Stevenson/Forn

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Hace unos años le propuse a Juan que participara de una charla de La poesía y el mar leyendo Christmas at sea (Navidad en el mar), de Robert Stevenson. No pudo venir, pero nos hizo un gran regalo: una traducción personal del gran poema. Había leído diversas traducciones que no lo conformaron, y se largó a hacer este trabajo con amor y pasión, y el resultado fue excelente. Comparto como pequeño homenaje a Juan esta versión suya de este poema marino, que narra la supuesta llegada de alguien a su hogar, justo en la nochebuena, y en realidad, a lo que asistimos es a una partida. Un poema melancólico, conmovedor, paradójico, y a la vez con la intensidad de la aventura y el riesgo. ¡Gracias, Juan!

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Navidad en el mar

RL Stevenson

Las velas se habían congelado y herían las manos desnudas,

la cubierta era una capa de hielo en la que apenas se podía hacer pie;

soplaba noroeste, se venía tormenta, no había más reparo

que esos acantilados que escupían espuma a sotavento.

El bramido de las aguas empezó antes del alba,

pero recién con el día entendimos lo que nos esperaba.

Al instante, en un grito, cada mano fue una,

sujetamos la cofa y nos preparamos para lo peor.

Todo el día escoramos entre Punta Norte y Punta Sur,

todo el día tirando en vano de las velas congeladas.

todo un día, helado como la caridad, amargo como el espanto,

asidos a la vida por instinto, escorando entre Punta Norte y Punta Sur.

Hacia Punta Sur estaba decididamente peor,

pero cada golpe de timón nos abalanzaba a Punta Norte.

el acantilado y las casas estaban tan alto como las olas,

y el guardacostas en su jardín nos seguía con su catalejo.

La escarcha sobre los techos era tan blanca como el mar,

y en cada hogar ardía un fuego rojo como un corazón;

se reflejaba en las ventanas, humeaba por las chimeneas,

juro que hasta el aroma de las cocinas olía a Navidad.

Con júbilo sonaban las campanas de la iglesia,

pues era justo ése, de todos los días del año,

el día de nuestra desventura, el día de Navidad,

y aquella casa a espaldas del guardacostas era la casa donde nací.

Bien sabía yo qué pasaba detrás de aquellas paredes,

el reflejo en los anteojos de mi madre del plateado cabello de mi padre;

y entre ellos las llamas danzando en el fogón

y la vajilla sin usar, solemnemente apilada en la repisa.

Bien sabía yo de qué hablaban: hablaban de mí,

de la sombra de la casa, del hijo que se fue a la mar,

del perfecto idiota , que dios lo proteja,

que tiraba de sogas congeladas en el día de Navidad.

El faro se encendió con la llegada de la oscuridad.

“¡Todos a tirar de las gavias!”, gritó el capitán.

“Me temo que no soportará”, contestó Jackson, el primer oficial.

“Pues deberá, señor Jackson”, le dijo el capitán.

Porque eran nuevas las velas, y eran buenas también,

y el navío lo sabia y el navío lo entendió;

mientras el día se internaba en las puertas de la noche,

la luz del faro nos guió, y el mar abierto nos recibió.

No llegábamos, nos íbamos, Punta Norte y Punta Sur quedaban atrás

Cada alma a bordo suspiró con alivio. Todos menos yo.

Pues lo único que podía pensar, en el frío y la oscuridad,

era que me iba de casa y que mis padres envejecían solos.

(Traducción de Juan Forn).

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Christmas at sea

R. L. Stevenson

The sheets were frozen hard, and they cut the naked hand;
The decks were like a slide, where a seaman scarce could stand;
The wind was a nor’-wester, blowing squally off the sea;
And cliffs and spouting breakers were the only things a-lee.

They heard the surf a-roaring before the break of day;
But ‘twas only with the peep of light we saw how ill we lay.
We tumbled every hand on deck instanter, with a shout,
And we gave her the maintops’l, and stood by to go about.

All day we tacked and tacked between the South Head and the North;
All day we hauled the frozen sheets, and got no further forth;
All day as cold as charity, in bitter pain and dread,
For very life and nature we tacked from head to head.

We gave the South a wider berth, for there the tide-race roared;
But every tack we made we brought the North Head close aboard.
So’s we saw the cliff and houses and the breakers running high,
And the coastguard in his garden, with his glass against his eye.

The frost was on the village roofs as white as ocean foam;
The good red fires were burning bright in every longshore home;
The windows sparkled clear, and the chimneys volleyed out;
And I vow we sniffed the victuals as the vessel went about.

The bells upon the church were rung with a mighty jovial cheer;
For it’s just that I should tell you how (of all days in the year)
This day of our adversity was blessèd Christmas morn,
And the house above the coastguard’s was the house where I was born.

O well I saw the pleasant room, the pleasant faces there,
My mother’s silver spectacles, my father’s silver hair;
And well I saw the firelight, like a flight of homely elves,
Go dancing round the china plates that stand upon the shelves.

And well I knew the talk they had, the talk that was of me,
Of the shadow on the household and the son that went to sea;
And O the wicked fool I seemed, in every kind of way,
To be here and hauling frozen ropes on blessèd Christmas Day.

They lit the high sea-light, and the dark began to fall.
“All hands to loose topgallant sails,” I heard the captain call.
“By the Lord, she’ll never stand it,” our first mate, Jackson, cried.
…“It’s the one way or the other, Mr. Jackson,” he replied.

She staggered to her bearings, but the sails were new and good,
And the ship smelt up to windward just as though she understood;
As the winter’s day was ending, in the entry of the night,
We cleared the weary headland, and passed below the light.

And they heaved a mighty breath, every soul on board but me,
As they saw her nose again pointing handsome out to sea;
But all that I could think of, in the darkness and the cold,
Was just that I was leaving home and my folks were growing old.

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