Día del escritor

Día del escritor

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El mismo lunes 13 (año 2011), a primera hora, me enteré que el día del escritor se instauró en memoria de Leopoldo Lugones, el poeta que proclamó la hora de la espada antes del golpe de Uriburu, hacedor de poemas perfectos de lenguaje artificioso y fundador de un nacionalismo de inspiración griega, que intentó convertir a José Hernández en el Homero de las Pampas. Mi aporte fue compartir el elogio de la libertad que hace don Quijote, al final de sus aventuras. Y así empecé a cabalgar la jornada.

A media mañana envié por Oca la novela La Mujer Policía a un concurso literario, y dejé en la librería Gentelinda el original para hacer copias para otro concurso. La empleada de Oca me conoce de cien envíos anteriores (igual que Jorge, el arquero del equipo de Marroquí que trabaja en el Correo Argentino). A los dos les haré un regalo si llego a ganar algún concurso (a Rúben, el imprentero de Gentelinda, le prometí un asado). ¡Buen augurio ocuparme de estas cosas el día del escritor!, dije. La empleada de Oca sonrió, y adhirió, compasiva: ¡que tenga suerte!

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A las tres de la tarde salí para Mar del Plata, con el grabador digital cargado de resúmenes de los apuntes críticos sobre El Quijote y La vida del Buscón llamado don Pablos (de Francisco de Quevedo). Por necesidad había sido: el teclado de la computadora se había bloqueado en Num Lk y convertía la i en 3 y la o en 5, así que leí los textos para el examen y en lugar de tomar apuntes, los grabé y decidí usar la hora y media del viaje para hacer un último repaso antes de llegar a la Facultad. Me colgué el grabador del cuello, y fui activando los archivos de audio –eran unos cincuenta, de dos o tres minutos cada uno-. Pero cuando encaré la rotonda de Gesell para tomar la ruta, una mujer policía esperaba en la banquina. Me sorprendió, porque a cinco años y medio de haber escrito el primer párrafo de la novela “homónima”, se producía por primera vez esa escena en la realidad. Como al protagonista, me incomodó la idea de llevarla y suspender el programa previsto, pero era el día del escritor, había enviado la novela a un concurso, y me encontraba con una mujer policía verdadera esperando a la vera de la ruta. Todo caía del cielo. Así que frené y me relajé para sentir qué me pasaba.

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Fue un choque con la realidad. La mujer policía no tenía la trenza brillante de Julia, ni el perfume barato de la rubia Cyntia, ni el volumen descomunal de Alicia Luro. La escena que siguió, desde el momento en que ella subió al auto, no tuvo nada que ver con la ficción. Charlamos de trivialidades, con la vulgar timidez que se produce en estas situaciones, y luego de escucharla un buen rato (era simpática y desenvuelta), le dije que tenía que estudiar unos apuntes, que me disculpara. Ella, agradecida y cortés, se arrellanó en el asiento y se dispuso a dormir (momento semejante al de la novela, aunque yo no tenía que escuchar la Pastoral de Beethoven, y ella no tenía ninguna cicatriz). Como vi que ella se removía en el asiento para acomodarse, le sugerí que bajara el respaldo, lo hizo, se relajó y se durmió durante todo el viaje.

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Una de las genialidades de El Quijote es el borramiento de los límites entre realidad y ficción. Los críticos sugieren que Cervantes intuyó tempranamente algo que ya casi nadie discute: que la relación entre las palabras y las cosas es arbitraria y convencional; que los discursos no remiten a la realidad, sino a sistemas de signos. Cuando contamos algo, ya establecemos con esa porción de lo real una distancia: es el discurso el que construye la realidad, y no al revés. La realidad como tal es incapturable, y a lo sumo pueden tejerse innumerables discursos sobre ella (y esto es en verdad lo que sucede, lo que hacemos incesantemente). El extrañamiento que sentí al revivir la situación –que se “repetía exacta”- del comienzo de mi novela lo hizo patente: la escena inventada tiene vida propia, autónoma y sus referentes son imaginarios y múltiples.

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El examen tuvo cuatro ítems: del Quijote, la complejidad del concepto de autor y la presencia de la tradición carnavalesca; del Buscón, la presencia de la risa en la evolución del personaje y la técnica de la caricatura en la descripción del Licenciado Cabra. Dejemos al maestro Cervantes y quedémonos con el maestro Quevedo (su pluma corrosiva presenta a Cabra, director del internado, como ejemplo extremo de la tacañería, que sometió a Pablos y a su compañero de estudios a un hambre atroz).

“Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética, la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese. Cortábale los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria”.

(Francisco de Quevedo: Historia de la Vida del Buscón llamado don Pablos, cap. III).

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El examen duró tres horas, así que salí derecho al hotel donde la señora me esperaba con una habitación distinta a la habitual. “La 6 no está hecha, tengo la 2”. Acepté el cambio por no esperar, asegurándome de que tuviera el calefactor en buen estado y funcionando, para sobrellevar el frío de esa noche. “Si”, me dijo, “funciona bien, pero tenga la precaución de correr la cortina, porque justo da a sobre la estufa y se puede incendiar”. Lo repitió dos o tres veces, hasta que le dije que no se preocupara, y -para reírnos- agregué que la vida sin riesgos no tiene sabor.

Guardé mis cosas, encendí el calefactor y corrí la cortina. Salí a cenar a un bodegón conocido, el menú del día: arroz con pollo. En la tele, puesta a alto volumen, la hija del Capitán Giachino, primer argentino caído en Malvinas, lloraba porque en el concejo deliberante marplatense habían retirado el retrato de su padre, a instancias de algún organismo de derechos humanos. Los mozos decían: Qué barbaridad, y yo más bien mudo, volví la memoria al comienzo de esa jornada: día del escritor, Lugones, la hora de la espada, dónde estarán colgados sus retratos, etc. Como si esto fuera poco, un diario abierto sobre la mesa exhibía una crónica policial: “un chico de 13 años y su hermano de 16, asaltaron la vivienda de un albañil, apuntaron con una pistola al hijo de ambos, de 11 años, y maniataron a la esposa, a quien amenazaron con cortarle las piernas con una moladora”. Comí rápido, di una vuelta y volví al hotel.

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Relajado y cansado, espié la tele un rato más: un hombre hablaba con pasión de una exhibición de canaricultura que se había desarrollado en la ciudad. Habían participado decenas de criadores de todo el país y aún del exterior. Las imágenes mostraban canarios enjaulados de variados tamaños y colores, prolijamente peinados, limpios y ataviados para el concurso. El ganador resultó uno grande, de vivísimo color rojo, con matices de negro. El organizador invitaba al próximo encuentro… Enseguida apareció una publicidad en la que se promocionaba con vehemencia un curso de Asistente de Veterinario, con segura salida laboral.

Suena el celular: charlas con Gustavo y Fernando. Un hermano y un amigo que se llama igual que otro hermano que ya no está. Dos hermanos. Tres.

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En la tele seguían con las mascotas. La apagué y busqué El licenciado Vidriera, una de las novelas ejemplares de Cervantes. La historia de un chico de la calle que gracias a sus virtudes logra estudiar en Salamanca y viajar con el ejército. Puesto a elegir entre las letras y las armas, elige las letras. Se queda en la Universidad hasta graduarse de Licenciado en leyes. Pero resulta que una mujer despechada, intentando enamorarlo, le hace ingerir un membrillo con una pócima, y en lugar de enamorarlo lo envenena. Queda convaleciente durante seis meses y cuando se repone, siente que su carne se convirtió en vidrio. Ajusta su vida a la nueva realidad. No permite que nadie lo toque, por miedo a quebrarse. “Decía que le hablasen desde lejos, y preguntasen lo que quisiesen, porque a todo les respondería con más entendimiento, por ser hombre de vidrio y no de carne, que el vidrio, por ser de materia sutil y delicada, obraba por ella el alma con más promptitud y eficacia que no por las del cuerpo, pesada y terrestre”. Se vuelve sabio. Lo siguen, le piden consejos, lo escuchan y admiran.

Como pasará con el Quijote –que Cervantes creó después-, la gente se fascinaba de que “un sujeto donde se contenía tan extraordinaria locura como era el pensar que fuese de vidrio, se encerrase tan grande entendimiento que respondiese a toda pregunta con propiedad y agudeza”. Locura y sabiduría en máxima tensión. Y así como a Quijote lo curaron y le devolvieron la cordura –y viéndose cuerdo, murió de tristeza-, a Vidriera lo curó un religioso milagrero, y vuelto a la normalidad, cambió su nombre al de Licenciado Rueda… La novela no termina aquí, pero entonces –creo- me dormí. Y con el loco de vidrio terminó para mí el “Día del escritor”.

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