Un Cervantes, dos locos

Un Cervantes, dos locos

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(El Licenciado Vidriera y Don Quijote)

Los dos personajes de las novelas de Cervantes comparten un rasgo de personalidad fundamental: son locos. O mejor dicho: nacieron cuerdos, se volvieron locos, y después de varias peripecias, recuperaron la cordura. Para comparar cómo funciona la locura en cada uno conviene previamente establecer entre ambos personajes una aproximación más general, para luego centrarnos en el tema específico.

Vidriera (Tomás Rodaja) tiene un origen que lo acerca a los protagonistas de la picaresca. Es un niño de la calle, pobre, alejado de sus padres presuntamente labradores, a los que se menciona sólo al principio de la obra. Quijote (Alonso Quijano), pertenece al estamento noble. Es un hidalgo de escasos recursos y vida rutinaria, cuya existencia gris no tiene “nada digno de ser contado”. Este aspecto los diferencia, pero también los aproxima: ambos son, a su modo y salvando las distancias, personajes que pertenecen a sectores sociales marginales, signados por la pobreza y el ocio, la improductividad y la inutilidad.

En cuanto a valores personales, Vidriera es virtuoso. “Buen ingenio y notable habilidad”, “felice memoria”, “buen entendimiento”, “raro ingenio”, “buena presencia, ingenio y desenvoltura” son algunas de las caracterizaciones positivas, que abundan en todo el texto. Por estas virtudes, que lo hacen querible, Vidriera se abre camino: logra estudiar en la Universidad, conoce el Ejército, recorre Italia, viaja a Flandes, y luego continúa sus estudios en Salamanca hasta alcanzar el título de licenciado en Leyes. En esta situación, una dama despechada intenta enamorarlo con una pócima y lo envenena, dejándolo convaleciente durante seis meses. De esta agonía renacerá con la convicción de ser un hombre de vidrio. Esta es su locura.

De los valores personales de Alonso Quijano es poco lo que se dice: “gran madrugador y amigo de la caza”, principalmente ocioso, y aficionado a la lectura de libros de caballerías. Para el hidalgo, el veneno será la literatura, no el despecho de amor: “…se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así de poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”. Quijano renace Quijote, creyéndose Caballero Andante. Esta es su locura.

Andanzas: ambos personajes salen al mundo: Vidriera, como un loco-sabio: “Por oírle reñir y responder a todos le seguían siempre mucho”, “…todo género de gente le estaba escuchando de contino”; Quijote, como Caballero Andante.

Pero las diferencias son más notables que las coincidencias: si bien ambos comparten algunos rasgos de personalidad, como cierto matiz colérico y temperamental, el discurso de Vidriera es básicamente crítico y didáctico. Entra en contacto con una amplia gama de personajes, representativos de la sociedad: roperas, moradoras, maridos, hijos, labradores, príncipes, boticarios, médicos, jueces, sastres, zapateros, banqueros, pasteleros, titiriteros, comediantes… Con todos y de todo pontifica y opina, y hace alarde de ingenio, humor, sabiduría, erudición –usa el latín varias veces-.

Quijote también es crítico, y genera amplios debates en torno a la cultura –especialmente literarios-, pero su discurso no tiene el carácter moralizante y didáctico de Vidriera: su marco de referencia, sus valores, su dogma, serán siempre los libros de caballería.

En el aspecto político-social, ambos son conservadores. Vidriera dice: “…los azotes que los padres dan a sus hijos, honran…”; “la honra del amo descubre la del criado”; y califica despectivamente a mozos de mulas, arrieros y marineros, todos oficios de baja condición social. Quijote tampoco cuestiona el orden establecido, pero su fidelidad a los valores de la caballería lo lleva a un gesto transgresor: libera a los galeotes, consagrando la libertad como un valor que está por encima de todo, incluso de la ley (Vidriera, en cambio, cuando ve pasar un grupo de azotados, se limita a burlarse y bromear con los demás espectadores de la escena). La del Quijote es una locura heroica, la de Vidriera, no.

En las dos novelas hay humor, pero de un modo muy distinto. Vidriera hace humor con sus dichos, Quijote con sus actos. Vidriera no es cómico, no actúa como loco. Su humor está en su discurso: sarcasmos, ironías, burlas, siempre dirigidas a los demás. Quijote, en cambio, es él mismo sujeto del humor. Personaje paródico, su comicidad consiste en que realiza acciones que cree reales, que son reales para su conciencia y su visión del mundo, pero no coinciden con la realidad que ve el resto de la gente. Los demás se ríen de él.

Otro aspecto en común es la fama. Ambas crecen. La de Vidriera: “las nuevas de su locura y de sus respuestas y dichos se extendieron por toda Castilla”. Y del espacio reducido de Salamanca se amplía a la Corte, donde es llevado a instancias de un Príncipe. Allí su fama se multiplica y llega a su apogeo. La de Don Quijote, desde que se lanza a la Mancha, crece continuamente y se multiplica cuando sus hazañas se plasman en un libro. Pero hay una diferencia fundamental: Quijote vive la fama como un valor propio de las novelas de caballería. Alcanzar la fama por realizar grandes hazañas es parte del Ideal. En cambio, para Vidriera la fama es una consecuencia no buscada, no forma parte de un sistema de valores.

Por otra parte, la fama exige un actor fundamental: el público. Para la gente, la atracción principal, la fascinación que producen ambos personajes es la paradójica combinación de locura y cordura:

“En resolución, él decía tales cosas, que si no fuera por los grandes gritos que daba cuando le tocaban, o a él se arrimaban, por el hábito que traía, por la estrecheza de su comida, por el modo con que bebía, por el no querer dormir sino al cielo abierto en el verano, y el invierno en los pajares, como queda dicho, con que daba tan claras señales de su locura, ninguno pudiera creer sino que era uno de los más cuerdos del mundo”. (Lic. Vidriera, pag. 211)

“Mirábalo el canónigo, y admirábase de ver la estrañeza de su grande locura, y de que en cuanto hablaba y respondía mostraba tener bonísimo entendimiento; solamente venía a perder los estribos, como otras veces se ha dicho, en tratándose de caballería”. (Don Quijote, I, pag. 515)

 

A partir de esta similar ponderación que los demás hacen de los dos personajes, entramos en el tema específico de la locura. La de Vidriera, como se ha dicho, proviene de un filtro de amor mal administrado. Podríamos remitirlo míticamente a la venganza de Afrodita, por el despecho, y a la elección de una castidad libresca: Vidriera prefiere los libros a la propuesta amorosa de la dama. Y como a Quijote, los libros lo pierden. Sin embargo, hay una vuelta de tuerca en el Quijote que lo diferencia notablemente: en Vidriera los libros reflejan su interés por el estudio, o su poco interés por las mujeres. Son anecdóticos. En Quijote, están entrañablemente asociados a su locura, que consiste en asumir la ficción como realidad, en identificarse con ese mundo ficcional y adoptarlo como más real que la realidad.

La locura de Vidriera proviene de factores externos a su propia conciencia. Por efectos de la pócima, ya sean químicos, emocionales, sicológicos, o como se quiera interpretar, se siente de vidrio. Su transformación es física y el efecto es esencialmente metafórico-espiritual. El cambio de materia lo ha fragilizado, sutilizado, y esto lo hace más apto para la sabiduría:

“Decía que le hablasen desde lejos, y le preguntasen lo que quisiesen, porque a todo les respondería con más entendimiento, por ser hombre de vidrio y no de carne; que el vidrio, por ser de materia sutil y delicada, obraba por ella el alma con más prontitud y eficacia que no por la del cuerpo, pesada y terrestre” (Lic. Vidriera, pag. 196).

La locura del Quijote reside en su propia conciencia, por eso está implicado completamente en ella. Y cuando lo curan, se desdibuja de tal manera que muere de tristeza (el agente de su curación, Sansón Carrasco, va a buscarlo al mundo ficcional/real, al espacio de su conciencia enferma). Vidriera, en cambio, así como la enfermedad le vino de un factor externo (una dama), se le va por otro factor externo (un religioso milagrero.). Su retorno a la cordura no es traumático para él. Simplemente vuelve a ser un licenciado, aunque cambia de nombre: de Rodaja a Rueda. (Se puede inferir que el cambio de apellido es significativo, ya que Rodaja sugiere un ser menguado, cortado, y Rueda, completud).

A Vidriera, el paso del vidrio a la carne lo devuelve a la normalidad razonable, que deriva en conductas previsibles: se muestra callado, confuso, ante la demanda de los demás. Esa normalidad es explícita en su propio discurso:

“-Señores, yo soy el licenciado Vidriera; pero no el que solía: soy ahora el licenciado Rueda. Sucesos y desgracias que acontecen en el mundo por permisión del cielo me quitaron el juicio, y las misericordias de Dios me le han vuelto.” (Lic. Vidriera, pag. 211)

También Quijote asume su condición de cuerdo, casi en los mismos términos:

“-Señores –dijo don Quijote-, vámonos poco a poco, pues en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno”. (Don Quijote, II, pag. 1096).

Sin embargo, como ya se dijo, la cordura en el Quijote tendrá otras consecuencias. Su identidad ha sido severamente dañada. Y el intento por encontrar un sustituto en la vida pastoril no funcionará. El paso de la locura a la cordura convierte a Quijote en un hombre normal, condición que se volverá insoportable para él. Y para el público: los propios admiradores del personaje se preocupan ante la perspectiva de que sea curado. Cuerdo, deja de ser un personaje interesante: “-Oh señor –dijo don Antonio-, ¡Dios os perdone el agravio que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él!”.

En Vidriera también hay un ida y vuelta con el público: al verlo cuerdo, la gente se va desencantando, y él a su vez toma distancia: cambia el espacio público por el privado: “Lo que solíades preguntarme en las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y veréis que el que os respondía bien, según dicen, de improviso, os responderá mejor de pensado”. Su discurso, al estar mediado nuevamente por el razonamiento, pierde espontaneidad, e interés para la gente. Vidriera-Rueda es uno más. Por eso empieza a fracasar, y toma su última decisión, que es volver a Flandes y asumir el camino de las armas, donde muere como soldado (cuya forma de vida tiene como virtud, y esto no es un dato menor, la libertad).

Podemos concluir que en Vidriera, la locura no es realmente un tema, sino más bien un hecho anecdótico que abre y cierra un espacio-tiempo de dos años, donde el personaje se despliega y hace su trabajo de crítica social. En Quijote, la locura es el tema central: se habla extensamente de ella, se la describe, se la discute, se la combate a lo largo de toda la novela. Locura internalizada, constituyente de la identidad del personaje.

La crítica afirma que el Licenciado Vidriera, escrita unos años antes, es esbozo, ensayo y anticipo de la creación más genial de Cervantes: el magnífico e inmortal Don Quijote de la Mancha.

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