Poesía en el Chalet

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Hermosa jornada de La poesía y el mar, donde brilló la poesía de Viel Temperley, la Elegía de Propercio comentada y leída en latín y en español por el gran Arturo Alvarez Hernández, los delicados y profundos poemas de la geselina Flor Ramirez, el mito de Dionisio y los Delfines, el gran Whitman leído por Hernán, en la versión en inglés y la traducción al español, los poemas del joven poeta salteño que nos visitó… una jornada de alta poesía que compitió con el sol y la playa. Nos vemos el próximo sábado!!!

 

Del niño que aprendió a nadar
 
La madre y el hijo miran,
desde el lado de la patria,
el río que es argentino
todo el ancho de una pampa.
Río de escudo porteño,
con velas que no alegraban.
 
El cuerpo como un acento,
los brazos sobre las chapas
de un tanque, nadan muchachos
la sombra de balaustradas.
La madre y el hijo miran,
y los muchachos se marchan.
 
Le dijo al niño, el abuelo,
que en el tanque se bañara.
El abuelo con la madre
mirando en las balaustradas.
Desde ellas el cielo, oblicuo
sobre el niño que ya baja.
 
 
Entra de espaldas y tiembla
el agua que lo levanta.
Menos pequeño, relaja
piernas y vientre en el agua.
Callado aprende, y a solas
sabe que nada. Ya nada.
 
Se vuelve con humedad
recta de cielo, azulada.
Sobre la toalla, en un hombro,
el río y las nubes carga.
La madre le espera junto
al abuelo, en las barrancas.
 
A ambos lados mandarinos,
a la derecha las casas.
Trae en la cintura fiebre
y cicatriz heredada.
Llega y les dice, despacio:
Ya nado. Luego descansa.
 
Héctor Viel Temperley
 
**
 
El Nadador
 
 
Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y las de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.
 
Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arroyos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.
 
Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.
 
Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.
 
Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.
 
Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.
 
 
Héctor Viel Temperley
 
 
**
 
CANTO A MI MISMO
 
22
You sea! I resign myself to you also — I guess what you mean,
I behold from the beach your crooked inviting fingers,
I believe you refuse to go back without feeling of me,
We must have a turn together, I undress, hurry me out of
sight of the land,
Cushion me soft, rock me in billowy drowse,
Dash me with amorous wet, I can repay you.
(…)
 
 
22
 
¡Mar! También a ti me rindo… adivino tu sentido,
Observo desde la playa como me reclamas con tus dedos corvos,
Creo que te niegas a volver sin haberme tenido a tu lado,
Debemos pasar un rato juntos, me desvisto, llévame pronto lejos de la costa
Acurrúcame suavemente, adorméceme con tu ondulante vaivén,
Rocíame con amoroso líquido, puedo retribuirte.
(…)
 
 
Walt Whitman

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