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Rosas del desierto

(2017)

Publico los primeros 13 poemas sobre un total de 80.

 

Texto de contratapa

Para mí fue extraordinario leerte, y descubrir en tu vida al “aventurero del mar” y comprobar que todo su discurso es más que la borgiana imagen del “… incesante mar que en la serena mañana surca la infinita arena”. Hay en tu mar el sonido del lenguaje, y tu cuerpo en él, tus brazadas en él.

Cómo no decirle al querido lector que tu libro es precioso y que en su nombre oculta el enigma del mar. Es como un secreto homenaje al poema de Rilke que decía hablándole a la rosa: “oh contradicción pura, gozo de ser sueño de nadie bajo tantos párpados.”

Al leer tus poemas uno dice obviamente: ¿quién soy? Pero también: la emoción es más fuerte que las palabras, ¿qué puedo decir sobre el mar? ¿El mar es increíble? ¿El mar es más de lo que yo esperaba? ¿Su inmensidad? Me temo que el comentario sería banal en comparación con lo que expresa cada uno de tus poemas. Hay en ellos eso que vos mismo, lector exquisito, descubriste en 1982, ¿o fue en el vientre de tu madre?: que el mar sería el pequeño mito que contiene cada palabra en su revelación. Y de ahí en más el despliegue de tu mapa sobre la visión: enseñarle a los niños que el mar está dentro de cada sílaba. Y nadar para comprender el movimiento de las sensaciones. Mirar desde tu alta mar el movimiento de tus seres queridos y de tu gente allá en la playa: ¿qué escuchan, qué hacen, cómo encuentran la fuerza del amor en cada rompimiento de la ola?

Y otra cosa, ya dicha en tus poemas: Salvo los ojos, las bocas, los oídos,

que nos hacen ruidosos y evidentes

somos abismo que respira y duerme.

 

Arturo Carrera, Buenos Aires, 2017

 

 

 

 

 

Epígrafe

Pero dar extensa variedad a lo pequeño gloria es de los poetas.

(Píndaro: Pítica IX v. 77)

 

 

 

 

Una rosa del desierto

(A una piedra que traje del museo de Gagliole, Italia)

 

Nos dan la poesía para poder dormir

para soñar otros mundos

nos la dan, las musas, para entretenernos

para adormecernos y despreocuparnos

nos dan la poesía nuestra de cada día

como el pan amargo que sonríe nos dan

nos dan los versos para no mirar

el hambre y la muerte que nos rodean

y nos cercan con sus lágrimas, tanta poesía

para olvidar y recordar que el tiempo

nos está comiendo los huesos las musas

nos ponen gotas de miel sobre la lengua

murmuran palabras sagradas cantos de consuelo

nos dan la distancia y la justicia

y la vergüenza sin fin de los felices

la voz que fluye y las aladas palabras

la tristeza de tantos ojos y también la propia

que lame las heridas y murmura al oído una plegaria

una elegía que trae las olas de las sangre

todos los suspiros inmemoriales humanos

tanto tanto nos dan que me duele el dolor

y todo el amor me inflama gracias

poesía miedos sueños flujos de la boca

voces reencuentros brillos delirios levedades

flores jardines florecidos rosa del desierto

abundante de sales e intemperie fría

ardiente desnuda y aunque no te nombre bella

tus aromas de piedra tus pétalos me envuelven

solitaria sola en alguna inmensidad también a vos te amo.

 

 

1

De mucho dormir viven mis musas

en las partes blandas de mi cuerpo

se acurrucan sin pelear, sin épicas

batallas de mares o llanuras.

 

Ellas aman cada rincón gatuno

dieciséis horas sobre veinticuatro

y destilan sus voces en mi sangre.

 

De mucho mucho domingo eterno viven

toman el descanso de Dios como bandera

y en las ocho que restan ya no sabe qué hacer

dónde nadar, volar o hacer trabajos.

 

Acaso salen a reposarse en verdes

hojas del jardín o en el sensual oleaje

bien lejos mar adentro donde gozan

sobre espaldas de color de vino.

 

A veces se hacen duras en mis uñas

aunque siempre lentas o en mis dientes

o delicadamente escupen sangre.

 

Pero siempre, siempre, amor

están llamándote.

 

2

Una pluma vuela para abajo

un desecho blanco de paloma

un resto de ala

que atrapo con mi mano.

Luego la suelto y parece que cae

de costado o para arriba casi

más leve que el aire

cuando la luz la incendia

en fulgores blancos

y arde y me quema dulcemente el ojo

las entrañas.

 

3

Amo tener fuerte  mi pene

pero también ser un bote vacío.

 

Tal vez sean los remos la clave

para cruzar el río

para lanzarme al mar.

 

Qué bella esta turgencia

vigor gota de océano

y también flotar en hálito de albatros

cerca del sol, sin nada.

 

4

Avergonzado bajo hasta la orilla

a mojarme los pies desnudos

gastados por la espuma de los días

como las piedras y los caracoles.

 

Me rodean bichos muertos

y un pequeño escorpión agonizante

donde el mar ha dejado sus venenos.

 

Dejo mis huellas

y espero con mis ojos

a que las borre el agua.

 

5

En su cuna se mece el poeta

sin salario fijo pero canta

algo al lado de unos grillos

entre gotas que caen al pasto.

 

No está bajo presión salvo

que se tejen explosiones suaves

adentro de sus venas agitadas.

 

Entonces siente unos trinos, lejos

que traduce en palabras ajenas

y se tapa los oídos para dormir.

 

6

A toda velocidad, los caracoles

se alejan de mis ojos

y los astros giran

en el cielo infinito.

 

Como dijeron los poetas

en el medio erramos

constelados

de pies y manos y respiraciones.

 

Con sus lentas costumbres

ellos nos derrotan

persisten

y nos comen los años y las plantas.

 

7

El abrazo del fantasma tuyo

es como un pan de miel enriquecido

y ya pasaron mil veces de tocarte

y eso será nada en cuerpo y tiempo.

 

Nunca sabré quién sos, nunca lo sé

aunque libe tus besos largamente tiembla

la visión del abismo bajo labios

de espuma o polvo o aire evanescente.

 

8

Sale del orto del mar la luna llena

entre pinos, salada y empapada

blanca y con ojos, amarilla

y es tu espejo, tu sonrisa redonda

tu carita de enojos empañados

tu soledad, princesa, bella y de oro.

 

Luego, seca ya y sin lágrimas

sube a dominar la noche de la tierra

los cuatro mares que dan al infinito.

 

9

¿Por qué necesitas la noche

para abrir esa flor de tu alma

que duerme todo el día

bajo las llamas del sol?

 

Las constelaciones de su cuerpo cambian

pecas innumerables piedras rojas perlas

playa donde reposo y anclo

mi ilusión de náufrago.

 

Esto pasa y eso también pasará

la página donde el viento

escribe nuestros nombres

pero yo también, Juan, de noche espero

que me llegue una estrella.

 

10

En su leve garganta el colibrí

sabía de la tarde

sincopada entre golpes

de plumas y de ramas.

 

Todo iba hacia el mar

mientras en su breve tiempo

mis ojos miraban torpemente.

 

¿A qué poeta del río llamaba?

¿A qué montes?

¿A qué brumas de la China?

 

Un clavel del aire suspiraba

afirmado en el muro del pino.

 

11

Tus botones me miran a los ojos

me interrogan me muerden

no me dejan dormir me zamarrean

los rayos de tus codos cuando duermes

las alas plegadas en silencio y el ángel

se extiende boca arriba por tus piernas

un charco de espuma en esta cama

de aguas profundas y orillas borrosas.

 

12

Se detiene al borde de las olas

y dice una plegaria.

 

Las teclas de sus dedos se estremecen

tocadas por la espuma.

 

Hay piel de arena y agua rumorosa

y viento del sudoeste y tibia hondura.

 

Se adivina el final un poco triste

y es mejor regresar abismo abajo.

 

Lo que no entra al mar

se hace silencio y poema.

 

13

El eucalipto estrella me recuerda

que no hay pasado

sino la brisa del lejano mar

y aclaro que es de noche

y mi árbol era el jazmín de cabo

donde florecían perfumados

los rostros de mi madre, Mina

de mi padre, Aníbal

y de mi hermano Fernando

quienes alguna vez murieron

en un pasado inexistente.

 

Bebo el resto del vino sentado

frente al liquidámbar real

y la aljaba de flores de marfil

y nada cruza mi cuerpo

enteramente vivo

ahora.