Gatos en Buenos Aires

Gatos en Buenos Aires

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Buenos Aires me gusta los domingos. Y si es dos de octubre y hay sol primaveral y viento fresco, mejor. Las avenidas tienen el diez por ciento de los autos y el ochenta por ciento de los negocios está cerrado, sobre todo a las diez de la mañana. Se puede estacionar en cualquier parte, en Callao entre Perón y Sarmiento por ejemplo, y enseguida caminar por las rancias veredas donde asoman sus pancitas los inquilinos de las pensiones, y los porteros de edificios y hoteles. Desentonaban con este ambiente perezoso unas personas que marchaban agitadas, portando jaulas tapadas con mantas, y se metían presurosas en el Hotel Bauen. Las seguí, por curiosidad, y entonces vi el cartel de fondo azul, con el logo de un gato dibujado sobre la g:

Magia… Ternura… Belleza…

EXPOgATOS

Asociación Felina Argentina.

Competencia… Gatos famosos…

A las seis de la tarde tenía una cita, entre tanto era libre como un pájaro y no se por qué fui a meterme en la exposición de gatos. Tal vez me atrajo ese clima de excitación que se vivía en el lugar, hiperactividad que contrastaba con el soñoliento domingo, aunque cuando estuve cerca rechacé el fuerte olor a alimento gatuno, y los maullidos tristes o resignados o neuróticos que salían de las jaulas.

El salón central tenía hileras de mesas, donde se iban ubicando los ejemplares clasificados por raza, tamaño y peso. Había gran variedad de gatos y gran variedad de dueños. ¿Quiénes eran los dueños y quienes los gatos? ¿Quién era mascota de quién? Porque era evidente que el celo desvelaba a los humanos, no a los mininos. Hombres y mujeres, de diversas edades, trajinaban de aquí para allá, y ponían especial empeño en mantener limpios, impecables, a sus mascotas. A su turno cada dupla –gato y dueño- pasaría por la mesa del jurado (dos franceses y un argentino).

En la puerta de acceso mostré mi tarjeta de periodista, y pedí por el organizador del evento. Mientras aguardaba, me acerqué a una mesa lateral, donde el grupo “Garras” ofrecía merchandising, juguetes y diversos objetos de la cultura gatuna. “Garras” es una entidad sin fines de lucro dedicada al salvataje de los gatos de la calle abandonados por dueños desaprensivos.

*

“La Asociación Felina Argentina es una sociedad sin fines de lucro creada en 1978, destinada a la cría de gatos de raza”, dice Roberto Mendez, su Presidente.

“Los gatos son distintos a los perros, que los llevas a la plaza y tienen más familiaridad con el público en general; a los gatos, que son más caseros, tenés que mostrarlos en televisión o en exposiciones como ésta”.

Pienso en preguntarle algo, en interrumpirlo, hablo y nuestras voces se superponen en un barullo. Una ráfaga por mi cabeza me recuerda que renuncié a caminar por la ciudad, que elegí estar ahí reporteando a este hombre canoso y robusto, bajo y gordito, vestido con una camisa de colores vivos, que lleva muy suelta. No entiendo bien lo que está diciendo ahora, me pierdo una o dos frases. Pero mi oficio alcanza para sortear esta pequeña distracción. Sé que sigue hablando de las diferencias entre perros y gatos. Escucho: “…libre es muy difícil; si el gato se te escapa, no lo encontrás nunca más. Por eso se hace así, y son seis exposiciones al año, la mayoría en Buenos Aires, aunque nos gustaría ir a otros lugares, expandirnos”.

Pregunto si la inscripción es abierta; dice que no, que es para socios, y que la entidad tiene doscientos. “Es una cantidad enorme de gente”, digo, admirativo y dejando al desnudo mi ignorancia sobre el tema. Mendez se entusiasma: “es que el gato es una mascota que está ganando lugar en la sociedad, aunque éste es un país muy perrero”. Vuelve a la lucha perros contra gatos -tema infinito-. Lo sigo:

“¿Por qué afirma que esta es una cultura perrera?”

“Y, es así, ¿viste? Este es un país perrero. Vos ves la cinológica: tenés cuatro o cinco mil nacimientos de perros de raza por año, nosotros no pasamos de mil… Hay más de un ‘cinco a uno’, hay un ‘ocho a uno’… Pero poco a poco la gente se está inclinando por la cultura felina. El asunto está cambiando porque al perro hay que sacarlo cuatro o cinco veces por día a dar la vueltita, no podés dominarlo para hacerle saber dónde tiene que ensuciar, en cambio el gato tiene costumbres más higiénicas. Por eso hay cada vez más gente con gatos de raza. En Estados Unidos hay más gatos que perros, en Europa hay más gatos que perros”.

Puesto ya globales, y analíticos, pienso en indagarlo por este lado, me sale algo así como un pensamiento colonial:

“Estados Unidos y Europa marcan la tendencia”.

Él confirma y amplía:

“Claro. Porque el mundo moderno te lleva a esto. La gente tiene cada vez menos tiempo para ocuparse de sus mascotas, para ocuparse incluso de sí mismo. Quiere todo lo cómodo”.

Lo chumbo:

“¿Un perro es incómodo?”.

“Y… a un perro no lo podés dejar todo el día solo en el departamento; encontrás un desastre cuando volvés. A un gato sí, le dejás las piedritas sanitarias, agua y comida y el gato se arregla: duerme, come, duerme, come, otra cosa no hace”.

Yo estoy obligado a preguntar:

“¿Qué encuentra un dueño en un gato, como mascota, si nada más come y duerme?”

Y él, en tono emotivo y confesional:

“Al principio es… un capricho, pero después es una necesidad tener un gato. Porque cuando vos estás leyendo el diario y vienen y se acuestan encima, lo más plácidos, o cuando se van a dormir con vos, como diciendo ‘Esta cama es mía también’, te conquistan. Aunque, ya sabemos, son muy independientes, no le vas a decir a un gato: ‘Traéme el diario’. Ellos hacen lo que quieren. En realidad, nosotros, los humanos, somos los siervos de los gatos”.

“¿Y tienen mucho apego al dueño?”.

“Si, tiene apego, pero cuando ellos quieren: cuando vos menos te lo imaginas, se te acercan, te hablan, te tocan”.

“¿Son inteligentes?”.

“Y… si… tienen una inteligencia felina… Son mucho más inteligentes que los perros”.

Volvemos la mirada a la exposición. Para cerrar la charla, enumera las razas que se presentan en esta oportunidad: persas, siameses, orientales, bosque de noruega, bengalíes, británicos, ragdoll…

“Todos los gatos están a la venta, y los precios son salados: acá no hay nadie que venda un gato por menos de tres mil pesos”.

Mendez vuelve agitadamente a su trabajo, porque es requerido por varias personas. Yo completo mi aproximación al grupo “Garras”. Leo sus consignas en un folleto:

“Luchamos por el bienestar de los ‘sin voz’ para lograr que los animales que son abandonados, puedan encontrar un nuevo hogar”.

“Ayudanos a ayudar”.

El logo de la entidad es una huella de gatito con forma de corazón, y dentro del mismo, una patita que se apoya sobre una mano humana. Distraídamente converso con las dos mujeres: me dicen que trabajan mucho, y que frecuentemente tienen que poner plata de su propio bolsillo. La venta de estas cositas les permite juntar fondos. Entre suspiros, afirman que es un hecho irreversible que la gente tenga la costumbre de abandonar gatos en la ciudad, de tirarlos a la calle. “Garras” se ocupa, a pulmón, de mitigar este sufrimiento.

*

Entro al salón principal y continúo mi inesperado reportaje dominical. Registro algunos casos ilustrativos:

1)      Raza bengalí, variedad snow. Una mujer, joven y bonita, me explica que derivan de un leopardo asiático, cruzado con un gato doméstico americano. A esta raza la crearon hace cuarenta años en Estados Unidos, país en el que está permitido tener mascotas salvajes. Una vez que se efectúa la cruza, hay que esperar hasta la cuarta generación para que el fruto se considere Gato Bengalí. Aún hoy, los americanos compran leopardos, y procuran tener mascotas de la cuarta generación, porque es el punto exacto donde confluyen el origen salvaje (con sus rasgos físicos y de carácter), con la imprescindible condición doméstica. “Eso es la búsqueda de la perfección”, dice ella.

2)      Británico de pelo corto (gris). “Es el gato de Alicia en el País de las maravillas”, comento. El dueño del gato asiente y agrega que también es el gato de la Bruja Sabrina, a la que no conozco. Una mujer apoya: “Los usan en el cine porque es un gato muy paciente”. “Toleran cualquier cosa”, agrega el hombre. “Y el carácter se lo amoldás vos”, contrapuntea la mujer. Y el hombre, a su vez: “Le decís No, y obedece, pero tenés que ser muy firme: NO. Casi autoritario”.

3)      Bosque de Noruega. Oriundo de Escandinavia, pero metonímicamente se lo llama así. Es una raza pura, natural. “Es un animal imponente, puede gustarte o no, pero no pasa desapercibido”, dice su orgullosa dueña, mientras lo mira embelesada. Yo también lo miro. El gato, debo decir, es esbelto, corpulento, regio. Y, rasgo sorprendente, le gusta el agua: “Este gato bucea”, dice la mujer, “porque allá el agua es parte de su hábitat”. Tan apegada es esta raza a su condición natural que “en invierno hay que dejarlos afuera, y cuando están adentro, hay que mantener el lugar fresco. Yo, en mi casa, no tengo calefacción, para que no sufran”. En el caso de que uno no quiera morirse de frío e instale calefacción, el problema que tendrá es que al gato Bosque de Noruega no le crecerá tanto el pelo, ya que éste es el termostato que autoregula el crecimiento capilar, de acuerdo a la temperatura exterior. Esta raza tiene dos capas de pelo: uno largo, lanoso, para el frío, y otro más liso, que ayuda a que se deslice el agua. “En verano pierden el pelo lanoso, yo diría que se sacan el abrigo y les queda solamente el pelo liso”, dice la dueña, y vuelve a insistir en la pureza de la raza: “Es un gato sano, porque es puro, a diferencia de otros”. Y en tono confidencial: “Porque cuando se abusa del enbreeding, empiezan los problemas de salud. Los animales se vuelven inmunosuprimidos. El exceso de cruza y manipulación termina por debilitarlos”.

4)        Finalmente veo, pero como al pasar, un Ocicat, gato cien por ciento doméstico, cruza de siamés, abisinio y americano de pelo corto. Y luego un Oriental shorthair, y un Oriental longhair. Flacuchos, de pelo ralo, eléctricos y maulladores. Veo al menos tres parejas de muchachos con esta clase de gatos. Estos dueños son muy demostrativos: abrazan, acarician, besan a sus mascotas, y les hablan al oído.

*

Dejé el lugar cuando empezaba a subir el calor de la competencia. Pasado el mediodía comencé mi caminata por la ciudad, que ya estaba más activa y despierta, con mucha gente paseando. Entonces me vi obligado a esquivar varias ‘suciedades’ de perro, que habían sido depositadas en la vereda. Blandas, duras, resecas, negras, marrones, blancas, opacas, brillosas, aplastadas o enteras… “Esto no pasará”, pensé, citando de memoria a Mendez, “cuando, siguiendo la tendencia mundial, los gatos sean mayoría”. Entonces recordé brevemente y por última vez, la Expo felina. Ya quería dejarla definitivamente atrás y pasar a otro tema. Pero no pude no pensar, con admiración y asombro, en cuánta dedicación y amor puede haber -digo amor verdadero- en las actividades humanas, por más curiosas y excéntricas que nos parezcan.

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