Poesía, mar y ríos

Poesía, mar y ríos

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El poema que leí el sábado 21, con mi hermana Patricia.

Río Sauce Grande (Villa Ventana)

Amparo terrestre para el río

cauce de palma de indio

o cauce pedregoso con pisadas

de vacas, y relinchos acostados.

Sin el semen perturbador

viene el toro

produciendo su huella

acariciado por brisa de retamas.

Bajo la noche silenciosa

el agua rodea las piedras,

corre, circula en pensamientos

distraídos, el olvidos aéreos.

Así el tiempo baja de las rocas

demorado en amplios manantiales

ocultas matrices de agua nutricia

que nuestra sed busca en vano.

Sobre la superficie veteada

por remolinos y fugaz espuma,

la vida dulce estalla en peces rojos

y en diminutas flechas transparentes.

*

La imagen es de cántaro

o de vasija extendida

como don o milagro incrustado

en las arrugas de la tierra.

Hacia la bruta sal interminable

donde es áspero el beso y arden labios

y donde  todo cae consumiéndose

a dentelladas de increíble miedo.

Es una variedad infinita

que no alcanzamos a plasmar

porque llega la noche

y con su ala oscura nos entierra.

*

Al amanecer vuela un panadero

blanca estrella sin rumbo

suave y frágil cruza la cruda luz

y la vaga sombra del aire.

Pongo también mi ausencia

contra  el horizonte en declive de las sierras,

puedo anidar entre loros chillones

con palomas ululantes o caer en el barro.

Caminando en el agua verde uno abandona

el dulce veneno familiar

ordenado en páginas, medialunas

grises, avisos agrupados.

Veo la tierra cayendo

en su sombra final, acorralada

por el fuerte humo agrio

que traen las ciudades.

Pero estos últimos días, estos últimos

siglos, o períodos o eras

son aquí más plenos,

entre peces que sólo gozan el agua.

*

Bajo ahora a unirme al toro

polvoriento que mea en la brisa,

rito elemental de libertad

bajo las tibias estrellas.

La idea es de sogas trenzadas,

firmes, no demasiado fuertes,

cascada que remansa y luego

corre, entre juncos y piedras.

Hablamos para el viento y hablamos

para un oído de mujer, y gritamos

hacia la inmensidad vacía de ecos

o poblada de sueños de millones de noches.

Pero sólo el agua reza por todos,

escucha: su vigilia alcanza,

su bautismo abraza

nuestra causa perdida.

*

Yo también soy un río

un agua derramada

una superficie caída

un cauce inclinado.

Tengo barro en la espalda y pastos en el pelo,

bagres fondeadores limpian mis entrañas,

brutales tarariras muerden mis huesos

y finos pejerreyes circulan en mis venas.

La lluvia me alimenta

las gotas me acarician

me excita el rocío

y me derramo en cascadas.

Me prodigo en los valles,

me pudro en los remansos,

un solo pensamiento

dejo impreso en las piedras.

Voy, llevo en los labios

palabras indecibles, rumores atrapados

por el ser en vigilia,

soy el río mirado y el ojo que lo mira.

*

Vacío de auditorio el concierto

del río desciende bruto armonizando

sonidos de pájaros y silbidos

de viento intermitente y percusión de lluvias.

A veces los muertos de abajo

gritan, y la anestesia de la tele

acude a silenciarlos, es

la unidad trágica del mundo.

Los heridos también o los hambrientos

suben por la corteza e invaden

las gargantas de los grillos

y da igual dormirse en ese arrullo.

Está el río y está el oído,

polvo los atraviesa, vacío de auditorio

el oído o la voz disuelven

su encanto, en el rocío terrestre.

*

La mente transparente añora

inexplicable un descanso, y luego

un pique desmedido o un pique

suficiente, y luego otro.

En los hondos suspiros de las boyas

o en anzuelos azules

y luego ese brillo impalpable

del atardecer sobre el agua.

Cuando ondea con finos élitros el aire

suspendido, y borbollones sacuden

cada minuto de agua

y nada respira nadie.

El cuerpo transparente añora

un qué imposible,

un insaciable cuándo,

hasta que solo, fondea en la noche.

Anibal Zaldivar

(1993)

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