PSICOLOGÍA DE LA PESCA

PSICOLOGÍA DE LA PESCA

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Promediaba el ardiente marzo (*) y vi a mi hermano renquear en la orilla y lo admiré o admiré su resistencia porque el dolor no le impedía caminar hacia su caña, recoger la línea, encarnar nuevamente, ingresar al mar hasta la cintura, afirmarse en el oleaje y lanzar lejos, trastabillar y equilibrarse, cerrar el pick up del reel, aflojar la estrella, regresar empujado por las olas con la caña en alto, detenerse en la orilla, acomodar el posacañas, tomarse la cintura con los dos brazos en jarra, cerrar los ojos, respirar profundamente, caminar hasta la camioneta, revolver su mochila, beber unos sorbos de una petaca, encender un puro y caminar hacia mí, sonriendo.

Por la mitad de sus molestias yo habría renunciado a la tarde de pesca y pasaría el tiempo tomando pastillas y rezando salmos a los dioses. Sin molestias corporales, mi desafío era superar mi condición de pescador cachivache, algo que ocurría cuando perdía la conexión con el mar y entraba en un torbellino de acciones. En ese momento recién salía del agua con el torpedo salvavidas y las antiparras, luego de llevar a doscientos metros de la orilla, nadando, un espinel de siete anzuelos, fruto de la ambición desmedida y la confusión. También había lanzado dos cañas con líneas de fondo, encarnadas con langostino y anchoa, y me fatigaba yendo y viniendo con tanto aparejo que atender mientras la conciencia me dictaba lo de siempre, la antigua sabiduría de la simplicidad que consiste en llevar una sola caña (la de uno, la propia), con una línea de un solo anzuelo, y no enloquecer suponiendo que, como dijo el poeta, “las lentas costumbres de los astros” pueden alterarse a causa de nuestro nerviosismo, nuestra voluntad desmesurada, nuestra intervención revolucionaria, en un ámbito donde las posibilidades de tener éxito depende de infinitas variables ajenas a nuestro deseo.

En fin: yo había pescado, con las cañas, dos corvinas chicas, y con el espinel, una desdeñable raya, que se había prendido enseguida en uno de los siete anzuelos, había arrastrado la línea hacia el sur y enredado ese exceso convirtiéndolo en una madeja indiferenciada. Mi hermano, limitado a una sola caña y con su artrosis de cadera a cuestas, había logrado una corvina de tamaño digno. En estas fatigas estábamos cuando llegó una camioneta y se instaló a pocos metros. Mirá que estamos lejos, pensé, molesto. A dos kilómetros de Cariló y a seis kilómetros de Gesell, ahí donde no suelen llegar sino los pescadores que tienen marcado el punto con la vieja antena de la ruta 11 o con unos bidones atados al alambrado del predio del enduro. Pero cuando reconocí a Billy se me pasó el atisbo de enojo porque es uno de los nuestros. Billy, el gordo de Cotel, pescador de tiempo completo, ahí estaba con su esposa Griselda como compañía y un aire de convicción y suficiencia que yo, desde que pesco hace 46 años –empecé con mi primo en el verano del 69-, intento en vano aprender. Mientras recogía otra vez mi espinel, observé  a Billy bajar un trasmallo, caminar cruzando la canaleta de baja profundidad y clavar los caños en la arena. Lo hizo con pasmosa tranquilidad, hábil maniobra de un hombre de 150 kilos que en diez minutos y sin despeinarse dejó listo su aparejo. El mar empezaba a crecer. Sentado al lado de su esposa, a resguardo el viento del noreste, esperó unos quince minutos y se arrimó al trasmallo para desenganchar una lisa grande. De unos dos kilos. Volvió, prolijo y sereno con la lisa en la mano, y siguió, relajado, disfrutando del mate amoroso que le cebaba su chica.

Yo revisé el espinel, que había derivado otra vez hacia el sur y otra vez tenía una triste raya enredada en una trama de anzuelos absurdos. Mi hermano volvió hacia su caña, maniobrando con el puro y con entusiasmo la tomó y pegó un cañazo vehemente. Devolví mi rayita al agua y me quedé contemplando el espinel, la caña de acción pesada y el reel Peter cargado con 500 metros. Eso sí me daba orgullo: el Santa Catalina industria argentina de los años 60 que me regaló Jorge Martínez Salas. Una reliquia, herencia de Jorge Martinez Salas padre, que su familia trajo de Paraná, Entre Ríos, en 1969. Un reel con historia de capturas de dorados, y de grandes fracasos nuestros en los años 70, cuando intentábamos lanzar con él y sólo lográbamos infinitas galletas difíciles de desenredar. Cuestión que, evolucionando mi vocación pesquera en la misma proporción que decrecía la suya, lo desempolvó un 29 de noviembre y me lo regaló. Tomá, está mejor en tus manos, me dijo Jorge, y desde entonces lo conservo, lo cuido y lo uso, porque sigue siendo un “tractor” industria nacional. Guardé el espinel mientras mi hermano, ahora con el agua casi hasta el pecho, volvía a lanzar su sacrificado sedal al mar profundo, y Billy entraba otra vez al mar, pesado y ceremonioso, a recoger otra voluptuosa lisa de su trasmallo.

Ahora fui yo el que sorbió de la petaca, desdeñé los movimientos de mis cañas –no distinguí si había un pique o se sacudían por el oleaje-, y estiré las piernas, todavía doloridas por el partido de fútbol de anoche. Para colmo había dormido mal: un raspón en la rodilla me había molestado y perturbado mi sueño. No era importante, pero me picaba, y no había podido resolverlo con cremas ni con aloe ni con alcohol, y cuando me tapaba, el roce de la sábana resultaba insoportable… Mientras desenredaba y guardaba el espinel, recordé que después del partido me había venido de golpe una certeza, que  ahora podía asociar claramente a la pesca: la imposibilidad de cambiar. Desde hace muchos años intento cambiar mi forma de juego, modificar los mecanismos básicos que me gobiernan en la cancha de fútbol: exagerado uso del cuerpo, dificultad para pasar la pelota a un compañero en mejor posición, repetir el recurso del amague, la gambeta corta, la velocidad y la sorpresa. Me propongo una y otra vez pensar más, bajar un cambio, y algunas veces lo logro, pero inexorablemente en el fragor del juego vuelvo a la modalidad más antigua, la impresa en mis genes, mi inconsciente, la irracional, la bestia que irrumpe sin que la pueda regular.

“Urgente hay que poner un trasmallo”, dice mi hermano. “¿Viste al gordo aquel? Ya sacó cuatro lisas, las fileteó y las dejó listas para comérselas. ¿Y el trasmallo que compraste el año pasado?”

“Nunca lo usé… Lo saqué el otro día. Está todo enredado. Quise desarmarlo pero me resultó imposible. Se lo dejé a Pablo, el guardavidas, para que lo desarme cuando haya sudestada y tenga el día libre”.

“Bueno, es increíble esto, no podemos perdernos esta pesca. Es un protocolo que tenemos que sumar a la red de arrastre, el kayak y el gomón”.

“Che, vos que sos psicólogo, te hago una consulta: ayer después del fútbol me dí cuenta de lo difícil que es cambiar… Quiero mejorar en el fútbol, quiero mejorar en la pesca, pero siempre vuelvo a mis formas primarias, apenas logro algunos progresos esporádicos”.

“¿Pero algo progresaste?”

“Algo, pero no todo lo que quisiera, y cada tanto me sorprendo siendo el mismo de siempre. ¿Qué opinás?”

“Es complicado, hermano… Por ahora sigamos pescando, dejame pensar tranquilo una respuesta”. (Continuará)

 

(*) Marzo de 2015 fue el mes más caluroso de la historia (diario Clarín, 17 de abril de 2015).

Anibal Zaldivar

(Publicado en el Semanario El Fundador, viernes 8 de mayo de 2015).

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