Dolor de madres

Dolor de madres

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A diez años de la muerte de mi hermano, evoco ahora lo que pasó inmediatamente después de recibir la terrible noticia. Porque durante varios años no pude recordar ese episodio sin angustiarme, y el relato se cortaba.

Cuando Dido le pide que relate el fin de Troya, Eneas dice: “Reina, me mandas revivir un dolor indecible” (Infandum, regina, iubes renouare dolorem). Relatar un hecho doloroso es volver a sufrirlo, pero es simultáneamente catarsis y sanación, como enseñaron Aristóteles y Freud. Lo mejor que uno puede hacer con el dolor es intentar una curación y yo creo que lo que estoy haciendo ahora es justificar estas líneas en mi blog, al que concibo como un cuaderno de notas personales y literarias que salta desde mi mesita de luz al océano virtual.

*

Fue un sábado a la tarde. Habíamos regresado de un paseo por Mar del Plata y ni bien entramos en casa sonó el teléfono. Una voz familiar, grave y angustiada, nos paralizó con la desgarrante noticia. Luego del impacto, mi preocupación se trasladó a la escena que seguiría en breve: informarle a nuestra madre.

Al rato partimos hacia su casa. Sorprendida por la visita, nos recibió sonriente y amable. Nos sentamos, hablamos de trivialidades, tomamos café. Mientras tanto, yo rumiaba cómo abordarla, qué palabras usar. Entonces descubrí la imagen de Jesús en un pequeño altar armado sobre una mesa. Tomé el retrato, lo puse frente a ella e improvisé un discurso sobre la muerte, la vida eterna, la fe: la suma de las creencias básicas del catolicismo que ella profesaba. Y así, hablándole a través del rostro de Cristo, de su amado Cristo, le conté, y ella escuchó el rayo fatal que le caía encima mirando esa imagen infinita, y no la mía.

*

Hay una anécdota célebre de Buda: una mujer muy joven se acercó a él para pedirle que resucitara a su hijo, de apenas tres años. El Iluminado le dijo: “lo haré, siempre y cuando traigas un grano de mostaza de aquél hogar donde no haya entrado la muerte”. La mujer visitó una a una las casas de la aldea, y comprobó que en todas había ocurrido alguna muerte. Resignada, sepultó a su hijo y se hizo fiel seguidora del maestro.

Con el correr de los días, mantuve varias charlas con mi madre. Yo intentaba llevarla a la lógica de sus creencias, le decía: Si todos somos iguales ante Dios, tu hijo, mi hijo, el del vecino, son esencialmente iguales, debemos tratarlos y considerarlos con el mismo amor, la misma valoración.

–Eso es imposible –decía ella.

–Pero es lo que dijo Jesús.

–Sí, pero no se puede.

Tenía razón, pero yo quería poner blanco sobre negro la verdad de la religión cristiana, tal como está formulada, y confundir el infinito dolor suyo con el infinito dolor del mundo, la gota de agua de su dolor en el gran océano del dolor humano. Y de paso, hablar de lo indecible –la muerte de mi hermano- e intentar aliviar el rayo que la destrozaba sin pausa.

Mi dolor por mi hermano, por otra parte, también desgarraba mi corazón, y estaba en algún lugar, procesándose, pero –siempre había sido así en mi familia- tenía que ocuparme del dolor de ella, prioritariamente. Así fue.

No discutíamos, conversábamos, amorosamente. Y coincidíamos que el amor, considerado en esa dimensión de Jesús, es imposible de sentir, es inhumano, o tal vez la máxima expresión de lo humano: igualar a todos los hombres en el mismo amor, y que esto no sea un mero concepto, sino un compromiso y una acción verdadera.

Algunos pocos han podido alcanzarlo: Teresa de Calcuta, para dar un ejemplo contemporáneo, entre muchos otros anónimos que sin duda existen…

*

Mi madre entonces se enojó con Dios. “Me falló”, murmuraba. Y quién sabe qué decía, que gritaba, qué aullaba en la intimidad con El… Tenía razón: había padecido la enfermedad de su marido, mi padre, durante diez largos años. Finalmente se había quedado viuda a los cuarenta y tres. Y todo ese largo proceso, y los años posteriores, los había soportado con resignación cristiana, aceptando el desgarramiento y la soledad. Y cuando ya aquellas heridas estaban cauterizadas, aparecía esto, imprevisiblemente. No pudo aceptarlo. Dios no podía sumarle a tantos años de dolor por la enfermedad, agonía y muerte de su marido, la sorpresiva muerte de su hijo menor. Se enojó. Y yo, sin decírselo, pensé que era bueno, que estaba bien que pudiera decirle a Dios en la cara el insoportable dolor que sentía: el absurdo, el engaño, la tragedia en su cara más terrible, la muerte de un hijo. Bien, pensaba yo, bien que pueda hacerlo, que pueda enojarse. ¿Acaso hay algo más tremendo, más hermosamente humano que pedirle cuentas a Dios? Preguntarle: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Mi madre fue al grupo Renacer, el tiempo suficiente para consolarse, para rebuscar y rebuscar y no encontrar el grano de mostaza del Lugar Sin Muerte; para Ver que donde ella había sufrido una, otras madres habían sufrido dos, o tres, o cuatro… Esto la ayudó a resignarse, a aceptar.

*

En “Los hermanos Karamazov” encontré las páginas más lacerantes y sagradas –dos extremos de lo indecible- sobre esta dolorosa cuestión. La escena trascurre en un monasterio, donde el monje santo y sanador –el starets- recibe a un grupo de mujeres creyentes. Una de ellas viene a él deshecha. Había sufrido la muerte de tres hijos, y hacía pocos meses, se le había muerto el cuarto. Entonces no soportó más, se fue de su casa –dejando a su marido entregado a la bebida- y salió en busca de la Respuesta.

En este punto del relato, yo dejo la palabra y se la cedo al gran Dostoievski.

(…)

“-He aquí una que viene de lejos -dijo el starets, señalando a una mujer todavía

joven, pero exhausta y muy delgada, y de rostro tan curtido que parecía negro.

Esta mujer estaba arrodillada y fijaba en el starets una mirada inmóvil. En sus ojos

había un algo de extravío.

-Sí, padre; vengo de lejos. Vivo a cuatrocientas verstas de aquí. De lejos, padre, de

muy lejos.

Dijo esto una y otra vez mientras balanceaba la cabeza de derecha a izquierda, con

la cara apoyada en la palma de la mano. Hablaba como lamentándose.

En el pueblo hay un dolor silencioso y paciente, que se concentra en sí mismo y enmudece. Pero también hay un dolor ruidoso, que se traduce en lágrimas y lamentos, sobre todo en las mujeres.

Este dolor no es menos profundo que el silencioso. Los lamentos sólo calman

desgarrando el corazón. Este dolor no quiere consuelo: se nutre de la idea de que es

inextinguible. Los lamentos no son sino el deseo de abrir aún más la herida.

-Usted es ciudadana, ¿verdad? -preguntó el starets, mirándola con curiosidad.

-Sí, padre: somos campesinos de nacimiento, pero vivimos en la ciudad. He venido

sólo para verte. Hemos oído hablar de ti, padre mío. He enterrado a mi hijo, que era un

niño pequeño: Para rogar a Dios, he visitado tres monasterios, y me han dicho: «Ve allí,Nastasiuchka», es decir, a verle a usted, padre mío, a verle a usted. Y vine. Ayer fui a la iglesia y hoy he venido aquí.

-¿Por qué lloras?

-Por mi hijo. Le faltaban tres meses para cumplir tres años. El recuerdo de este hijo

me atormenta. Era el menor. Nikituchka y yo hemos tenido cuatro, pero no nos ha

quedado ninguno, mi bienamado padre, ninguno. Enterré a los tres primeros y no sentí

tanta pena. Pero a este último no puedo olvidarlo. Me parece tenerlo delante. No se va.

Tengo el corazón destrozado. Contemplo su ropita, su camisa, sus zapatitos y me echo a

llorar. Pongo, una junto a otra, todas las cosas que han quedado de él, las miro y lloro.

Dije a Nikituchka, mi marido: «Oye, déjame ir en peregrinación…» Es cochero, padre

mío. Tenemos bienes. Los caballos y los coches son nuestros. Pero ¿para qué los

queremos ahora? Mi Nikituchka debe de estar bebiendo desde que le dejé. Lo ha hecho

otras veces: cuando lo dejo pierde los ánimos. Pero ahora no pienso en él. Ya hace tres

meses que he dejado la casa, y lo he olvidado todo, y no quiero acordarme de nada.

¿Para qué me sirve mi marido ahora? He terminado con él y con todos. No quiero

volver a ver mi casa ni mis bienes. Ojalá me hubiese muerto.

-Oye -dijo el starets-, un gran santo de la antigüedad vio en el templo a una madre

que lloraba como lloras tú, porque el Señor se le había llevado a su hijito. Y el santo le

dijo: «Tú no sabes lo atrevidos que son estos niños ante el trono de Dios. En el reino de

los cielos no hay nadie que tenga el atrevimiento que tienen esas criaturas. Le dicen a

Dios que les ha dado la vida, pero que se la han vuelto a quitar apenas han visto la luz.

Y tanto insisten y reclaman, que el Señor los hace ángeles. Por eso debes alegrarte en

vez de llorar, ya que tu hijito está ahora con el Señor, en el coro de ángeles.» Esto es lo

que dijo en la antigüedad un santo a una mujer que lloraba. Era un gran santo y lo que

decía era la pura verdad. Así, tu hijo está ante el trono del Señor, y se divierte y ruega a Dios por ti. Llora si quieres, pero alégrate.

La mujer lo escuchaba con la cabeza inclinada y la cara apoyada en la mano.

-Lo mismo me decía mi Nikituchka para consolarme: «No hay motivo para que

llores. Seguro que nuestro hijo está cantando ahora en el coro de ángeles ante el Señor.»

Y mientras me decía esto, lloraba. Yo le decía: « Sí, ya lo sé: está con el Señor, porque no puede estar en otra parte. Pero no está aquí, cerca de nosotros, como estaba antes…» ¡Oh, si yo pudiera volver a verlo una vez, aunque sólo fuera una vez, sin acercarme a él, sin decirle nada, escondida en un rincón! ¡Si pudiera verle un instante, oírle jugar y verle llegar de pronto, gritando con su vocecita: «¿Dónde estás, mamá?», como hacía tantas veces! ¡Si yo pudiera oírle corretear por la habitación, venir a mí corriendo, riendo y gritando, como recuerdo que solía hacer! ¡Si pudiese aunque sólo fuera oírle! ¡Pero no está en la casa, padre mío, y no podré oírle nunca más! Mira su cinturón. Pero él no está, no volverá a estar nunca.

Sacó de su pecho un diminuto cinturón. Apenas lo vio, empezó a sollozar, cubriéndose el rostro con las manos, entre cuyos dedos fluían las lágrimas a torrentes.

-¡Mirad! -exclamó el starets-. Es la antigua Raquel que llora a sus hijos, sin que

haya para ella consuelo, porque ya no están en el mundo . Esta es la suerte que se

reserva aquí abajo a las madres. No te consueles, no hace falta que tengas consuelo.

Llora. Pero cada vez que llores, acuérdate que tu hijo es un ángel de Dios, que desde

allá arriba lo mira y lo ve, y que tus lágrimas le complacen y las muestra al Señor.

Derramarás lágrimas todavía mucho tiempo, pero, al fin, sentirás una serena alegría, y

las lágrimas que ahora son amargas serán entonces purificadoras lágrimas de ternura

que borran los pecados. Rogaré por el descanso del alma de tu hijo. ¿Cómo se llamaba?

-Alexei, padre mío.

-Es un bonito nombre. Su patrono era el varón de Dios Alexei, ¿verdad?

-Sí, padre: Alexei, varón de Dios.

-¡Qué gran santo! Rogaré por tu hijito: no olvidaré tu aflicción en mis oraciones. Y

también rogaré por la salud de tu marido. Pero ten en cuenta que es un pecado

abandonarle. Vuelve a su lado y cuida de él. Desde allá arriba tu hijo ve que has

abandonado a su padre, y esto le aflige. ¿Por qué turbas su paz? Tu hijito vive, pues el

alma tiene vida eterna; no está en la casa, pero lo tienes cerca de ti, aunque no lo veas.

Sin embargo, no esperes que vaya a tu casa si te oye decir que la detestas. ¿Para qué ha de ir, si en la casa no hay nadie, si en ella no puede encontrar a su madre y a su padre juntos? Ahora llegaría, te vería atormentada y te enviaría apacibles sueños. Vuelve hoy mismo al lado de tu esposo.

-Te obedeceré, padre mío, iré. Has leído en mi corazón. ¡Espérame, Nikituchka; espérame, querido!

La mujer continuó lamentándose, pero el starets se había vuelto ya hacia una

Viejecita…”

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