La charla del sábado 9…

La charla del sábado 9…

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…comenzó con la lectura de un poema que escribí el viernes… me habían pedido que lea algo mío, bueno, ahí fue este recién escrito, para mi próximo libro. Le encargué la lectura a Bettyna, como estamos haciendo este verano: yo presento la charla y ella lee el primer poema. Una inversión de roles que me hace menos personaje a mí y menos funcionaria a ella, que aceptó con valentía el desafío. Luego nos internamos en el tópico “el mar y la muerte”, como todo este verano, siguiendo las huellas de la poesía tal como aparece en la película La Boya. “Gorrión muerto entre flores” es el poema que disparó este tópico. Y luego seguimos con los poemas que estaban en los primeros guiones y fueron quedando afuera por la necesidad de síntesis y la búsqueda de la excelencia, lo que holgadamente logró Fernando durante el proceso de edición, aunque ante cada recorte tuviéramos que sufrir un pequeño “luto”. Así ocurrió con “Desde la cuna que sin fin se mece”, del gran Whitman; y con el final del Canto V de la Eneida de Virgilio, donde se narra la muerte de Palinuro, el timonel de la nave. Y a continuación vinieron textos de Manrique, Ungaretti, Baldomero, Eliot, León Felipe, Tuñón, Neruda, Lito Spiner… Gracias todos los que leyeron, enriqueciendo así la propuesta participa y la lectura coral. Van algunos poemas.
Nos vemos el próximo sábado, con El mar y la experiencia de nadar, a partir del magnífico “El nadador” de Viel Temperley. ¡Abrazos!

Deshojamiento
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Charco de cuerpo en la orilla
lo seca el sol
lo absorbe la marea.
Pasaron las aguas por él
no encuentra otra imagen
bordes irregulares pequeñas
hondonadas y un braceo
de olitas sin salida.
Rebota en los límites y vuelve
y una música
se escapa sin que nadie la pida.

¿Hay otra forma posible
para ese río redondo o ese
mar recostado que dormita
y sueña con su origen
donde palpitan pulpos, calamares,
y no las pulidas piedras
sin aroma?

Charco de cuerpo en la orilla…

***

No hay nada…

No hay nada comparable a este momento
Matinal, indeciso, solitario,
En que tu propia sábana es sudario,
Borda tu lecho al agua y firmamento.

Sólo falta la bala, solo el lento
Empujón hacia el mar único y vario,
E irse al fondo del eterno acuario
Por un sendero vertical de viento.

Y mientras vuela el barco tras su puerto
Entre espumas y nubes de colores,
Permanecer en los abismos, muerto.

No más correr tras ilusorias flores,
Sino aspirar las de un coral abierto,
Candelabro de rojos resplandores.

B. Fernández Moreno

***

Muerte por Agua

Flebas el Fenicio, muerto hace una quincena
Olvidó el grito de las gaviotas, y el hondo mar de leva
Y las ganancias y las pérdidas.
Una corriente submarina
Recogió sus huesos en susurro. Pasó todas las etapas
De su edad y juventud mientras flotaba y se hundía
Entrando en el remolino.
Gentil o judío
Oh, tú, que giras la rueda del timón y miras a barlovento
Acuérdate de Flebas, que una vez fue bello y robusto como tú.

T. S. Eliot

***

Alberto Rojas Jiménez viene volando

ENTRE plumas que asustan, entre noches,
entre magnolias, entre telegramas,
entre el viento del Sur y el Oeste marino,
vienes volando.

Bajo las tumbas, bajo las cenizas,
bajo los caracoles congelados,
bajo las últimas aguas terrestres,
vienes volando.

Más abajo, entre niñas sumergidas,
y plantas ciegas, y pescados rotos,
más abajo, entre nubes otra vez,
vienes volando.

Más allá de la sangre y de los huesos,
más allá del pan, más allá del vino,
más allá del fuego,
vienes volando.

Más allá del vinagre y de la muerte,
entre putrefacciones y violetas,
con tu celeste voz y tus zapatos húmedos,
vienes volando.

Sobre diputaciones y farmacias,
y ruedas, y abogados, y navíos,
y dientes rojos recién arrancados,
vienes volando.

Sobre ciudades de tejado hundido
en que grandes mujeres se destrenzan
con anchas manos y peines perdidos,
vienes volando.

Junto a bodegas donde el vino crece
con tibias manos turbias, en silencio,
con lentas manos de madera roja,
vienes volando.

Entre aviadores desaparecidos,
al lado de canales y de sombras,
al lado de azucenas enterradas,
vienes volando.

Entre botellas de color amargo,
entre anillos de anís y desventura,
levantando las manos y llorando,
vienes volando.

Sobre dentistas y congregaciones,
sobre cines, y túneles y orejas,
con traje nuevo y ojos extinguidos,
vienes volando.

Sobre tu cementerio sin paredes
donde los marineros se extravían,
mientras la lluvia de tu muerte cae,
vienes volando.

Mientras la lluvia de tus dedos cae,
mientras la lluvia de tus huesos cae,
mientras tu médula y tu risa caen,
vienes volando.

Sobre las piedras en que te derrites,
corriendo, invierno abajo, tiempo abajo,
mientras tu corazón desciende en gotas,
vienes volando.

No estás allí, rodeado de cemento,
y negros corazones de notarios,
y enfurecidos huesos de jinetes:
vienes volando.

Oh amapola marina, oh deudo mío,
oh guitarrero vestido de abejas,
no es verdad tanta sombra en tus cabellos:
vienes volando.

No es verdad tanta sombra persiguiéndote,
no es verdad tantas golondrinas muertas,
tanta región oscura con lamentos:
vienes volando.

El viento negro de Valparaíso
abre sus alas de carbón y espuma
para barrer el cielo donde pasas:
vienes volando.

Hay vapores, y un frío de mar muerto,
y silbatos, y mesas, y un olor
de mañana lloviendo y peces sucios:
vienes volando.

Hay ron, tú y yo, y mi alma donde lloro,
y nadie, y nada, sino una escalera
de peldaños quebrados, y un paraguas:
vienes volando.

Allí está el mar. Bajo de noche y te oigo
venir volando bajo el mar sin nadie,
bajo el mar que me habita, oscurecido:
vienes volando.

Oigo tus alas y tu lento vuelo,
y el agua de los muertos me golpea
como palomas ciegas y mojadas:
vienes volando.

Vienes volando, solo, solitario,
solo entre muertos, para siempre solo,
vienes volando sin sombra y sin nombre,
sin azúcar, sin boca, sin rosales,
vienes volando.

Pablo Neruda

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