluvia lenta”, como escribió Pablo Neruda en un hermoso poema. La lluvia está siempre y es notable cómo la gente la tolera como si fuera aire, forma parte de un todo al que los habitantes están acostumbrados. Ni siquiera usan paraguas, simplemente se mojan. Por un misterioso contagio, la lluvia no nos molestó: no había que mirarla, ni escucharla. Era como el aire.

Chaitén es un cruce de caminos y también un límite: solamente se comunica con el continente a través de transbordadores. Son 12 horas hasta Puerto Montt y también se puede cruzar a la isla de Chiloé, navegando 6 horas. Nuestro itinerario era este último, de modo que mirábamos el mar con ansiedad y temeroso respeto, sabiendo que por ese camino sin huellas seguiría nuestra aventura. En Chaitén, la mezcla de aromas se concentra en las “cocinerías”, espacios públicos concesionados a mujeres nativas. Allí disfrutamos de platos exquisitos, a precios populares: la paila marina, preparada con variedad de mariscos (cholga, choro, chorito, loco, almeja, vieira, piure), el caldillo de congrio, y los salmones recién pescados. Aunque había bonitos restaurantes, nada mejor que comer ahí, donde uno podía ver a las señoras cocinar con antiquísimo arte.

Instalados en un hospedaje, decidimos visitar el parque Pumalín, propiedad del magnate americano Douglas Tompkins. Nos encontramos con un lugar prolijo, cuidado, ejemplarmente organizado para la visita de turistas. Subimos por ordenados senderos hasta hermosas cascadas, metidos en la selva profunda, y llegamos a puntos panorámicos desde donde admiramos el volcán Michimahuida. A la vuelta, llevamos hasta Chaitén a tres jóvenes —dos chicas y un chico— guías de turismo de Puerto Varas. De inmediato charlamos sobre la polémica en torno al parque y a su propietario. Un tema siempre presente entre los chilenos de la zona. El empresario americano compró 289 mil hectáreas de cordillera, selva, lagos y glaciares. Su presencia allí despertó sospechas y resquemores, pero el tipo convirtió ese lugar en una reserva, que desde el 2003 está consagrada por ley como “Santuario Natural” y administrada por una fundación.

—Los que se quejan son los industriales, tanto de la madera como de las salmoneras, porque les puso un freno— dijo una de las guías.

Este mismo empresario compró 70 mil hectáreas en la costa argentina, al norte de Río Gallegos, sobre el kilómetro 2385 de la ruta nacional 3. El objetivo es crear el primer parque nacional costero y la primera porción de estepa patagónica, con su fauna y con su flora autóctonas, preservada formalmente. En este proyecto esté involucrado la fundación Vida Silvestre, de modo que hasta ahora, el “yanqui bueno” parece estar ganando la batalla por la credibilidad. En Chile, sus enemigos son los industriales, pero también hay planteos basados en la soberanía nacional y en las reservas de madera y agua…

Conocimos otros americanos: siete pescadores que paraban en el mismo hospedaje que nosotros. Estaban con dos guías de pesca chilenos, que les cobraban 2500 dólares a cada uno por una excursión de dos semanas, con todo pago (menos el pasaje aéreo). Luego de pescar salmones hasta saciarse (habían sacado 59 en una sola jornada, con la modalidad de pesca y devolución), esperaban el avión que los llevaría de vuelta a Puerto Montt. Como había tormenta de viento, andaban encerrados en el hotel sin saber qué hacer, preocupados por la demora. Los guías nos comentaban que, sin pesca, era difícil entretenerlos. La solución que encontraron fue traer abundante pisco sauer y esta bebida mágica los mantuvo alegres y bullangueros hasta la tarde. —Es increíble lo que chupan estos tipos —nos dijo uno de los guías. —Lo más notable es que al otro día, a las seis de la mañana, ya están listos para ir  pescar—.

Misteriosamente, el viento calmó y en cuestión de minutos, todo volvió a la normalidad. Nuestro trasbordador se dispuso a partir hacia Chiloé, “la isla de las gaviotas”. Cruzaríamos un brazo de mar. El viaje se hacía más largo y profundo.

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