Novelas en Mar Azul

Novelas en Mar Azul

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Transcribo a continuación el comentario de Alicia Benítez y un fragmento leído por Amalia Forte Mármol el domingo a la noche en la presentación de la trilogía de novelas Silencio, Rumor, Música en Mar Azul. Agradezco a María y a Ana, de librería Alfonsina, a su propietario José Roza, editor del libro, a Marcos Ruvituso, que ofició de polemista amigo, y a los vecinos y turistas interesados que se reunieron en el deck del local, en una noche muy fresca que sólo entibió el amor por la literatura, el afecto, el brindis y la tertulia final. ¡Hasta la próxima! ¡Hasta la próxima!

*

Comentario de Alicia Benitez:

Es muy grato encontrarme entre amigos en esta bella noche de verano en el mar, convocada por uno de ellos, muy querido, para comentar una de sus obras. Este amigo escritor, es para mí, y lo sigue siendo, un poeta. Desde siempre, desde niño tal vez, aunque él refiere sus primeras obras a su adolescencia. Pero a su pulsión creativa no le basta el poema que tanto admiramos sus lectores y lectoras; la novela y las crónicas de viajes expanden su universo de escritor y es así  como nos hace llegar ahora esta trilogía, construida durante varios años, en un proceso largo y lento como él describe, que nos devela su presencia y permanencia en el mundo de los pueblos marinos, llena de riqueza, con resultado que no nos sorprende pero sí nos conmueve y atrapa. Con prosa clara, concisa, por momentos dialogal, sin concedernos mucho a los lectores, Aníbal entrelaza en tres historias parte de la vida, podremos imaginar la suya o la de sus alter ego,  y descubre, ilumina, completa, nos permite ver donde sólo suponíamos, parte de lo que tantas veces nos preguntamos acerca de las personas, las historias, vida y obra, sinsabores y alegrías, de los habitantes de la hermosa Villa Gesell. Porque, aunque no se la nombra, las tres historias de Aníbal son intensamente locales. Pinta tu aldea y serás universal, dice el autor. Así es.

Tres novelas, un destino. 

He leído varias historias acerca de Villa Gesell. Así hacemos quienes nos vamos acercando de a poco al mar, durante los veranos, con el amor recién estrenado, luego con hijas e hijos pequeños de la mano, sumando a abuelos y amigos. Nuestro universo playero necesita crecer, saber más, el qué, el cómo, el cuándo de este mundo temporario que nos rodea y del que nos vamos siempre con pena y el  deseo de volver. Con estas historias, otras, podemos hacernos una idea del lugar que año tras año nos aloja.

La trilogía de Zaldívar abre este juego y nos da mucho más.

Desde el mundo adolescente y juvenil del protagonista de SILENCIO, un Lisandro Ramos inquieto, enamorado, curioso, portador del mandato paterno, despliega la historia de los pioneros geselinos con precisión: los vemos, humanos, contradictorios, fervorosos, están allí, reflejados en su prosa.

Lisandro escribe, hace música, deambula, busca, dialoga, negocia, desenvuelve la historia de la Villa desde el primer plantín en el médano y nos la muestra, va enfocando poco a poco el origen hasta llevarnos a verlo con claridad.

Entonces se iluminan el Fundador (el Duende), sus hijos, Silvio Gesell, Petra…Y Lara. Y Lena. Entre todos construyen un relato maravilloso, que nos habla de sus vidas, de vidas pasadas, del mar, el médano, de otros mares.  Lisandro, no lo dudo, se queda con la otra mitad de la historia guardada para sí. Para otras oportunidades que le dé la vida. Es joven y tiene fuerza. 

SILENCIO avanza sobre los sueños del fundador, su entrega a ellos hasta concretarlos, los renunciamientos, las relaciones familiares, su perfil de inventor prolífico, su olfato para lo posible dentro de lo aparentemente imposible.  Aquí podría decirse de Kurt : Construye tu aldea y serás universal. He admirado mucho a Kurt en la novela de Aníbal. Un Kurt humanizado y posible. 

En cuanto al protagonista, trata de cumplir en esta búsqueda con final abierto los deseos del padre fallecido tras una larga enfermedad. Veamos cómo lo dice:

“Camino por la orilla confiado en la luz de las estrellas. A lo lejos la Villa se anuncia con el tintinear de sus luces, y hacia allí voy, pensativo. El mar, al este, es el espejo de la noche, oscuro y estrellado de espumas, mientras en cielo emite una suave música… El oleaje rompe con suavidad sobre la arena y forma, repartiendo sus fragmentos, un susurro que es un deleite pero que a la vez duele. Me parece escuchar la voz de mi padre llegando desde las profundidades. No puedo escucharte, viejo querido, pero sí decirte que tu libro no será nunca escrito, que algunas historias que te contaron son falsas, que las abstracciones, las especulaciones intelectuales no sirven, que desde un sillón, como a través de la cerradura de una cárcel, no se puede saber mucho de lo que pasa en el mundo. Menos aún escribir la historia de otros. Tomo tu herencia y la hago mía. Sobrevivirán tus emociones, tus sentimientos, tus alegrías, que surgen de tus textos a veces ilegibles. Es la forma de honrar tu memoria… Y quiero decirte, también, que no soportaba tus sarcasmos sobre el destino trágico del hombre, aunque eras la encarnadura corporal de ese destino. Quiero llorar hasta aumentar el agua del océano, pero la tristeza que me revuelve el corazón y la garganta se mezcla con una sensación de fortaleza y orgullo”.

(Silencio, pág. 28)

Y vaya que Zaldívar hace cumplir a Lisandro aquel mandato. Y ven cuánta poesía agrega en sus palabras?

De la hermosa RUMOR no hablaré, lo hará nuestra querida Amalia, escritora, poeta, mujer de letras.  

En cuanto a MÚSICA, se trata a mi entender de lectora libre de la obra de Zaldívar, de una novela de redención.

Un relato de camino, que se inicia a la vera de una ruta que une ciudades costeras y va construyendo una historia de amor improbable, o acaso ingenuamente probable, entre dos personajes solitarios y doloridos como son Julia y Jorge. Por momentos a su alrededor y por momentos envolviéndolos e involucrándolos, una trama de violencia, intriga y un toque negro, nos mantendrá atentos en su lectura del principio al fin.

Aníbal inviste al protagonista masculino, Jorge, con una parte dolorosa de su vida, la pérdida de su hermano, y lo hace con el mismo amor de éste por la música, la música de Beethoven, que aquél escucha mientras transita de modo interminable el camino, plagado de emociones, que lo conducirían al disfrute pleno de la música, pero nos hace sentir que no llega, no llega a tiempo.

Jorge lo expresa imponiendo la música a sus eventuales pasajeras:

“Era el final de la novena. Dichosamente impuse la fuerza de la melodía que obligaba a las dos a callar y a escuchar. La irrupción del poema de Schiller era el acto purificador que necesitaba en ese momento. ‘Sobre la bóveda celeste seguramente debe habitar un Padre amado/ búscalo por encima de las estrellas/ allí debe estar su morada’. Amalia parecía molesta, en cambio Julia había entrado en un estado de beatitud, y mientras transcurrían los últimos, felices y arrebatados momentos de la sinfonía, se acomodó en el asiento, se irguió con la espalda bien recta, inclinó la cabeza y comenzó a desarmarse la trenza. De memoria, con movimientos ágiles, desató un nudo invisible, abrió las tres partes suavemente y se soltó el pelo, que se unió en un sólo conjunto oscuro y brilloso, como una crin perfumada. Al filo del éxtasis, sobre el final de la sinfonía, surgió la voz de Amalia:

—No es muy sociable de su parte escuchar música a ese volumen. Pero es Beethoven. No se le puede reprochar cuando se trata de un genio”.

(Música, pág. 234) 

Sus pasajeras y muchas de las protagonistas de esta historia, son mujeres. Mujeres dolientes, mujeres en búsqueda de la reparación de almas propias y ajenas, mujeres crueles.

Duelen los relatos de vida de esta novela, que no se mueve casi de la costa, del mar, de los mitos hippies de la villa, de la búsqueda de la espiritualidad que convive con la maldad cotidiana, aunque no le negará hacia el final la chance de purificación a sus personajes, aún a los más siniestros.  

Tres novelas, una historia de vida, un hilo invisible que las une y descubren, descubren lo que los lectores buscamos: respuestas desde las vidas de la costa a nuestras preguntas existenciales cotidianas.

He tenido el placer de adentrarme en el pysique du rol de numerosos personajes y me retiro de esta lectura con una preciosa carga con sabor a mar. ¡Sólo me queda recomendar a los lectores curiosos, a los moradores y los asiduos visitantes de estos pueblos costeros, que no se la pierdan!

*
Lectura de Amalia Forte Mármol:

“Salí al jardín y ausculté el cielo: estaba límpido, estrellado; las ramas de los pinos lo arañaban con sus agujas. El mismo cielo de mi infancia…

El niño se despierta a las cinco sin necesidad de usar despertador. Hay una línea que sale del corazón y te conecta con el mar, le había dicho Bento, y él sabía que esa fuerza invisible lo despertaba. Era como un pique al revés: algo tiraba desde el fondo del mar, él lo sentía y abría los ojos. A las cinco en punto. Entonces se encontraba con la respiración de los que dormían, formas de la vida en reposo que habitaban el aire y lo obligaban a levantarse sin hacer ruido, a caminar con cautela y a salir al parque para recién entonces separarse del sueño. El aire de afuera, en verano, era tibio, íntimo, acariciador. Y ahí estaba el cielo, partido entre las ramas. Despertaba al tío y después de un desayuno abundante caminaban hacia el mar.

La claridad venía del este. Cerca de la anteduna ya se percibía el olor a sal marina, el sonido regular de la rompiente, la frescura de la brisa libre de vegetación y de construcciones. Bajaban hasta la orilla y caminaban hacia el norte, cargados con los equipos, envueltos en la luz opaca, levemente rosada, del alba. Cuando el sol se despegaba del horizonte se detenían y organizaban la pesca. Bento preparaba las cañas: una de coihue, color natural, barnizada, de dos tramos, y otra de bambú, pintada de blanco, de un solo tramo y cuatro metros de largo. Usaban líneas caseras, de diez anzuelos, con corchos en lugar de boyas. Bento enhebraba los corchos con una aguja de colchonero, con tanza del cincuenta, madre de tres metros de largo, y brazoladas de distintas longitudes. Encarnaba con tiritas de almeja. En la primera canaleta, muy cerca de la orilla, el agua hervía de pejerreyes. A veces sacaba tres, cuatro y hasta seis a la vez. Al mediodía volvían con las gancheras repletas y casi siempre se cruzaban con los tanos, que a esa hora descansaban recostados en la sombra, mientras los niños jugaban en el agua, reprimiendo gritos y risas. Las redes colgaban de dos jeeps Hurricane amarillos, gemelos como sus dueños, los hermanos Casaroli. A veces los oían pasar y los saludaban agitando los brazos. Si se detenían a charlar era porque los tanos ya habían dormido la siesta y se disponían a limpiar los pescados. Entonces comentaban la jornada y compartían algunas recetas. A él le hubiera gustado que lo invitaran a pescar con ellos, pero eso no sucedió nunca. Eran dos familias con varios hijos, y no había lugar para nadie más. Con Pablo, el mayor de Eugenio Casaroli, se conocían del colegio y eran amigos. Esto le permitía, algunas veces, quedarse a jugar un rato, bañarse con ellos, y observar, fascinado, la tarea intensa y organizada en la que cada uno tenía definido su trabajo. Las mujeres no se limitaban a cebar mate y servir la comida, también asistían a los hombres con la carnada, los acompañaban con los baldes en cada pasada de red y recogían el botín, esforzándose por no perder ni el más pequeño de los cornalitos. A una hora determinada, no del todo precisa, pelaban almejas y las comían crudas, rociadas con jugo de limón. Sentados en ronda, hacían silencio, y se oía solamente el crujir de los caparazones y el sorber de las bocas. Descansaban y se distendían durante unos minutos, radiantes, con una felicidad que provenía de la fatiga misma y del éxito logrado. La madre de Pablo una vez le dio a probar un puñado de lenguas de almeja. Todos lo miraban, expectantes, y él no dudó: comió la materia blanca, empapada en limón, sintiendo la consistencia gomosa y un intenso olor a mar, a un mar lejano. Un paisaje de islas se le dibujó en la boca, un gusto que nunca olvidó”.

(Rumor: pág. 162 y ss)

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