Mar y poesía en Buenos Aires

Mar y poesía en Buenos Aires

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A continuación, transcribo la crónica completa de la presentación del libro El mar en todo en el Museo del libro y de la lengua. Gracias a todos los que estuvieron acompañándonos, entre ellos el editor del libro, Carlos Pereiro, director de Ediciones del Dock, quien nos informó que ya está distribuido en las librerías de Buenos Aires.

Guillermo Saccomanno

Buenas noches, gracias por hacer que no nos sintamos como Berthe Trepat, lo digo en homenaje a Julio Cortázar. Yo siempre pienso que las presentaciones, especialmente las de libros de poemas, tienen un aire de clandestinidad, de cosa secreta y conspirativa. La poesía es conspirativa, porque todo aquello que tiene que ver con la belleza en este mundo tan difícil tiene algo de subversivo. Pensaba en esto mientras venía hacia acá, en el compromiso de presentar el libro de un amigo nada más y nada menos que en un auditorio que se llama David Viñas. Estas eran situaciones que se me iban ocurriendo, y pensaba también cuando decía esto de la clandestinidad en Farenheit, la película de Truffaut basada en Bradbury, en aquellos que rescatan libros en una civilización que los quema, y se recitan de memoria y se estudian de memoria los libros, eso me parece una auténtica actitud poética y yo creo que los que aquí estamos compartimos un poco esa actitud en un mundo cada vez más vertiginoso.
Con Aníbal me une una gran amistad, creo que desde hace más de 25 años, yo perdí la cuenta, desde que llegué a Gesell. Gesell es un lugar muy interesante, muchos de ustedes lo conocen porque son de Gesell. Es uno de los pocos lugares del país donde siendo pueblo, aunque ahora tiene aires de ciudad aunque no se note, hay cinco librerías activas. Pero es un lugar donde es difícil encontrar con quien hablar de literatura, con quien hablar de poesía. Aníbal fue uno de los primeros tipos con el que empecé a tener un diálogo en el cual la amistad establecía un vaso comunicante con la poesía a tal punto que tenemos unos encuentros semanales en los que hablamos pura y exclusivamente de poesía, del poema que está escribiendo, del próximo libro, conozco todos sus libros, que afortunadamente fueron reunidos por ediciones del Dock en este precioso libro, porque la verdad como objeto es precioso, no solo por su contenido, y me parece que era hora que reuniera su obra poética, una obra que fue trabajada con paciencia durante muchos años: 1981-2009.
Y en estos días me preguntaba ¿por dónde empezar a referir la poesía de Anibal, por Homero o por Juanele? Y que no parezca extemporáneo, porque a mí me parece que la poesía de Anibal, como la de Homero o la de Juanele, está alejada de toda moda, como si Aníbal fuera consciente de que toda vanguardia es un museo -esta frase ingeniosa no me pertenece, es de un crítico italiano- y la apuesta de Anibal está jugada a un clasicismo, a una poesía que busca en los orígenes. A tal punto que no hace muchos años me sorprendió cuando me comentó que se disponía a estudiar letras, en la Universidad de Mar del Plata, es un gesto muy raro en alguien grande, alguien que ya escribe, que tiene libros publicados. Y ahí comenzó el entusiasmo de Aníbal con los clásicos, por Homero, y también por otro lado, como para relacionar esto con Juanele, es porque la poesía de Aníbal, en su aparente sencillez –y no hay nada más complejo que la sencillez, especialmente en poesía, donde a veces el gesto vanguardista aparece tan evidente-, está ligada a la de Juanele, porque el río de Anibal es el mar. Y si algo tienen en común Homero y Juanele y creo que esto tiene que ver con Anibal, es la relación con el agua. Es ese sentido Anibal vuelve a los orígenes, no solo a los orígenes del hombre y del mito, vuelve a los orígenes como vuelve Homero, estableciendo ahí sus raíces y su mitología personal. Y ahí en la playa de Gesell, donde Anibal es un gran nadador, donde pesca, es donde junta las palabras como se juntan caracoles, trabajando la palabra no sólo como si fuera el hallazgo de un caracol, sino con la paciencia y la tenacidad de un pescador. Hay dos poemas que son ejemplares en este sentido y que después me gustaría leerles, que son el poema A un tiburón y el poema A una brótola. Cuando las leí me impresionaron… Me hicieron recordar a Ted Hughes, el poeta inglés que le escribe un poema al zorro, un poema al búho. Un hombre que se crió en el bosque y constituye la fauna y la flora de ese bosque en su poesía, pero ¿qué hace con esto Aníbal? Logra una voz personal, que se explica tal vez en uno de los poemas, en la página 151, en una pregunta existencial: “el mar abre su ser con su palabra oceánica/Yo soy, dice, en su estruendo labial o sibilante/y su voz no es la conciencia asombrada, dolorida y llana de la infancia”. Este Yo soy es la voz de Aníbal, es entonces la naturaleza, y es también la de la día y sus emociones.
Su poesía yo creo que presenta una alternancia entre lo religioso y lo pagano, acá está Dios y la búsqueda de Dios, por ejemplo cuando evoca los momentos de su hijo, de niñez y de crianza, y también está la naturaleza, en los cambios de luz del día, en los cambios de las estaciones. En este nivel la palabra poética se vuelve sagrada, yo creo que una de las diferencias, y lo que más me gusta de la poesía y en particular de la poesía de Aníbal, es que los narradores –yo vengo del palo de la narrativa- tenemos un uso más instrumental de la palabra, en función de provocar un efecto, y a veces trabajamos muy poco conscientemente en función de contar una historia; pero el poeta le otorga otro valor a la palabra, que yo creo que es sagrado, y que adquiere el carácter de revelación, o si lo prefieren satori o insigth… Y acá es cuando esa palabra poética, cuando más acotada, adquiere también un cierto parentesco con el haiku. Hace un tiempo yo leía un ensayo en el que se decía que Juanele era de algún modo nuestro Basho. La poesía de Aníbal, relacionada con Juanele, tiene mucho de esta actitud oriental de contemplación de la naturaleza. En un libro que escribieron Erich Fromm y Suzuki, que se llama Sicoanálisis y escritura, o algo así, comparan dos actitudes: la del poeta occidental, Tennyson, y de un poeta oriental. El poeta occidental, cuando se cruza con una flor, lo que hace es arrancarla, empezar a despedazarla, quitarle todos los pétalos, la corola, es decir, la hace pomada, y entonces escribe el poema sobre la flor, que es un poema con mucho de tanático y de duelo por la belleza; el poeta oriental en cambio pasa, la mira y anota, no toca la naturaleza, no la interviene, y no son pocas las veces, insisto, en que la palabra poética de Aníbal funciona como haikú. Esa palabra que encuentra es entonces como el pez buscado, y responde a este oficio, y reitero, que tiene que ver con el cincelado lento y la paciencia. No en vano, yo creo, que Aníbal tardó tanto tiempo en reunir en un volumen toda su obra hasta la fecha. No quiero ser redundante porque quiero que él tome la palabra, y nos lea los poemas, que los va leer mejor que yo. ¿Por qué? Porque Aníbal tiene un ciclo que se llama La poesía y el mar. Cuando Aníbal publicó este libro, yo escribí un texto, un posfacio, acerca de este libro, que dice así:
Todos los veranos, acá en Villa Gesell, Aníbal Zaldívar propone una serie de encuentros nocturnos bautizados “La poesía y el mar”. En estas reuniones lee un sinfín de poetas: desde Homero a Viel Temperley, -Viel Temperley, ustedes lo saben, tenía también una relación particular con el mar, una relación de invocación casi religiosa, entre religiosa y pagana- la más variada profusión de de firmas que puedan imaginarse. Todos los poemas que lee tienen un mismo motivo: el mar. El mar de Ulises, según Borges, el joven mar, y también el incesante. A estas reuniones, ya míticas, Zaldívar suele sumar amistades: desde un director de cine que está de paso a un vecino. Y por qué no, un guardavidas. Podrían pensarse estas reuniones como una cofradía, un culto. Sin embargo, en la medida que aumentan sus fieles, que el ritual se expande, se prueba que el alcance de lo trascendente puede experimentarse ahí nomás, en una casa del pinar donde varias voces ensamblan tanto las visiones de Whitman como las de Kavafis. 
Hay una anécdota que sugiere la relación profunda que Zaldívar tiene con la palabra. Hace unos meses, en un encuentro literario en Santa Fe, donde profesores universitarios, críticos y estudiantes de Letras disertaban sesudamente sobre Juanele, Aníbal levanto la mano y pidió la palabra. Ante el auditorio asombrado, el desconocido se paró y recitó de memoria unos versos de Juanele. El silencio que lo rodeó fue tan de asombro como de revelación. De pronto los versos habían tornado prescindible toda apostilla académica en torno a la voz de Juanele, que ahora hablaba a través de la voz de Aníbal. 
Estoy convencido de que estas dos situaciones, el ciclo de lecturas en el bosque de la Villa y el recitar a Juanele definen el modo en que Zaldívar entiende el uso de la palabra –para usar términos de Mario Trejo, el uso de la palabra-. 
Ahora, “El mar en todo”. El nombre de esta suma de poemas que abarca casi treinta años de escritura pareciera aludir a la prueba ontológica: No hay duda de que algo con respecto a lo cual no se puede concebir nada más grande existe tanto en el intelecto como en la realidad, escribió Anselmo da’Osta, el legendario filósofo de Canterbury. Ese “algo” (pueden llamarlo absoluto) es en Zaldívar el mar, sus estados, los cambios de luz, la orilla con sus dunas y más allá el bosque, “la selva oscura” en la conviven tanto el colibrí como la lechuza. La suya es una poesía de la naturaleza que, con conciencia de que todas las cosas vienen al mar, se pregunta si los huesos tendrán una respuesta. Si en un nivel sus versos recuperan un aliento místico, en otro, el existencial, cabe a la vez este reparo: El cielo está vacío y no merece una lágrima. Es decir, si la poesía es para Zaldívar un acercarse al misterio, en su expresión puede surgir, como en un koan zen, la interrogación que deviene insight. En su estrategia de búsqueda, infatigable, lo físico y su registro cotidiano, íntimo y minucioso, remiten al carácter primitivo y sacro del enunciado. Uno de los nombres de Dios puede ser el mar. Pero, por qué no, también el hombre en su naturaleza revelada.

Hasta acá lo que escribí o borronié pensando en esta suma poética y en la presentación de esta tarde. Me parece que una forma ideal, ya que estamos en una especie de cofradía y de clandestinidad y de reunión tan íntima, es poder tener una conversación con el autor de este libro… En este sentido me gustaría formularle a Aníbal algunas preguntas.

¿A qué edad viste por primera vez el mar?

Aníbal Zaldívar

A los ocho o nueve años, vivíamos en Adrogué y teníamos un tío, el único con plata en la familia, que tenía un departamento en Miramar, cuando quedaba un hueco y teníamos la posibilidad de ir, íbamos como invitados. Ahí tuve el primer contacto físico con el mar, con una característica muy diferente a la de Villa Gesell ya que allí daba contra una muralla, el mar golpeaba contra ella, pero mi relación con la poesía empieza más o menos en esa edad, a través de los poemas que recitaba mi hermana, uno de ellos La higuera, de Juana de Ibarbourou.

G.S. Está citada… ¿Te la recordás?

A.Z. Claro, perfectamente.

G.S. A ver.

A.Z. Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi huerto hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos, limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se visten…

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
Hoy a mí me dijeron hermosa.

(aplausos)

 

G.S. Esto es notable, porque hay un escritor húngaro, Stephen Vizinczey, que comenta las diferencias entre los músicos y los poetas y los narradores. Lo digo con envidia. Porque el poeta tiene la memoria de lo que escribe y de lo que ha leído y puede dar cuenta y recitarlo… Yo creo que sé dos o tres frases de dos o tres libros, sé que Las palmeras salvajes termina con Entre la nada y la pena elijo la pena; que La guerra y la paz empieza con Todas las familias felices se parecen y las desgraciadas lo son también a su manera; y no me acuerdo ninguna más. Entonces este ejercicio de la memoria creo que está bueno… A ver, ¿por qué el mar? ¿Qué vio el pibe en el mar para que después se constituyera en el centro de su poesía, no sólo mitológico sino obsesivo, porque no se lo puede imaginar a Aníbal sin el mar. Hace un tiempo tomo un remise en Villa Gesell, que es un amigo común, comentando que el remisero había trabajado con Aníbal en el canal de televisión o en el diario, me dice “Uh, Aníbal, lo único que le interesaba, era el director del diario, hacía el diario –sigue siendoló-, pero lo único que le interesaba era rajarse, agarrar la caña, ir a pescar y escribir un poema. Bueno, qué es lo que pasó, entonces, ¿por qué el mar?

A.Z. Bueno, yo creo que ir a vivir a Villa Gesell a los doce años y en esa entrada a la adolescencia, en una circunstancia familiar bastante dramática, cosas que pasan a todas las familias.

G.S. Se puede contar…

A.Z. Sí, un padre enfermo, que obliga a que nos mudemos a Villa Gesell, porque mi madre decide, en lugar de quedarse en Adrogué trabajando como maestra, poner una escuela en Villa Gesell, fue un gesto audaz de parte de mi vieja. Y mi viejo por su enfermedad había perdido el trabajo, la tuvo que seguir, así que allí fuimos; mi viejo enfermo, mi vieja con su vocación docente, y los cuatro hermanos: la más grande Patricia, con 14, yo tenía 12, Gustavo 10 y Fernando 5. Así que caímos en Gesell, en 1969, una ciudad de 5000 habitantes, un lugar muy fascinante, y yo quedé shockeado por todo, la forma de vida, la libertad, aquí está Roly, éramos compañeros de escuela, él también vivió esa etapa, y el mar fue un gran impacto, vos decías recién “algo más grande que uno”, pero fue esa sensación muy primaria y muy de la infancia. La poesía vino después como una elaboración con la palabra de esa impresión tan fuerte. Me quedé muy pegado a esos años, cuando después me vine a estudiar a Buenos Aires, siempre tenía nostalgias del mar, de Villa Gesell, de hecho volvía todos los veranos, y ya a los 15 años escribí mi primer poema, un poema de amor, por supuesto, en el invierno geselino.

G.S. ¿Te dio bola, la chica…?

A.Z. Sí, fuimos novios (risas), pero el poema vino después, cuando ya no éramos novios. Cuando falta algo es cuando aparece la palabra…

G.S. Creés que es así…

A.Z. Y, un poco es así. Escuchaba tan atentamente tu comentario, tan halagador e inteligente, y creo que la poesía está en esa frontera donde ya no hay nada que decir, donde el saber y el no saber entran en una zona de frontera donde no hay certezas, por eso es tan difícil se poeta o escribir poesía, porque es declarar una fragilidad, con respecto al discurso, un no-saber, está en las antípodas del discurso que asevera, que asiente, que te sostiene desde un lugar más racional, es admitir que no hay un discurso de la realidad que sea consistente. Me identifico totalmente con lo que vos decías, esa frontera, es como estar en el silencio, en la oscuridad, aparece una estrella fugaz, que es el poema, que ilumina y vuelve a desaparecer, y volvemos al silencio, a la oscuridad.

G.S. Lo que decía Gelman: la Señora…

A.Z. La Señora era la Musa…

G.S. Sí. “A veces la Señora no me visita”, decía.

A.Z. Me parece que la poesía requiere de alguna otredad: en la época de Homero eran las musas, después tuvo otros nombres; José Hernández invoca a los Santos del cielo para que lo ayuden a escribir el Martín Fierro, es la misma idea de algo que no hace solamente con la voluntad, que es algo que se construye con alguien, algo medio mágico, lo único que me parece como actitud es admitir una fragilidad, y hay que estar en estado de atención y disponibilidad. Ya que  nombraste a los clásicos, hay una frase del latín, que viene de los griegos, que dice: Vacuae carmina mentis opus… La poesía es obra de mentes vacías… Ya se dieron cuenta que hacía falta esa disponibilidad para poder escuchar, y creo que en Juanele funciona eso, una especie de panteísmo donde está atento a lo que ve, a lo que escucha, y uno empieza a sentir que en vez de golpearse contra todo, de chocarse contra las cosas, empezás a establecer una continuidad con las cosas, la poesía establece una continuidad entre uno y el entorno, y la naturaleza, y el universo podríamos decir. No es una integración consistente que se pueda expresar conceptualmente, pero si empezás a sentir un ida y vuelta, y esto lo viví con el mar, que es mi geografía, un elemento de la naturaleza que tiene la potencia propia, como la tiene el cielo y otros elementos del universo.

G.S. Hay una pregunta que me queda picando. Por qué vos, dirigiendo un diario, ejerciendo el oficio de periodista, de cronista, teniendo una relación con la palabra poética, ya que publicaste en ediciones locales una serie de libros que acá están contenidos, ¿por qué te decidiste a estudiar letras? ¿Qué fuiste a buscar en la institución, en la carrera de letras? Porque es raro, después de los cuarenta, con libros publicados…

A.Z. Bueno, hay una inseguridad básica, y es que estamos insertos en una cultura que tiene una tradición muy grande, y suele resultar agobiante, y yo también soy un enfermito, un obsesivo, y había empezado a pensar en la narrativa, y para meterme un poco de presión, me dije: Tengo que leer todo, desde Homero en adelante, y fui a la facultad a empezar por el principio, a estudiar griego y latín, pero como bien vos decís, uno no funciona en el pensamiento sistemático ni en la disciplina de la academia, entonces lo que hice en Mar del Plata fue cursar, a lo largo de treinta años, con más de diez años de manera efectiva, di seis finales, aprobé seis materias, y cursé unas 30 (risas). Fui más que nada a buscar la tradición literaria.

G.S. ¿Y qué encontraste? ¿Con qué te quedás?

A.Z. En el mundo clásico, en los griegos, algo extraordinario, revelador, los cimientos de nuestra literatura, nuestras historias, la mitología, la tragedia, la comedia, la epopeya, y algo que fue como un plus, y que para la poesía fue especialmente significativo: el idioma, la base de nuestro idioma. Entonces son las dos cosas, las raíces de nuestras palabras, la etimología, el trabajo etimológico, pero más que nada descubrir que en el mundo griego se nombraron las cosas como por primera vez, en nuestra cultura occidental, y nunca nos salimos de ahí, inclusive las ciencias siguen buscando ahí una relación de autoridad, parece que eso sería el milagro griego, nombrar las cosas y de una manera que nadie las puede renombrar, las puede traducir, como hicieron los latinos, que se fascinaron con los griegos, y los imitaron y aportaron su impronta cultural, y la literatura latina es bellísima también, todo ese proceso fue muy enriquecedor para mí.

G.S. ¿Cuáles fueron los que te marcaron, de los clásicos?

A.Z. Homero, la Ilíada y la Odisea; toda la tragedia –Esquilo, Sófocles, Eurípides-, la comedia de Aristófanes, y en poesía lo que se llama la lírica arcaica, de  que quedaron fragmentos –Arquíloco, Simónides, varios más-, otros que conocemos más porque se conservaron más textos, como Píndaro, Safo, Anacreonte, en realidad hablamos de un conjunto de textos que no es muy grande, si uno dice, me pongo a estudiar todo esto, es manejable, puede leerse tranquilamente, a pesar de su carácter mítico.

G.S. ¿De qué manera vos creés que inciden en lo que vos escribís?

A.Z. Yo creo que tuvieron mucha influencia en lo que vos dijiste al principio, que es la búsqueda del origen, no un origen cultural, sino creativo, existencial, una frescura, porque aún habiendo pasado 2500 años, vos encontrás ahí esa frescura. Por ejemplo el poemario Archipiélago, que son todos poemas cortos, son cincuenta poemas que escribí en tres meses, tenía una libretita en la mesita de luz, y me despertaba a la noche y escribía. Y para mí fueron inspiración de esos poetas arcaicos que hoy podemos tildar de ingenuos, en una lectura muy intelectual, pero tienen una frescura impactante.

G.S. Cuando decís ingenuo lo podés parangonar a Baldomero Fernández Moreno.

A.Z. No, para nada. Lo de Baldomero es una retórica sencillista, es un gran poeta, esto es más esencial, como si fuera el descubrimiento de ciertos tópicos que a partir de allí quedaron como fundantes de nuestra poesía, tales como el heroísmo, la valentía, el amor como algo inmanejable, todo eso está ahí, dicho de una manera muy prístina. Y después lo que obtuve en Mar del Plata fue un grupo de amigos con los que hacíamos unas bacanales, no se piense en orgías…

G.S. Sí, piénsenlo pero no pasaba nada (risas).

A.Z. Eso pasaba con los griegos de verdad, no con nosotros. Y acá está presente Miguel Alberti para dar testimono, cualquier duda consúltenlo después de la presentación (risas).

G.S. La pregunta es: Juanele. ¿Por qué ese fervor por Juanele? Más allá de lo que yo hablé del haikú, y todo eso…

A.Z. Tuve la posibilidad, gracias a esta movida que hice en Mar del Plata, de conocer gente muy rica desde el punto del conocimiento, con mucha lectura encima, uno de ellos fue Ricardo Rabitti, y gracias a él conocí a varios autores, entre ellos a Juanele, que los ’80 recién se empezaba a difundir. Y tuve una gran identidad con la relación suya tan fuerte y exclusiva con el río, y con la naturaleza, una mirada muy contemplativa, y otra circunstancia también que ayudó, estas cosas también medio mágicas, porque vivía en Villa Gesell una bibliotecaria, Marina Capriz, que había venido de Paraná con la obra completa de Juanele, a quien había conocido personalmente. La edición de 1970, con los poemas completos de Juan L. Ortiz, bajo el tìtulo, En el aura del sauce, libro agotadísimo. Yo accedí a esos libros, y los tuve unos años… Allí encontré una voz el alguien que, como estaba yo, estaba sumergido en un ambiente geográfico, el del río, y una voz potente. Y la actitud de observar, de mirar y escuchar, de sentir esa continuidad entre uno y las cosas, y fue y es una gran influencia y hay poemas que siempre me gustaron, y ya formaron parte de mi vida. Creo que es uno de los grandes poetas, a través de este amigo conocí a Borges, y no sé en realidad con cuál de los dos quedarme.

G.S. ¿Qué hay en Borges?

A.Z. Hay algo que Borges tiene y Juanele no, que es el humor. Y esto balancea a su favor, para mi gusto. Juanele es un poeta de la gravedad, Borges también, pero en algún momento se ríe y te saca de esa idea de que hay un todo. Y además en Borges me gusta el modo como recrea los versos y formatos clásicos, el humor, el talento, y también de Borges me quedaron repicando poemas todo el tiempo…

G.S. ¿Por ejemplo?

A.Z. Varios… Me gusta su clasicismo de Borges. Por ejemplo en las charlas de la poesía y el mar, siempre cito dos sonetos que escribió al mar, uno de ellos se refiere al mar como aventura, el mar de Ulises que vos citabas recién, y el mar como espejo del hombre, que es el que dice:

Antes que el sueño (o el terror) tejiera
mitologías y cosmogonías,
antes que el tiempo se acuñara en días,
el mar, el siempre mar, ya estaba y era.

¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
y antiguo ser que roe los pilares
de la tierra y es uno y muchos mares
y abismo y resplandor y azar y viento?

Quien lo mira lo ve por vez primera,
siempre. Con el asombro que las cosas
elementales dejan, las hermosas

tardes, la luna, el fuego de una hoguera.
¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día
ulterior que sucede a la agonía.

G.S. Bueno, y además, poesía contemporánea, ¿qué otros poetas te llaman la atención, o creés que tienen algo en lo cual abrevar?

A.Z. Viste que cuando encuentra su cauce es como que vos releés más que leés cosas nuevas. De la poesía argentina, que la he seguido también a través de ediciones del Dock…

G.S. ¿Calveyra?

A.Z. Sí, Arnaldo Calveyra es uno de los que me gustan mucho. Está muy presente la naturaleza, y a la vez hace cruce de géneros muy personal, su último libro se llama Novela, y es un largo poema.

G.S. Como el Gualeguay…

A.Z. Sí, pero ese no te lo voy a recitar, tiene cien páginas (risas). Bueno, y leí mucha poesía contemporánea, a los vanguardistas, existencialistas como Geor Trakl, de los argentinos Pizarnik, González Tuñon, Girondo, Fernández Moreno, al que tildaron de sencillista y pusieron en el freezer, pero es un poeta a descubrir. Muchos…

G.S. Creo haber encontrado un poema en tu libro, que trae a Homero de los pelos, “Ilíada”:

Despojada la tierra de colores y ruidos

canta la fría noche aterradora

su profundo latido estrellado

mientras los guerreros velan junto a las naves.

 

Los miro desde mi habitación iluminada

ebrio de su belleza y su coraje

y un nudo de garganta me reclama

desatar el potro azul de las palabras.

 

Cuando asome la aurora de doradas mejillas

me acercaré a palpar los restos del naufragio

lo que haya quedado del sueño de los héroes

de nuevo borrado por el viento y las olas.

 

Pero ahora resuenan las broncíneas espadas

porque ha recomenzado la batalla

y el enorme corcel que pesa sobre mi lengua

se levanta y galopa desnudo a la intemperie.

 

Y finalmente no sé si leerlos yo o preferís leerlos vos, el poema A un tiburón, por ejemplo.

A.Z. Leélo vos y yo leo el de la brótola; vos sos el tiburón y yo la brótola, pongamos las cosas en su lugar (risas).

G.S. No, no  pasa por ahí, insisto y vuelvo a lo de Ted Hughes, cuando habla del pensamiento zorro: hasta que no se le apareció el zorro, no tuvo en claro que podía escribir sobre el halcón, y una vez que le apareció el halcón, le apareció la lechuza, y aparecieron los sonidos del bosque, y pensaba en Ted Hughes, no solo porque es un poeta que a mí me gusta, y comparto con vos la dificultad de leer poetas en otras lenguas. Uno está leyendo siempre traducido y creo, como decía Beckett, la patria de un escritor es su lengua. Es muy difícil encontrar ese sentimiento que transmite un palabra dicha en nuestra lengua trasladada a otra, es intransferible, yo muchas veces y lo hemos hablado porque nos pasamos libros todo el tiempo, nos descubrimos poetas todo el tiempo, y si hay algo que no podemos hacer es leer libros que no sean bilingües, porque cuando son bilingües, con tu torpe inglés o tu mal francés, te podés hacer cargo… No es lo mismo “hipócrita lector”, como dice Baudelaire, que “pedazo de boludo lector”, porque no falta nunca aquel traductor que quiere acercarlo tanto que se fue del poema. Entonces, cuando pienso en Ted Hughes, pienso en lo que fue su infancia en los bosques de Georgia acompañando a su hermano a cazar, era el que le cargaba la carabina al hermano, y entonces pienso en tu infancia en ese Gesell agreste, que todavía conserva algo de agreste en algunas zonas cada vez más acotadas, entonces pensaba en eso, pero creo que a un tiburón y a una brótola tienen que ver con la navegación, porque no es un pescador de orilla. Yo creo que el fundador del pueblo era un hombre en la orilla, parafraseando a Miguel Briante. Gesell es un pueblo muy raro, los domingos se huele a asado por todos lados y está pegado al mar, no hay olor a pescado asado. Se vive de espaldas a la playa. Yo siempre planteo, con respecto a los comerciantes, ¿alguien vio alguna vez a un gallego en malla? Es curioso, pero pareciera que no están en  el mar. Y el mismo fundador, Carlos Gesell, yo creo que nunca se internó en el mar, y eso se lo inculcó a los hijos, el temor a las olas, el viento fuerte, la sudestada, en cambio estos son poemas de a bordo…

A un tiburón

 

Deslizándose en la ola

uno ve al tiburón majestuoso

y pregunta si un poema es suficiente

para justificar este crimen.

 

Uno cuenta que ha podido vencer

por una vez la fuerza del océano

mientras la piel áspera se sacude

entregando sus últimos fulgores.

 

¿Qué lugar de palabras ahora ocupa

este ser libre, poderoso,

fuerte en su reinado de espuma

y hondura inaccesible?

 

En el relato del pescador no puede vivir

esa materia bruta exterminada, tampoco

en un punto del recuerdo donde apenas acuden

unas palabras a recrear sus aletas.

 

El vacío es tal y el orgullo es tal

que ambos se pierden en el mítico oleaje:

un majestuoso pez resistiendo en su agua

y un pescador sediento, brutal, emocionado.

 

Con esto vuelvo a retomar lo que dice antes de Erich Fromm y Suzuki, de la actitud del poeta oriental y del poeta occidental que necesita cazar al tiburón, porque no es pesca sino caza. Y ahora te toca a vos el de la brótola.

A.Z. Este poema se lo voy a dedicar a Carlitos Mehl, que está aquí, y también fue compañero del secundario. Gran pescador, con el que hemos compartido desde los doce o trece años jornadas de pesca.

G.S. Pero la brótola es de la orilla.

A.Z. Sí, totalmente.

G.S. El tiburón no…

A.Z. No te digo, no te voy a decir cómo lo pesqué… Sí, también es de la orilla el tiburón…

G.S. Pero no tanto (risas).

A.Z. Aparte, lo pescó otro. Yo estaba mirando cómo lo pescaba otro tipo… El que estaba emocionado era el tipo, pero esas son cosas de la cocina.

G.S. Pero es buena la trastienda…

A.Z. A una brótola

La tarde salada y ardida

declinaba, y el mar abundante

entregó una breve brótola oscura,

sutil, oleaginosa, abismada

en la quietud de su agonía.

 

En mis manos el don del gran océano

fue materia blanca, carnosa,

hendida y ordenada por cuchillos

con una furia piadosa y deseante.

 

Ahora en el placer de sus aromas

la trama de su materia se deshace

en una final, donde mis dientes sin mar

la reducen y llevan a mi propio torrente.

 

Con reverencia, atrapado en impulsos

de crueldad y deseo,

pido a esa muerte marina

la esencia de sus dones,

las horas de agua, la mirada oscura,

los silencios profundos.

 

El rito consumado y consumido

en una altar de ajos y pimientas

violento y humano se mira en el espejo

con turbada culpa original,

con paladar y sangre y alma agradecidas.

 

Falta el vino nada más… (risas)

 

G.S. Bueno ¿y ahora? Música maestro.

A.Z. De lo que no quería olvidarme es de agradecer, también es un aprendizaje ser agradecido, en primer lugar, a ustedes que vinieron hasta acá, a la gente del Museo que fue tan generosa en cederme el lugar rápidamente, a Guillermo, que se tomó el trabajo…

G.S. Lo único que tomé hoy fue trabajo (risas).

A.Z. Ahora tenemos unos malbec… Realmente que esté aquí Guille es para mí un honor y una alegría muy grande, después de haber compartido tanto tiempo cenas y vinos y charlas, una amistad de veinte años que se intensificó en los últimos diez, que tienen algo de la geografía geselina, esas noches de invierno, de sudestadas y desolación…

G.S. Donde viene Aníbal con un regalo y es un libro de la historia de Herodoto (risas).

A.Z. Esas cosas… Creo que algo de los clásicos te contagié así como vos me revelaste muchos autores que yo desconocía y también esto entrelazado con una verdadera amistad de vida.

G.S. Yo le debo Homero a Aníbal, la pasión por Homero, lo que hemos hablado de Homero…

A.Z. Bueno, nos estamos poniendo románticos (risas). Ahora tomemos y compartamos vino. Muchas gracias, el libro está a la venta. Viene con el agregado de un librito que se llama: “los poemas de Pura Garra”, que es un equipo de fútbol al cual pertenezco, que tiene una página de facebook, que al final de los partidos tiene un info, con los resultados, desarrollo, puntaje para los jugadores, y desde hace unos años yo escribo un poema comentando el partido. Unos sonetos. Hasta tal punto tuvo éxito que imprimimos un folletito y lo agregamos al libro que presentamos hoy.

G.S. Yo voy a poner de nuevo énfasis en algo que dijiste vos, tal vez queda mal, pero yo lo voy a hacer, estoy acostumbrado al papelón: ¡compren el libro! (risas). A mí me ha pasado muchas veces en Villa Gesell, que de golpe voy al carnicero, y me dice “Che, ¿por qué no me regalás un libro así veo eso que escribís? Yo le digo bueno, te hago un trueque, dame un kilo de milanesas… No entiendo por qué esa relación, eso de que porque uno escribe se supone que el arte debe ser gratis. No señores, toda esta emoción volcada acá tiene, además de valor, precio, y los poetas no viven solo de un poema a la brótola, también necesitan comprar la brótola cuando no la pescan (risas).

A.Z. Y ahora para cerrar voy a convocar a Bacho, mi sobrino… En 1981 escribí un poemario de homenaje a Carlos Gesell, que todavía no fue publicado. Hay un antiguo deseo de que ese poemario se convierta en una cantata, el promotor y gerente general del proyecto es mi hermano Gustavo, hasta ahora lo que surgió es una canción con la Introducción, obra del músico Gervasio Zaldivar.

Gervasio Zaldívar

Bueno, yo quería contar un poco la historia de cuando apareció la música de esta canción. En realidad no iba a decir nada, porque me parecía que ya era suficiente, un libro, pero estaba escuchando lo que decían ustedes, y recordé que cuando Gustavo –mi padre- me pasó la fotocopia de este poema, tardé bastante en poder hacer algo, y fue muy loco porque me lo llevé a un viaje al sur, por las montañas, la zona de la cordillera, y en un momento con mis amigos cruzamos al mar, a Rada Tilly, que es una playa que debe tener cinco días calurosos al año, en enero, y yo no tuve la suerte de vivir ninguno de esos días (risas), pero sí había una playa y un mar, y yo me senté ahí, y creo que esta inmensidad del mar me hizo pequeño y apareció la música… Esta idea de desaparecer para que fluya la creación, para que aparezcan las musas, y entonces hice el germen de la canción, después fueron meses de trabajo. Y dice así:

¿Qué misterioso amor, qué furia ciega

qué regreso a tu infancia peregrina

qué desprecio a los bordes de tu tiempo

qué aullidos seminales en tu sangre

qué ambiciones de tu genealogía

qué recuerdos ahogaste en el mar?

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